El caso se rompe
La sala de documentación tenía esa clase de luz que parecía borrar el paso de las horas.
Los fluorescentes del techo proyectaban un blanco frío sobre las mesas metálicas, las carpetas abiertas y las torres de expedientes que se acumulaban en cada rincón. El aire permanecía inmóvil, cargado del olor a papel envejecido, plástico de archivador y café que llevaba demasiado tiempo olvidado sobre alguna mesa.
Era una estancia hecha para buscar respuestas.
Y, sin embargo, cuanto más tiempo pasaban allí dentro, más preguntas aparecían.
Hannah dejó caer otra carpeta sobre la mesa central con un suspiro apenas contenido. Llevaban casi dos horas revisando el caso Bradford. Las mismas fotografías, pos mismos informes, las mismas declaraciones. Pero cada vez que conseguían responder una duda, nacían otras dos.
Al otro lado de la mesa, Alex permanecía inclinado sobre varios documentos. Tenía las mangas remangadas hasta los antebrazos y la cabeza ligeramente gacha, concentrado en un informe forense que había leído ya demasiadas veces. No hablaba. Desde la llamada de Ian apenas lo hacía.
Seguía respondiendo cuando era necesario, seguía escuchando con atención y seguía trabajando con la precisión de siempre. Pero el silencio se había instalado otra vez alrededor de él.
Hannah lo observó unos segundos sin darse cuenta. Los dedos de Alex comenzaron a golpear muy suavemente la madera. Tac. Tac. Tac. Una pausa. Tac. Tac. El mismo ritmo. Siempre el mismo.
Ella apartó la vista casi avergonzada de haberlo estado mirando. Conocía demasiado bien aquel gesto. Alex marcaba ritmos cuando pensaba. Cuando intentaba poner orden a emociones que todavía no sabía nombrar.
Y, por alguna razón, aquella certeza le resultó extrañamente tierna. «Concéntrate», se reprendió en silencio. No estaban allí para pensar en él. Estaban allí para encontrar al asesino de Bradford. Respiró hondo. Abrió otra carpeta. Leyó dos páginas seguidas. Después frunció el ceño. Volvió atrás. Leyó una tercera vez. Algo no encajaba.
—Alex...
Su voz rompió el silencio con más brusquedad de la que pretendía. Él levantó la cabeza inmediatamente. No hizo ninguna pregunta. Simplemente la miró, esperando.
Hannah deslizó tres hojas hasta el centro de la mesa.
—Ven un momento.
Alex rodeó la mesa con la carpeta todavía en la mano y se colocó a su lado. No demasiado cerca. Pero lo suficiente para que Hannah pudiera percibir el ligero aroma a café y jabón que siempre parecía acompañarlo.
Ella señaló la primera página con el índice.
—La declaración de la testigo principal.
Alex leyó rápidamente las primeras líneas.
—Dice que llegó al edificio a las nueve menos cuarto.
—Exacto.
Hannah pasó la hoja.
—Ahora mira el informe de patrulla.
Él comparó ambas páginas. Su expresión cambió apenas un instante.
—Aquí pone las nueve y veinte.
—Treinta y cinco minutos de diferencia.
Alex levantó los ojos hacia ella.
—Es mucho tiempo.
—Demasiado.
Hannah tomó otra copia.
—Y no es el único caso.
Fue colocando más documentos sobre la mesa mientras hablaba. Cada uno quedaba perfectamente alineado con el anterior.
—Las horas cambian. Las firmas cambian. Los registros desaparecen y vuelven a aparecer en copias posteriores. Mira esto.
Alex siguió la dirección de su dedo. Había una anotación manuscrita en el margen. Otra debajo. Y una tercera escrita con un bolígrafo diferente. Él frunció el ceño.
—Tres correcciones.
—Las tres posteriores al informe original.
Alex pasó lentamente la página. Después otra.
El silencio volvió a instalarse entre los dos. Solo se escuchaba el roce del papel bajo sus manos. Y el golpeteo lejano de un teclado en alguna oficina cercana.
—Aquí ocurre lo mismo —dijo Alex al cabo de unos segundos.
Su voz sonó más grave de lo habitual. Señaló una copia del informe forense.
—Esta firma no coincide con la anterior.
Hannah inclinó ligeramente la cabeza para verla mejor. Él tenía razón. La rúbrica parecía la misma. Pero no lo era. La inclinación cambiaba. La presión del trazo también. Era una imitación excelente. Aunque seguía siendo una imitación.
—¿Lo ves? —preguntó Alex sin apartar la vista del papel.
—Sí.
Ella respiró despacio.
—Alguien la rehizo.
Alex continuó revisando documentos. Cada nueva página parecía confirmar la anterior. No era un error aislado. Era un patrón. Un patrón demasiado constante para atribuirlo a la casualidad.
Hannah empezó a caminar despacio alrededor de la mesa mientras ordenaba mentalmente toda la información.
—Seguimientos inventados… —murmuró casi para sí. —Registros corregidos… Pruebas desplazadas… Firmas rehechas...
Alex levantó la vista. La observó caminar unos segundos. Sabía exactamente qué estaba haciendo. La conocía lo suficiente para reconocer cuándo necesitaba moverse para pensar.
Ella se detuvo frente a una pizarra blanca donde habían ido anotando fechas y nombres desde que reabrieron el caso. Cogió un rotulador. Subrayó tres nombres. Después rodeó dos fechas. Finalmente trazó una flecha entre ambas. Retrocedió un paso. Negó lentamente con la cabeza.
—No...
Alex dejó el informe sobre la mesa.
—¿Qué pasa?
Ella no respondió enseguida. Seguía mirando la pizarra. Como si estuviera intentando obligar a todas aquellas piezas a colocarse solas. Finalmente habló.
—Estamos haciendo exactamente lo que alguien quería que hiciéramos.
Alex sintió un pequeño escalofrío. Se acercó a la pizarra.
—Explícamelo.
Hannah levantó el rotulador. Fue señalando cada elemento mientras hablaba.
—Todas nuestras líneas de investigación terminan aquí.
Golpeó suavemente el nombre de Joe Brown.
—Siempre.
Alex permanecía en silencio. Ella continuó.
—Cada documento sospechoso apunta hacia él. Cada acceso, cada modificación, cada anotación. Todo. Demasiado.