Demasiado perfecto
La comisaría estaba casi vacía cuando regresaron.
Las luces frías de los fluorescentes convertían el pasillo principal en algo desangelado, como si el edificio entero llevara demasiadas horas despierto. Apenas quedaban dos lámparas de mesas encendidas al fondo, una cafetera olvidada sobre la encimera y el zumbido constante de los ordenadores funcionando en silencio.
Hannah dejó varias carpetas sobre la mesa de reuniones improvisada mientras Alex J. Mallory conectaba uno de los discos externos que habían sacado de los archivos de la ciudad.
El ambiente había cambiado.
Durante el viaje todavía había existido espacio para silencios suaves, miradas largas y algo peligrosamente parecido a la calma.
Aquí no. Aquí el caso volvía a sentirse oscuro, vivo y demasiado grande.
El móvil de Hannah vibró justo cuando dejaba el café junto al teclado.
Connor.
Su expresión se suavizó automáticamente.
—Hola, cariño.
La voz alegre de Connor llenó el despacho a través del manos libres.
—¡Mamá! ¡La tía Allison me ha dejado hacer brownies con ella otra vez!
Alex levantó apenas la vista desde el ordenador, sonriendo sin querer al escuchar la emoción del niño.
—Eso explica por qué medio pueblo va a terminar con diabetes antes de Navidad —comentó él.
Connor soltó una carcajada inmediata.
—¡Alex!
El simple modo en que pronunciaba su nombre hizo que algo cálido atravesara a Hannah otra vez. Demasiado natural y demasiado fácil.
—¿Vais a seguir trabajando mucho? —preguntó Connor.
Hannah miró de reojo las pantallas llenas de documentos abiertos.
—Sí, mi vida. Voy a tener que dejarte dormir hoy en casa de la tía Allison.
—¿Porque estáis atrapando a los malos?
La pregunta salió tan directa y sincera que tanto Hannah como Alex levantaron la vista al mismo tiempo. Y se miraron. Solo un segundo. Pero bastó.
Porque Connor acababa de incluirlos a los dos en la misma ecuación sin pensarlo siquiera. Como si aquello fuera obvio. Como si siempre hubieran trabajado juntos. Como si fueran un equipo natural.
Alex sonrió ligeramente antes de responder:
—Estamos intentándolo.
—Pues atrapadlos rápido —dijo Connor con absoluta seriedad—. Los malos son muy pesados.
Eso consiguió arrancarles una risa a ambos.Y durante unos segundos el peso de la noche pareció aflojarse un poco.
Hasta que Hannah colgó y las pantallas volvieron a estar ahí. Esperándolos.
El silencio regresó lentamente mientras Alex abría los nuevos registros obtenidos en la ciudad.
Las pruebas reforzaban lo mismo una y otra vez: manipulación digital, accesos posteriores a la muerte de Eliah Bradford, cambios manuales, archivos corregidos y movimientos dentro del sistema semanas después del supuesto suicidio.
Ya no parecía un error administrativo. Parecía una intervención consciente.
Hannah se dejó caer en la silla mientras revisaba otra copia del informe forense: firmas rehechas, fechas modificadas, páginas sustituidas. Todo demasiado preciso y demasiado limpio.
Alex apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia la pantalla.
—Joe estaba de guardia esa noche.
Hannah levantó la vista. Él siguió señalando documentos.
—Y estos accesos salen desde su usuario.
Más clics.
—La terminal también es suya.
Otra carpeta.
—Y Bradford anotó “J.B.” dos días antes de morir.
El nombre de Joe Brown parecía empezar a aparecer en todas partes. Demasiadas veces.
Alex pasó una mano cansada por su pelo despeinado. Hannah lo observó un instante en silencio. La barba marcada por el agotamiento, las ojeras, la tensión constante en los hombros y algo más peligroso todavía: la forma en que necesitaba que aquello tuviera sentido.
Porque Bradford no había sido solo un compañero para él. Había sido mucho más. La primera persona dentro del cuerpo que realmente creyó en Alex. La primera que vio potencial en él antes incluso de que él mismo lo viera.
Hannah entendía ahora que Alex no estaba investigando solo un asesinato. Estaba intentando salvar algo que había perdido demasiado pronto.
—Tobías reaccionó raro con él desde el principio —murmuró Alex—. Y Joe siempre está nervioso cuando sale el caso.
—Joe está nervioso respirando —respondió Hannah automáticamente.
Alex soltó aire por la nariz, casi una risa cansada.
—Eso no lo convierte en inocente.
—Tampoco en culpable.
El silencio volvió a caer entre ellos mientras las pantallas seguían iluminando el despacho vacío. Hannah repasó otra vez la secuencia completa: accesos, terminal, horarios, iniciales, conocimientos técnicos. Todo apuntaba en la misma dirección. Y precisamente por eso empezó a incomodarla. Todo era demasiado evidente.
Levantó lentamente la mirada.
—No me gusta.
Alex frunció el ceño.
—¿Qué parte?
—Todas.
Se incorporó un poco más en la silla, señalando la pantalla.
—Si Bradford sospechaba realmente de Joe… ¿por qué dejaría pistas tan fáciles?
Alex no respondió inmediatamente y eso fue suficiente para que Hannah siguiera pensando en voz alta.
—Parece preparado.
—¿Preparado?
—Sí. Como si alguien quisiera que llegáramos exactamente hasta aquí.
Alex apoyó ambas manos en la mesa y bajó la vista hacia todos los documentos abiertos. Hannah notó el momento exacto en que algo empezó a encajar también dentro de él. Porque separados veían medias verdades y juntos encontraban las grietas.
—Las modificaciones del sistema son demasiado recientes —murmuró Hannah—. No solo taparon el caso.
Pasó otra página. Otra firma rehecha y otro acceso modificado.
Entonces lo dijo en voz alta.
—Alguien sigue dentro.
El despacho pareció enfriarse todavía más. Alex levantó lentamente la vista. Porque ambos acababan de comprender algo importante: no estaban investigando únicamente un crimen. Estaban interfiriendo en algo que seguía activo. Algo que todavía respiraba dentro del sistema.