El camino de vuelta Oscuridad. Silencio. Y, de pronto, un golpe seco. —¡Au! Alex abrió los ojos despacio. Durante unos segundos no supo dónde estaba. El techo estaba en penumbra, olor a cerveza, madera vieja y fritanga, tenía la boca seca y dolor de cabeza. Había dormido en una postura imposible. —Creo que me he golpeado el pie con una silla. Giró lentamente la cabeza. —¿Hannah? —Sí. —¿Por qué estás en el suelo? —¿Por qué estás tú debajo de una mesa? Bajó la vista. Estaba medio encogido entre una mesa de billar y dos sillas volcadas, con un brazo atrapado entre una pata y un taburete. —No tengo ninguna explicación razonable para esto. Hannah soltó una carcajada limpia, despreocupada, con ese punto de cansancio y alcohol que la hacía más contagiosa. Alex terminó riéndose también. Hacía demasiado que no compartían una risa así. Intentó incorporarse apoyándose en una silla. Se puso de pie tres segundos. —Uy... Se tambaleó hacia la barra. Alex la sujetó por la cintura justo antes de chocar. El mundo volvió a quedarse quieto. Ella alzó despacio la cabeza. Tenía el vestido negro ligeramente arrugado, algunos mechones escapados del recogido, el pintalabios difuminado. Alex cometió el error de siempre: miró primero su boca. Cuando levantó la vista la encontró sonriendo apenas. —Me estás mirando muchísimo para alguien que decía que yo era demasiado complicada, mi vida. —Y tú hablas muchísimo para alguien que casi pierde una pelea contra una silla hace diez segundos. Ella volvió a reír. Algo dentro de él se relajó sin permiso. Frunció el ceño y miró alrededor. —¿Por qué está todo tan oscuro? Las luces estaban apagadas, las mesas recogidas, las sillas encima, la música desaparecida. Solo el zumbido de una nevera y el mar filtrándose desde fuera. —Espera... —miró hacia la puerta principal, cerrada, luego a la barra vacía—. Creo que mi hermano ha cerrado el bar. —¿Cómo que ha cerrado? —Con nosotros dentro. Hannah abrió mucho los ojos. —No. —Sí. —Esto es un secuestro —declaró con toda la solemnidad que le permitía el alcohol. Alex rompió a reír. De verdad. De las que doblan el cuerpo. Hacía muchísimo que Hannah no lo veía reír así, sin miedo, sin tensión, sin tristeza detrás. Solo él, libre unos segundos. Como el chico de toda la vida. Y aquello le hizo un daño dulce, porque comprendió cuánto había echado de menos esa versión. —Conociendo a Will... mañana dirá que pensó que ya nos habíamos ido. —No le creo. —Yo tampoco. —Lo ha hecho aposta. —Es perfectamente capaz. —Tu familia está completamente loca. —Llevas conociéndonos desde los cinco años. —Precisamente por eso puedo afirmarlo. Caminó hasta la puerta y probó el picaporte. Nada. —Diagnóstico oficial. Seguimos secuestrados. —¿Y ahora qué hacemos, subinspector? —Supongo que sobrevivir hasta que alguien abra mañana. —Contigo siempre acabo en situaciones absurdas —dijo riéndose. —No voy a discutir eso. Porque aquella noche, encerrados en el bar de Will mientras todo North Harbour dormía al otro lado, era la primera vez desde su regreso que ninguno tenía un lugar al que huir. Y quizá por eso el silencio ya no dolía. Solo esperaba. La búsqueda de las llaves fue un desastre admirable e inútil. Durante veinte minutos registraron cada rincón: cajones de servilletas, debajo de la cafetera, bolsillos de abrigos olvidados, detrás de la barra, dentro del almacén, incluso dentro del congelador. Alex cerró el arcón resignado. —¿Me explicas por qué pensabas que podían estar aquí? —No lo sé. Una vez guardaste el mando de la tele dentro del horno. —Eso fue culpa de Michael. —Eso mismo dijiste la última vez. —Porque sigue siendo verdad. Hannah levantó la vista