Fuego y Hielo

Capítulo 6: Parte 6

Todo lo que no deberían recordar

El bar de Will estaba completamente lleno.

Las luces cálidas teñían de ámbar las paredes de madera. La música sonaba más alta de lo habitual y se mezclaba con el murmullo constante de conversaciones cruzadas, el tintinear de los vasos y las carcajadas que estallaban aquí y allá sin ningún orden aparente. Al fondo, alguien desafinaba sobre el pequeño escenario del karaoke mientras medio local lo animaba como si fuera una estrella de rock.

North Harbour un viernes por la noche. Vivo, ruidoso y peligrosamente pequeño para guardar secretos.

Hannah apenas había cruzado la puerta cuando Eleanor apareció a su lado con una copa de vino en la mano.

—Ni se te ocurra decir que no —advirtió, colocándosela delante con una sonrisa traviesa—. Esta noche no pienso dejar que te pongas dramática.

Hannah arqueó una ceja mientras aceptaba la copa.

—Voy perfectamente.

Eleanor soltó una risa incrédula y negó con la cabeza.

—Claro. Y yo soy monja.

María, que estaba apoyada junto a la barra, rompió a reír.

—Dadle diez minutos —comentó divertida antes de mirar a Allison—. En cuanto vea cierta cara conocida, se le va a olvidar hasta cómo respirar.

Allison escondió una sonrisa detrás de su copa.

—No seas mala.

—¿Mala yo? Si solo describo los hechos.

Hannah abrió la boca para protestar.

—Os estáis volviendo insoportables...

No llegó a terminar la frase.

—¡HANNAH JONES!

La voz atravesó el bar por encima de la música. Hannah giró la cabeza por puro reflejo. Y sonrió de inmediato.

Garreth Aker avanzaba entre las mesas con la naturalidad de quien llevaba media vida recorriendo aquel mismo local. Movía la silla de ruedas con una habilidad casi automática mientras saludaba a varias personas por el camino. Todo el mundo parecía conocerlo. Y todo el mundo sonreía al verlo.

Hannah sintió cómo algo cálido se aflojaba dentro de su pecho. Una sensación de hogar.

—Dios mío... —susurró casi para sí.

Garreth abrió exageradamente los brazos en cuanto llegó hasta ella.

—¡Mi inspectora favorita de North Harbour!

Hizo una pausa teatral antes de añadir con una sonrisa llena de cariño:

—Bienvenida a casa.

Hannah dejó la copa sobre la mesa sin pensarlo dos veces y se inclinó para abrazarlo. Lo hizo con fuerza. Con esa clase de abrazos que solo existen entre personas que han compartido demasiada vida para necesitar explicaciones.

Garreth le devolvió el abrazo con la misma calidez.

—Te he echado muchísimo de menos —admitió Hannah al separarse, todavía sonriendo.

Garreth apoyó una mano sobre el pecho con fingido dramatismo.

—Eso es porque soy encantador.

Hannah soltó una pequeña carcajada y le dio un golpecito cariñoso en el hombro.

—Eso es porque eres insoportable.

—Muchísimo mejor.

Los dos rieron al mismo tiempo.

Eleanor observó la escena con una sonrisa enternecida.

—Da gusto veros.

Garreth giró la cabeza hacia ella.

—No te pongas sentimental, El. Te queda fatal.

—Y tú sigues igual de pesado.

—Gracias. Lo intento cada día.

Las risas volvieron a estallar alrededor de la mesa.

Durante unos minutos, Hannah sintió que el peso que llevaba encima desde hacía días desaparecía. Simplemente desaparecía.

Se sentó junto a Garreth mientras el resto seguía charlando alrededor. La conversación salió sola. Como si no hubieran pasado nueve años.

—¿Y Elizabeth? —preguntó Hannah apoyando un codo sobre la mesa—. Hace siglos que no la veo.

La expresión de Garreth cambió al instante. Se volvió más suave. Más luminosa.

Sacó el teléfono del bolsillo y empezó a buscar fotografías.

—Está bien. Muy bien.

Le mostró una imagen donde aparecía su mujer riéndose mientras uno de sus hijos intentaba quitarle un helado.

—Sigue teniendo mucha más paciencia de la que merezco.

Hannah soltó una risa.

—Eso ya lo sabía.

Garreth continuó pasando fotografías.

—Y estos dos son los culpables de que ya no duerma nunca.

En la pantalla aparecieron Paige y Brad haciendo un castillo de arena completamente torcido.

Hannah sonrió con auténtica ternura.

—Son preciosos.

—Lo sé. Aunque el pequeño ha heredado mi capacidad para meterse en problemas.

—Pobrecita Elizabeth...

—Exactamente.

Los dos volvieron a reír. Entonces Hannah desbloqueó también su móvil.

—Espera. Ahora te toca conocer al mío.

Buscó una fotografía y giró la pantalla hacia él.

Connor aparecía sonriendo sobre el velero de Alex con el pelo completamente revuelto por el viento y una sonrisa enorme iluminándole la cara.

Garreth observó la fotografía durante unos segundos. Después levantó despacio la vista hacia Hannah. Sonrió con una mezcla de ternura y nostalgia.

—Es igual que tú.

Hannah volvió la mirada hacia la pantalla. Su dedo acarició distraídamente el borde del teléfono.

—Sí...

Su voz salió mucho más bajita de lo que esperaba.

Garreth siguió observándola unos segundos más. Como siempre. Leyendo lo que ella no decía. Decidió cambiar de tema antes de que aquel silencio creciera demasiado.

—Elizabeth quiere conocerte.

Hannah levantó la cabeza.

—¿De verdad?

Garreth asintió con entusiasmo.

—Claro. Hace años que escucha hablar de ti.

Sonrió antes de continuar.

—Estamos pensando ir a la playa el Cuatro de Julio.

Miró un instante hacia Eleanor y Michael, que seguían riéndose con el resto. Luego volvió a Hannah.

—Estaría bien pasar un rato los cinco juntos. Como antes.

Aquellas dos últimas palabras quedaron suspendidas entre los dos. “Como antes”. Cuando todavía todo parecía sencillo. Cuando nadie imaginaba que la vida pudiera romperse de aquella manera.

Hannah sonrió con una mezcla de ilusión y melancolía.




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