Lo que todavía duele
La noche en el puerto tenía ese silencio extraño que solo existía en North Harbour después de medianoche. No era ausencia de ruido. Era otra cosa. El agua golpeando suavemente contra los amarres. El metal de los mástiles tintineando a lo lejos. Algún motor lejano. Música baja escapándose de un bar todavía abierto varias calles más arriba. Y el mar. Siempre el mar.
Alex salió del pequeño baño del velero con una toalla alrededor del cuello y el pelo todavía húmedo, dejando pequeñas gotas sobre la madera del suelo mientras avanzaba descalzo hacia la estrecha cocina.
El barco olía a sal, café reciente y aftershave. Hogar. O lo más parecido a uno que había tenido durante años.
Abrió la nevera distraídamente, sacó una botella de agua y bebió apoyado contra la encimera mientras miraba por una de las ventanas redondas hacia las luces reflejadas sobre el puerto.
Intentó no pensar en ella. Fracasó completamente. Porque llevaba todo el día dentro de su cabeza.
La forma en que lo había mirado durante la llamada con Elena. El silencio que había quedado después. La pequeña tristeza contenida que había intentado esconder cuando él volvió a cerrar distancias.
Alex cerró los ojos un instante. Aquello era exactamente el problema. No se estaba alejando porque hubiera dejado de sentir. Se estaba alejando porque ya sentía demasiado nuevamente. Muchísimo. Todo estaba sucediendo demasiado rápido.
Dejó la botella sobre la mesa y se pasó una mano por el pelo húmedo antes de sentarse frente a la pequeña libreta negra abierta junto a la guitarra.
La observó unos segundos. Luego tomó el bolígrafo. Escribió una frase. La tachó. Escribió otra. Se quedó quieto mirando el mar otra vez.
Tac...Tac...Tac.... Sus dedos marcaron un ritmo distraído contra la madera. La música había vuelto. Había regresado a él. Lo sabía. Lo notaba debajo de la piel constantemente. En los silencios. En los trayectos largos. En las madrugadas. En Hannah. Sobre todo en ella.
Ella estaba despertando partes de él que creía enterradas desde hacía años. Partes peligrosas. Partes que habían dejado de existir el mismo día que ella se marchó.
El móvil vibró entonces sobre la mesa. Alex bajó la vista.
“Papá”.
Soltó aire suavemente antes de contestar.
—¿Qué has roto ahora?
La carcajada de John Mallory llegó al instante, al otro lado.
—Qué bonito empezar una conversación así con tu padre.
Alex sonrió apenas.
—La última vez que me llamaste a estas horas fue porque habías intentado arreglar el congelador con cinta americana.
—Y funcionó.
—Tres días.
—Fueron cuatro.
Alex soltó una pequeña risa nasal mientras se dejaba caer hacia atrás en el asiento.
La conversación siguió exactamente así durante varios minutos. Fácil, cálida, cotidiana. Como siempre que hablaba con sus padres.
Hablaron del puerto. Del barco. De las vacaciones de sus padres por Europa. De Tobías robándole media hamburguesa a un turista aquella mañana. De un motor que Alex había arreglado para uno de los viejos pescadores del muelle.
Nada importante. Y precisamente por eso importaba. Porque Alex sí sabía querer a la gente. Sí sabía quedarse. Sí sabía hablar con cariño cuando no tenía miedo.
—Tu madre quiere hablar contigo —dijo John al final.
Alex sonrió antes incluso de responder.
—Eso ha sonado amenazante.
—Lo es.
Hubo ruido al otro lado. Voces mezcladas. Algo cayéndose. Mary protestando porque John seguramente había puesto el móvil en cualquier sitio absurdo.
Y luego apareció su voz.
—Hola, cariño.
Alex cerró los ojos un segundo al escucharla. Siempre hacía eso. Siempre sonaba a su casa.
—Hola, mamá.
—Tu hermano dice que sobrevives alimentándote de café y decisiones cuestionables.
—Qué exagerado.
—Claro.
Alex sonrió otra vez, mucho más relajado ahora. Mary notó el cambio inmediatamente. Siempre lo hacía.
—Will me ha dicho que Hannah Jones ha regresado a North Harbour.
Ahí estaba. Alex abrió lentamente los ojos y miró hacia el agua oscura del puerto.
—Sí.
—Y que tiene un niño precioso.
La sonrisa le salió sola esta vez. Pequeña y completamente involuntaria.
—Sí… Se llama Connor.
Mary percibió inmediatamente algo distinto en su voz.
—Háblame de él.
Alex apoyó un brazo sobre la mesa y bajó la vista hacia la libreta abierta delante de él. Y sin darse cuenta empezó a relajarse de verdad.
—Es un buen crío.
La frase salió demasiado rápido. Demasiado sincera.
Alex soltó una carcajada antes de continuar.
—Es listo. Mucho. Quizás demasiado.
—¿Ah, sí?
—Demasiado para su edad. Hace preguntas constantemente. Y no se le escapa nada.
Mary sonrió al otro lado del teléfono. Podía escucharlo. Perfectamente. La calidez, la ternura involuntaria, la forma en que su hijo hablaba de ese niño como si lo conociera desde hacía años.
—También le encanta el mar —añadió Alex más bajo—. El Taekwondo. Navegar. Todo eso.
Hizo una pequeña pausa:
—Y se parece muchísimo a su madre.
Mary guardó silencio apenas un instante. El suficiente. Porque acababa de escuchar algo mucho más profundo que una simple descripción.
Connor ya estaba ocupando espacio emocional dentro de Alex. Muchísimo más del que él entendía todavía.
—¿Y tú cómo estás, cariño?
Ahí llegó el problema. Alex apoyó lentamente la nuca contra el respaldo. Miró el pequeño techo del velero. Y por primera vez en días dejó de fingir completamente.
—Creía que lo tenía controlado.
La voz le salió cansada. Honesta. Mary no interrumpió.
—Pensaba que después de tantos años sería distinto —continuó él—. Que podría verla otra vez y… no sé. Seguir adelante. Qué todo sería normal.
Soltó una carcajada amarga.
—Pero no puedo.
El mar golpeó suavemente el casco del barco.