Fuego y Hielo

Capítulo 6: Parte 1

El silencio que duele

La comisaría de North Harbour siempre olía igual a primera hora de la mañana. A café recién hecho, a papel envejecido, a tinta y a esa humedad que el mar dejaba pegada a las paredes incluso cuando no llovía.

Hannah respiró hondo antes de empujar la puerta. Había dormido poco, demasiado poco. Y no había sido por el caso Bradford. Había sido por una llamada. Un nombre. Ian Sullivan. Y, sobre todo, por la expresión que se había apagado en los ojos de Alex en cuanto el teléfono empezó a sonar el día anterior. Desde entonces no había conseguido quitársela de la cabeza.

El edificio despertaba con su rutina habitual. Un teléfono sonando sin descanso en recepción, dos agentes discutiendo sobre hockey mientras rellenaban un atestado, una impresora protestando desde el archivo.

Joe Brown cruzó la oficina con un archivador pegado al pecho, murmurando un "buenos días" casi inaudible.

Todo era exactamente igual que cualquier otra mañana. Y, aun así, Hannah sintió que algo había cambiado antes incluso de levantar la vista.

Porque él ya estaba allí.

Alex ocupaba su mesa con esa naturalidad silenciosa suya. La chaqueta doblada sobre el respaldo, las mangas de la camisa azul oscuro remangadas hasta los antebrazos, dejando ver los músculos y parte de sus tatuajes. Una taza de café humeaba junto al teclado y tres carpetas abiertas formaban un pequeño muro delante de él. Leía concentrado. Subrayó una línea, anotó algo al margen, pasó la página. No levantó la cabeza cuando Hannah cruzó la puerta.

Ella redujo el paso sin darse cuenta. Esperó. No sabía qué. Tal vez aquella media sonrisa que había empezado a aparecer en los últimos días, un comentario burlón por llegar cinco minutos tarde, algo pequeño y cotidiano que confirmara que el hombre que había compartido brownies con Connor seguía allí.

No ocurrió. Solo cuando pasó junto a su mesa, Alex alzó la vista. Sus ojos verdes encontraron los de ella apenas un instante. Demasiado breve.

—Buenos días, jefa —saludó con tranquilidad.

Sereno, correcto, sin una sola grieta.

—Buenos días, Mallory.

Alex asintió y volvió al expediente como si la conversación hubiera terminado antes de empezar. Y eso fue exactamente lo que le hizo daño. No las palabras, sino todo lo que había decidido no decir.

Entró en su despacho intentando convencerse de que exageraba. Dejó el bolso, abrió la carpeta que había preparado la noche anterior, leyó el primer párrafo. No entendió una sola palabra, porque volvió a buscarlo con la mirada.

Alex seguía inmerso en los informes. Tan concentrado que parecía haberse olvidado del mundo. O solo de ella.

Ese pensamiento apareció con facilidad irritante. Hannah cerró los ojos un segundo. No empieces. Había prometido no darle vueltas. Después de la llamada de Ian, entendía que Alex hubiera puesto distancia. Lo que no esperaba era que doliera tanto.

Al otro lado, un agente joven se acercó a la mesa de Alex sujetando una carpeta con los nudillos blancos.

Marcus Anderson. Llevaba menos de un año en North Harbour y todavía caminaba con la inseguridad de quien teme equivocarse a cada paso.

—¿Subinspector Mallory...?

Alex levantó la vista al instante. La concentración desapareció y dejó paso a esa atención tranquila que siempre dedicaba a quien necesitaba ayuda.

—¿Qué ocurre, Marcus?

—Creo... creo que he cruzado mal unos registros del puerto.

Esperaba una bronca. Se notaba en los hombros rígidos y en cómo evitaba mirarlo.

—Déjame ver.

Marcus le entregó los documentos. Durante casi un minuto, Alex pasó cada hoja despacio, comparó fechas, volvió atrás, marcó dos líneas con el dedo.

— No has cometido ningún error —dijo girando el monitor hacia él—. Has comparado la base aduanera con la civil. Registran movimientos distintos, por eso no coinciden. Si haces el cruce desde aquí... encajan.

El muchacho soltó el aire con un alivio tan evidente que incluso Hannah sonrió desde el despacho.

—Pensaba que tendría que rehacer todo el informe...

—Todos nos equivocamos cuando empezamos. Lo importante no es evitar el error, es entender por qué ocurre para no repetirlo.

—Gracias, subinspector.

—La próxima vez revisa primero el origen de los datos. Te ahorrarás un buen susto.

Cuando se marchó, Hannah siguió observándolos y sintió algo que llevaba tiempo sin nombrar. Orgullo. Alex seguía siendo el hombre que no necesitaba levantar la voz para hacerse respetar, que enseñaba antes que juzgar.

El problema era que esa versión seguía existiendo para todo el mundo. Para Marcus, para Joe, para cualquier agente. Solo desaparecía con ella.

La mañana continuó. Llamadas, avisos, patrullas, el zumbido constante de los ordenadores. Hannah intentó concentrarse varias veces. Cada pocos minutos sus ojos lo buscaban sin permiso.

Fue entonces cuando reparó en un detalle. Los dedos de Alex golpeaban el borde del escritorio. Tac. Tac. Tac. Pausa. Tac. Tac. Siempre el mismo patrón.

Dejó de leer. Conocía perfectamente aquel gesto. Lo había visto cientos de veces en la adolescencia. Hacía muchos años que no lo veía hacerlo.

Lo observó detenerse de golpe, como si acabara de darse cuenta. Cerró la mano, respiró hondo, volvió al informe. Apenas segundos después, los dedos empezaron otra vez. Tac. Tac. Tac. Como un corazón empeñado en recordar algo que él intentaba olvidar.

La mañana avanzó con la lentitud engañosa de los días en que parece que no ocurre nada. Y, sin embargo, para Hannah cada minuto pesaba más.

Al cabo de un rato, Alex se levantó con una carpeta bajo el brazo y caminó hasta la impresora del fondo. Mientras la máquina traqueteaba, metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó una libreta negra pequeña, gastada en las esquinas. Exactamente la clase de libreta que Alex siempre habría elegido para guardar lo que no quería enseñar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.