La posibilidad de perderla otra vez
La mañana llegó con el calor de julio, de esos que parecían encajar con el calendario pero ya se habían instalado en el cuerpo como una amenaza silenciosa. Hannah bajó del coche con el cabello perfectamente peinado y suelto, una camisa clara metida dentro de una falda tubo azul marino que le daba un aire impecable, casi demasiado correcto para lo que llevaba por dentro. Alex, en cambio, iba con una camiseta oscura y vaqueros, el pelo todavía un poco revuelto, como si el verano ya le hubiera ganado la batalla a la ropa y a la paciencia.
No se dijeron nada al entrar en comisaría. No hacía falta.
Desde la conversación de la noche anterior quedaba entre ellos una cercanía extraña, todavía frágil, pero real. Algo que no era exactamente paz, aunque se le pareciera peligrosamente. Hannah aún recordaba la camioneta, la pulsera, la forma en que Alex había dicho que la había conservado como si conservar cosas fuera lo más normal del mundo. Y Alex, aunque no lo decía, seguía mirándola como si necesitara convencerse de que seguía allí.
Durante unos segundos, antes de que empezara el día de verdad, ambos parecieron moverse con una naturalidad que casi daba miedo. Como si hubieran vuelto a encajar. Y quizá por eso mismo la caída dolió tanto después.
1. Despacho del comisario
El despacho del comisario olía a café recalentado y a papeles viejos. La persiana estaba medio bajada para intentar contener el calor, pero el aire no se movía. Sobre la mesa había una carpeta abierta, varios informes impresos, capturas de pantalla y una memoria externa que Alex había dejado con cuidado delante de todos, como quien coloca una prueba decisiva sobre una mesa de póker.
El comisario los observaba con una mezcla de cansancio y tensión. No era una reunión cualquiera. Hannah lo sabía en cuanto entró. El caso Bradford había dejado de ser una sospecha de pasillo para convertirse en una amenaza institucional.
Alex tomó la palabra primero, pero Hannah no tardó ni un segundo en completar lo que dejaba a medias.
—Los datos forenses no cuadran —dijo ella, señalando una serie de páginas comparadas una al lado de otra—. Hay alteraciones posteriores en las copias y cambios mínimos en las firmas. No son errores de transcripción. Son correcciones.
—Y no solo eso —añadió Alex, inclinándose sobre la mesa—. Hay accesos digitales posteriores a la muerte de Bradford. Alguien entró en el sistema más de una vez después de su supuesto suicidio.
Hannah pasó una hoja.
—Y aquí tenemos el acceso duplicado al despacho de Bradford. Dos entradas distintas, pero una de ellas con una autorización que no debería haberse usado nunca.
El comisario alzó una ceja.
—¿Me estáis diciendo que alguien manipuló el caso desde dentro?
—Estamos diciendo —respondió Hannah con firmeza— que este caso no puede seguir tratándose como un suicidio.
Alex asintió.
—Y que alguien ha estado construyendo una versión muy limpia de lo que ocurrió.
Eso hizo que el comisario se reclinara un poco en la silla. No era solo la gravedad del contenido. Era la claridad con la que ellos dos lo exponían. No había vacilación, ni contradicciones, ni ese desorden típico de dos personas que llegan por caminos distintos a una misma conclusión. Hannah Jones y Alex Mallory parecían completar las piezas del otro de manera casi automática. Cuando uno se detenía, el otro seguía. Cuando uno dejaba una frase a medias, el otro la cerraba sin darse cuenta.
A lo largo de la explicación, Hannah fue consciente de que el comisario los estaba mirando a los dos con una atención nueva. Ya no solo veía dos policías resolviendo un caso. Veía algo más inquietante: una sincronía demasiado perfecta.
Bradford tenía razón, pensó Hannah de golpe. "Juntos os obligáis a mirar otra vez", recordó. La idea no sonó como una frase bonita. Sonó como una verdad incómoda.
El comisario cerró la carpeta con lentitud.
—Bien. Entonces se reabre el caso oficialmente.
Las palabras cayeron pesadas sobre la mesa. Ya no era una intuición privada. Ya no era una investigación medio clandestina en una ciudad lejana. A partir de ese momento, el caso Bradford quedaba oficialmente abierto otra vez. Y eso significaba presión interna, posibles filtraciones, nerviosismo en el edificio y, sobre todo, riesgo real.
Hannah y Alex intercambiaron una breve mirada. La suficiente para entender que ambos estaban pensando lo mismo. Alguien iba a enterarse y no iba a gustarle.
2. La llamada de Ian Sullivan
Salieron del despacho con la sensación de que el aire del pasillo se había vuelto más pesado. El calor seguía dentro del edificio, pero algo más frío había empezado a instalarse entre ellos. Caminaban juntos hacia la sala donde les esperaban el resto de compañeros para informar del avance cuando el móvil de Hannah vibró dentro del bolso. Solo vio el nombre en la pantalla. Ian Sullivan.
El cambio en Alex fue mínimo. Pero Hannah lo notó. Siempre lo notaba. La mandíbula se le tensó apenas, casi imperceptible. Los hombros se le pusieron un poco más rígidos. La expresión se le cerró de forma silenciosa, como si una puerta interior se hubiera cerrado sin hacer ruido.
—Lo siento —murmuró Hannah, deteniéndose.
Alex asintió una sola vez.
—Ve.
Y ese “ve” le dolió un poco más de lo que debería. No preguntó nada. No invadió. No hizo ninguna escena. Ni una sola. Y precisamente por eso, Hannah sintió el golpe de su retirada como algo mucho más profundo. Porque Alex no sabía competir con los fantasmas de Ian.
Ella entró en el despacho contiguo y cerró la puerta tras de sí. Alex se quedó afuera. No por curiosidad. No por control. No intentó escuchar. Pero la voz de Hannah llegaba fragmentada a través de la madera.
—Sí… no, ahora no…
—Ya te he dicho que no voy a hablar de eso…
—No se te ocurra meter a Connor en esto. No tienes derecho.