Fuego y Hielo

Capítulo 7: Parte 4

Los veranos que se quedaron atrás 🌊☀️

El sol empezaba a descender lentamente sobre North Harbour.

La playa seguía llena, pero ya no tenía la energía frenética de la mañana.

Ahora todo era más pausado, más cálido y más tranquilo.

Las barbacoas continuaban encendidas. Los niños corrían entre las sombrillas. Las conversaciones se mezclaban con el rumor constante de las olas. De vez en cuando alguien reía demasiado alto, otro gritaba desde el agua y algún perro salía disparado detrás de una pelota.

Durante unos minutos, parecía imposible que existieran los problemas.

Connor estaba sentado en la arena junto a Chloe, Dylan y Claire. Los cuatro discutían con absoluta seriedad sobre el diseño del castillo.

—Necesita un puerto —afirmó Connor.

—Necesita un dragón —corrigió Chloe.

Dylan negó con la cabeza.

—Los castillos no tienen dragones.

—Los buenos sí.

Claire dejó escapar un largo suspiro.

—Voy a suspender ciencias por vuestra culpa.

Los cuatro rompieron a reír.

A pocos metros, los adultos observaban la escena con una sonrisa.

Elizabeth tenía a Brad profundamente dormido sobre el pecho. Paige perseguía a Tobías por la orilla entre carcajadas. Michael intentaba convencer a Eleanor de que cantar no era una actividad imprescindible para la supervivencia humana. Eleanor ignoraba por completo aquella opinión.

Y, por primera vez en mucho tiempo… Todo parecía sencillo.

Connor contempló el campamento entero. Después sonrió.

—Me encantan las familias grandes.

La frase salió de forma completamente espontánea.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue uno de esos silencios suaves que aparecen cuando alguien dice algo mucho más importante de lo que pretendía.

Elizabeth fue la primera en sonreír.

—¿Sí?

Connor asintió con entusiasmo.

—Sí —miró alrededor. —Porque siempre hay alguien haciendo algo.

Fue señalando con el dedo.

—Alguien hablando.

Will levantó la mano.

—Presente.

—Alguien cocinando.

Alex levantó las pinzas de la barbacoa.

—Aquí.

—Alguien jugando.

Paige saludó desde la arena.

Connor sonrió.

—Nunca estás solo.

Garreth asintió despacio.

—Esa definición está bastante bien.

Connor siguió enumerando razones.

—Y siempre hay comida.

Michael levantó una hamburguesa.

—Eso es fundamental.

—Y perros.

Tobías ladró justo en ese momento, como si hubiera entendido que hablaban de él.

Las risas recorrieron el grupo.

Connor apoyó los codos sobre las rodillas. Pensó unos segundos antes de añadir, mucho más bajito:

—Me gusta cuando estamos todos juntos.

Esta vez el silencio duró un poco más. Porque algo cambió.

Allison bajó la vista. Will dejó de sonreír. Eddie empezó a girar distraídamente una lata entre las manos. Y Hannah sintió un pequeño nudo formarse en el pecho.

Porque Connor estaba hablando, sin saberlo, de algo que ella había perdido hacía mucho tiempo.

No solo personas. También una época. Los veranos de antes. Cuando las familias Jones y Mallory parecían incapaces de pasar más de dos días separadas. Cuando el cuatro de julio significaba mesas interminables. Niños corriendo. Will quemando alguna hamburguesa. Eddie protestando por todo. Sus padres riéndose. Y Alex apareciendo por alguna parte. Con una pelota, con una guitarra. O simplemente… Buscándola a ella.

Hannah bajó lentamente la mirada hacia la arena. Y, por primera vez en toda la tarde, le costó sonreír. Porque lo recordaba absolutamente todo.

Los veranos parecían eternos entonces. Como si nadie fuera a marcharse nunca. Como si sus padres fueran inmortales. Como si las familias permanecieran para siempre. Ahora sabía que ninguna de aquellas cosas era cierta.

La voz de Will rompió el silencio con suavidad.

—Antes estábamos todos.

Nadie respondió.

Will seguía mirando el mar. No a nadie en concreto.

—Todos —hizo una pequeña pausa. —Mis padres están de viaje este año...

Sonrió apenas. Después su expresión cambió.

—Y los Jones...

La frase murió antes de terminar. No hacía falta decir más. Todos sabían exactamente a quién se refería. A los padres de Hannah, Allison y Eddie. A quienes ya no estaban. A esas ausencias que seguían ocupando un sitio invisible en todas las reuniones.

Hannah sonrió con tristeza.

—Mi madre siempre traía comida para un ejército.

Will dejó escapar una risa.

—Siempre.

—Y mi padre insistía en que era imposible que sobrara tanto.

—Y siempre sobraba.

Las sonrisas fueron distintas esta vez. Más suaves y más melancólicas. Como si todos estuvieran contemplando la misma fotografía desde lugares diferentes.

Alex había permanecido callado hasta entonces. Observando el mar. Escuchando. Cuando habló, su voz fue tan baja que Hannah casi no la oyó.

—Tu padre hacía las mejores hamburguesas del mundo.

Ella levantó la cabeza.

Alex no sonaba divertido. Sonaba triste. Muy triste.

Hannah dejó escapar una pequeña risa.

—Las quemaba siempre.

Alex sonrió apenas.

—Precisamente —miró un instante la parrilla. —Ese era su toque maestro —hizo una pausa. —Decía que el sabor estaba en el carbón.

Algunas risas escaparon alrededor de la mesa, pequeñas y cálidas.

Y, durante un instante, Hannah volvió a tener dieciséis años. Otro verano. Otra barbacoa. Discutiendo con Alex mientras sus padres se reían de los dos. Convencida de que el mundo jamás cambiaría.

Connor observó a todos los adultos. Había algo raro en sus caras. Todos sonreían. Pero era una sonrisa distinta. Como la de quien mira una fotografía antigua.

Entonces preguntó con la sinceridad de un niño.

—¿Los echáis mucho de menos? —hizo una pausa. —Yo nunca llegué a conocer a mis abuelos.

Esta vez el silencio fue más profundo.




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