La mañana de después Connor fue el primero en despertarse. La luz apenas se colaba entre las cortinas, tiñendo el suelo de dorado suave. Había mantas por todas partes, bolsas vacías de patatas junto al colchón inflable y Dylan roncando con una intensidad preocupante para un niño de diez años. Entonces lo recordó. La apuesta. Abrió mucho los ojos y se incorporó de golpe. —Chicos... Nadie respondió. Claire tapada con el saco, Chloe abrazando una almohada, Dylan roncando sin remordimiento. —Chicos... —susurró más urgente. Claire abrió un ojo. —¿Qué pasa...? —Tenemos que comprobar si ya están juntos. Eso despertó a Chloe más rápido que cualquier despertador. —¿¡Qué!? —¿Quién se ha muerto? —dijo Dylan dando un respingo. —Nadie. Pero igual hemos llegado tarde a la apuesta de Fuego y Hielo. Claire tardó dos segundos en comprender y sonrió con esa sonrisa traviesa tan Mallory. —Vale... Ahora sí me interesa levantarme. Cinco minutos después los cuatro avanzaban por el pasillo en la versión infantil del silencio absoluto. Connor pisó una tabla que crujió, Dylan chocó contra el marco, Claire tuvo que sujetar a Chloe antes de tropezar con una zapatilla. Se quedaron congelados. Nada. Connor hizo un gesto solemne como un comandante. —Seguidme. Llegaron a la puerta del dormitorio de Hannah. Apoyó la mano en el pomo, respiró hondo y abrió despacio. Los cuatro asomaron la cabeza a la vez. La habitación estaba perfectamente ordenada. La cama estaba hecha y las almohadas, intactas. —Mamá no ha dormido aquí —frunció el ceño Connor. —O no ha dormido en casa —dijo Dylan sin pensar. Claire giró despacio la cabeza hacia él y luego volvió a la cama. Una idea tomó forma en los cuatro a la vez. Los ojos de Chloe se abrieron poco a poco. —Oh... Dios... Sin decir palabra, todos giraron la cabeza hacia el salón. La tele seguía encendida sin volumen, la consola pausada donde dejaron la carrera, las bolsas de palomitas sobre la mesa. Y en el sofá... Allí estaban. Dormidos. Hannah acurrucada contra el pecho de Alex, tenía la cabeza bajo su barbilla y un brazo sobre su cintura. Alex abrazándola incluso dormido, como si soltarla hubiera dejado de ser una opción. Respiraban despacio, con la tranquilidad de quienes por primera vez en mucho tiempo habían descansado de verdad. Connor rompió el silencio muy bajito, casi con reverencia. —Creo... que vamos ganando la apuesta. Claire se tapó la boca para no reír. Dylan levantó un pulgar. Chloe sonrió enternecida. —Hacen buena pareja... Connor no apartó los ojos. No entendía por qué aquella imagen le hacía tan feliz. Solo sabía que su madre llevaba muchísimo sin dormir con esa paz. Y Alex tampoco. Quizá Fuego y Hielo no era solo una apuesta absurda. Quizá todos llevaban años esperando esa imagen. Chloe lo dijo bajito: —Vale... esto es increíblemente romántico. —Siento que vemos algo que no deberíamos —dijo Dylan apartando la mirada. —Yo sabía que aquí había tema —dijo Claire satisfecha. —Entonces... ¿la apuesta ya se ha cumplido? —preguntó Connor. —Creo que empezó a cumplirse hace muchísimo tiempo —dijo Claire observándolos. En ese momento Hannah se removió entre sueños murmurando algo ininteligible. Alex, inconsciente, la acercó un poco más sin despertarse. Los cuatro contuvieron la respiración. Entonces Hannah abrió los ojos. Parpadeó desorientada, reconoció el salón, sintió el brazo de Alex en su cintura y escuchó respiraciones contenidas frente al sofá. Levantó despacio la cabeza. Cuatro pares de ojos la observaban. Connor vio el instante exacto en que su madre quiso desaparecer de la faz de la Tierra. —...Oh, no... Alex seguía dormido. Claire levantó una mano con naturalidad. —Buenos días. Hannah intentó incorporarse de golpe. Fue un gravísimo error. Alex seguía abrazándola y al tirar terminó arrastrándolo. —¡PUM! Alex cayó del sofá con un golpe seco. Abrió los ojos sobresaltado, miró el techo, el sofá, a Hannah y por último a los cuatro niños. Cerró los ojos lentamente. —Voy a tirarme al mar. Connor rompió a reír tan fuerte que tuvo que apoyarse en Dylan. Hannah se tapó la cara. —Quiero mudarme de continente. —Yo votaría a favor —murmuró Alex incorporándose con dignidad cuestionable. —Voy a necesitar terapia —dijo Dylan negando. —Y desayuno —respondió Alex sacudiéndose la camiseta. Se puso en pie y caminó directo a la cocina. No preguntó dónde estaban las cosas. Abrió el