Campamento familiar y guerra de verano
El sol apenas asomaba cuando North Harbour ya había decidido perder la cordura. La Playa Norte estaba irreconocible: sombrillas de colores, neveras, mesas plegables, barbacoas, niños corriendo, perros persiguiendo pelotas y tres altavoces compitiendo. Al fondo, el viejo faro contemplaba la escena con paciencia resignada.
Era 4 de julio. Y North Harbour lo vivía todo con demasiada intensidad.
—¿Quién trae tres neveras para un día en la playa? —preguntó Michael descargando otra caja.
—La misma persona que trae siete ensaladas para una barbacoa —dijo Eleanor sin levantar la vista del mantel.
—Cada una combina con una carne distinta.
—Nadie necesita una ensalada específica para cada salchicha.
—Es excelencia culinaria.
Will apareció con una sombrilla enorme al hombro.
—¿Os casáis el mes que viene o os enterramos aquí directamente?
—Las dos cosas —dijo Eleanor.
—En ese orden —añadió Michael.
Garreth, junto a Elizabeth bajo una sombrilla, negó riendo.
—No llevan ni diez minutos y ya han empezado.
Alex apareció del aparcamiento con dos cajas de bebidas, carbón y mochila.
—¿Dónde va esto?
—Pregúntaselo a Hannah —dijo Allison con malicia—. Ya ha reorganizado el campamento tres veces.
—Han sido dos —corrigió Hannah sin mirar, recolocando una sombrilla.
—Tres. Dos. Tres.
—Mallory, dile algo a mi hermana —suspiró Hannah girándose.
—Creo que Hannah tiene razón —dijo Alex fingiendo meditar—. Aunque solo porque es una controladora profesional.
—Retiro el gracias.
Hannah le lanzó una botella de plástico vacía. La atrapó al vuelo sin mirarla, sin dejar de caminar. Como si ocurriera todos los días. Porque ocurría desde los cinco años.
—No entiendo cómo fingen que no pasa nada —dijo Michael negando.
—Porque son idiotas. Profesionales —dijo Will.
Durante la primera media hora intentaron mantener la distancia. Después de la noche anterior, del karaoke, de quedarse dormidos abrazados en el sofá y del bochorno al despertar con cuatro niños mirándolos, los dos querían normalidad. El problema es que nunca supieron qué era algo normal cuando estaban juntos.
Apenas pasó media hora para olvidarse. Hannah le sacudió arena del hombro sin pensarlo. Él movió una sombrilla unos centímetros porque el sol le daba en la cara. Ella reorganizó la mesa de Will.
—Así ocupa menos.
—Llevaba veinte años poniéndola igual.
—Pues veinte años poniéndola mal.
Alex pasó y le tendió una botella de agua fría.
—Toma.
La aceptó por inercia. Solo después se dio cuenta de que no había dicho que tenía sed. Lo miró, pero él ya se alejaba como si no tuviera importancia. Pero la tenía. Porque así era como siempre se habían querido: con gestos pequeños, sin pensar, invisibles para ellos y evidentes para todos los demás.
Garreth lo vio desde lejos y sonrió. Elizabeth siguió su mirada.
—¿Otra vez,
—Ni se dan cuenta.
—Nunca.
El primer grito llegó desde la orilla.
—¡El agua está buenísima!
Connor corría descalzo al mar, Chloe detrás riendo, Dylan aguantó la dignidad cuatro segundos antes de correr también. Claire resopló superior:
—Sois como niños pequeños... Bueno, solo cinco minutos.
Salió corriendo igual. Tobías lo interpretó como invitación oficial al caos y salió disparado como un torpedo peludo. En diez segundos había una guerra acuática.
—¡No salpiquéis! —gritó Eleanor desde la colchoneta.
Connor miró a Chloe y Dylan con malicia. Una ola enorme empapó a Eleanor.
—¡CONNOR!
Michael se rió tan fuerte que cayó de espaldas de la silla. Hannah observó todo con una sonrisa que llevaba demasiado sin aparecer. El caos acababa de empezar.
Una hora después la playa parecía un documental sobre la pérdida de control. María grababa todo con el móvil en alto.
—Esto va al grupo familiar.
—Ni se te ocurra —dijo Will desde la barbacoa.
—Ya está enviado.
Entonces sonrió más.
—Ay, no...
Allison cerró los ojos. Demasiado tarde. Connor ya cantaba a pleno pulmón y Hannah lo siguió un segundo después.
Connor daba vueltas levantando salpicaduras, Hannah lo imitaba. Inventaron una coreografía absurda en el agua: saltaban, giraban, desafinaban con entusiasmo. Durante unos minutos solo existían ellos, madre e hijo, como si el verano se hubiera inventado para ese momento.
Alex los observaba desde la orilla. Al principio sonreía, después solo los contempló en silencio. Había algo hipnótico. Connor había heredado la energía de su madre, su forma de moverse sin pensar, su risa, su incapacidad para quedarse quieto. Hechos de la misma luz.
Garreth apareció con dos refrescos y le ofreció uno.
—Madre e hijo son iguales.
—Sí... —dijo Alex muy bajo, sin apartar la vista mientras ella fingía hacerlo mal para hacerlo reír—. Lo son.
En una vuelta, Hannah se llevó la trenza mojada sobre el hombro. El gesto fue rápido, automático. Y durante un instante el borde del bikini dejó ver un fragmento del tatuaje de su cadera: la parte superior de un ancla, líneas negras, trazos florales.
Alex sonrió sin darse cuenta con una sonrisa pequeña, íntima, privada. Porque él sí conocía aquel tatuaje completo. Recordaba el día que se lo hizo, recordaba haber recorrido aquel dibujo con los labios muchas veces en el velero, en la isla, con la luz dorada entrando por la escotilla y ella riéndose, retorciéndose por las cosquillas, diciéndole que parara mientras le clavaba los dedos en el pelo.
El recuerdo lo atravesó como un relámpago, y con él el calor. Desapareció casi enseguida, pero el calor permaneció.
—Vaya... —dijo Garreth arqueando una ceja.
—¿Qué?
—Nada. Solo que has puesto cara de un adolescente recordando su primer beso.
—No sabes cuándo callarte.
—Jamás.
Desde el agua Hannah levantó la vista y lo encontró observándola. Y lo vio sonreír. No la sonrisa burlona ni la divertida. Otra más tranquila y suave que conocía demasiado bien. La que aparecía cuando recordaba algo solo suyo. El corazón le dio un vuelco, porque tuvo la sensación de que acababa de pensar en ella. No en la inspectora, sino en la Hannah de antes.