Campamento familiar y guerra de verano 🌊☀️
El sol apenas había terminado de asomar por el horizonte cuando North Harbour ya parecía haber tomado una decisión colectiva: perder completamente la cordura.
La Playa Norte, junto al embarcadero, estaba irreconocible.
Sombrillas de todos los colores salpicaban la arena como un pequeño bosque improvisado. Neveras portátiles, mesas plegables, barbacoas, hamacas y sillas de camping ocupaban cada rincón libre. Los niños corrían de un lado para otro armando un escándalo maravilloso, varios perros perseguían pelotas sin distinguir cuáles eran suyas y tres altavoces distintos competían por imponer su propia lista de reproducción.
Al fondo, el viejo faro contemplaba la escena con la paciencia resignada de quien llevaba décadas viendo cómo aquel pueblo convertía cualquier celebración en un auténtico espectáculo.
Era cuatro de julio.
Y North Harbour vivía esa fecha con la misma intensidad con la que vivía absolutamente todo.
Es decir… Demasiada.
—¿Quién demonios trae tres neveras para pasar un solo día en la playa? —preguntó Michael mientras descargaba otra caja del maletero.
Eleanor ni siquiera levantó la vista del mantel que estaba intentando extender sobre la arena.
—La misma persona que trae seis tipos distintos de ensalada para una barbacoa.
—Son siete.
Ella dejó de colocar los platos y lo miró lentamente.
—Eso es todavía peor.
—No, porque cada una combina con una carne distinta.
—Michael...
—¿Qué?
—Nadie necesita una ensalada específica para cada salchicha.
—Eso lo dices porque no entiendes el concepto de excelencia culinaria.
—Lo que entiendo es que llevas veinte minutos hablando de lechuga.
—Es un tema apasionante.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Will apareció cargando una sombrilla enorme sobre el hombro y los observó con absoluta resignación.
—¿Queréis casaros el mes que viene o preferís que os enterremos directamente aquí?
Eleanor sonrió sin perder un segundo.
—Las dos cosas.
Michael levantó un dedo.
—En ese orden.
Las carcajadas estallaron alrededor.
Garreth, acomodado junto a Elizabeth bajo una sombrilla, negó con la cabeza mientras reía en silencio.
—No llevan ni diez minutos aquí y ya han empezado.
Elizabeth le dio un beso en la mejilla.
—Sería raro que no lo hicieran.
Aquello también formaba parte de la tradición. Como las barbacoas. Como los fuegos artificiales. Como el concurso de castillos de arena. Como las discusiones completamente absurdas que terminaban provocando la mitad de las risas del día.
Alex apareció entonces desde el aparcamiento cargando dos cajas de bebidas, una bolsa de carbón y una mochila colgada del hombro.
Se detuvo en mitad del improvisado campamento.
—¿Dónde queréis esto?
Allison levantó la vista desde la mesa donde organizaba los platos.
—Pregúntaselo a Hannah.
Alex arqueó una ceja.
—¿Por qué?
Allison sonrió con malicia.
—Porque ya ha reorganizado el campamento tres veces desde que hemos llegado.
—Han sido dos —corrigió Hannah sin apartar la vista de la sombrilla que estaba recolocando.
—Tres.
—Dos.
—Tres.
Hannah soltó un suspiro exagerado antes de girarse hacia Alex.
—Mallory, dile algo a mi hermana.
Alex contempló la escena durante un segundo, fingiendo meditar la respuesta.
—Creo que Hannah tiene razón.
Ella sonrió con satisfacción.
—Gracias.
Alex dejó las cajas en el suelo.
—Aunque solo porque es una controladora profesional.
La sonrisa desapareció inmediatamente.
—Retiro el gracias.
—Lo suponía.
Hannah cogió una botella de plástico vacía y se la lanzó sin previo aviso.
Alex la atrapó al vuelo sin siquiera mirarla. Ni dejó de caminar. Ni pareció sorprenderse. Simplemente siguió avanzando con la botella en una mano y la bolsa de carbón en la otra. Como si aquello ocurriera todos los días.
Quizá porque llevaba ocurriendo desde que tenían cinco años.
Michael los observó alejarse y negó lentamente con la cabeza.
—No entiendo cómo siguen fingiendo que no pasa nada entre ellos.
Will soltó una risa.
—Porque son idiotas.
—Muchísimo.
—Profesionales, además.
Durante la primera media hora intentaron mantenerse a cierta distancia. O, al menos, fingieron hacerlo.
Después de la noche anterior. Después del karaoke. Después de quedarse dormidos abrazados en el sofá de Hannah. Después del bochorno monumental al despertar rodeados de cuatro niños que los observaban como si hubieran descubierto el mayor misterio de North Harbour. Los dos parecían decididos a comportarse con absoluta normalidad.
El problema era que nunca habían sabido qué significaba exactamente "normal" cuando estaban juntos.
Porque apenas pasó media hora para que empezaran a olvidarse de sí mismos.
Hannah pasó junto a Alex y, sin pensarlo, le sacudió un poco de arena del hombro. Ni siquiera fue consciente del gesto. Alex tampoco.
Un rato después, mientras ella hablaba con Eleanor, él movió discretamente una sombrilla unos centímetros porque el sol empezaba a darle de lleno en la cara.
Cinco minutos más tarde, Hannah reorganizó la mesa donde Will estaba preparando la comida.
—Así ocupa menos espacio.
—Llevaba veinte años poniéndola igual.
—Pues llevaba veinte años poniéndola mal.
Alex pasó junto a ellos justo en ese momento. Le tendió una botella de agua fría.
—Toma.
Hannah la aceptó por pura inercia. Solo después se dio cuenta de que ni siquiera había dicho que tenía sed. Lo miró.
Alex ya estaba alejándose otra vez. Como si aquello no hubiera tenido ninguna importancia. Pero sí la tenía. Porque era exactamente así como siempre se habían querido. Con gestos pequeños. Con detalles que ninguno pensaba. Con una naturalidad que resultaba casi invisible para ellos. Y completamente evidente para todos los demás.