Fuego y Hielo

Capítulo 5: Parte 2

Viaje a la ciudad

La camioneta roja de Alex sonó como si fuera a desmontarse al arrancar. Hannah cerró la puerta del copiloto y el vehículo vibró entero durante un segundo antes de estabilizarse con aquel traqueteo viejo y familiar que no había cambiado absolutamente nada en nueve años. Y eso era un problema. Porque demasiadas cosas seguían igual dentro del universo Alex Mallory. El olor a mar y gasolina, las herramientas sueltas en la parte trasera, una sudadera olvidada sobre el asiento de atrás, la música sonando baja desde la radio, pequeños objetos náuticos desperdigados por el salpicadero. Incluso el calor entrando por las ventanas bajadas a medias parecía pertenecer a otra época.

Hannah apoyó el brazo junto a la ventanilla mientras salían de North Harbour intentando concentrarse en lo importante: en el caso, en Bradford, en los archivos eliminados y en la posibilidad de que alguien hubiera manipulado pruebas.

El problema era que su cerebro parecía decidido a sabotearla desde hacía horas. Porque cada vez que intentaba pensar en el informe forense… terminaba recordando a Alex entrenando en el dojo. Sin camiseta, sudado, con aquella espalda perfecta, aquellos hombros más anchos, en la tensión de los músculos moviéndose bajo la piel, en las cicatrices, en el sudor recorriéndole el pecho y en el tatuaje apenas insinuado cerca del corazón.

El mismo tatuaje que había visto nacer una tarde de locura demasiado lejana y demasiado viva todavía en sus recuerdos.

Hannah apretó la mandíbula, miró la carretera y volvió a mirar la carretera. «Perfecto», pensó con irritación. «Inspectora brillante investigando una conspiración policial… incapaz de dejar de pensar en abdominales.» Bajó más la ventanilla.

Alex la miró apenas de reojo. No dijo nada. Pero Hannah supo enseguida que había notado algo. Porque Alex siempre notaba ese tipo de cosas.

Se recogió el pelo otra vez en una coleta más alta. Después se arremangó ligeramente la sudadera deportiva, intentando ignorar el calor absurdo que sentía. El problema no era la temperatura. El problema era Alex. Y el hecho profundamente irritante de que el Alex adulto resultara todavía más peligroso y atractivo para ella que el chico del que se había enamorado años atrás.

Alex conducía con una sola mano apoyada en el volante, la otra descansando cerca de la ventanilla abierta. El aire movía ligeramente su pelo todavía húmedo de la ducha posterior al entrenamiento y el sol de media mañana le marcaba la línea de la mandíbula y la barba de tres días de una forma absolutamente innecesaria.

Hannah apartó la vista demasiado tarde. Alex lo notó. Claro que lo notó y algo parecido a una sonrisa casi invisible apareció en la comisura de su boca. Después se arremangó lentamente la manga del antebrazo. Solo porque sí. Hannah entrecerró los ojos.

—¿Tienes algún problema muscular o simplemente te gusta hacer movimientos lentos para desesperar a la gente?

Alex soltó una risa baja.

—No sabía que estabas desesperada.

—No lo estoy.

—Claro.

Ella giró la cabeza hacia la ventanilla para ocultar el calor que le subía otra vez por el cuello.

Maldito hombre.

El silencio que cayó después no fue incómodo y eso también era un problema. Porque recordaba demasiado a lo que había sido antes.

A cuando podían pasar horas juntos sin necesidad de llenar cada espacio con palabras. A cuando la calma entre ellos no era tensión… sino costumbre.

La carretera se abría frente a ellos mientras el pueblo iba quedando atrás y Hannah sintió algo incómodo aflojándose lentamente dentro de su pecho. Como si llevar años lejos de él no hubiera servido absolutamente de nada.

Alex bajó un poco la música cuando notó que ella cerraba los ojos unos segundos más de la cuenta. Ni siquiera comentó que llevaba despierta desde el amanecer. Simplemente lo hizo. Como hacía siempre.

Hannah lo observó de reojo. Ahí estaba otra vez. Ese cuidado silencioso suyo que nunca parecía importante hasta que desaparecía. El mismo que hacía que le abriera la puerta sin pensar. Que recordara exactamente cómo tomaba el café. Que se colocara automáticamente entre ella y cualquier desconocido en una habitación. Que detectara cuándo tenía hambre antes que ella misma.

Alex paró en una estación de servicio una hora después.

—Cinco minutos —dijo.

Hannah asintió distraída mientras revisaba de nuevo unas fotografías impresas del caso Bradford.

Cuando Alex volvió, dejó un café sobre el salpicadero frente a ella junto a una bolsa de comida.

—No tengo hambre.

—No he preguntado.

Hannah abrió el café automáticamente. Leche de soja con canela y un toque de vainilla. Se quedó quieta un segundo.

Alex ya estaba arrancando otra vez como si aquello no significara nada. Pero significaba demasiado.

—Sigues acordándote —murmuró ella sin pensar.

Él no la miró.

—Hay cosas fáciles de recordar.

El corazón de Hannah hizo algo incómodo dentro de su pecho. Decidió cambiar de tema antes de que se notara demasiado.

—Pensé que acabarías yéndote —dijo tras unos minutos—. A navegar. Era tu sueño.

Alex apoyó más cómodamente el brazo sobre la ventanilla.

—Lo era.

—¿Y qué pasó?

—Es difícil hacerlo cuando has perdido el rumbo.

Hannah giró lentamente la cabeza hacia él. Alex seguía mirando la carretera. Pero había algo escondido bajo aquella frase. Algo tan honesto que le dolió.

Ella tragó saliva despacio.

—Aun así podrías haberte marchado.

Esta vez él sí la miró. Solo un instante. Pero fue suficiente.

-North Harbour se hizo más pequeño el día que te fuiste.

El aire desapareció del interior de la camioneta. Hannah apartó la mirada demasiado rápido. Porque acababa de entender algo peligrosísimo. Alex nunca había rehecho realmente su vida. Y una parte horrible y egoísta de ella sintió alivio al descubrirlo.

El móvil sonó entonces: Connor.




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