a una estantería alta y, antes de que pudiera preguntar, ya estaba subida de un salto sobre la barra. —¡Hannah! Bájate. —Todavía no. Se puso de puntillas. Alex levantó la cabeza por inercia. Gravísimo error. —Deja de mirarme el culo. Abrió mucho los ojos, pillado. —No estaba... —Mallory. —Desde aquí se ve... bastante bien. —Eres imposible. —No me lo pongas tan difícil. Se señaló la cadera con solemnidad. —Di a luz a un bebé de tres kilos. Desde entonces estoy convencida de que esto ha cambiado de tamaño. La observó un instante y sonrió con una naturalidad que la desarmó. —Yo lo sigo viendo perfecto. Olvidó incluso responder y terminó negando con una sonrisa inevitable. —Eres insufrible. —Y tú llevas cinco minutos enseñándomelo gratis. Soltó una risa tan fuerte que casi perdió el equilibrio. Intentó bajar sola, el pie resbaló y se inclinó peligrosamente. —¡Eh! La sujetó antes de estamparse. Otra vez. Empezaba a ser costumbre. Seguía agarrada a sus hombros, él con las manos en su cintura, inmóviles unos segundos. —Empiezo a sospechar que el mobiliario de este pueblo me tiene manía. —O que llevas demasiados chupitos. —También. Se miraron demasiado cerca. Había algo familiar en cómo sus cuerpos encontraban la distancia exacta sin pensarla, como si nueve años no hubieran borrado esa memoria silenciosa. Fue Hannah quien dio un pequeño paso atrás, riéndose para disfrazar el momento, y señaló una ventana del almacén. —Podemos salir por ahí. —No. —Sí. —Te vas a abrir la cabeza. —Tengo treinta años. Sé salir por una ventana. —También llevas unos veinte chupitos. —Creo que fueron veinticinco. —Eso no mejora tu argumento. Entre los dos la abrieron después de varios intentos poco elegantes. Alex salió primero y levantó los brazos. —Vamos. Se sentó en el marco. —Como me caiga... —Te cojo. Le creyó. Saltó. Volvió a atraparla antes de tocar el suelo. Los dos rieron al mismo tiempo. El aire frío de la madrugada los envolvió. —¡Qué frío hace! —Son casi las tres de la mañana. —Son solo detalles. Sin pensarlo se pegó a su brazo con un gesto instintivo, natural, como si su cuerpo decidiera antes que su cabeza. Alex no hizo intento de apartarse. Siguieron caminando despacio por calles silenciosas, muy cerca, como si por unas horas el camino de vuelta hubiera dejado de dar miedo. Caminaron sin prisa por el puerto. Madrugada vacía, el rumor del mar, el tintineo de mástiles y el reflejo tembloroso de farolas sobre el agua. Hannah llevaba los zapatos en una mano. Alex su bolso colgado al cuello como si fuera lo más normal del mundo. Era una imagen ridícula y peligrosamente doméstica. Ninguno parecía darse cuenta. —Estamos dando un paseo muy raro —dijo ella. —Ahora que lo dices... —levantó el bolso con dos dedos—. Creo que este complemento no me favorece. —Mallory... Pareces un turista perdido. —Y tú vas descalza. —Es una elección estética. Los zapatos me estaban matando. Continuaron hasta que el viejo mural apareció frente a ellos. Colores desgastados por sal e inviernos. El mismo banco, el mismo paseo, el mismo mar. Habían pasado demasiadas cosas allí: discusiones, retos, apuestas absurdas, media vida. Hannah se sentó primero. Alex a su lado. Sin pensarlo ella terminó abrazándose a su brazo, apoyó la cabeza sobre su hombro, con la naturalidad de quien repite un gesto de hace muchos años. Él no dijo nada. Dejó que ocurriera. —¿Sabes que todavía viene gente aquí al atardecer para enrollarse? —dijo sonriendo. —¿En serio? Qué poco originales. —Nunca pude traer aquí a ninguna cita. —¿Cuántas me cargué? —¿Número diplomático o real? —Mallory... —Como mínimo... ocho. —¡Mentira! —Una vez fingiste una intoxicación