Fuego y Hielo

Capítulo 5: Parte 4

La pulsera

North Harbour parecía otro pueblo por la noche más pequeño, más silencioso y más peligroso para los recuerdos.

La camioneta roja avanzaba despacio por las calles casi vacías mientras la brisa marina entraba por las ventanas abiertas, mezclándose con el olor familiar a gasolina, café frío y sal que siempre parecía acompañarlo a todas partes. La música sonaba baja adentro. Tan baja que Hannah apenas distinguía la canción y quizás era mejor así. Porque el problema no era el silencio. El problema era lo cómodo que empezaba a sentirse. Después del dojo, del viaje, de haber estado en la Comisaría. Después de todo.

Estar allí con Alex ya no parecía extraño. Parecía peligrosamente natural.

Hannah apoyó el brazo junto a la ventanilla intentando concentrarse en cualquier cosa que no fuera él. Fracaso absoluto.

Porque no dejaba de recordar la facilidad con la que Alex ocupaba el espacio. La calma peligrosa con la que se movía. La seguridad tranquila de alguien que ya no necesitaba demostrar fuerza para imponerla.

Y eso era peor.

Porque Hannah no solo veía al hombre en el que se había convertido. Lo sentía demasiado cerca en la voz grave, en las manos y en la forma en que la miraba sin apartarse primero.

Aquella sensación llevaba años dormida. O eso había querido creer. Pero Alex siempre encontraba la manera de despertarla sin siquiera intentarlo.

Hannah bajó un poco más la ventanilla. Necesitaba aire. Necesitaba respirar.

Alex la miró apenas de reojo mientras conducía con una sola mano. Y sonrió. Solo un poco.

Lo suficiente para que ella entendiera inmediatamente que sabía perfectamente lo que estaba pasando dentro de su cabeza.

—¿Te estás asando o intentas arrancar la puerta? —preguntó él con calma.

—Hace calor.

Alex miró el cielo oscuro iluminado por las estrellas durante un segundo.

—Estamos en julio.

—Porque en julio hace calor.

Él soltó una risa baja. Y Hannah odió profundamente el efecto físico que esa risa seguía teniendo sobre ella.

El silencio volvió después. Pero ya no era incómodo. Era otra cosa. Algo lento e íntimo.

Como si el tiempo hubiera decidido retroceder solo cuando estaban juntos.

Alex se arremangó distraídamente al detenerse en un semáforo. Y entonces Hannah la vio. La pulsera negra de nudo náutico. Gastada por los años, reparada varias veces. Todavía en su muñeca.

El aire desapareció del interior de la camioneta. Hannah se quedó completamente quieta. Porque conocía cada hilo de aquella pulsera. La había hecho ella misma. La había dejado anónimamente años atrás. Y Alex nunca supo que había sido ella. O eso había creído siempre.

Sin embargo allí seguía. Después de catorce años. Todavía en su muñeca.

Algo cálido y doloroso se le instaló de golpe bajo las costillas. No entendía por qué aquello le afectaba tanto. Era solo una pulsera. Un detalle absurdo que le había hecho por su cumpleaños. Y aun así…

De pronto comprendió algo que llevaba años negándose a ver. Alex conservaba las cosas que le importaban, las cuidaba, las reparaba y las mantenía cerca incluso cuando nadie más les daba valor.

Y esa idea destruyó lentamente la imagen superficial que Hannah había construido sobre él durante demasiado tiempo. La del chico impulsivo, la del hombre incapaz de tomarse nada realmente en serio.

Porque alguien que seguía llevando aquello catorce años después no podía ser así.

—Aún la llevas —murmuró sin darse cuenta.

Alex bajó apenas la vista hacia su muñeca y sonrió ligeramente.

—Sí.

Hannah intentó mantener la voz estable.

—Pensé que ya no llevarías esa cosa.

Alex apoyó el brazo otra vez sobre la ventanilla.

—Es el mejor regalo de San Valentín que recibí nunca.

Hannah giró la cabeza tan rápido que casi se hace daño.

—No era por San Valentín —murmuró automáticamente—. Era por tu cumpleaños. Quién sea no tiene la culpa de que tu cumpleaños sea el 14 de febrero.

Alex levantó lentamente una ceja y Hannah se quedó congelada. Perfecto, maravilloso, genial... Lo había dicho en voz alta.

Alex empezó a sonreír despacio. Esa sonrisa lenta y peligrosísima que siempre anunciaba problemas.

—Interesante información, inspectora.

—Cállate.

Él soltó una risa auténtica esta vez.

—Así que fuiste tú.

—No he dicho eso.

—Has dicho exactamente eso.

Hannah cruzó los brazos, intentando ignorar el calor absurdo que acababa de subirle hasta las orejas.

—Seguro que ni recordabas quién te la dio. Con la cantidad de chicas que tenías alrededor cada fin de semana…

Alex giró apenas la cabeza hacia ella.

—¿Celosa, Inspectora Jones?

—¿De tus amiguitas? Por favor. Perdí la cuenta en segundo año.

—Curioso. Yo también perdí la cuenta de los idiotas con los que salías tú.

Hannah abrió mucho los ojos.

—¿Perdona?

—¿Cuál era el peor? ¿El poeta o el filósofo que pronunciaba “existencialismo” como si necesitara oxígeno después?

Hannah soltó una carcajada incrédula.

—¡Tú odiabas a Miles porque tocaba mejor la guitarra que tú!

Alex pareció ofendido de verdad.

—Eso es objetivamente falso.

—Lloraste durante una semana.

—Era alergia estacional.

Ella volvió a reír y el sonido golpeó a Alex directamente en el pecho. Porque llevaba demasiado tiempo echándola de menos.

La conversación siguió moviéndose entre bromas, pullas y celos tan descarados que resultaban casi ridículos.

Hannah atacando la fama de Alex con las chicas. Alex burlándose de los “perdedores intensitos” con los que ella salía en el instituto y en la universidad. Y poco a poco, sin que ninguno lo buscara realmente, la discusión empezó a cambiar. A hacerse más sincera y más peligrosa.

—Nunca te vi tomarte una relación en serio —dijo Hannah entonces.

La frase salió casi sin pensar. Pero el ambiente cambió inmediatamente. Alex dejó de sonreír. El semáforo cambió a verde y la camioneta volvió a avanzar lentamente.




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