Fuego y Hielo

Capítulo 6: Parte 3

Lo que todavía duele

ALEX

La noche había terminado de adueñarse del puerto. North Harbour parecía existir en un tiempo distinto. El agua golpeaba suave los pilotes, las amarras crujían con la marea y, a lo lejos, los mástiles tintineaban con un sonido metálico, casi hipnótico. Desde una calle cercana llegaba la música amortiguada de un bar. Todo lo demás era mar.

Alex salió del baño del velero con una toalla en la cintura, el pelo todavía húmedo y algunas gotas resbalando por la nuca. Caminó descalzo por el estrecho pasillo hasta la diminuta cocina, acostumbrado a moverse entre aquellos pocos metros como quien conoce cada rincón de su casa. Porque durante cinco años aquello había sido exactamente eso: su hogar.

Abrió la nevera, sacó una botella de agua fría y bebió un largo trago apoyado contra la encimera. Después levantó la vista hacia una de las ventanas circulares. El puerto se reflejaba como un puñado de luces rotas.

Había intentado no pensar en Hannah desde que salió de la comisaría. No había funcionado. Seguía apareciendo su expresión mientras hablaba con Elena, la forma en que intentó fingir que no le afectaba y aquella pequeña tristeza que solo alguien que la conociera bien habría reconocido.

—¿Qué estás haciendo...? —murmuró para sí.

No se alejaba porque hubiera dejado de sentir algo por ella. Se alejaba porque sentía demasiado. Y el miedo empezaba a parecerse peligrosamente al de nueve años atrás.

Frente a él, la guitarra y la libreta negra. La misma que llevaba días llenándose de frases sueltas. Se sentó, abrió la libreta, escribió una línea, la leyó, la tachó, escribió otra. Sus dedos empezaron a golpear distraídos la madera. Tac. Tac. Tac. El mismo ritmo. No era nerviosismo. Era música. La había vuelto a sentir bajo la piel, en los silencios, en el coche, revisando informes, cuando Connor se reía. Sobre todo cuando ella sonreía.

Llevaba años creyendo que aquella parte de él murió el día que Hannah subió a ese avión. Y allí estaba otra vez, despertando. Y eso era lo peligroso. Porque si la música había vuelto, era porque también había vuelto la esperanza.

El teléfono vibró.

Papá.

—¿Qué has roto ahora?

La carcajada de John Mallory estalló al otro lado.

—Empiezas fatal una conversación con tu padre.

—La última vez que me llamaste a estas horas habías intentado arreglar el congelador con cinta americana.

—Y funcionó.

—Tres días.

—Fueron cuatro.

—Papá...

—Vale, tres y medio.

Hablaron unos minutos de cualquier cosa: del barco, del motor de un pesquero que Alex había reparado, de Tobías robando media hamburguesa a un turista alemán, de las vacaciones de John y Mary por Europa. Nada importante. Precisamente por eso importaba.

Al cabo, John carraspeó.

—Tu madre lleva diez minutos haciéndome gestos para que le pase el teléfono. Eso ha sonado amenazante.

—Lo es.

Un pequeño forcejeo, una protesta de Mary, un golpe sordo, la risa de John. Y finalmente aquella voz que siempre le hacía sentir que tenía un hogar al que volver.

—Hola, cariño.

—Hola, mamá.

—¿Cómo está mi hijo favorito?

—Soy tu hijo menor.

—Eso facilita mucho las cosas.

Mary sonrió, pero bastaron segundos para notarlo: su hijo seguía riéndose, pero había cansancio debajo.

—Will me ha contado que Hannah Jones ha vuelto al pueblo.

La sonrisa de Alex no desapareció. Se hizo más pequeña.

—Sí.

—También me ha dicho que tiene un niño precioso.

Bajó la mirada a la libreta. La yema del dedo recorrió el borde de una página sin darse cuenta.

—Se llama Connor —dijo y su voz se suavizó.

—Cuéntame cómo es.

Tardó unos segundos, como si necesitara ordenar imágenes.

—Es un buen crío. Hace preguntas todo el tiempo. Y cuando digo todo el tiempo, quiero decir todo el tiempo. Le interesa todo: el mar, los barcos, los motores, los nudos, hasta las gaviotas. Es curioso, muy curioso, y tiene una imaginación desbordante. Practica judo y taekwondo. Y navega bastante bien para su edad —añadió casi para sí—: Y se parece muchísimo a su madre.

Mary guardó silencio. No porque no supiera qué responder, sino porque acababa de escuchar algo más profundo: Connor ya ocupaba un lugar en el corazón de Alex y él aún no lo sabía.

—¿Y tú cómo estás, cariño?

La sonrisa desapareció. Apoyó la nuca contra el respaldo y miró al techo del camarote.

—Creía que lo tenía controlado. Pensaba que después de tantos años volver a verla sería distinto. Que ya habría pasado.

Soltó una risa amarga.

—No puedo. Sigue afectándome demasiado. Nunca dejé de amarla, mamá. Ni un solo día.

Mary sintió que se le humedecían los ojos.

—Y ahora ella parece distinta, más cercana, más tranquila conmigo. Hay momentos en los que parece que vuelve a elegirme. —Se le rompió algo por dentro al decirlo—. Y me asusta muchísimo.

Mary respiró hondo.

—Escúchame bien, Alex. No vuelvas a cometer el mismo error.

Aquellas palabras atravesaron los recuerdos: el barco, la mañana después del mejor día que vivió en su vida, las palabras equivocadas, la casa de Allison, el aeropuerto, el avión alejándose, nueve años de silencio.

—No vuelvas a esconder lo que sientes para protegerte. Porque ya sabes cómo termina eso.

Cuando colgó, el camarote quedó en silencio. Permaneció varios minutos inmóvil, cerró la libreta, se vistió casi por inercia: vaqueros negros, camiseta gris, pulseras, reloj, un poco de colonia.

Frente al espejo se observó unos segundos. Había quedado con sus amigos en el bar de Will. Tocaba noche de karaoke.

Y entonces apareció el pensamiento. No un recuerdo, una posibilidad de verdad.

¿Y si esta vez consigo que no se marche?

Se quedó inmóvil, el corazón golpeándole. Durante nueve años había creído que la esperanza era lo más peligroso que podía sentir. Respiró hondo. Por primera vez desde que Hannah regresó, tomó una decisión silenciosa: quizá había llegado el momento de dejar de protegerse. De ser valiente.




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