alimentaria delante de una chica con la que salía. —Porque era insoportable. —Habías hablado con ella dos minutos. —Me bastaron. —Y tu diagnóstico fue... —Que no quería verla besándote. Rompió a reír. Libre. Hannah terminó riéndose con él. Siempre había odiado verlo con otras. Levantó un dedo acusador. —No te hagas el inocente. Tú eras peor. Hiciste llorar a un chico porque vine con él a las fiestas. —No lloró. —Alex. —Bueno... Lloró un poquito. —Estabas fatal. —Y tú tampoco ayudabas. Sabías perfectamente lo que hacías. —Te encantaba. Tardó un segundo más de la cuenta. Dejó de mirar el mar y la miró a ella. Con una sinceridad que el alcohol ya no escondía. —Sí. El silencio que siguió fue más profundo y frágil. Fue entonces cuando el móvil de Hannah vibró dentro del bolso. Pantalla: Connor. Su expresión cambió por completo. Toda dureza desapareció. —Hola, mi vida... Alex la observó en silencio. No oía a Connor, pero sí cómo Hannah respondía, con paciencia, ternura, con ese amor inmenso que llenaba cualquier espacio. E imaginó, sin querer, aquella escena formando parte de su propia vida. Encajaba demasiado bien y le hizo daño. Cuando colgó se quedó mirando la pantalla apagada y sonrió cansada. —A veces le llamo "mi secreto". Porque llevo demasiados años escondiéndolo todo. —Miró al mar—. Un secreto enorme. Y estoy cansada, Alex. Muy cansada. Hay días en que siento que contar la verdad podría cambiar la vida de demasiada gente. Y otros en que pienso que seguir callándola también la está cambiando. Pero todavía no estoy preparada para contarlo. Aquella confesión lo golpeó más que cualquier lágrima. Porque Hannah nunca decía que estaba cansada. Nunca. —A veces... siento que ya no sé cómo hacer las cosas bien. Las lágrimas llegaron despacio, sin dramatismo, solo agotamiento de sostener un peso inmenso sola. Alex no dijo nada. No buscó respuestas. Simplemente abrió un poco más el brazo que rodeaba sus hombros. Hannah aceptó sin pensar, se refugió contra él como cientos de veces de adolescentes, escondió el rostro en el hueco de su cuello y lloró en silencio. Como si su cuerpo recordara perfectamente cuál era el único lugar donde siempre se había sentido a salvo. Él cerró los ojos, apoyó la mejilla sobre su cabello y la abrazó un poco más fuerte, como si quisiera sostener también lo que ella aún no podía contar. Continuaron caminando mucho después, sin rumbo, más despacio y más cerca. Chocándose contra bordillos, empujándose suave, riéndose demasiado alto para ser las tres de la mañana, sujetándose cada pocos pasos. Vistos desde lejos parecían una pareja volviendo a casa tras una noche demasiado larga. Tan natural que ninguno se detuvo a pensarlo. —¿Sabes qué es lo peor? Todo el pueblo está convencido de que vamos a acabar juntos —dijo ella. —Es una tontería. —Ajá. —Eres demasiado complicada. —Perdón? —Tu norma absurda de no besar a un chico hasta la tercera cita. —No es absurda. —Diste tu primer beso con dieciséis años. —Porque tenía estándares muy altos. Las segundas citas siempre eran un desastre. —Eso explica muchas cosas. —No te burles. —¿Sabes qué es lo más gracioso? Yo te pedí salir una vez. —Eso no pasó. —Sí pasó. —Lo dijiste de broma. —Lo dijiste de broma... ¿Verdad? —su voz sonó más baja, insegura. Alex la observó. El viento movía despacio mechones de su cabello. Había algo vulnerable en su mirada que hizo desaparecer la broma. Se acercó hasta quedar a centímetros. —Creo que vas a tener que vivir con esa duda. —Alex... —Aunque sí recuerdo otra cosa. Que te dije que conseguiría un beso en la primera cita. —No... —Sí. Y, técnicamente... Gané. Tuvimos una única cita. Y acabaste dándome