Fuego y Hielo

Capítulo 7: Parte 3

La cocina de siempre

El humo de la barbacoa subía lento hacia el cielo despejado. Alrededor, la playa rebosaba de vida: niños corriendo, música saliendo por los altavoces, gente entrando y saliendo del agua, risas y el ladrido ocasional de Tobías.

Caos. Pero alrededor de la barbacoa parecía existir una burbuja invisible. Un rincón donde el mundo sonaba más lejos.

Alex levantó la tapa de la parrilla. Una nube de humo le dio de lleno.

—Perfecto.

Hannah se asomó por encima de su hombro.

—Eso está negro.

—Está cocinado.

—Está muerto.

—Exagerada.

—Pirómano.

—Controladora.

—Pesado.

—También.

Intentó contener la sonrisa y fracasó. Había conversaciones incapaces de envejecer.

Se inclinó sobre la parrilla y ella desplazó una bandeja unos centímetros para dejarle espacio. Ninguno comentó nada. Simplemente ocurrió. Un minuto después él extendió la mano hacia donde deberían estar las especias sin mirar. Y Hannah ya las había colocado allí. Las cogió por inercia y siguió cocinando. Solo segundos después ambos parecieron darse cuenta.

—Eso ha sido raro.

—Un poco.

—Mucho.

Volvieron a quedarse en silencio y, aun así, ninguno estaba sorprendido. Llevaban toda la mañana igual. Él apartaba una silla antes de que ella necesitara pasar. Ella acercaba agua antes de que la buscara. Él sabía cuándo se quedaría sin carbón. Ella intuía qué utensilio necesitaría. Como si hubieran cocinado juntos la semana anterior, no nueve años atrás.

El pensamiento golpeó a Hannah con una fuerza inesperada. Siempre había creído que el tiempo separaba y que la distancia desgastaba. Pero no. Alex seguía moviéndose a su alrededor exactamente igual, como si una parte de él nunca hubiera olvidado cómo funcionaban juntos.

—Nos falta pan.

La frase salió sin pensar. Los dos se quedaron inmóviles. Porque ambos oyeron la misma palabra.

Nos.

No era la comida, ni la barbacoa, ni el grupo. Eran ellos.

Hannah levantó una ceja lentamente. Alex se rascó la nuca incómodo.

—Bueno...

—¿"Nos"? —intentó sonar casual.

—Ha sido un accidente.

—Claro.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Muchísimo —sonrió ella sin poder evitarlo.

Rió y descubrió que seguía gustándole aquel sonido más de lo que debía. Muchísimo más.

Siguieron cocinando en uno de esos silencios cómodos que nunca necesitaron llenar.

—Las has puesto al revés —dijo él.

—Porque estaban mal colocadas.

—No hay forma correcta de colocar unas hamburguesas.

—Claro que hay.

—No.

—Sí.

—Alex...

Levantó las manos rindiéndose.

—Vale.

Sonrió victoriosa y él la observó un segundo más de la cuenta, divertido.

—¿Sabes qué es lo peor? Que siempre consigues convencerme de que llevas razón.

—Porque normalmente la llevo.

—Eso es discutible.

—Sigues siendo imposible.

—Y tú sigues volviendo.

Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas. El aire cambió. La sonrisa de Alex desapareció despacio. Solo se escuchó el crepitar de las brasas y el sonido del mar.

Bajó la vista y removió una hamburguesa que no necesitaba moverse.

—Sí... Supongo que sí.

Apartó la mirada hacia la playa. Por primera vez desde su regreso comprendió algo que nunca se había permitido pensar: quizá ninguno había dejado de volver realmente. Solo habían tardado nueve años en reencontrarse.

El sol le iluminaba parte del rostro. La trenza sobre un hombro, la arena en las piernas, una mancha de salsa cerca de la muñeca. Nada extraordinario. Solo ella. Y precisamente por eso, estaba peligrosamente hermosa.

Por primera vez desde su regreso, Alex dejó de preguntarse cómo habría sido una vida junto a ella. Durante unos segundos la estaba viviendo. Sin despedidas, sin dolor, sin nueve años de distancia. Solo playa, barbacoa y Hannah al lado.

—¿En qué piensas?

—¿Qué? —parpadeó confundido.

—Me estabas mirando raro.

—No te estaba mirando raro.

—Mentira.

—Lo reconozco —suspiró resignado y ella ensanchó la sonrisa satisfecha—. Eso está mejor.

Volvió a la mesa convencida de haber ganado. Fue entonces cuando apareció Eleanor.

—Hola.

Los dos levantaron la cabeza a la vez. Alex cerró los ojos con resignación, Hannah rió.

—No.

—¿No qué?

—No puedes dejarnos solos ni diez minutos.

—Claro que puedo.

—Mentira.

—Es verdad —sonrió Eleanor sin remordimiento.

Antes de añadir nada aparecieron María, Will, Michael y Allison alrededor de la barbacoa mirando sin hacer nada.

—¿Necesitáis algo? —dijo Alex observándolos uno por uno.

—No.

—Perfecto. Entonces... ¿por qué seguís aquí?

—Simple curiosidad científica —dijo María tranquila.

—Mentira. Queríamos comprobar cuánto tardabais en discutir. O en besaros —añadió Eleanor.

Alex casi se atragantó con el humo, Hannah le lanzó mirada asesina.

—Fuera.

—Qué carácter... —murmuró Michael.

Por suerte alguien gritó desde el otro extremo:

—¡¿QUIÉN HA MOVIDO LA NEVERA?!

—Ha sido él —señaló Michael a Eddie.

—¡Ha sido Will!

—¿Por qué iba a mover yo una nevera?

—Porque eres sospechoso por naturaleza.

—Eso ni tiene sentido.

En segundos media playa discutía sobre una nevera visible detrás de una sombrilla. El caos se tragó al grupo y Alex y Hannah quedaron solos otra vez, solo unos instantes.

Alex levantó la vista distraído hacia el otro extremo, junto al embarcadero y el faro, donde se alzaba el edificio del casino. La sonrisa desapareció poco a poco. Bradford, los registros, las pruebas, las preguntas sin respuesta. El caso seguía allí, esperando.

—Ya estás pensando otra vez —dijo ella. No era pregunta.

—Un poco.

—Mentira.

—Vale... mucho.

—¿Qué es esta vez?




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