Fuego y Hielo

Capítulo 5: Parte 3

Demasiado perfecto

La comisaría estaba casi vacía cuando regresaron.

Las luces frías de los fluorescentes convertían el pasillo principal en algo desangelado, como si el edificio entero llevara demasiadas horas despierto. Apenas quedaban dos lámparas encendidas al fondo, una cafetera olvidada sobre la encimera con café de hace ocho horas y el zumbido constante de los ordenadores funcionando en silencio.

Hannah dejó varias carpetas sobre la mesa de reuniones improvisada mientras Alex conectaba uno de los discos externos que habían recuperado en la ciudad.

El ambiente había cambiado.

Durante el viaje todavía había existido espacio para los silencios suaves, las miradas largas y algo peligrosamente parecido a la calma.

Aquí no. Aquí el caso volvía a sentirse oscuro. Vivo. Demasiado grande. Como si la comisaría misma no quisiera que lo resolvieran.

El móvil de Hannah vibró justo cuando dejaba el café junto al teclado.

Connor.

Su expresión se suavizó automáticamente.

—Hola, cariño.

La voz del niño llenó el despacho a través del manos libres.

—¡Mamá! ¡La tía Allison me ha dejado hacer brownies con ella otra vez! ¡De chocolate con chispas de chocolate! ¡Y me he comido tres!

Alex levantó la vista del ordenador casi sin darse cuenta. La sonrisa le apareció antes que cualquier otra reacción. Una sonrisa tonta sin darse cuenta.

—Eso explica por qué medio pueblo va a terminar con diabetes antes de Navidad y por qué tu madre no va a dormir esta noche.

Connor soltó una carcajada inmediata, fuerte y feliz.

—¡Alex! ¡Alex, mira, he hecho un brownie con forma de velero y se ha hundido!

Hannah observó el brillo que apareció en los ojos del niño al escuchar su voz. Y también la facilidad con la que Alex respondió. Como si aquella conversación le perteneciera. Como si Connor ya hubiera decidido que le pertenecía a él. Y como si a Alex le encantase pertenecerle.

—¿Vais a seguir trabajando mucho? —preguntó Connor, con voz ya medio dormida.

Hannah miró las pantallas llenas de documentos abiertos.

—Sí, mi vida. Voy a tener que dejarte dormir hoy en casa de la tía Allison.

—¿Porque estáis atrapando a los malos?

La pregunta salió tan sincera que tanto Hannah como Alex levantaron la vista al mismo tiempo. Y se encontraron. Solo un segundo.

Porque Connor acababa de incluirlos a los dos dentro de la misma historia. Dentro del mismo equipo. Como si fuera la cosa más natural del mundo.

Alex apoyó un brazo en el respaldo de la silla, más cerca de Hannah sin querer.

—Estamos intentándolo. Te lo prometo.

—Pues atrapadlos rápido.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Alex, sonriendo.

—Porque los malos son muy pesados. Y quiero que vengas a jugar mañana conmigo.

La respuesta fue tan seria que ambos acabaron riéndose. Hannah con lágrimas en los ojos de golpe, sin saber por qué.

Y durante unos segundos el peso de la noche aflojó un poco. Solo un poco. Lo justo para respirar.

Cuando la llamada terminó, el silencio regresó lentamente. Las pantallas seguían allí. Esperándolos. Los nuevos registros reforzaban lo mismo una y otra vez. Manipulación digital. Accesos posteriores a la muerte de Eliah Bradford. Cambios manuales. Archivos rehechos. Movimientos dentro del sistema semanas después del supuesto suicidio.

Ya no parecía un error administrativo. Parecía una intervención consciente. Una mano negra metida dentro del caso.

Hannah se dejó caer en la silla mientras repasaba otra copia del informe forense. Firmas rehechas, fechas modificadas, páginas sustituidas. Todo demasiado preciso. Demasiado limpio.

Alex apoyó ambas manos sobre la mesa con rabia contenida.

—Joe estaba de guardia esa noche.

Hannah levantó la vista. Él siguió avanzando entre documentos.

—Y estos accesos salen desde su usuario.

—La terminal también es suya.

—Y Bradford anotó "J.B." dos días antes de morir.

El nombre de Joe Brown aparecía una y otra vez. Demasiadas veces. Joe Brown, veintiséis años, becario, muy nervioso, con pinta de adolescente.

Alex pasó una mano por su pelo despeinado. Hannah lo observó en silencio. La barba marcada por el cansancio. Las ojeras. La tensión constante en los hombros. Y algo peor, la necesidad desesperada de que aquello tuviera sentido. Porque Bradford no había sido solo un compañero. Había sido el primero que creyó en él. El primero que dejó de ver al adolescente problemático de North Harbour para mirar al hombre que podía llegar a ser.

Hannah empezaba a entender que Alex no estaba investigando únicamente un asesinato. Estaba intentando salvar un recuerdo. Proteger a alguien que ya no podía defenderse. Y perdonarse a sí mismo por no contestar a tiempo.

—Tobías reaccionó raro con él desde el principio —murmuró Alex—. Y Joe siempre está nervioso cuando sale el caso.

—Joe está nervioso respirando. Joe está nervioso si le dices hola.

Alex soltó aire por la nariz.

—Eso no lo convierte en inocente.

—Tampoco en culpable. No todo el que tiembla es culpable, Alex. A veces solo tiene miedo, como tú.

El silencio volvió a instalarse entre ellos. Se hizo pesado.

Hannah repasó otra vez la secuencia completa. Accesos. Terminal. Horarios. Iniciales. Conocimientos técnicos. Todo apuntaba exactamente al mismo sitio. Y precisamente por eso empezó a incomodarla. Porque cuando algo apunta demasiado bien, es que alguien lo ha apuntado.

Levantó lentamente la cabeza.

—No me gusta.

Alex frunció el ceño.

—¿Qué parte?

—Todas.

Se incorporó un poco más.

—Si Bradford sospechaba realmente de Joe... ¿por qué dejaría pistas tan fáciles?

Alex no respondió. Y eso fue suficiente. Porque lo sabe. Porque lo sabe pero no quiere saberlo.

—Bradford era meticuloso —continuó ella—. Si quería señalar a alguien, habría dejado algo sólido. Algo que resistiera una investigación. No dos letras en un post-it —señaló la pantalla—. Esto parece otra cosa.




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