Fuego y Hielo

Capítulo 5: Parte 9

🎞️ FLASHBACK — “El regalo”

14 de febrero de 2011
Hannah tiene 16 años. Alex cumple 17.

Hannah Jones había descubierto algo decepcionante sobre los besos. Las novelas mentían. O al menos exageraban muchísimo.

Porque Miles Ashton besaba bien. Muy bien, de hecho. Era tranquilo, dulce, atento y tenía esa forma cuidadosa de tocarle la cintura como si tuviera miedo de hacer algo mal. Era su primer novio. Llevaban saliendo 6 meses.

Y, aun así… nada. Nada explotaba. El mundo no se detenía. No aparecían fuegos artificiales, ni mariposas, ni vértigo, ni esa sensación absurda de dejar de respirar. Solo era un beso. Uno bonito. Normal. Y Hannah odiaba un poco que aquello la decepcionara.

Apoyó la frente contra la puerta metálica de su taquilla y cerró los ojos un segundo. Porque en cuanto pensó eso… Recordó otro momento. Uno que ni siquiera había sido un beso. Solo una cercanía peligrosa. Una respiración contenida. Un silencio extraño. Una mirada demasiado larga. Y la sensación brutal de miles de mariposas golpeándole el estómago tan fuerte que había terminado temblando. Como si el mundo hubiera cambiado de eje durante unos segundos.

Hannah abrió los ojos de golpe. No. No iba a pensar en eso. Mucho menos en quién había sido.

Se obligó a respirar.

—¿Todo bien? —preguntó Miles acercándose.

Hannah giró la cabeza.

Miles llevaba un libro bajo el brazo y varias hojas dobladas sobresaliendo de la mochila. Probablemente poemas. Siempre estaba escribiendo poemas.

Era un buen chico. Demasiado bueno, quizás. Era tranquilo y muy estudioso.

—Sí —mintió ella con una sonrisa rápida.

Miles le devolvió otra más tímida.

—Feliz San Valentín.

Hannah sintió ganas de responder Feliz San Valentín. Pero, no le salió. Y ese era exactamente el problema.

El instituto parecía una fábrica de azúcar y desesperación adolescente.

Había globos rojos por todas partes, cartas metidas bajo puertas, flores, peluches gigantes ocupando medio pasillo y estudiantes fingiendo naturalidad mientras buscaban con ansiedad quién les había regalado qué. El Día de San Valentín. El Día del Amor.

Cuando Hannah abrió su taquilla, varios sobres y chocolatinas cayeron directamente al suelo. Suspiró. Ni siquiera leyó las notas. Una decía, eres preciosa. Otra, llámame. Otra, ni siquiera tenía nombre.

No sintió absolutamente nada. Porque ninguno era el que importaba.

Y entonces lo vio a él al otro lado del pasillo.

Alex acababa de aparecer. Varias chicas rodeaban literalmente su taquilla. Una, le entregó una caja de bombones; otra, un peluche ridículo enorme; otra, le besó la mejilla demasiado cerca de la boca.

Alex sonreía con esa facilidad insultante que tenía para todo. Relajado, guapo, insoportable.

Hannah sintió algo feo y caliente subirle por el pecho. Celos. Aunque jamás habría usado esa palabra.

Alex levantó la cabeza un segundo. Sus ojos verdes encontraron los suyos apenas un instante.

Y Hannah odió darse cuenta de que incluso desde lejos, él parecía saber exactamente cuándo lo estaba mirando.

Apartó la mirada primero. Molesta consigo misma sobre todo. No importa. Mentira. Claro que importaba.

Sacó la pequeña bolsa marrón que llevaba escondida dentro de la mochila. La observó un segundo. Brownie casero. Como cada año. Pero esta vez también había algo más, una pulsera.

Nudos náuticos perfectamente entrelazados en tonos azul oscuro, gris y blanco. Había tardado horas en terminarla. Deshacerla. Volver a empezar. Ajustar cada detalle hasta que quedara exactamente bien. Muy Alex, muy mar, muy ellos.

Y demasiado personal para fingir que no significaba nada. Hannah tragó saliva. Luego cerró la taquilla de golpe.

—Es ridículo —murmuró.

Aun así empezó a caminar.

Alex Mallory llevaba meses evitando mirarla directamente. Y Hannah lo odiaba.

No porque quisiera que la mirara. Claro que no. Solo… Le molestaba. Eso era todo.

Le molestaba que hubiera dejado de seguirle el juego. Que ya no apareciera para discutir. Que ya no respondiera cada provocación. Que ya no buscara cualquier excusa absurda para acercarse demasiado.

Desde que estaba con Miles, Alex había cambiado. O fingía hacerlo.

Porque incluso sin mirarla, siempre sabía dónde estaba. En clase, en el barrio, en las fiestas, en los pasillos. Siempre había una parte de él pendiente de ella aunque se comportara como si no le importara.

Y Hannah se repetía constantemente que eso ya daba igual. Mejor así. Ya era hora. No importa.

Mentira. Claro que importaba. Le importaba tanto que podía notar su ausencia incluso cuando estaban en la misma habitación.

Llegó a la taquilla de Alex y miró alrededor. No había nadie. Perfecto. O eso creyó...

Dejó la bolsa encima con cuidado. Demasiado cuidado.

Luego se alejó de la puerta lentamente. Y en vez de marcharse enseguida… Se quedó quieta medio segundo. Apenas una pausa. Un instante absurdo. Como esperando algo.

Después se revolvió el flequillo con frustración y echó a andar.

Alex apareció desde el otro extremo del pasillo apenas Hannah dobló la esquina. Ya estaba allí desde antes. La había visto llegar. La había visto dudar. Y la había visto quedarse quieta frente a su taquilla como si estuviera dejando algo mucho más peligroso que un simple regalo.

Se acercó despacio. Abrió la puerta metálica y cogió la bolsa. Ponía: Feliz Cumpleaños. Eran brownies. Como cada año.

Pero entonces la vio. Dentro de la bolsa, había algo más: una pulsera. Alex se quedó completamente quieto.

El ruido del pasillo pareció apagarse alrededor. Sacó lentamente la pulsera de la bolsa. En tonos azul, gris y blanco. Nudos náuticos perfectos, hechos a mano. Muy Hannah

No necesitaba verla dejarla allí para saberlo. Lo supo inmediatamente. Porque nadie hacía detalles así excepto ella. Porque Hannah Jones llevaba años diciendo cosas sin usar palabras.




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