Connor en el barco
El puerto de North Harbour olía a sal, madera húmeda y verano adelantado.
El sol empezaba a caer lentamente sobre el agua, tiñendo de naranja las pequeñas olas que chocaban contra los muelles, y el calor del día seguía suspendido en el aire como una promesa pegajosa. Había ruido de gaviotas a lo lejos, cadenas golpeando mástiles y música perdida saliendo de algún bar cercano.
Connor caminaba por el puerto con una bolsa de brownies balanceándose contra su pierna. Los había hecho con Hannah aquella tarde. Bueno… técnicamente su madre había hecho la mayor parte. Connor había ayudado “supervisando”, robando nueces y manchando media cocina de chocolate.
Tenía que hacer algo importante. Porque no iba al barco de Alex solo a mirar. Iba a compartir algo con él. Y eso, aunque Connor no supiera ponerle nombre, significaba mucho.
Subió al muelle donde estaba amarrado el velero y sonrió inmediatamente al reconocerlo. Le gustaba aquel barco. Tenía algo diferente al resto. No parecía elegante ni lujoso. Parecía algo lleno de vida. Como Alex.
Connor dio un pequeño salto para subir y entonces se quedó quieto.
Alex estaba sentado en la cubierta, apoyado contra uno de los bancos laterales, con una guitarra entre las manos. Tocando. El sonido llenaba el barco de una forma tranquila, suave, natural. No parecía alguien intentando impresionar a nadie. Parecía alguien completamente cómodo dentro de sí mismo.
Y eso impresionó muchísimo más a Connor. Porque hasta ese momento Alex había sido muchas cosas para él: el policía fuerte, el hombre que sabía pelear, el dueño de un barco y el adulto divertido que entendía de aventuras. Pero aquello era distinto. Aquello era bonito.
Alex levantó la vista al notar movimiento. Y sonrió inmediatamente al verlo.
—Vaya. El pirata más peligroso del puerto.
Connor subió del todo al barco con los ojos todavía muy abiertos.
—¡Tocas súper bien!
Alex soltó una risa baja.
—Depende de a quién preguntes.
Connor seguía mirando la guitarra como si acabara de descubrir un superpoder nuevo.
—No sabía que sabías tocar así.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí todavía.
La frase salió ligera, pero Connor se la tomó completamente en serio. Eso hizo gracia a Alex.
El niño avanzó unos pasos y levantó la bolsa orgullosamente.
—Te hemos traído brownies.
Alex arqueó una ceja.
—¿“Hemos”?
—Mamá y yo.
Eso le arrancó una sonrisa distinta. Más suave.
Connor abrió la bolsa y el olor a chocolate llenó inmediatamente el barco. Alex cerró los ojos un segundo.
—No puede ser…
Connor frunció el ceño.
—¿Qué?
Alex cogió uno y lo miró como si acabara de aparecer un recuerdo delante de él.
—Estos brownies.
Connor pareció alarmarse.
—¿Están mal?
Alex soltó una risa.
—No. Están peligrosamente bien.
Le dio un mordisco. Y durante un instante muy pequeño, casi invisible, algo se movió en su expresión: nostalgia, ternura y algo parecido a hogar. A cuando era un adolescente y alguien le regalaba en secreto esos brownies, el 14 de febrero. Con una única nota: Feliz cumpleaños, Alex. Por fin, alguien se acordaba de que ese día era su cumpleaños también.
—Había echado muchísimo de menos este sabor.
Connor sonrió inmediatamente.
—¡Lo sabía! Mamá dijo que eran tus favoritos.
Alex levantó lentamente la vista.
—¿Lo dijo así?
Connor asintió orgulloso.
—Dijo que llevabas años obsesionado con ellos.
Alex negó suavemente con la cabeza mientras sonreía para sí mismo. Claro que Hannah lo recordaba. Claro que sí.
Y él también, pensó con una sonrisa. Cuando descubrió quién era la chica de los brownies, su corazón se calentó y se llenó de esperanza. Nunca pensó que ella desvelara su "identidad" a alguien, sin darse cuenta.
El silencio entre ellos se volvió cómodo enseguida.
Connor terminó sentándose frente a él en la cubierta mientras el barco se balanceaba suavemente.
—¿Qué canciones sabes tocar?
Alex apoyó la guitarra sobre las piernas.
—Muchas.
—¿Canciones de verdad o canciones aburridas de adultos?
—Eso ha sido ofensivo.
Connor se encogió de hombros.
—Es una pregunta importante.
Alex soltó una risa y empezó a tocar algo sencillo.
Connor observó sus manos fascinado.
—¿Puedo probar?
—Claro.
Alex le enseñó cómo colocar los dedos con una paciencia sorprendentemente natural. No había prisa en él. Ni superioridad. Ni esa forma típica de hablarle a un niño pequeño como si fuera incapaz de entender. Le enseñaba como si Connor realmente mereciera aprender. Y Connor lo notó. Muchísimo.
—¿Tú cantas? —preguntó de pronto.
Alex suspiró exageradamente.
—Por desgracia para el pueblo, sí.
Connor abrió mucho los ojos.
—¿Dónde?
—A veces en el bar de Will. En las noches de karaoke.
Connor parecía sinceramente impresionado.
—¡Eso es genial!
Alex se encogió de hombros.
—Depende de cuánto haya bebido la gente.
Connor se rió. Luego pensó algo de golpe.
—Mi grupo favorito es North Harbour.
Alex casi dejó caer la guitarra.
—¿En serio?
—Y también es el favorito de mamá.
Eso pilló a Alex completamente desprevenido. Intentó disimularlo. Fracasó completamente.
Connor siguió hablando emocionado.
—¿Te sabes alguna canción de North Harbour?
Alex recuperó la compostura a duras penas.
—No me gusta ese grupo.
Connor lo miró escandalizado.
—¿Qué?
—Nunca cantaría canciones de North Harbour.
—¡Pero si son increíbles!
Alex intentó mantener la cara seria.
—Demasiado dramáticos.
Connor se cruzó de brazos indignado.
—Pues mi canción favorita es preciosa.
Y antes de que Alex pudiera responder, empezó a cantar con su vocecilla desafinada:
—“Volver no es rendirse, es saber dónde arder… donde el alma descansa sin dejar de correr…”