EL VELERO
El velero se mecía sobre el agua tranquila del puerto. El crujido de la madera acompañaba el vaivén lento de las olas. North Harbour parecía lejos del mundo cuando caía la noche. Las luces del muelle se reflejaban en hilos dorados sobre el mar y, más allá, la ciudad era solo una línea difusa de puntos amarillos.
Alex estaba en cubierta, una pierna flexionada, la espalda contra el banco y la guitarra sobre el muslo. Había empezado a tocar hacía varios minutos y ya se había detenido tres veces. No por falta de ideas, sino por exceso.
Buscó las cuerdas otra vez. Un acorde, luego otro. Una progresión que tomó forma unos segundos antes de deshacerse.
Cerró los ojos.
—No... —murmuró.
Se inclinó hacia la mesa plegable y cogió una hoja llena de tachones. Leyó las dos líneas, intentó imaginarlas en canción. No funcionó. La arrugó y la lanzó a la cubierta. La bola rodó hasta quedarse atrapada junto a una cuerda.
Volvió a tocar. Volvió a detenerse. Una vez más. Y otra. Como si cada nota lo obligara a acercarse a algo que llevaba tiempo evitando.
Porque no era solo música. Era Hannah. La forma en que lo había mirado en el dojo, su sonrisa cuando hablaba de Connor, la pulsera, la conversación en la camioneta.
Y después, la llamada.
"Todavía no sé si mi estancia en North Harbour será definitiva."
Había intentado ignorarla. Seguía allí, clavada. Porque lo que había escuchado no eran esas palabras, sino una posibilidad: que volviera a marcharse.
Bajó la vista a las cuerdas. El puerto respiraba a su alrededor —olas, mástiles, viento— y, aun así, algo dentro de él había empezado a moverse.
Había tardado años en reconstruirse. Años en aprender a vivir con la ausencia.
Y ahora Hannah había regresado. Y con ella, la esperanza, el miedo y las ganas de volver a creer. Eso era lo peligroso. Alex siempre había soportado mejor el dolor que la posibilidad de perder algo que todavía tenía.
Se pasó una mano por la nuca.
—Esto es culpa tuya, Jones —murmuró hacia ninguna parte.
El comentario se perdió en la noche y le arrancó una sonrisa breve. Porque la culpa no era de Hannah ni de la música. Era de que ambas habían dejado de estar separadas hacía mucho.
Durante años había evitado escribir, tocar cuando nadie lo veía. Y ahora estaba allí otra vez, en cubierta con una guitarra, componiendo como si tuviera diecisiete años. Como si una parte de él hubiera estado esperándola todo este tiempo.
Tomó aire y dejó que sus dedos encontraran las cuerdas sin intentar controlar la melodía. Las notas avanzaron sobre el agua como una confesión. Por primera vez en años no la detuvo.
Una canción sin título y sin letra, pero ya con alma. Y olía a todo lo que nunca se habían dicho.
HANNAH
Hannah no podía dormir.
Connor llevaba horas dormido, atravesado en la cama, una pierna fuera, un brazo sobre la almohada. Se había quedado mirándolo más de lo necesario, le había colocado la sábana y apartado el flequillo, solo para comprobar que un minuto después volvía a destaparse igual.
Salió de la habitación y regresó al salón a oscuras. Solo entraba la luz de las farolas. Se quitó las zapatillas y caminó descalza. La madera estaba fresca.
Abrió el cajón de la mesa auxiliar buscando los auriculares. Y entonces la vio. La fotografía. Se quedó inmóvil sosteniéndola entre las manos.
Ella con veintiún años, apoyada en la barandilla de un velero, con un vestido blanco sobre un bikini del mismo color. Feliz. Realmente feliz.
Se sentó en el sofá, se puso los auriculares y pulsó reproducir. Aquella canción. La conocía de memoria. Había vivido dentro de ella durante el embarazo, en las noches en que Connor lloraba, en los trayectos en coche sin destino.
"Tenía el mundo justo entre las manos,
pero el miedo hablaba siempre más alto..."
Cerró los ojos. Hablaba de lo que nunca se dice, de oportunidades perdidas, de mirar a alguien demasiado tiempo y quedarse inmóvil cuando toca acercarse. Hablaba de llegar tarde.
Una lágrima le resbaló. Ni siquiera la secó.
La foto seguía entre sus manos y algo empezó a resquebrajarse. Porque la verdad era imposible de ignorar: lo buscaba con la mirada al entrar en una habitación, sentía alivio cuando él sonreía, le dolía físicamente verlo cerrarse, necesitaba respirar después de verlo entrenar, se le encogía el corazón cada vez que lo veía con Connor.
No había dejado de amar a Alex Mallory. Nunca. El amor había cambiado, madurado y sobrevivido a la distancia. Pero seguía allí. Y lo más aterrador era que no solo seguía amando al chico que perdió. Estaba volviendo a enamorarse del hombre que era ahora.
Aquella certeza la dejó indefensa.
La canción siguió y el recuerdo emergió despacio, como una marea que sube sin ruido. Un olor, una luz sobre el agua, una risa. Y de pronto ya no estaba en el sofá. Tenía veintiún años y estaba a punto de descubrir que estaba profundamente enamorada de Alex Mallory.
EL DÍA QUE DEJARON DE HUIR
La luz dorada caía sobre el puerto como si el mundo estuviera suspendido.
Alex tendiéndole la mano desde el velero recién comprado, con esa sonrisa torcida que le salía cuando estaba nervioso.
—¿Vas a subir o piensas seguir juzgando mi barco desde el muelle?
Hannah aceptó su mano y el problema fue la facilidad con la que lo hizo. En cuanto los dedos de Alex se cerraron sobre los suyos, algo dentro de ella reaccionó como si reconociera un lugar al que llevaba tiempo intentando no volver.
Él tiró suavemente y Hannah perdió un poco el equilibrio. Alex la sostuvo por la cintura y soltó una carcajada baja.
—Cinco segundos a bordo y ya intentas hundirlo.
El barco se alejó del puerto. Mar inmenso, viento cálido, olor a sal, música baja desde la cabina. Alex descalzo al timón, el pelo revuelto, las mangas remangadas. Y ella mirándolo demasiado.