Las cosas que todavía arden
EL BAR DE WILL
El bar estaba lleno. Como casi todos los viernes. Murmullo de conversaciones, música de fondo, tintinear de vasos, bolas de billar y carcajadas sin orden. Olía a cerveza recién servida, a fritanga, a sal y a puerto. North Harbour seguía exactamente igual.
Y, sin embargo, Alex llevaba cuarenta minutos convencido de que había sido una pésima idea.
Estaba sentado con una cerveza entre las manos fingiendo escuchar una conversación sobre hockey que le importaba muy poco. No estaba allí del todo. Su cabeza seguía en una sala de documentación, en una llamada, en unos ojos marrones que llevaban todo el día buscándolo aunque fingieran no hacerlo.
—Míralo —dijo Michael señalándolo con la botella—. Tiene la cara de un hombre abandonado por sus propias decisiones.
Eddie soltó una carcajada que hizo girar varias cabezas.
—Yo digo que lleva tanto sin tocar a una mujer que ya hace la fotosíntesis.
Stu lo analizó con seriedad fingida.
—No. Peor. Se ha hecho monje.
Will dejó otra cerveza delante de Alex desde detrás de la barra.
—No. Está loco por cierta inspectora.
Monty, preparando un tiro, habló sin levantar la vista.
—De piernas largas... y lengua todavía más larga.
Alex cerró los ojos y dejó escapar el aire por la nariz.
—Voy a mataros.
—Curioso —sonrió Eddie—. Eso no ha sonado a un "no".
—Tiene exactamente la misma cara que cuando tenía diecisiete años y Hannah le gritaba en mitad del puerto —dijo Michael solemne.
—¡Es verdad! La cara de "estoy perdidamente enamorado y voy a fingir que quiero estrangularla" —remató Will.
Alex les lanzó una mirada que pretendía ser amenazadora. Solo consiguió otra ronda de carcajadas. Resopló y escondió una sonrisa dentro del vaso antes de que alguien la viera.
Aquello era lo peor. No hacía falta explicar nada. Todos habían estado allí. Alex jamás había vuelto a mirar a otra mujer como miraba a Hannah Jones. Había salido con otras, aventuras breves, historias que terminaban antes de convertirse en importantes. Pero enamorarse, eso solo le había ocurrido una vez. Y todo North Harbour lo sabía.
Will apoyó los antebrazos en la barra, más tranquilo.
—Ahora en serio. Hace muchísimo que no te veo irte con ninguna mujer.
—Meses. Como mínimo —asintió Michael.
Stu fingió pensar.
—¿Estamos seguros de que sigue funcionando?
Alex hizo una bola con una servilleta y se la lanzó a la cabeza.
—Idiota.
Fue entonces cuando alguien dio dos golpecitos sobre el respaldo de su silla.
—No. La verdadera pregunta es cuánto hace que no duerme más de cuatro horas seguidas.
Alex levantó la vista y sonrió de verdad por primera vez en la noche.
—Garreth...
Garreth Aker maniobró la silla de ruedas hasta colocarse junto a ellos.
—Pensaba que seguías de vacaciones.
—Y yo que tú seguías emocionalmente muerto. Parece que los dos nos hemos llevado una sorpresa.
Garreth saludó al resto y aceptó la cerveza que Will ya le tenía preparada. Había algo distinto en él. Mientras los demás hablaban, él observaba. Mientras todos escuchaban palabras, él escuchaba silencios.
Dio un trago y bajó la vista hacia las manos de Alex. Sonrió apenas.
—Has vuelto a hacerlo.
—¿El qué?
—Eso.
Alex siguió su mirada. Sus dedos golpeaban distraídos el cristal. Tac... Tac... Tac...
Michael arqueó una ceja.
—¿Y eso qué significa?
Garreth respondió antes de que Alex inventara una excusa.
—Que algo se ha despertado otra vez.
Silencio de unos segundos.
—No se está despertando nada —dijo Alex apartando la vista hacia el billar.
—Claro.
Garreth no insistió. Y precisamente por eso fue peor. Porque ya lo había entendido todo: la música, la libreta, los ritmos. Todo lo que llevaba semanas escondiendo. Había vuelto. Y tenía un nombre. Hannah.
Desde que ella regresó algo dentro de él había empezado a respirar otra vez. Y eso era infinitamente más peligroso que seguir roto.
—Sigues pensando que fue culpa tuya —dijo Garreth tranquilo.
Alex no respondió. Tenía la mandíbula tensa y la mirada en la cerveza.
—No empieces.
—¿Cuánto hace que no duermes bien?
El silencio respondió por él. Garreth asintió despacio. Era psicólogo. Había visto esa expresión demasiadas veces.
Alex giró lentamente la botella entre las manos.
—Bradford no estaba loco. Estaba aterrorizado.
La conversación alrededor se apagó. Incluso Eddie dejó de bromear. Todos entendieron que ya no hablaba solo del inspector.
Garreth sostuvo su mirada y sonrió con afecto y resignación.
—El problema contigo, Mallory, es que cuando quieres algo de verdad, lo quieres entero.
Alex soltó una risa breve, sin humor.
—Y mira cómo termina siempre.
—No. El problema no fue quererla. El problema fue dejar que el miedo hablara por ti.
Las palabras golpearon donde más dolía. El aeropuerto, el avión, aquella mañana. Todo volvió un segundo.
Sin darse cuenta, sus dedos marcaron otra vez el ritmo sobre la botella. Tac... Tac... Tac... Como si llevara una melodía atrapada bajo la piel. Garreth observó el gesto y sonrió apenas. La música siempre volvía cuando Hannah también lo hacía.
LA CENA DE LAS CHICAS
La cena tenía una energía completamente distinta. Más íntima, más cálida y mucho más peligrosa para quien intentara esconder un secreto.
La terraza del restaurante daba al mar. La brisa hacía oscilar las velas sobre los manteles blancos, el rumor de las olas se mezclaba con copas y una música suave que nunca se imponía. Era una de esas noches que invitaban a relajarse.
Excepto Hannah. Llevaba media copa intentando parecer natural y estaba fracasando estrepitosamente.
—Yo solo digo —declaró Eleanor levantando su copa— que me da igual dónde sea la luna de miel mientras no salgamos de la cama en una semana.