armario correcto, sacó vasos, encontró la cafetera, abrió una ventana para que entrara aire. Todo con la naturalidad de quien conocía aquella casa de memoria. Connor lo observó en silencio. Alex no parecía un invitado. Parecía alguien que siempre hubiera pertenecido a aquel hogar. Hannah, todavía roja, desapareció por el pasillo rumbo al baño murmurando: —No voy a superar esto jamás... Las carcajadas llenaron el apartamento. Y por primera vez en mucho tiempo aquella casa sonó como debía sonar un hogar. Bajo el agua caliente Hannah cerró los ojos. Y cometió el error de recordar la noche anterior. El cuello de Alex bajo sus labios, sus manos en su cintura, la voz grave junto a su boca: "La próxima vez no me detengo." Apoyó una mano temblorosa contra los azulejos. El agua le corría por el cuello, los hombros, y su cuerpo reaccionaba como si él siguiera allí, en el hueco bajo la escalera. Porque el problema no era solo que Alex siguiera deseándola. Era que ella había estado a segundos de pedirle que dejara de detenerse. Allí mismo, con la música sonando y el corazón de él golpeándole bajo la palma de su mano como si también perdiera el control. Tragó saliva con la frente apoyada en la pared húmeda. Ya no recordaba solo el deseo. Recordaba cómo la había mirado, como si siguiera siendo importante, como si siguiera siendo suya. Su respiración acelerada contra su boca, la manera de decir "Cielo" como si esa palabra aún perteneciera a algún lugar entre ellos. El agua caliente no ayudaba. Cada gota era un recordatorio de dónde la habían rozado sus manos horas antes. Se le aceleró el pulso, la piel hipersensible bajo el agua. Cerró los ojos y dejó que el recuerdo tomara el control: su boca, sus manos, esa voz grave. Se mordió el labio para ahogar el aire cuando la tensión de toda la noche se concentró en un punto insoportable. Su respiración se entrecortó, la otra mano apretada contra los azulejos para mantenerse en pie. En su cabeza no era su propia mano. Era Alex contra la pared, con la mirada verde oscurecida, susurrándole otra vez. Llegó rápido, con un temblor que le subió por las piernas y le cortó el aire. Tuvo que apoyar la frente contra la pared para no decir su nombre en voz alta. Se quedó temblando bajo el agua con las rodillas flojas, intentando recuperar la respiración. Y durante unos segundos permaneció quieta, con el corazón golpeándole las costillas. Porque lo insoportable no era el deseo. Era la confianza. La facilidad con la que seguía queriendo entregarse a él, como si nueve años no hubieran servido de nada. Abrió los ojos lentamente. Si Alex hubiera vuelto a acercarse unos centímetros aquella noche, ella habría dicho que sí a todo. Y acababa de demostrárselo a sí misma. —¿Qué os parecen unas tortitas? —dijo Alex abriendo el frigorífico. —¡Sí! —respondieron los cuatro al unísono. Se movía por la cocina con naturalidad desarmante, como si hubiera preparado desayunos allí toda la vida. Connor no podía dejar de observarlo. Había algo tranquilo en cómo hacía las cosas, sin prisa, sin necesitar llamar la atención. Simplemente estaba. —Te veo muy contento esta mañana —dijo Claire apoyando un codo en la encimera. —He dormido bien —dijo sin dejar de batir. Claire tuvo que morderse el labio para no reír. Connor alargó un dedo al cuenco y Alex, sin mirarlo, le dio un golpecito suave. —Eh... —Solo quería comprobar la calidad —dijo con cara inocente. —Claro. Inspector de tortitas. Y, casi sin darse cuenta, le revolvió el flequillo. Fue un gesto completamente automático. Connor sintió otra vez esa calidez familiar, como si perteneciera a un recuerdo que nunca había vivido. Chloe cogió una foto del salón. —¡Mira esta foto! ¿Eres tú, verdad? Alex giró la cabeza y sonrió. No la divertida de antes, sino otra más pequeña y suave. Connor se fijó: aquella foto le hacía sonreír distinto. —Teníamos seis años —dijo cogiéndola con cuidado—. Ese día decidió que de mayor quería ser exploradora, veterinaria y astronauta a la vez. —Eso suena muchísimo a mi madre —rió Connor. —La profesora intentó explicarle que era imposible. Y Hannah respondió: "Pues me inventaré una profesión nueva." Claire cogió otra, la de la excursión de montaña. Alex soltó aire por la nariz. —Ese día casi morimos congelados. —¿Cómo? —dijo Connor. —¿Ves la brújula? —señaló el cuello de Hannah—. Se la dejó en el bus. Yo dije que acabaríamos