Operación Fuego y Hielo
La primera vez que Claire dijo "esto es una investigación", Connor pensó que bromeaba. La segunda ya no.
Habían terminado de comer. Tenían los dedos pegajosos de comer fruta, arena donde no debería haber arena y restos del castillo alrededor de la sombrilla. El campamento seguía siendo un caos: niños corriendo tras Tobías, adultos discutiendo sobre hielo y carbón, música perdida entre toallas. Pero ellos cuatro se habían apartado un poco.
Connor, Claire, Chloe y Dylan bajo una sombrilla enorme, rodeados de ruinas de fortaleza.
Claire se incorporó solemne, cruzó las piernas y levantó una mano.
—Vale. Tenemos que hablar.
—Odio cuando empiezas así —suspiró Dylan.
—Silencio, testigo —dijo sin mirar a Connor—. Estamos ante un caso.
—¿Un caso de qué?
—De Fuego y Hielo.
Chloe abrió mucho los ojos.
—¡Ay!
Connor sintió otra vez ese cosquilleo. Todavía no entendía por qué esas palabras le provocaban curiosidad. Claire carraspeó teatral y cogió una ramita.
—Repasemos las pruebas que tenemos. Prueba A: tu madre y mi tío Alex durmiendo abrazados en el sofá.
—Eso no es una prueba, es un trauma infantil —dijo Dylan.
—Para ti. Para él, es una prueba —dijo Chloe.
Connor no respondió, porque tenía razón. La imagen seguía grabada en su cabeza: su madre escondida entre los brazos de Alex, él rodeándola como si hubieran dormido así cientos de veces.
—Prueba B: Alex sabe demasiadas cosas sobre Hannah —siguió Claire dibujando otra línea.
—Se conocen desde pequeños —protestó Dylan.
—No tantas como para saber dónde guarda tazas, café, jabón, llaves o su bebida favorita.
—Eso sí lo sabe —levantó Connor la mano.
—Gracias, testigo principal —lo señaló.
—Prueba C: tu madre sabe exactamente cómo va a reaccionar él. Siempre sabe qué va a decir antes de decirlo. Y se enfada con él antes de que haga nada.
Dylan se dejó caer sobre la toalla.
—Parecéis una secta.
—Todavía no —dijo Claire ignorándolo—. Prueba D: todo el pueblo apuesta dinero a que acabarán juntos.
—Eso no demuestra nada —frunció Connor.
—La gente no apuesta veinte años porque sí —dijo Chloe—. Y las categorías son buenísimas.
—¿Qué categorías?
—Antes del instituto. Durante el instituto. En la universidad. Después de una pelea monumental. Después de que uno mate al otro. Esa es muy popular. Y luego la importante: cuando por fin admitan lo obvio.
—Yo apuesto diez dólares a que es la más absurda —dijo Dylan.
—La más romántica —corrigió Chloe.
Connor miró hacia el agua. Su madre reía con Eleanor y María y aquella posibilidad ya no le parecía tan descabellada.
Claire bajó la voz.
—Y ahora la prueba más importante: la del sofá.
—¡Sí! —se llevó Chloe las manos a la cara.
—No puedo creer que analicemos un sofá —gimió Dylan.
—No analizamos el sofá. Analizamos cómo dormían en él.
Connor recordó la escena: su madre completamente relajada, como si no necesitara protegerse. Y empezaron a volverle recuerdos de las últimas semanas. Alex enseñándole taekwondo, explicándole un nudo con paciencia infinita, escuchándolo hasta el final, apareciendo justo cuando necesitaba ayuda.
—A mí me gusta cuando Alex está cerca —dijo casi sin darse cuenta—. Porque parece que siempre sabe qué hacer.
Se produjo un silencio distinto, más serio. Claire lo observó atenta.
—¿Y si eso significa algo?
Hasta hacía unos días buscaba a un desconocido. Ahora cada vez miraba más a Alex y eso le daba vértigo.
Entonces Chloe lo soltó con la naturalidad brutal de los niños:
—¿Y si Alex fuera tu padre?
Connor se quedó inmóvil. Dylan abrió los ojos como platos.
—¡Chloe!
—¿Qué? Solo digo lo que todos pensamos.
Claire miró a Connor con más delicadeza.
—¿Tú qué piensas?
No salió ninguna palabra de él. Buscó a Alex. Seguía construyendo el castillo, Brad sobre sus piernas, Paige dándole órdenes imposibles. Brad perdió el equilibrio y cayó sentado. Alex reaccionó al instante, lo levantó, le limpió la cara, preguntó si estaba bien y siguió jugando sin dramatizar, sin llamar la atención. Simplemente cuidándolo.
Alex era así. Nunca hacía ruido cuando cuidaba. Simplemente estaba. Siempre.
—Operación Fuego y Hielo —dijo Claire siguiendo su mirada y sonriendo despacio.
—Suena peligrosamente ilegal —levantó Dylan la mano—. Suena a secta.
—Suena a investigación.
—Prueba F: tú adoras a Alex.
—Eso no cuenta —Connor se puso rojo.
—Claro que cuenta. Porque él también te adora a ti —dijo Chloe.
No pudo negarlo. Era verdad. Y eso lo descolocó.
Claire resumió solemne levantando un dedo por punto:
—Alex conoce demasiado bien a Hannah. Hannah conoce demasiado bien a Alex. Todo el pueblo cree que acabarán juntos. Tú quieres muchísimo a Alex y él a ti.
—Vale... O están enamorados o habéis montado una secta —dijo Dylan.
Connor también rió, pero algo dentro de él se había movido muy despacio. Todavía no pensaba que Alex fuera su padre. Todavía no. Sin embargo la idea ya no parecía imposible, solo cercana, cada vez más.
Volvió a mirar a Alex jugando con Brad y sintió un nudo pequeño. Alex cuidaba de todos: de los niños, de su madre, de Tobías, de sus amigos, de quien hiciera falta. Y por primera vez se preguntó algo que nunca se había atrevido: Si Alex hubiera estado allí desde el principio... ¿también habría cuidado de él? La pregunta no le dio miedo. Le dio esperanza. Y esa era la parte peligrosa. Muy despacio, dejó de imaginar a un desconocido y empezó a imaginar a Alex.
—Vale. Hay una forma muy fácil de comprobarlo —dijo Chloe.
Claire ya sonreía y Connor supo que no podía acabar bien.
—No me gusta esa sonrisa.
—A mí sí —dijo Chloe.
—A mí me preocupa —admitió Dylan.
—Pregúntaselo —dijo Claire.
—¿Qué? —parpadeó Connor.