Las cosas que nadie tira
El apartamento de Hannah olía a pizza recalentada, palomitas recién hechas y colonia infantil.
El salón era un pequeño desastre.
Había mantas extendidas por el suelo, cojines amontonados alrededor de la mesa baja y varias bolsas de patatas abiertas junto a vasos de refresco medio vacíos. La consola permanecía en pausa desde hacía casi diez minutos, congelada en mitad de una carrera porque Dylan seguía defendiendo, con una indignación muy poco convincente, que había perdido por culpa de un fallo del mando.
Claire no dejaba de burlarse de él.
—Claro, Dylan —dijo entre risas mientras abrazaba un cojín—. Seguro que el mando decidió estrellarte contra el muro por iniciativa propia.
—¡Lo hizo!
—Sí, claro.
—¡Te lo juro!
—Qué casualidad —respondió Chloe, negando con la cabeza mientras cogía otra palomita—. Siempre pierde el mando. Nunca tú.
Connor soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que sujetarse el estómago. Hacía mucho tiempo que no se reía así. Quizá nunca. Porque aquello no se parecía a Nueva York donde había vivido con su madre.
Allí siempre había sentido que debía esforzarse para encajar. Pensar qué decir, cómo actuar, cuándo intervenir.
Aquí no. Aquí simplemente estaba. Y eso bastaba.
Claire ocupaba uno de los sofás como si aquella casa también fuera un poco suya. Dylan discutía con Chloe con la confianza de quien lleva toda la vida haciéndolo. Nadie intentaba impresionar a nadie. Todo era fácil. Todo era natural.
Connor dejó escapar una sonrisa mientras los observaba.
Por primera vez desde que había llegado a North Harbour, sintió una certeza cálida instalándose poco a poco dentro de él. Pertenecía a aquel lugar. No sabía explicar por qué. Solo lo sentía.
Claire se incorporó de repente, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Vale... —anunció con solemnidad exagerada—. Estamos evitando el tema importante.
Connor levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Qué tema?
Claire sonrió con picardía.
—Fuego y Hielo.
Connor abrió mucho los ojos. Ahí estaba otra vez. El bote del bar. Las miradas raras de los adultos. Las sonrisas que desaparecían demasiado deprisa. Las respuestas que nunca respondían nada.
Dylan soltó una risa.
—Mi padre dice que esa apuesta es más vieja que internet.
—Mi madre asegura que el pueblo entero acabaría arruinado si esos dos aprendieran a hablar como personas normales —añadió Chloe con una sonrisa divertida.
Connor los miró alternativamente. Cada vez entendía menos. Y precisamente por eso quería saberlo todo.
—¿Pero qué apuesta exactamente la gente?
Claire dejó la lata de refresco sobre la mesa y juntó las manos como si estuviera a punto de revelar un secreto de Estado.
—Apuestan cuánto tiempo tardarán tu madre y mi tío Alex en dejar de hacerse los idiotas y empezar a salir juntos.
Connor parpadeó varias veces.
—¿Hay dinero de verdad?
—Muchísimo —respondió Dylan, riéndose—. Hay un bote enorme detrás de la barra del bar de mi padre.
—La gente lleva años metiendo dinero ahí —añadió Chloe encogiéndose de hombros—. Ya casi es una tradición.
Connor permaneció unos segundos completamente callado. Después sonrió.
—Pues yo quiero apostar.
Los tres estallaron en carcajadas.
Claire tuvo que limpiarse una lágrima de la risa.
—¿En serio?
Connor asintió con absoluta convicción.
—Claro.
—¿Y por quién apostarías? —preguntó Chloe, todavía divertida.
Connor la miró como si la respuesta fuera la cosa más evidente del mundo.
—Por Alex.
Los tres volvieron a reír.
—Connor... —dijo Claire negando con la cabeza—. Eres peligrosamente parcial.
Él cruzó los brazos.
—No soy parcial.
—Lo eres muchísimo.
Connor negó con energía.
—Solo digo la verdad.
Hizo una pequeña pausa antes de añadir con total naturalidad:
—Además… Creo que a mi madre le gusta.
La risa desapareció poco a poco. No del todo. Pero sí lo suficiente para que el ambiente cambiara ligeramente.
Dylan arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
Connor asintió con absoluta seguridad.
—Sí.
Claire sonrió con curiosidad.
—¿Y eso cómo lo sabes?
El niño frunció ligeramente el ceño mientras intentaba encontrar las palabras.
—Porque pone... una cara rara.
Claire soltó una carcajada.
—¿Cara rara?
Connor hizo un gesto desesperado con las manos.
—No sé explicarlo. Cuando Alex está cerca… Sonríe más.
Los tres guardaron silencio.
Connor continuó hablando sin darse cuenta de que ahora todos lo escuchaban con mucha más atención.
—También canta cuando cocina. Desde que llegamos al pueblo. Antes casi nunca cantaba.
Chloe bajó lentamente la mirada hacia la bolsa de patatas.
Connor siguió.
—Y se pone nerviosa. Como cuando hoy estaba preparándose para salir.
Claire intercambió una mirada rápida con Chloe. Había dejado de parecer una ocurrencia infantil.
Connor simplemente estaba describiendo cosas que había observado.
—Además... —añadió mientras cogía otra patata— Alex también la mira mucho.
Dylan soltó una risa.
—Bueno… Eso lo hace medio pueblo.
Connor negó.
—No. Él la mira diferente.
Ninguno supo qué responder.
Porque, en el fondo, el niño acababa de resumir algo que todos ellos llevaban escuchando desde hacía años.
Connor volvió a hablar con absoluta tranquilidad.
—Yo quiero que salga con Alex.
Chloe sonrió con ternura.
—¿Y tu padre?
Connor dejó de masticar durante unos segundos. Bajó la vista hacia la bolsa de patatas. Cuando volvió a levantarla, habló mucho más despacio.
—Bueno… Él puede ser mi padre.
Hizo una pausa.
Muy pequeña.
—Pero Alex puede ser mi papá.
Los tres se quedaron completamente inmóviles.