Flashback 2013
Antes de que supiéramos qué era esto
Hannah y Alex, 18 años
El verano olía a cloro, alcohol barato y despedidas que nadie se atrevía a pronunciar.
La música hacía vibrar la tarima que rodeaba la piscina. Vasos de plástico abandonados, chanclas por el césped y alguien gritando que Michael se había caído vestido al agua... otra vez.
Eran los últimos días antes de que todo cambiara. Antes de la universidad, las mudanzas, antes de descubrir que crecer muchas veces es aprender a despedirse.
Hannah estaba apoyada contra la encimera de la cocina con un vaso entre las manos. Delante, Eleanor hablaba sin parar de un chico del pueblo vecino.
—Ajá... —asentía Hannah sin escuchar.
Su atención llevaba demasiado tiempo secuestrada al otro lado del jardín. Por Alex. Otra vez.
Estaba junto a la piscina, riéndose de algo de Michael, con una cerveza en la mano, el pelo castaño revuelto por la brisa húmeda y esa facilidad insultante para estar cómodo en cualquier lugar. Dieciocho años, demasiado atractivo, demasiado fácil de mirar.
Hacía una semana había roto con Zack Winslow. La explicación oficial: no quería una relación a distancia antes de la uni. La verdadera: cada vez le costaba más fingir que besar a otros significaba algo. Porque no significaba nada. Había salido con varios, había besado a varios, incluso se había acostado con un par. Y siempre sentía lo mismo. Nada extraordinario. Nunca había sentido que el mundo dejara de existir, nunca había perdido el aliento.
Y cuando cerraba los ojos, su imaginación siempre elegía el mismo lugar: los mismos ojos verdes, la misma sonrisa, las mismas manos. Alex. Siempre Alex. Y eso la enfadaba más de lo que quería reconocer.
Porque Alex era su amigo. Su rival desde los siete años. El chico más desesperante que conocía. Y en ese instante hablaba con una rubia increíblemente guapa apoyada en su hombro junto a la piscina.
Eleanor siguió su mirada y sonrió con esa sonrisa peligrosísima de quien acaba de descubrir algo.
—Oh, no...
—¿Qué?
—Otra vez esa cara. La de "quiero asesinar a alguien".
—No estoy mirando a Alex.
—Claro que no. Entonces dime el color de la camiseta del chico que baila detrás de él.
—Azul marino —respondió sin pensar.
Silencio. Eleanor arqueó una ceja. Hannah abrió mucho los ojos. Había caído en la trampa.
—Ha sido casualidad.
—Por supuesto. Llevas mirando a Alex desde los cinco años.
—Eso es mentira.
—Si algún día admites que llevas media vida enamorada de Alex Mallory, prométeme que me dejarás decir "te lo dije".
—Eso no va a pasar nunca.
Eleanor no respondió. Sonrió como si ya conociera el final mucho antes que ellos.
Hannah volvió a mirar a la piscina y, como si el universo se burlara, Alex levantó la vista justo en ese instante. Sus ojos chocaron un segundo. Suficiente para un vuelco absurdo. Ella apartó la mirada primero, molesta consigo misma, y dio un trago demasiado largo. Iba a necesitar alcohol para sobrevivir a la noche.
Diez minutos después estaba en el baño recomponiéndose el maquillaje.
—Contrólate, Hannah... —murmuró al espejo sin convencerse.
Entonces oyó voces al otro lado. Dos chicas. Una era la rubia que llevaba media noche alrededor de Alex.
—Te juro que ese chico debería ser ilegal.
—¿Es tan bueno en la cama como dicen?
—Muchísimo. Pero te aviso: ninguna repite con él.
—¿Por qué?
—Porque Hannah Jones siempre lo estropea. Cada vez que Alex habla con alguien, ella aparece, discuten, se pican, se lo lleva con cualquier excusa y la chica desaparece.
Las dos rieron. La mano de Hannah quedó inmóvil sobre el lavabo.
Quiso indignarse. Alex era libre. Ella no tenía ningún derecho. Entonces su memoria la traicionó: aquella cita "casual" en el puerto, las discusiones innecesarias, la irritación física cada vez que alguna se acercaba demasiado. Y una idea incómoda empezó a abrirse paso: ¿y si sí estaba celosa?
La puerta se abrió de golpe. Las dos dieron un respingo. Hannah salió con una sonrisa impecable. Demasiado impecable.
—¿Habéis terminado de analizar mi vida sentimental o necesitáis presentación con diapositivas?
La rubia palideció. Hannah sonrió una última vez.
—Perfecto. Que paséis buena noche.
Necesitó varios minutos y un rodeo innecesario por el jardín para calmarse. No sirvió. Terminó buscándolo. Como siempre. Junto a la piscina, riéndose con Michael. Y por supuesto, la rubia otra vez allí, con la mano en su brazo.
Caminó directa hacia ellos.
—Mallory.
Alex levantó la vista y al ver su expresión una sonrisa lenta se formó. Conocía esa mirada.
—Garreth te está buscando.
—¿Ah, sí? ¿Dónde está?
—¿Yo qué sé?
La rubia miró a uno y a otro, perdida. Aquello no era conversación, era una discusión de años.
—Cielo... —dijo él apoyando el hombro contra la sombrilla.
—No me llames cielo.
—Entonces deja de mirarme como si planearas un asesinato.
La rubia dio un discreto paso atrás. Instinto de supervivencia.
—¿Qué? —cruzó Hannah los brazos.
—Estás celosa.
—No estoy celosa.
—Claro.
En ese momento la rubia pasó junto a ellos, miró a uno y a otro y, convencida de que era buena idea, le dio un pequeño empujón juguetón a Hannah.
—¡Eh...!
Chapoteó en la piscina entre salpicaduras. Silencio un segundo. Después salió empapada, con la camiseta y la falda pegadas, el pelo chorreando y una expresión que anunciaba problemas serios. Le pegó un puñetazo a la rubia.
—¡Me ha pegado! —dijo la rubia con mano en la nariz.
—¡Me has tirado a la piscina! —replicó Hannah.
—¡Era broma!
—¡Pues mi puño también!
Alex reaccionó por detrás, le rodeó la cintura y se la cargó al hombro sin esfuerzo.
—¡Mallory! ¡Suéltame! ¡Voy a matarla!
—Negativo. Precisamente por eso no pienso soltarte.