La cocina de siempre 🌊🍔
El humo de la barbacoa ascendía lentamente hacia el cielo despejado.
A su alrededor, la playa seguía rebosando vida. Niños corriendo de un lado a otro. Música escapando de varios altavoces. Gente entrando y saliendo del agua. Conversaciones cruzadas. Risas. El ladrido ocasional de Tobías.
Caos.
Pero alrededor de la barbacoa parecía existir una pequeña burbuja invisible. Un espacio propio. Un rincón donde el resto del mundo sonaba un poco más lejos.
Alex levantó la tapa de la parrilla. Una nube de humo le golpeó de lleno en la cara.
—Perfecto.
Hannah se asomó por encima de su hombro.
—Eso está negro.
—Eso está cocinado.
—Eso está muerto.
—Exagerada.
—Pirómano.
—Controladora.
—Pesado.
Alex sonrió.
—También.
Hannah intentó contener la sonrisa. Fracasó. Porque había conversaciones que parecían incapaces de envejecer.
Alex volvió a inclinarse sobre la parrilla para comprobar las hamburguesas.
Al mismo tiempo, Hannah desplazó una bandeja unos centímetros para dejarle espacio.
Ninguno comentó nada. Ni siquiera se miraron. Simplemente ocurrió.
Un minuto después, Alex extendió la mano hacia donde deberían estar las especias. Sin mirar. Y Hannah ya las había colocado allí. Él las cogió por pura inercia y siguió cocinando.
Solo varios segundos después ambos parecieron darse cuenta de lo que acababa de pasar.
Alex levantó la vista.
—Eso ha sido raro.
—Un poco.
—Mucho.
—Sí.
Volvieron a quedarse en silencio. Y, aun así, ninguno parecía realmente sorprendido. Porque llevaban toda la mañana haciendo cosas parecidas.
Alex apartaba una silla antes de que Hannah necesitara pasar. Hannah acercaba una botella de agua antes de que él la buscara. Él sabía cuándo iba a quedarse sin carbón. Ella intuía qué utensilio necesitaría después. Como si hubieran cocinado juntos la semana anterior. No nueve años atrás.
El pensamiento golpeó a Hannah con una fuerza inesperada. Siempre había creído que el tiempo separaba a las personas. Que la distancia desgastaba los recuerdos. Que las costumbres desaparecían. Pero no. Alex seguía moviéndose alrededor de ella exactamente igual. Como si alguna parte de él nunca hubiera olvidado cómo funcionaban juntos.
—Nos falta pan.
La frase salió de la boca de Alex sin pensar. Los dos se quedaron inmóviles. Porque ambos habían escuchado la misma palabra.
Nos.
No hablaba de la comida. Ni de la barbacoa. Ni siquiera del grupo. Había hablado de ellos.
El silencio que siguió pesó un poco más de lo normal.
Hannah levantó lentamente una ceja. Alex se rascó la nuca con gesto incómodo.
—Bueno...
—¿"Nos"? —preguntó ella, intentando que sonara casual.
Él hizo una mueca.
—Ha sido un accidente.
—Claro.
—No empieces.
—No he dicho nada.
Alex la señaló con unas pinzas.
—Lo estabas pensando.
Hannah no pudo evitar sonreír.
—Muchísimo.
Alex soltó una carcajada. Y Hannah descubrió, una vez más, que seguía gustándole aquel sonido mucho más de lo que debería. Muchísimo más.
Durante unos minutos continuaron cocinando sin hablar. Era uno de esos silencios cómodos que nunca habían necesitado llenar. Porque siempre habían sabido estar juntos incluso cuando no decían nada.
Alex fue colocando las hamburguesas sobre una bandeja. Hannah las reorganizó automáticamente. Él arqueó una ceja.
—Las has puesto al revés.
—Porque estaban mal colocadas.
—No existe una forma correcta de colocar hamburguesas.
—Claro que existe.
—No.
—Sí.
—No.
—Alex...
Él levantó las manos en señal de rendición.
—Vale.
Ella sonrió con satisfacción. Una sonrisa pequeña, victoriosa.
Alex la observó un segundo más de la cuenta. Después negó con la cabeza, divertido.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que siempre consigues convencerme de que llevas razón.
Hannah cruzó los brazos.
—Porque normalmente la llevo.
—Eso es discutible.
—No para mí.
Alex soltó una risa por lo bajo.
—Sigues siendo imposible.
—Y tú sigues volviendo.
Las palabras escaparon antes de que Hannah pudiera detenerlas. El aire cambió. Los dos se quedaron inmóviles.
La sonrisa de Alex desapareció despacio.
Durante un instante ninguno encontró nada que decir. Solo se escuchó el crepitar de las brasas. Y el rumor lejano del mar.
Alex bajó la vista hacia la parrilla y removió una hamburguesa que no necesitaba ser movida.
—Sí...
Su voz salió mucho más baja. Más sincera.
—Supongo que sí.
Hannah apartó la mirada hacia la playa. Porque, por primera vez desde que había regresado a North Harbour, comprendió algo que nunca se había permitido pensar.
Quizá ninguno de los dos había dejado de volver realmente. Solo habían tardado nueve años en encontrarse otra vez.
El sol iluminaba parte del rostro de Hannah. La trenza descansaba sobre uno de sus hombros. Tenía arena pegada a las piernas y una pequeña mancha de salsa cerca de la muñeca. Nada extraordinario. Solo ella.
Y, precisamente por eso, la imagen resultaba peligrosamente hermosa.
Porque, por primera vez desde que Hannah había regresado a North Harbour, Alex dejó de preguntarse cómo habría sido una vida junto a ella.
Durante unos segundos… La estaba viviendo. Sin despedidas. Sin dolor. Sin nueve años de distancia. Solo una playa, una barbacoa y Hannah a su lado.
—¿En qué piensas?
Alex parpadeó y volvió a la realidad.
—¿Qué?
Ella sonrió de lado.
—Me estabas mirando raro.
—No te estaba mirando raro.
—Mentira.
Él suspiró, resignado.
—Mucho.
La sonrisa de Hannah se ensanchó, satisfecha.
—Eso está mejor.
Volvió a centrarse en la mesa, convencida de haber ganado aquella pequeña batalla.