Fuego y Hielo

Capítulo 6: Parte 4

I LA APUESTA

El apartamento olía a pizza recalentada, palomitas y colonia infantil. El salón era un desastre: mantas por el suelo, cojines amontonados alrededor de la mesa baja, bolsas de patatas abiertas y la consola en pausa desde hacía diez minutos porque Dylan seguía defendiendo que había perdido por culpa del mando.

—Claro, Dylan —dijo Claire abrazando un cojín—. Seguro que el mando decidió estrellarte contra el muro por iniciativa propia.

—¡Lo hizo!

—Qué casualidad. Siempre pierde el mando, nunca tú —remató Chloe.

Connor soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que sujetarse el estómago. Allí no tenía que esforzarse por encajar. Allí simplemente estaba. Y bastaba.

Por primera vez desde que llegó a North Harbour sintió una certeza cálida instalándose dentro: pertenecía a aquel lugar.

Claire se incorporó de repente.

—Vale... Estamos evitando el tema importante.

—¿Qué tema?

—Fuego y Hielo.

Connor abrió mucho los ojos. Ahí estaba otra vez: el bote, las miradas raras, las respuestas que no respondían nada.

—Mi padre dice que esa apuesta es más vieja que internet —soltó Dylan.

—Mi madre asegura que el pueblo entero se arruinaría si esos dos aprendieran a hablar como personas normales —añadió Chloe.

—¿Pero qué apuesta la gente exactamente?

Claire juntó las manos como si fuera a revelar un secreto de Estado.

—Apuestan cuánto tardarán tu madre y mi tío Alex en dejar de hacerse los idiotas y salir juntos.

—¿Hay dinero de verdad?

—Muchísimo —respondió Dylan—. Hay un bote enorme detrás de la barra de mi padre.

Connor permaneció callado unos segundos. Después sonrió.

—Pues yo quiero apostar.

Los tres estallaron en carcajadas.

—¿Y por quién apostarías? —preguntó Chloe.

—Por Alex —dijo Connor como si fuera evidente.

—Eres peligrosamente parcial —dijo Claire.

—No soy parcial. Solo digo la verdad. —Hizo una pausa—. Además, creo que a mi madre le gusta.

La risa bajó un poco. El ambiente cambió.

—¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó Claire.

—Porque pone una cara rara. Cuando Alex está cerca sonríe más. —Los miró como si intentara explicarlo—. También canta cuando cocina. Desde que llegamos. Antes casi nunca cantaba. Y se pone nerviosa. Como hoy.

Se hizo un pequeño silencio.

—Además, Alex también la mira mucho.

—Bueno, eso lo hace medio pueblo —dijo Dylan.

—No. Él la mira diferente.

Ninguno supo qué responder.

—Yo quiero que salga con Alex —dijo Connor tranquilo.

Chloe sonrió con ternura.

—¿Y tu padre?

Dejó de masticar unos segundos y bajó la vista a la bolsa.

—Bueno... Él puede ser mi padre. —Pausa pequeña—. Pero Alex puede ser mi papá.

Los tres se quedaron inmóviles.

—¿Qué? —dijo Connor al ver sus caras.

—¿No es lo mismo? —preguntó Claire.

—No. Mi padre es alguien que no conozco. Ni una foto, ni cómo habla, ni cómo sonríe. —Miró el dibujo del velero—. Alex sí está. Me enseña cosas, escucha mis historias, me lleva en su barco, me ayuda con taekwondo. Y hace que mi madre se ría. Eso es diferente.

Apoyó la barbilla sobre las rodillas y su voz perdió alegría.

—Pero eso no significa que no quiera saber quién es mi padre. Me gustaría saber cómo es. Aunque solo fuera un poco.

—¿Nunca has visto una foto suya? —preguntó Dylan.

—No. Mamá casi nunca habla de él. Y cuando lo hace siempre se pone triste.

Claire respiró hondo y una sonrisa traviesa apareció. Miró a Chloe, luego a Dylan.

—Entonces tenemos una misión.

—Me encantan las misiones —dijo Dylan levantando la mano.

—Seguro que tu madre guarda cosas —dijo Chloe—. La gente nunca tira las cosas importantes.

Connor sintió el corazón más rápido. Recorrió el salón con la vista. Había fotos por todas partes: Hannah de adolescente, Connor de bebé, Allison, Eddie, cumpleaños, veranos en la playa.

Se puso en pie casi sin pensarlo y cogió un marco de madera clara junto a una vela.

Al principio solo vio una foto escolar. Niños con uniformes. Pero dos, no miraban al fotógrafo. Estaban distraídos hablando entre ellos. Una niña de cabello oscuro y un niño castaño a su lado, riendo de algo que solo ellos entendían.

—Esa es mi madre.

Claire se acercó por encima de su hombro.

—¡Y ese es mi tío Alex! Mi abuela tiene la misma en casa.

—Era pequeñísimo... —murmuró Connor—. Es el más bajito de toda la clase. Como yo —dijo bajito—. Yo también soy el más bajito de mi clase.

Ninguno dijo nada. Había algo tierno en la comparación.

Claire cogió otra foto, de una excursión del instituto. Su madre y Alex otra vez. Ella seria diciéndole algo, él inclinado hacia ella con sonrisa divertida.

—Parecen una pareja peleándose —dijo Claire.

Connor no pudo negarlo. Porque, visto desde fuera, realmente lo parecían.

—Vale. Necesitamos pruebas de verdad —dijo Dylan dando una palmada.

—Mi madre es malísima escondiendo las cosas importantes —dijo Connor abriendo mucho los ojos—. ¡Las llaves!

—¿Qué llaves?

Y echaron a andar hacia el pasillo. De pronto aquello había dejado de ser una conversación. Era una misión.

—Yo vigilo —susurró Dylan dramático.

—¿Vigilar qué? —dijo Chloe.

—Por si vienen adultos.

—Dylan... No hay ningún adulto en casa.

—Precisamente. Eso es lo que quieren que creas.

II - LA CAJA

El dormitorio olía al perfume suave de Hannah. Connor se detuvo en el umbral. Era la primera vez que entraba allí sin ella, como si invadiera un lugar privado.

La habitación estaba ordenada. La cama hecha, los libros alineados, un plato con pendientes sobre la mesilla y, sobre la cómoda blanca, un joyero.

—Ahí —señaló Connor.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Claire.

—Mi madre es muy predecible cuando intenta parecer misteriosa.

Claire arrastró una silla y abrió el joyero. Pendientes, pulseras, un reloj antiguo. Apartó con cuidado y se quedó inmóvil.




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