La llegada de Eddie Jones
El bar de Will siempre había tenido un ambiente hogareño. No un ambiente ordenado ni silencioso, sino de esos llenos de voces superpuestas, vasos chocando, risas que llegaban desde una mesa mientras en otra alguien discutía por una tontería, y niños cruzando de un lado a otro como si el lugar les perteneciera tanto como a los adultos. A esa hora de la noche, con las luces cálidas colgando sobre la barra y la música baja mezclándose con el murmullo constante del local, parecía más pequeño y más cercano que nunca.
Hannah lo sintió nada más entrar. No solo porque conocía aquel sitio de toda la vida, sino porque el bar estaba lleno de la clase de gente que había formado su mundo desde que era niña.
Will Mallory detrás de la barra, con ese aire práctico y tranquilo que siempre había tenido. Eleanor, apoyada junto a Michael como si fuera lo más natural del mundo discutir con él sobre cualquier cosa. Allison y Stuart en una mesa cercana, ocupando el espacio con la misma serenidad firme con la que siempre había funcionado la familia Jones. Chloe y Dylan cruzándose entre las sillas, Claire riéndose de algo que ninguno de ellos había terminado de explicar. Todo el lugar respiraba esa familiaridad antigua, esa cercanía que no habían sido nunca solo de vecinos, sino algo mucho más amplio y más difícil de nombrar.
Los Jones y los Mallory siempre habían sido eso: una extensión unos de otros. Eran prácticamente una familia. A la que se acabaron incorporando Michael y Eleanor de forma natural. Lo bastante unidos como para que nadie recordara ya dónde había empezado esa costumbre y dónde la otra.
Y en medio de todo aquello estaba Alex. Sentado en el lado largo de una mesa, con Connor a su lado, inclinado apenas hacia delante para escucharle hablar con esa atención que Hannah ya empezaba a reconocerle. Llevaba una camiseta oscura de manga corta y vaqueros, y el calor de julio se le marcaba en la piel, en el cuello, en los antebrazos tatuados que asomaban cada vez que movía las manos. No estaba esforzándose por encajar. Simplemente lo hacía. Como si aquel sitio hubiera formado parte de él desde siempre.
Eso fue lo primero que dolió. No el pasado. Sino lo fácil que parecía todo allí.
Hannah vio a Connor girarse hacia Alex para enseñarle algo con las manos, excitadísimo por alguna historia que solo él parecía entender del todo, y se quedó quieta un segundo más de la cuenta. El niño tenía la soltura de quien se siente completamente seguro entre todos aquellos adultos. No se quedaba pegado a Hannah como si ella fuera su única ancla. Se movía entre Allison y Stuart, llamaba a Eleanor si necesitaba algo, discutía con Michael como si llevara años haciéndolo, y encontraba en Will una especie de refugio divertido que no le imponía nada. Y luego estaba Alex.
Hannah notó cómo Connor se giraba hacia él sin ninguna reserva, cómo le hablaba con esa confianza genuina de los niños que ya han decidido que alguien forma parte de su mundo. Y Alex, lejos de parecer incómodo, lo escuchaba de verdad. No como un adulto con paciencia fingida, sino como alguien que de forma natural estaba allí, presente, atento, sin prisas.
Aquello la desarmó más que cualquier otra cosa del día. Porque Connor no estaba improvisando un lugar para Alex. Alex ya lo había incluido dentro de su vida. O eso parecía.
Alex levantó la vista en ese momento y la vio entrar. La expresión apenas cambió. Solo una mínima alteración en sus ojos verdes, ese destello de reconocimiento que Hannah ya había aprendido a leer demasiado bien. Desde la llamada de Ian, algo en él seguía más cerrado. Seguía ayudando, seguía ahí, seguía siendo amable… pero había una pequeña barrera alrededor en su gesto cuando se trataba de ella.
Y Hannah la notó enseguida. Le molestó más de lo que quería admitir. Porque ahora sabía lo que echaba de menos cuando Alex se abría con ella. Sabía la diferencia. Sabía lo que era tenerlo cerca sin esa tensión invisible. Y perderlo otra vez, aunque solo fuera en parte, le hacía sentirse extrañamente sola en medio de una sala llena de gente.
—Mamá.
Connor se levantó casi de un salto y fue hacia ella con la rapidez impaciente de quien necesita compartir lo que está viviendo.
—Will dice que el bar tenía antes una máquina de discos de verdad y Michael dice que eso no puede ser porque entonces habría habido dinosaurios.
—Eso sería una forma bastante precisa de medir la edad de Michael —comentó Hannah, agachándose un poco para besarle la frente.
Connor sonrió y enseguida volvió a mirar hacia la mesa, ya dispuesto a retomar la conversación pendiente con Alex. Hannah lo vio y sintió algo tierno y doloroso a la vez. Connor se movía allí como si esa familia hubiera sido suya desde siempre.
Como si los Jones y los Mallory no fueran dos familias distintas, sino una sola red de afectos que lo había recibido desde el primer día. Y lo más duro era que no parecía forzado. No había ceremonia ni distancia. Solo confianza.
Al otro lado del bar, la puerta se abrió con un golpe de aire cálido y una presencia que cambió el ambiente sin necesidad de ruido.
—¡He llegado, y exijo reconocimiento público!
Eddie Jones entró como si el bar le perteneciera un poco también. Tenía veinticinco años, el cabello castaño oscuro revuelto por el viento del puerto y los mismos ojos marrones de sus hermanas, aunque en él siempre parecían tener un brillo más descarado, más rápido, más impulsivo. El uniforme ya no lo llevaba, pero seguía teniendo en la postura esa clase de firmeza de los que están acostumbrados a correr hacia el fuego en lugar de apartarse de él. Trabajaba de bombero en la ciudad; bastaba verlo para entender por qué. Había en Eddie una energía de urgencia y valentía que no se podía fingir.
Allison fue la primera en levantarse, y Eddie la abrazó con tanta fuerza que ella soltó una queja ahogada entre risas.
—Hermanito, sigues haciendo eso como si no fueras treinta centímetros más grande que yo.