Fuego y Hielo

Capítulo 6: Parte 5

“Las cosas que todavía arden”

El bar de Will estaba lleno esa noche. Ruido. Música. Vasos chocando. Risas atravesando el local en distintas direcciones. El olor mezclado de cerveza, comida frita y sal entrando por la puerta.

North Harbour un viernes por la noche. Exactamente igual que siempre. Y aun así, Alex llevaba cuarenta minutos arrepintiéndose de haber salido de casa.

—Míralo —dijo Michael desde el otro lado de la mesa, señalándolo con la cerveza—. Tiene cara de un hombre abandonado por sus propias decisiones.

Eddie soltó una carcajada inmediata.

—Yo digo que lleva tanto sin tocar a una mujer que ya hace la fotosíntesis.

—O se ha vuelto monje —añadió Stu.

Will apareció dejando otra cerveza frente a Alex.

—Está loco por cierta inspectora.

Monty ni siquiera levantó la vista de la mesa de billar.

—De piernas largas y lengua más larga aún.

Alex cerró los ojos un segundo.

—Voy a mataros.

—Eso no ha sido un “no” —señaló Eddie.

Michael se inclinó hacia delante con expresión solemne.

—Lo peor es que tiene la misma cara que cuando tenía diecisiete años y Hannah le gritaba en mitad del puerto.

—Hostia, sí —rió Will—. La cara de “estoy enamorado y voy a fingir que quiero estrangularla”.

Alex les dedicó una mirada asesina. Fracasó completamente. Porque todos seguían riéndose. Y porque todos tenían razón. Ese era el problema.

No hacía falta explicar nada allí. Todos habían visto siempre lo mismo. Alex jamás había vuelto a mirar a otra mujer como miraba a Hannah Jones. Ni siquiera se le acercaba.

Había tenido líos, rollos sin importancia. Muchos, de hecho. Pero relaciones serias… ninguna. Nunca. Y el pueblo entero lo sabía aunque nadie lo dijera directamente.

—Ahora en serio —dijo Will apoyándose en la barra—. Hace muchísimo tiempo que no te veo irte con ninguna mujer.

—Meses mínimo —añadió Michael.

Stu frunció el ceño pensativo.

—¿Seguro que sigue funcionando?

Alex estuvo a punto de tirarle la cerveza encima. Eddie casi se cae de la silla riéndose. Y fue justo entonces cuando alguien golpeó dos veces el respaldo de Alex.

—Nah. La verdadera pregunta es cuánto hace que no duerme más de cuatro horas seguidas.

Alex levantó la vista. Su amigo Garreth Aker sonreía desde su silla de ruedas con una calma casi insultante.

—Joder —murmuró Alex—. Pensaba que seguías de vacaciones.

—Y yo pensaba que tú seguías emocionalmente muerto, pero mira qué sorpresas da la vida.

Michael soltó un silbido.

—Vale. Eso ha dolido.

Garreth saludó al resto antes de acomodarse junto a ellos. Más tranquilo que los demás. Más observador. Como si siempre estuviera viendo algo debajo de las conversaciones normales. Y Alex supo inmediatamente que iba a ser un problema. Porque Garreth lo conocía demasiado bien.

Habían sobrevivido juntos a demasiadas cosas: al accidente que dejó a su amigo en silla de ruedas, al sentimiento de culpa. La sensación de quedarse atrapado dentro de una vida que ya no reconocías.

Garreth observó a Alex unos segundos. Luego sonrió apenas.

—Vuelves a marcar ritmos con los dedos.

Alex bajó la vista automáticamente. Tac... Tac... Tac... Sus dedos golpeaban la botella de cerveza sin que se hubiera dado cuenta. Mierda.

Michael arqueó una ceja.

—¿Eso qué significa?

—Que algo se mueve dentro de él —respondió Garreth antes que Alex.

Hubo un pequeño silencio. Alex apartó la mirada hacia la mesa de billar.

—No se está moviendo nada.

—Claro.

Garreth no insistió. Y eso fue peor. Porque significaba que ya lo había entendido. Algo que llevaba tiempo dormido, había vuelto a despertar. Y Alex todavía no sabía qué hacer con eso. No sabía qué hacer con nada últimamente. Con Hannah, con Connor, con la forma en que empezaba a imaginar cosas peligrosas otra vez. Hogar. Rutina. Una vida entera.

Garreth le dió un trago a la cerveza.

—Sigues pensando que fue culpa tuya.

El tono cambió. Pero Alex sintió el golpe igual. No necesitó preguntar qué ocurría. No hacía falta. Bradford. Hannah. El pasado. Todo volvió al mismo tiempo.

—No empieces —murmuró.

—¿Cuánto hace que no duermes bien? Lo digo en serio.

Alex no respondió. Y el silencio fue respuesta suficiente. Garreth asintió despacio. Porque entendía perfectamente lo que había debajo de aquello. Él era psicólogo, sabía de lo que hablaba.

Alex llevaba años sobreviviendo. Solo eso. Sin permitirse necesitar demasiado a nadie. Sin imaginar ni desear nada que pudiera perder.

Pero Hannah Jones había vuelto.Y con ella, habían regresado cosas mucho peores que el dolor. La esperanza y el miedo a perderla.

—Bradford no estaba loco —dijo Alex de pronto.

Los ocupantes de la mesa quedaron en silencio. Alex seguía mirando la cerveza.

—Estaba aterrorizado.

Y la forma en que lo dijo dejó claro que no hablaba solo del caso. Garreth lo observó un instante largo. Después sonrió.

—El problema contigo, Mallory, es que cuando quieres algo de verdad… lo quieres entero.

Alex soltó una risa seca.

—Y mira cómo termina siempre eso.

Pero aun así volvió a marcar el ritmo con los dedos contra la botella.Tac... Tac...Tac... Como si tuviera el ritmo atrapado debajo de la piel.

🌙

La cena de las chicas tenía una energía completamente distinta. Más íntima, más cálida y más divertida.

Velas pequeñas sobre la mesa. Copas de vino. Platos compartidos. El sonido del mar colándose desde la terraza abierta.

Y Hannah intentando parecer normal. Fracasando completamente.

—Yo solo digo —declaró Eleanor levantando la copa— que la luna de miel me da igual donde sea mientras no salgamos de la cama en una semana.

María, la mujer de Will, escupió el vino riéndose. Allison negó con la cabeza.

—No puedes decir esas cosas en público.

—Claro que puedo. Estoy feliz.




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