perdidos. Ella que Hannah Jones jamás se perdía. —Y os perdisteis —rió Claire. —Muchísimo. Terminamos pasando la noche en el bosque. Ella insistía en dormir sobre hojas porque si venía un animal me atacaría a mí primero por hacer ruido. —Porque te quejabas muchísimo —dijo una voz desde el pasillo. Todos giraron. Hannah acababa de salir del baño con unos vaqueros cortos claros, una sudadera amplia y el pelo húmedo sobre los hombros. Tenía las mejillas aún rosadas. Connor notó algo diferente. Alex dejó de hablar un segundo. Hannah tampoco sostuvo mucho su mirada. Había algo distinto entre ellos que no sabía nombrar. Alex reaccionó primero y le tendió una taza humeante. —Bébete esto antes de que te explote la cabeza. Olió el café y lo miró. —Te odio muchísimo. —Cinco minutos. Y me darás las gracias. Connor volvió a notar esa facilidad, esa costumbre, esos pequeños cuidados de rutina antigua. Como si Alex llevara años ocupándose de ella. Claire le enseñó otra foto: Hannah apoyada en la barandilla de un velero, ella con su vestido blanco, riendo a cámara. —Creo que nunca había visto a mamá tan feliz —dijo Connor tras unos segundos. Silencio. Alex también la contempló y una sonrisa apenas perceptible apareció. Aquella foto la había hecho él. Recordaba el viento, la sal, cómo Hannah había empezado a reír justo antes del disparador. Connor se apoyó distraído contra el mueble. Sin darse cuenta, Alex hizo exactamente lo mismo. La misma postura, brazos cruzados y la misma expresión pensativa. Nadie lo advirtió. Salvo Hannah. Y algo se estremeció muy dentro de ella. Alex dejó la foto y recorrió con la mirada el resto de marcos: Connor de bebé, aprendiendo a caminar, disfrazado, soplando velas. Siempre Connor. Siempre Hannah. Nunca un hombre junto a ellos. Nunca alguien que ocupara el lugar del padre. No hizo ninguna pregunta. No comentó nada. Simplemente volvió a la sartén, como si entendiera que había heridas que solo se abrían cuando la otra persona estaba preparada. Un rato después Hannah probó la primera tortita y cerró los ojos. —Madre mía... Empezó a dar pequeños pasos por la cocina incapaz de ocultar cuánto le gustaba. Connor la miró. Hacía muchísimo que no la veía tan ligera, tan despreocupada, tan feliz. Y comprendió algo que le hizo sonreír sin darse cuenta: todavía no sabía quién era su padre, pero sí sabía que le encantaba cómo encajaba Alex en aquella casa. Como si hubiera existido siempre un hueco esperándolo. Un rato después Alex dejó el plato. —Será mejor que saque a Tobías antes de que declare la guerra al puerto. Cogió las llaves y caminó a la puerta. Connor lo siguió con la mirada y sintió un vacío extraño. Solo había pasado unas horas allí y la casa ya parecía distinta cuando estaba a punto de irse. Su madre sonreía más, las habitaciones parecían más cálidas, incluso el silencio dejaba de sentirse triste. Alex abrió la puerta. El aire fresco entró. Escuchó la risa de Hannah detrás y se quedó inmóvil un instante. Aquella risa ligera y libre. Hacía años que no la escuchaba así. Cerró los ojos un segundo y comprendió algo peligrosísimo: la distancia que había intentado levantar había desaparecido. La llamada de Ian, el miedo, la frialdad con la que intentó protegerse, todo se había resquebrajado la noche anterior. Porque Hannah había vuelto a abrazarlo dormida, a mirarlo como antes, a reír con él. Y ya no sabía cómo volver al lugar desde el que intentó mantenerse a salvo. Porque el verdadero peligro nunca había sido el deseo. Ni los recuerdos. Lo verdaderamente peligroso era la esperanza. Durante nueve años había sobrevivido creyendo que Hannah pertenecía al pasado. Pero ahora volvía a sonreírle, a buscarlo, a hacerle pensar que quizá aún existía un camino de vuelta. Y eso era infinitamente más aterrador. Porque Alex seguía enamorado de ella. Tan enamorado que aún sabía cómo le gustaba el café, cómo dormía, cómo se mordía el interior de la mejilla cuando estaba nerviosa, cómo sonaba su risa verdadera. Nunca había dejado de quererla. Solo había aprendido a vivir alrededor de su ausencia. Y, sin darse cuenta, la parte más rota, más valiente y más enamorada de sí mismo ya había empezado a imaginar algo que llevaba años prohibiéndose: una vida junto a Hannah y Connor. Un hogar. Y precisamente por eso tenía más miedo que nunca.
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