La pulsera
North Harbour parecía otro pueblo por la noche. Más pequeño, más silencioso y mucho más peligroso para los recuerdos.
La camioneta roja avanzaba despacio por las calles casi vacías mientras la brisa marina entraba por las ventanas abiertas, mezclándose con el olor familiar a gasolina, café frío y sal que siempre parecía acompañar a Alex.
La música sonaba baja. Tan baja que Hannah apenas distinguía la canción. Y quizá era mejor así. Porque el problema no era el silencio. El problema era lo cómodo que empezaba a sentirse. Después del dojo, después del viaje, después de la ciudad, después de tantas horas juntos.
Estar allí con Alex ya no parecía extraño. Parecía peligrosamente natural.
Hannah apoyó el brazo junto a la ventanilla intentando concentrarse en cualquier cosa que no fuera él. Fue un fracaso absoluto. Porque no dejaba de recordar la facilidad con la que ocupaba el espacio. La calma peligrosa con la que se movía. La seguridad tranquila de alguien que ya no necesitaba demostrar fuerza para imponerla.
Y eso era peor. Mucho peor. Porque Hannah ya no veía solamente al hombre en el que se había convertido. Lo sentía en su voz grave, en sus manos, en la forma en que la miraba sin apartarse primero.
Aquella sensación llevaba años dormida. O eso había querido creer. Pero Alex siempre encontraba la manera de despertarla sin siquiera intentarlo.
Hannah bajó un poco más la ventanilla. Necesitaba aire. Necesitaba respirar. Alex la miró apenas de reojo. Y sonrió. Solo un poco. Lo suficiente. Lo suficiente para que ella entendiera inmediatamente que sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo dentro de su cabeza.
—¿Te estás asando o intentas arrancar la puerta?
—Hace calor.
Alex levantó la vista hacia el cielo oscuro.
—Estamos a finales de junio.
—Precisamente.
—No sabía que el verano te sorprendía tanto.
Ella resopló. Alex soltó una risa baja. Y Hannah odió profundamente el efecto físico que aquella risa seguía teniendo sobre ella.
El silencio volvió después. Pero ya no era incómodo. Era otra cosa. Algo lento e íntimo. Como si el tiempo hubiera decidido retroceder solo cuando estaban juntos.
Alex se arremangó distraídamente al detenerse en un semáforo. Y entonces Hannah la vio. La pulsera negra de nudo náutico gastada por los años. Reparada varias veces. Todavía en su muñeca.
El aire desapareció del interior de la camioneta. Hannah se quedó completamente quieta. Porque conocía cada hilo. Cada nudo. Cada imperfección. La había hecho ella. La noche anterior a su cumpleaños. La había escondido junto a los brownies que le hacía todos los años. La había dejado de forma anónima porque a los dieciséis años era más fácil esconder el amor que admitirlo.
Y allí seguía, catorce años después. Todavía en su muñeca.
Algo cálido y doloroso se instaló bajo sus costillas.
De pronto comprendió algo que llevaba demasiado tiempo negándose a ver. Alex conservaba las cosas que amaba, las cuidaba, las reparaba, las protegía. Y seguía llevándolas consigo incluso cuando nadie más recordaba su importancia.
La imagen que había construido de él durante años empezó a resquebrajarse. Porque alguien que seguía llevando aquella pulsera después de tanto tiempo no podía ser superficial. No podía ser alguien incapaz de tomarse las cosas en serio.
—Aún la llevas.
La frase escapó antes de que pudiera detenerla. Alex bajó la mirada hacia su muñeca. Y sonrió. Una sonrisa pequeña y suave.
—Sí.
Hannah intentó mantener la voz estable.
—Pensé que ya no llevarías esa cosa.
Alex apoyó el brazo otra vez sobre la ventanilla.
—Es el mejor regalo que me han hecho nunca.
La respuesta la golpeó directamente en el pecho. Y fue todavía peor porque él no parecía darse cuenta.
—Era solo una pulsera.
—No.
La respuesta fue inmediata. Demasiado inmediata. Alex siguió mirando la carretera.
—Nunca fue solo una pulsera.
Hannah sintió que algo se tensaba dentro de ella.
—Pensaba que la habías recibido por San Valentín.
—No.
La sonrisa de Alex se ensanchó ligeramente.
—Era por mi cumpleaños.
Hannah reaccionó antes de pensar.
—Quién la hiciera no tiene la culpa de que tu cumpleaños sea el catorce de febrero.
Silencio.
Alex levantó lentamente una ceja. Hannah se quedó inmóvil. Perfecto. Magnífico. Brillante.
Alex empezó a sonreír despacio. Esa sonrisa lenta y peligrosísima que siempre anunciaban problemas.
—Interesante información, inspectora.
—Cállate.
—Así que fuiste tú.
—No he dicho eso.
—Has dicho exactamente eso.
Hannah cruzó los brazos.
Alex soltó una carcajada. Y durante unos minutos volvieron a ser ellos. Las bromas, las pullas, los celos adolescentes disfrazados de ironía, las viejas heridas que nunca habían terminado de cerrarse. Hasta que, poco a poco, la conversación empezó a cambiar. A hacerse más sincera y más peligrosa.
—Nunca te vi tomarte una relación en serio.
La frase salió casi sin pensar. Alex dejó de sonreír. El semáforo cambió a verde. La camioneta volvió a avanzar.
—Eso no es cierto.
La respuesta fue tranquila. Pero firme.
Hannah giró ligeramente la cabeza hacia él. Alex seguía mirando la carretera.
—Nunca tuve una relación seria porque nunca iba a prometer algo que no pudiera dar.
Hannah permaneció en silencio.
—No voy jugando con la gente, Hannah.
Había algo profundamente honesto en aquella frase. Algo que la hizo sentirse injusta.
—Mis padres llevan enamorados toda la vida.
Hizo una pausa.
—Mi hermano Will y María igual.
Otra pausa.
—Crecí viendo relaciones de verdad. Familias. Personas que elegían quedarse.
La voz se le volvió más baja. Más personal.
—Nunca he querido una vida a medias.
La carretera avanzaba delante de ellos oscura y tranquila.