Fuego y Hielo

Capítulo 6: Parte 7

El camino de vuelta

Oscuridad.

Silencio.

Y, de pronto, un golpe seco.

—¡Au!

Alex abrió los ojos despacio.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

El techo permanecía sumido en la penumbra. Olía a cerveza, madera vieja y comida frita. Tenía la boca seca, un dolor de cabeza considerable y la incómoda sensación de haber dormido en una postura imposible.

Parpadeó varias veces.

Entonces volvió a escuchar aquella voz.

—Creo... que me he golpeado el pie con una silla.

Alex giró lentamente la cabeza.

—¿...Hannah?

—Sí —respondió ella desde algún lugar de la oscuridad.

Él volvió a pestañear, todavía desorientado.

—¿Por qué estás en el suelo?

Hubo un breve silencio.

—¿Por qué estás tú debajo de una mesa?

Alex bajó la vista.

Tardó un par de segundos en procesarlo.

Estaba medio encogido entre una mesa de billar y dos sillas volcadas, con un brazo atrapado entre una pata de madera y un taburete.

Suspiró.

—No tengo ninguna explicación razonable para esto.

Hannah soltó una carcajada. Fue una risa limpia. Despreocupada. Con ese punto de cansancio y alcohol que la hacía todavía más contagiosa.

Alex terminó riéndose también. Porque la situación era completamente ridícula. Y porque hacía demasiado tiempo que no compartían una risa así.

Hannah intentó incorporarse apoyándose en una silla. Consiguió ponerse de pie… Durante exactamente tres segundos.

—Uy...

Se tambaleó hacia un lado.

Alex reaccionó antes siquiera de pensarlo. La sujetó por la cintura justo cuando estaba a punto de chocar contra la barra.

El mundo volvió a quedarse quieto. Otra vez.

Ella alzó despacio la cabeza. El vestido negro estaba ligeramente arrugado. Algunos mechones de cabello se habían escapado de su peinado. Sus labios conservaban todavía el color del pintalabios, aunque un poco difuminado después de toda la noche.

Alex cometió el mismo error de siempre. Miró primero su boca. Siempre primero. Cuando levantó la vista encontró los ojos de Hannah observándolo con una sonrisa apenas dibujada.

—Me estás mirando muchísimo para alguien que decía que yo era demasiado complicada... mi vida.

Alex dejó escapar una risa cansada.

—Y tú hablas muchísimo para alguien que casi pierde una pelea contra una silla hace diez segundos.

Ella volvió a reír. Aquella risa hizo que algo dentro de él se relajara sin pedir permiso.

Durante un instante ninguno de los dos se apartó. Hasta que Hannah frunció ligeramente el ceño y miró alrededor.

—¿Por qué está todo tan oscuro?

Alex siguió su mirada.

Las luces estaban apagadas; las mesas recogidas; las sillas colocadas sobre algunas de ellas; la música había desaparecido por completo.

Solo quedaba el zumbido lejano de una nevera y el rumor del mar filtrándose desde el exterior.

Entonces lo entendió. Muy despacio.

—Espera...

Miró hacia la puerta principal. Cerrada. Después hacia la barra. Vacía.

Finalmente volvió a mirar a Hannah.

—Creo que mi hermano ha cerrado el bar.

Ella tardó unos segundos en comprenderlo.

—¿Cómo que... ha cerrado?

Alex señaló alrededor con un gesto.

—Con nosotros dentro.

Hannah abrió mucho los ojos.

—No.

Él asintió con absoluta tranquilidad.

—Sí.

Silencio.

Ella procesó la información durante unos segundos más. Después declaró con toda la solemnidad que le permitía el alcohol:

—Esto es un secuestro.

Alex rompió a reír. No una sonrisa. No una pequeña carcajada. Una risa de verdad. De las que doblan el cuerpo. De las que obligan a llevarse una mano al estómago.

Hannah se quedó mirándolo. Y el tiempo pareció detenerse otra vez. Porque hacía muchísimo que no veía a Alex reír así. Sin miedo. Sin tensión. Sin esa tristeza escondida detrás de los ojos. Solo él. Libre durante unos segundos. Como el chico que había conocido toda la vida.

Y aquello le hizo daño. Un daño dulce. Porque comprendió cuánto había echado de menos precisamente esa versión de él.

Alex terminó secándose una lágrima provocada por la risa.

—Conociendo a Will... mañana dirá que pensó que ya nos habíamos ido.

—No le creo.

—Yo tampoco.

Hannah sonrió mientras negaba con la cabeza.

—Lo ha hecho aposta.

—Es perfectamente capaz.

Ella cruzó los brazos.

—Tu familia está completamente loca.

Alex apoyó un hombro contra la barra.

—Llevas conociéndonos desde los cinco años.

—Precisamente por eso puedo afirmarlo con conocimiento de causa.

Él volvió a reír. Más suave esta vez.

Después caminó hasta la puerta y probó el picaporte. Ni se movió. Empujó un poco más fuerte. Nada.

—Diagnóstico oficial —se giró hacia Hannah. —Seguimos secuestrados.

Ella levantó una ceja.

—¿Y ahora qué hacemos, subinspector?

Alex se encogió de hombros con una tranquilidad casi insultante.

—Supongo que sobrevivir hasta que alguien venga a abrir mañana.

Hannah lo miró unos segundos. Luego soltó una carcajada.

—La verdad es que contigo siempre acabo metida en situaciones completamente absurdas.

Alex sonrió despacio.

—No voy a discutir eso.

Porque, por extraño que pareciera...

Aquella noche, encerrados en el bar de Will mientras todo North Harbour dormía al otro lado de la puerta, era la primera vez desde su regreso que ninguno de los dos tenía un lugar al que huir.

Y quizá por eso el silencio que cayó entre ellos ya no dolía.

Solo esperaba.

La búsqueda de las llaves resultó ser un desastre absoluto.

Durante casi veinte minutos registraron cada rincón del bar con una determinación tan admirable como inútil.

Abrieron cajones donde solo había servilletas; miraron debajo de la cafetera, dentro de los bolsillos de varios abrigos olvidados, detrás de la barra, en el almacén. Incluso dentro del congelador.




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