Todo lo que no deberían recordar
I - EL BAR
El bar de Will estaba lleno. Luces cálidas tiñendo de ámbar la madera, música más alta de lo habitual, murmullo constante, vasos y carcajadas sin orden. Al fondo alguien desafinaba en el karaoke mientras medio local lo animaba como si fuera una estrella.
Un viernes en North Harbour. Vivo, ruidoso y peligrosamente pequeño para guardar secretos.
Hannah apenas cruzó la puerta cuando Eleanor apareció con una copa de vino.
—Ni se te ocurra decir que no. Esta noche no te dejo ponerte dramática.
—Voy perfectamente.
—Claro. Y yo soy monja —dijo Eleanor.
—Dadle diez minutos —añadió María desde la barra—. En cuanto vea cierta cara conocida se le olvida hasta respirar.
—¡HANNAH JONES!
Garreth Aker avanzaba entre las mesas moviendo la silla de ruedas con habilidad automática mientras saludaba a todos. Todo el mundo sonreía al verlo.
Hannah sintió algo cálido aflojarse dentro. Hogar.
—Dios mío...
—¡Mi inspectora favorita! —abrió los brazos de una manera teatral—. Bienvenida a casa.
Hannah dejó la copa y se inclinó para abrazarlo fuerte. De esos abrazos que solo existen entre gente que ha compartido demasiada vida.
—Te he echado muchísimo de menos.
—Eso es porque soy encantador.
—Eso es porque eres insoportable.
—Muchísimo mejor.
Durante unos minutos el peso de los últimos días desapareció. La conversación salió sola, como si no hubieran pasado nueve años.
—¿Y Elizabeth? —preguntó Hannah.
La expresión de Garreth se volvió más luminosa. Sacó el móvil y le mostró una foto de su mujer riendo mientras uno de sus hijos intentaba quitarle un helado.
—Sigue teniendo más paciencia de la que merezco.
—Eso ya lo sabía.
—Y estos dos son los culpables de que ya no duerma nunca —dijo enseñando a Paige y Brad con un castillo de arena torcido.
Hannah sonrió con ternura y buscó una foto en su móvil. Connor sobre el velero de Alex, pelo revuelto por el viento y sonrisa enorme.
—Es igual que tú —dijo Garreth mirándola.
Hannah acarició distraída el borde del teléfono.
—Sí...
—Elizabeth quiere conocerte. Estamos pensando ir a la playa el Cuatro de Julio. Estaría bien estar los cinco juntos. Como antes.
Como antes. Cuando todo parecía sencillo.
—Me gustaría mucho —dijo Hannah con ilusión y melancolía a la vez.
Garreth miró hacia Eleanor y Michael discutiendo por una tontería mientras reían.
—Mira a esos dos. Dentro de nada se casan. Parece que fue ayer cuando Michael apareció en el instituto intentando impresionar a Eleanor.
Hannah sonrió sincera, hasta que ocurrió. No vio entrar a Alex. Lo sintió. Una certeza imposible de explicar, como si una parte de ella hubiera aprendido años atrás a reconocer su presencia antes que sus ojos.
El murmullo cambió. Silbidos, aplausos. Levantó la cabeza hacia el pequeño escenario junto a la barra.
Y entonces lo vio. Alex acababa de subir con una guitarra colgada del hombro.
Todo dentro de ella se quedó inmóvil. Vaqueros negros, camiseta gris oscura ajustada, pelo castaño ligeramente despeinado y barba corta. Pero fueron sus ojos verdes los que la desarmaron.
Garreth, frente a ella, dejó de hablar a mitad de frase. Siguió su mirada y sonrió para sí. Había cosas que nunca cambiaban.
Alex terminó de afinar, levantó la vista, recorrió el bar con calma hasta encontrarla. Solo un segundo quieto. Después acercó la boca al micro.
Las primeras notas llenaron el local.
“Do I Wanna Know...”
La voz grave atravesó el bar y varias conversaciones se apagaron a la vez.
Hannah sintió un escalofrío lento por la espalda. Intentó convencerse de que solo escuchaba una canción. Fracasó. No podía dejar de mirarlo. La forma en que se tensaban los antebrazos al cambiar de acorde, cómo inclinaba apenas la cabeza hacia el micro, el ritmo tranquilo de su pecho bajo la camiseta.
Sintió el calor subirle al cuello y maldijo seguir reaccionando igual después de nueve años.
“Maybe I'm too busy being yours to fall for somebody new...”
Tuvo que apartar la vista para respirar. Cuando volvió a mirar descubrió que no era la única. Varias mujeres lo observaban. Una rubia junto al escenario sonreía abiertamente y dejó una servilleta con un número sobre el borde antes de guiñarle un ojo.
Hannah sintió un pinchazo inmediato, pequeño, ridículo e irracional.
Garreth no perdió detalle y rió por lo bajo.
—Uy...
—Qué valiente —dijo Hannah cruzando los brazos sin darse cuenta.
—Hannah...
—Espero que le gusten los hombres emocionalmente inaccesibles y profundamente traumatizados.
Garreth rompió a reír. Tan espontánea, tan celosa. Alex, desde el escenario, alcanzó a escucharla entre risas. La comisura se le curvó un instante. Se acercó al borde, cogió la servilleta, la miró un segundo y, sin cambiar de expresión, la dejó caer directamente en la papelera junto al amplificador. Después volvió a levantar la vista y buscó a Hannah. Siempre a ella.
La canción terminó en ovación. Alex sonrió con modestia, dio las gracias con un gesto y bajó hacia la escalera que llevaba a la vivienda de Will para guardar la guitarra.
Hannah se terminó la copa de un trago. Porque acababa de verlo desaparecer. Y una parte de ella ya pensaba en seguirlo.
Alex apenas había guardado la guitarra cuando oyó pasos detrás. No necesitó girarse.
A unos metros, Garreth observó la escena sonriendo con resignación y giró la silla.
—Bueno... Creo que voy a salvar mi matrimonio y desaparecer antes de convertirme en daño colateral.
Hannah le lanzó una mirada que prometía represalias. Garreth respondió con una más amplia.
—No hagáis nada que yo no haría.
Se alejó entre la gente, dejándolos tan solos como se podía estar en un bar lleno.
Alex cerró la funda y al incorporarse la encontró frente a él. La luz del escenario apenas llegaba al hueco bajo la escalera. Allí el ruido parecía más lejano, más difuso, como si el mundo les concediera unos minutos robados.