Lo que todavía duele
La noche había terminado de adueñarse del puerto.
A esas horas, North Harbour parecía existir en un tiempo distinto al del resto del mundo. El agua golpeaba con suavidad los pilotes de madera, las amarras crujían acompasadas por la marea y, a lo lejos, los mástiles tintineaban unos contra otros con un sonido metálico, casi hipnótico. Desde alguna calle cercana llegaba la música amortiguada de un bar que aún resistía abierto. Todo lo demás era mar.
Siempre el mar.
Alex salió del pequeño baño del velero con una toalla colgada alrededor del cuello. Llevaba el pelo todavía húmedo y algunas gotas resbalaban por su nuca antes de perderse bajo la camiseta que llevaba sobre el hombro. Caminó descalzo por el estrecho pasillo del camarote hasta la diminuta cocina, acostumbrado a moverse entre aquellos pocos metros como quien conoce de memoria cada rincón de su casa.
Porque, durante los últimos cinco años, aquello había sido exactamente eso.
Su hogar.
Abrió la nevera sin pensar demasiado, sacó una botella de agua fría y bebió un largo trago mientras apoyaba la espalda contra la encimera.
Después levantó la vista hacia una de las pequeñas ventanas circulares.
El puerto se reflejaba sobre el agua como un puñado de luces rotas.
Inspiró despacio. Había intentado no pensar en Hannah desde que salió de la comisaría. No había funcionado.
Su imagen seguía apareciendo una y otra vez. La expresión que había visto en su rostro mientras hablaba con Elena. La forma en que ella había intentado fingir que no le afectaba. El silencio que quedó después. Y aquella tristeza pequeña, contenida, que solo alguien que la conociera muy bien habría sido capaz de reconocer.
Alex cerró los ojos un instante. Se pasó una mano por la cara con cansancio.
—¿Qué estás haciendo...? —murmuró para sí.
La pregunta no iba dirigida a Hannah. Iba dirigida a él. Porque aquello era exactamente lo que llevaba días intentando evitar.
No se estaba alejando porque hubiera dejado de sentir. Se estaba alejando porque sentía demasiado. Muchísimo. Y el miedo empezaba a parecerse peligrosamente al que lo había acompañado nueve años atrás.
Dejó la botella sobre la mesa.
Frente a él descansaban la guitarra y una pequeña libreta negra. La misma que llevaba días llenándose de frases sueltas.
Se sentó despacio. Abrió la libreta. Cogió el bolígrafo. Escribió una línea. La leyó. Frunció ligeramente el ceño. La tachó. Escribió otra. Volvió a detenerse.
Sus dedos comenzaron a golpear distraídamente la madera de la mesa. Tac. Tac. Tac. Siempre el mismo ritmo.
No era nerviosismo. Era música. La música había regresado. Lo sabía. La sentía debajo de la piel, en los silencios, en los trayectos en coche. Mientras revisaba informes. Cuando Connor se reía. Cuando Hannah sonreía sin darse cuenta. Sobre todo cuando ella sonreía.
Apoyó el bolígrafo. Miró la guitarra. Llevaba años creyendo que aquella parte de él había muerto el mismo día que Hannah subió a aquel avión.
Sin embargo, allí estaba otra vez. Despertando. Como si nunca hubiera desaparecido. Y eso era precisamente lo peligroso. Porque si la música había vuelto… Era porque también había vuelto la esperanza.
El teléfono vibró sobre la mesa. Alex bajó la vista. En la pantalla apareció un nombre.
Papá.
Sonrió antes incluso de descolgar.
—¿Qué has roto ahora?
La carcajada de John Mallory estalló al otro lado de la llamada.
—Empiezas fatal una conversación con tu padre.
Alex apoyó un codo sobre la mesa y dejó escapar una risa breve.
—La última vez que me llamaste a estas horas habías intentado arreglar el congelador con cinta americana.
—Y funcionó.
Alex arqueó una ceja.
—Tres días.
—Fueron cuatro.
—Papá...
—Vale, tres y medio.
Alex negó con la cabeza entre risas.
—Eso ya es más creíble.
Durante unos minutos hablaron de cualquier cosa, del barco, del puerto, del viejo motor de un pesquero que Alex había conseguido reparar aquella mañana, de Tobías, que había robado media hamburguesa a un turista alemán sin mostrar el menor remordimiento, de las vacaciones que John y Mary seguían disfrutando por Europa. Nada importante. Precisamente por eso resultaba tan importante.
Con su familia nunca necesitaba fingir. Podía bajar todas las defensas. Podía simplemente ser Alex.
Al cabo de un rato, John carraspeó.
—Tu madre lleva diez minutos haciéndome gestos para que le pase el teléfono.
Alex sonrió.
—Eso ha sonado amenazante.
—Lo es.
Se escuchó un pequeño forcejeo al otro lado, una protesta de Mary, un golpe sordo, la risa de John.
Y finalmente apareció aquella voz que siempre conseguía hacerle sentir que seguía teniendo un hogar al que volver.
—Hola, cariño.
Alex cerró los ojos un segundo. Sin darse cuenta, sonrió.
—Hola, mamá.
—¿Cómo está mi hijo favorito?
—Soy tu hijo menor.
—Eso facilita mucho las cosas.
Alex soltó una risa baja. Mary también sonrió al otro lado del teléfono. Le bastaron aquellos pocos segundos para notar algo. Su hijo seguía riéndose. Pero había cansancio debajo, muchísimo.
—Will me ha contado que Hannah Jones ha vuelto al pueblo.
La sonrisa de Alex no desapareció. Simplemente cambió. Se volvió más pequeña y más frágil.
—Sí.
Mary esperó. Conocía demasiado bien a su hijo para precipitarse.
—También me ha dicho que tiene un niño precioso.
Alex bajó la mirada hacia la libreta abierta. Sin darse cuenta, la yema de su dedo comenzó a recorrer el borde de una de las páginas.
—Sí… —su voz se suavizó. —Se llama Connor.
Mary sonrió. Aquella simple forma de pronunciar el nombre ya decía mucho más de lo que Alex imaginaba.
—Cuéntame cómo es.
Alex apoyó los antebrazos sobre la mesa. Tardó unos segundos en responder. Como si necesitara ordenar primero todas las imágenes que le venían a la cabeza.