Fuego y Hielo

Capítulo 5: Parte 6

Connor en el barco

El puerto de North Harbour olía a sal, madera húmeda y verano adelantado.

El sol empezaba a descender lentamente sobre el agua, tiñendo de naranja las pequeñas olas que golpeaban los muelles. El calor seguía suspendido en el aire como una promesa pegajosa y familiar. A lo lejos sonaban gaviotas, cadenas golpeando mástiles y la música difusa de algún bar del paseo marítimo.

Connor caminaba por el puerto sujetando una bolsa de brownies que se balanceaba contra su pierna Los habían preparado con su madre aquella tarde. Bueno… Técnicamente Hannah había hecho casi todo.

Connor había colaborado robando nueces, lamiendo cucharas y consiguiendo que aparecieran manchas de chocolate en lugares que ni la ciencia podía explicar. Pero eso también contaba.

Porque aquella visita era importante. No iba al barco de Alex solo para pasar el rato. Iba a compartir algo con él. Y aunque Connor todavía no sabía ponerle nombre a aquella sensación, significaba mucho más de lo que parecía.

Cuando llegó al muelle donde estaba amarrado el velero, sonrió inmediatamente. Le gustaba aquel barco. No parecía el más bonito del puerto. Ni el más moderno. Ni el más caro. Parecía algo mejor. Parecía algo vivo. Como Alex.

Subió al muelle de madera y dio un pequeño salto para alcanzar la cubierta. Entonces se quedó quieto.

Alex estaba sentado junto a uno de los bancos laterales. Tenía una guitarra apoyada sobre las piernas. Estaba tocando. La música llenaba el barco de una forma tranquila y natural. No parecía alguien intentando impresionar a nadie. Parecía alguien completamente cómodo dentro de sí mismo.

Y eso impresionó muchísimo más a Connor. Hasta ese momento Alex había sido muchas cosas para él. El policía fuerte, el hombre que sabía pelear, el dueño de un barco, el adulto divertido que entendía de aventuras.

Pero aquello era distinto. Aquello era bonito.

Alex levantó la vista al notar movimiento. Y sonrió inmediatamente.

—Vaya. El pirata más peligroso del puerto.

Connor terminó de subir al barco sin apartar los ojos de la guitarra.

—¡Tocas súper bien!

Alex soltó una risa baja.

—Depende de a quién preguntes.

Connor seguía observando el instrumento como si acabara de descubrir un nuevo superpoder.

—No sabía que sabías tocar así.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí todavía.

La frase salió ligera. Pero Connor la tomó completamente en serio. Y eso hizo gracia a Alex.

El niño avanzó unos pasos y levantó la bolsa con orgullo.

—Te hemos traído brownies.

Alex arqueó una ceja.

—¿"Hemos"?

—Mamá y yo.

Aquello le arrancó una sonrisa distinta. Más suave. Más cálida.

Connor abrió la bolsa. El aroma a chocolate recién horneado llenó inmediatamente la cubierta.

Alex se quedó inmóvil. Solo un segundo. Después cogió uno. Lo observó. Y durante un instante algo cambió en su expresión. Nostalgia, ternura y hogar. Como si acabara de abrir una puerta que llevaba años cerrada.

Le dio un mordisco. Y el tiempo retrocedió. Catorce años. Brownies envueltos en papel con una nota anónima. Su cumpleaños coincidía con el día de San Valentín. Y la extraña felicidad de descubrir que alguien se había acordado de él. De verdad.

—Había echado muchísimo de menos este sabor —murmuró.

Connor sonrió inmediatamente.

—¡Lo sabía!

Alex levantó la vista.

—¿Cómo?

—Mamá dijo que eran tus favoritos.

Alex parpadeó.

—¿Lo dijo así?

Connor asintió.

—También dijo que eras incapaz de comer solo uno.

Alex soltó una risa.

—Tu madre me conoce demasiado bien.

Connor sonrió satisfecho. Y Alex bajó la mirada hacia el brownie.

Claro que Hannah lo recordaba. Después de todos aquellos años. Claro que sí.

El silencio que siguió fue cómodo. De esos silencios que no necesitan rellenarse.

Connor terminó sentándose frente a él mientras el barco se balanceaba suavemente sobre el agua.

—¿Qué canciones sabes tocar?

Alex apoyó la guitarra sobre las piernas.

—Muchas.

—¿Canciones de verdad o canciones aburridas de adultos?

—Eso ha sido ofensivo.

Connor se encogió de hombros.

—Es una pregunta importante.

Alex soltó una risa. Y comenzó a tocar una melodía sencilla.

Connor observó fascinado el movimiento de sus manos.

—¿Puedo probar?

—Claro.

Alex le enseñó dónde colocar los dedos. Cómo sujetar el mástil. Cómo pulsar las cuerdas. Con una paciencia que sorprendía incluso a él mismo. No había prisas. Ni superioridad. Ni esa forma condescendiente con la que muchos adultos hablaban a los niños.

Le enseñaba como si Connor mereciera aprender. Como si realmente esperara que pudiera hacerlo.

Y Connor lo notó. Muchísimo.

—¿Cantas también? —preguntó de pronto.

Alex suspiró dramáticamente.

—Por desgracia para el pueblo, sí.

Los ojos de Connor se iluminaron.

—¡¿Dónde?!

—A veces en el bar de Will.

—¡Eso es genial!

—Depende de cuánto haya bebido la gente.

Connor soltó una carcajada. Luego recordó algo.

—Mi grupo favorito es North Harbour.

Alex casi dejó caer la guitarra.

—¿En serio?

—Y también es el favorito de mamá.

Aquello no lo pilló completamente desprevenido. Ya lo sabía.

Connor siguió hablando sin darse cuenta.

—¿Te sabes alguna canción?

Alex recuperó la compostura a duras penas.

—No me gusta ese grupo.

Connor lo miró horrorizado.

—¿Qué?

—Demasiado dramáticos.

—¡Son increíbles!

—Exageradamente dramáticos.

Connor se cruzó de brazos. Indignado.

—Pues mi canción favorita es preciosa.

Y antes de que Alex pudiera responder, empezó a cantar. Desafinado, convencidísimo y absolutamente entregado.

—”Volver no es rendirse, es saber dónde arder…”

Alex se quedó inmóvil. Connor continuó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.