Las cosas que nadie tira
El apartamento de Hannah olía a pizza recalentada, palomitas y colonia infantil.
Connor estaba convencido de que aquella era oficialmente la mejor noche de su vida.
Había mantas tiradas por todo el salón. Cojines en el suelo. Bolsas abiertas de patatas fritas. Una consola encendida pausada en mitad de una carrera porque Dylan había asegurado que “iba ganando injustamente” y Claire llevaba diez minutos burlándose de él por perder contra Chloe.
La televisión iluminaba a ratos el salón con flashes azules.
Y, por primera vez desde que habían llegado a North Harbour, Connor sentía algo raro y enorme dentro del pecho. Qué pertenecía a un sitio. No la clase de pertenencia incómoda que había sentido en otros colegios o ciudades cuando intentaba encajar demasiado rápido. No. Esto era distinto.
Aquí nadie parecía hacer el esfuerzo por conocerle. Ni él tampoco.
Claire estaba despatarrada en uno de los sofás como si la casa también fuera suya. Dylan discutía con Chloe sobre si las aceitunas debían existir legalmente. Y Connor, sentado en el suelo entre ellos, se reía tanto que le dolía el estómago.
La casa respiraba vida. Y eso le gustaba muchísimo.
—Vale, pero seguimos sin hablar del tema importante —dijo Claire de repente, incorporándose con dramatismo—. Fuego y Hielo.
Connor levantó la cabeza automáticamente.
Ahí estaba otra vez. El bote del bar. Las miradas raras de los adultos. Las sonrisitas. Las medias frases. La apuesta absurda de todo el pueblo.
Connor ya estaba completamente obsesionado con aquello. Dylan soltó una carcajada.
—Mi padre dice que esa apuesta es más vieja que Internet.
—Mi madre dice que el pueblo entero perdería dinero si esos dos aprendieran a hablar como personas normales —añadió Chloe.
Connor frunció el ceño.
—¿Y exactamente qué apuestan?
Claire sonrió como si fuera a revelar un secreto de estado.
—Cuándo tu madre y mi tío Alex van a dejar de hacerse los idiotas y van a acabar saliendo juntos.
Connor abrió mucho los ojos.
—¿Hay apuestas de verdad sobre eso?
—Literalmente hay dinero metido en un bote detrás de la barra del bar de papá —dijo Dylan—. La gente lleva años apostando.
Connor miró a los tres completamente fascinado. Y luego dijo, con total sinceridad:
—Yo quiero apostar también.
Los otros soltaron una carcajada inmediata.
—¿Ah, sí? —preguntó Chloe riéndose—. ¿Y por qué apostarías?
Connor ni siquiera dudó.
—Porque me gusta Alex para mi madre, obviamente.
Eso hizo que Claire se tirara hacia atrás riéndose.
—Connor, eres peligrosamente parcial.
—No soy parcial.
—Sí lo eres.
Connor cruzó los brazos.
—Además, creo que a mi madre le gusta.
Hubo un silencio breve. No incómodo, solo ligeramente sorprendido.
Dylan levantó una ceja.
—¿Alex?
Connor lo miró como si fuera evidente.
—Bueno… Mamá pone cara rara cuando está cerca.
Claire empezó a reírse otra vez.
—¿Cara rara?
—Sí. Como si estuviera en una nube.
—Eso no explica nada.
Connor intentó pensarlo mejor.
—Sonríe más.
Aquello hizo que la sonrisa de Chloe se apagara apenas un segundo. Porque Connor no lo había dicho bromeando. Lo había dicho como una observación importante.
—Y se pone nerviosa —continuó él—. Y canta cuando cocina desde que llegamos a North Harbour.
Claire intercambió una mirada rápida con Chloe. Connor seguía completamente ajeno.
—Además Alex la mira muchísimo.
—Bueno, eso lo hacen todos en el pueblo —murmuró Dylan.
Connor cogió una patata de la bolsa.
—Yo quiero que salga con Alex.
—¿Y tu padre? —preguntó Chloe suavemente.
Connor se encogió de hombros.
—Bueno… ese puede ser mi padre.
Pausa.
—Pero Alex puede ser mi papá.
Los tres se quedaron mirándolo. Connor siguió hablando con total normalidad, como si aquello tuviera muchísimo sentido.
—No es lo mismo?.
Y lo peor era que, para él, realmente no lo era. Porque “padre” era una palabra lejana. Un señor desconocido, una pregunta. Pero Alex… Alex era quien le enseñaba cosas sobre barcos. Quien escuchaba sus historias enteras. Quién le enseñaba taekwondo. Quien sonreía cuando hablaba. Quien hacía que su madre pareciera feliz. Eso era distinto.
Connor apoyó la barbilla sobre las rodillas.
—Pero eso no quita que quiera saber quién es.
El tono cambió apenas en ese momento, volviéndose más suave, más sincero.
—No tengo ni una foto de él.
Claire dejó de sonreír.
—¿Nunca has visto ninguna?
Connor negó despacio.
—Mi madre nunca habla mucho de él.
Y aquello sí consiguió cambiar el ambiente del salón. No fue tristeza. Fue curiosidad. Inmediata. Infantil. Peligrosa.
Claire se incorporó de golpe.
—Vale. Entonces tenemos una misión.
Dylan levantó una mano.
—Me encantan las misiones.
—Seguro que tu madre guarda cosas —añadió Chloe.
Connor miró alrededor del salón. Fotos. Había fotos por todas partes. Sobre estanterías. Encima del mueble de la televisión. En la pared junto a la cocina. Fotos de su madre, de Connor de bebé, de sus tíos, del pueblo, de cumpleaños, de vacaciones de verano.
Toda una vida puesta delante de ellos.
Connor se levantó primero. Y ahí empezó todo.
La primera foto estaba junto a una vela decorativa y una pequeña planta. Una foto escolar antigua. Connor la cogió sin demasiado interés al principio. Solo veía niños pequeños sentados en fila. Uniformes, mochilas, sonrisas incómodas.
Pero entonces frunció un poco el ceño. Porque había dos niños que no estaban mirando a cámara. Una niña de pelo oscuro y un niño de cabello castaño sentado justo a su lado. Estaban hablando entre ellos. Completamente distraídos mientras reían sobre algo.
Como si se hubieran olvidado de que les estuvieran haciendo una fotografía.