bastante más que un beso. Se llevó una mano a la cara, roja. —Cállate. Volvieron a caminar más despacio todavía, hombros rozándose. —Es porque siempre has sido la excepción a todas mis reglas —murmuró tan bajito que el viento se llevó las palabras. Alex no llegó a oír la frase, pero sonrió igualmente, como si una parte de él hubiera entendido lo que la otra acababa de callarse. La farola apareció al final de la calle. Erguida, perfectamente reparada. La luz cálida dibujando un círculo dorado sobre el empedrado, igual que en su infancia. Hannah sonrió con una sonrisa pequeña, casi involuntaria. Se detuvo frente a ella. Alex también. Entonces, sin pensarlo, la rodeó suavemente por detrás, un gesto completamente natural, como si lo hubiera hecho cientos de veces. Apoyó la barbilla sobre su hombro. Ella cerró los ojos un instante, no para esconderse, sino para saborearlo un segundo más. —¿Te cuento un secreto? Estoy enamorada de la persona que arregló esta farola... y algún día voy a casarme con él. El corazón de Alex dio un vuelco tan fuerte que casi dolió. Porque no bromeaba. No había ironía ni barrera. Solo una verdad dicha por una mujer con demasiado alcohol para seguir escondiéndose. Bajó la mirada para que no le viera la expresión. Seguía convencido de que Hannah jamás había descubierto que fue él quien pasó una noche arreglando aquella vieja farola para iluminar el camino por el que ella volvía a casa. Frunció los labios en un puchero infantil exageradamente ofendido, exactamente el mismo de los diecisiete años. —¿Y si resulta que es un viudo de cincuenta y cinco con cinco hijos? Hannah rompió a reír, luminosa, y se acomodó más entre sus brazos. —Entonces tendré que querer también a los cinco hijos. La abrazó un poco más fuerte y, por un instante, el mundo pareció sorprendentemente sencillo. Cuando llegaron al edificio donde vivía Hannah, apenas podían caminar rectos. Subieron la escalera entre risas, apoyándose cada vez que uno perdía el equilibrio. Hannah consiguió abrir la puerta después de varios intentos poco elegantes. Entraron riéndose. Alex chocó contra la mochila de Connor junto al sofá. —¡Cuidado...! Demasiado tarde. Perdió el equilibrio, Hannah intentó sujetarlo y terminaron desplomados sobre el sofá entre carcajadas. —Ha sido claramente culpa de la mochila —murmuró él. —Ha sido culpa de los chupitos. Poco a poco las risas se apagaron. El cansancio se impuso al alcohol. Sin darse cuenta, Hannah terminó acurrucándose contra él con una naturalidad que desarmaba, como si aquel lugar hubiera seguido perteneciendo a los dos. Alex la rodeó con un brazo por puro reflejo, sin preguntarse si debía. Solo porque su cuerpo seguía reconociéndola como su hogar. El apartamento quedó en silencio. Solo el leve zumbido del frigorífico y la respiración tranquila de los niños al otro lado del pasillo. Apoyó la mejilla sobre el cabello de Hannah, respiró profundo y, por primera vez en meses, el pecho dejó de dolerle. El sueño llegó pesado, irresistible. Sus músculos dejaron de estar en tensión hasta quedarse completamente dormido. Hannah levantó despacio la cabeza y lo miró. Sonrió con una ternura infinita, le apartó un mechón de la frente con muchísimo cuidado y volvió a acomodarse contra su pecho. Muy bajito, como si las palabras fueran demasiado importantes para decirlas en voz alta, susurró: —Te he echado mucho de menos, mi vida. Alex no respondió. Ya dormía profundamente. No la había oído. Pero, aun dormido, sus brazos se cerraron un poco más alrededor de ella. Como si incluso en sueños supiera exactamente dónde quería que estuviera.
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