Fuego y Hielo

Capítulo 7: Parte 6

Empezar de nuevo

La noche seguía extendiéndose sobre North Harbour con calma engañosa, como si el mar no se hubiera enterado de lo ocurrido unas horas antes. El embarcadero estaba casi vacío. Luces pequeñas dibujaban un camino cálido hacia el agua, el faro giraba al fondo lento y constante, bañando la bahía con destellos blancos. El casino a lo lejos, silencioso, apenas una mancha de luz que ya no pertenecía a esa parte de la playa.

Más cerca solo existían el vaivén de las olas contra los pilotes y el crujido ocasional de la madera cuando el viento la acariciaba.

Hannah seguía en el banco del fondo, junto a la zona cubierta con las rodillas contra el pecho. Tobías a su lado, inmóvil, con esa paciencia antigua de perros que comprenden más de lo que les explican. Ella le acariciaba distraída detrás de las orejas. Ya no lloraba y precisamente por eso dolía más. Las lágrimas secas, el dolor no. Repartido por todo el cuerpo, pesado, agotado, sin encontrar dónde descansar.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar a Alex: "Te llamé. Te busqué. Te dejé mensajes. Bloqueaste mi número." Aquellas palabras seguían rompiendo algo distinto dentro de ella. Durante nueve años había sobrevivido gracias a una historia construida para no hundirse: una donde Alex había seguido adelante, donde había dejado de buscarla, donde solo ella lloró la pérdida. Y acababa de descubrir que nada de eso era cierto.

Oyó pasos sobre la madera. No levantó la cabeza enseguida, no porque no quisiera, sino porque una parte cansada y asustada no soportaría otra decepción. Pero conocía esa forma de caminar. La reconocería entre mil.

Tobías levantó primero las orejas y empezó a mover despacio la cola, como si ya supiera quién llegaba. Hannah levantó la vista.

Alex estaba al comienzo de la pasarela con las anos en los bolsillos, la camiseta negra agitándose con viento, el pelo revuelto, la barba de tres días marcando su mandíbula y sus ojos verdes tan cansados que dolieron. No parecía enfadado ni distante. Solo agotado, como si la discusión no lo hubiera llenado de rabia sino vaciado por completo.

Se quedó inmóvil al verla. Durante unos segundos ninguno habló. Solo estaban el mar, el faro y Tobías entre ambos como único capaz de mantener cordura aquella noche.

Fue Hannah quien rompió el silencio:

—Sabía que acabarías encontrándolo.

Miró al perro y dejó escapar una pequeña exhalación.

—Es un traidor.

Tobías movió la cola impasible, como si la acusación le pareciera injusta. Hannah soltó una carcajada breve, rota pero auténtica.

Alex se acercó y se sentó a su lado dejando un espacio prudente, ni demasiado grande ni pequeño. La distancia exacta de dos personas aprendiendo cómo volver a encontrarse.

El silencio regresó, ya no tan pesado.

Hannah respiró hondo. Había pasado demasiado tiempo huyendo, reaccionando y callando. Después de la cena, después de ver a Connor intentando comprender un dolor que no le pertenecía, ya no le quedaban fuerzas para seguir escondiéndose.

—No pienso permitir que esto siga haciéndole daño.

Giró inmediatamente la cabeza. Sabía perfectamente de quién hablaba. Connor. Siempre Connor.

—Lo ha visto todo. Lo ha escuchado todo.

Cerró un momento los ojos.

—Lo sé.

—No quiero que piense que tiene que elegir entre nosotros.

—Nunca tendrá que hacerlo —llegó sin vacilar. Demasiado sincera para ser una simple promesa.

Había amor en aquella respuesta. Amor cansado y silencioso. Pero absolutamente real.

—Ha pasado semanas intentando entender qué ocurrió entre nosotros... y ahora nos ve así.

Apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Lo sé.

—No voy a permitir que esto le rompa más.

Ya no hablaba una mujer enamorada. Hablaba una madre. Y Alex la comprendió por primera vez desde un lugar completamente distinto.

—Escuché aquella llamada.

—Ian.

—Claro.

—Lo imaginé —tragó saliva.

—Reaccioné fatal.

—Sí —sonrió sin alegría.

—Gracias por confirmarlo.

—No voy a mentirte precisamente ahora.

Por primera vez en toda la noche ambos sonrieron, poco pero sonrieron. Después Alex volvió a mirar al mar.

—No me alejé porque dejaras de importarme —levantó ella lentamente la cabeza—. Me alejé porque me importabas demasiado —el corazón le dio un vuelco—. No quería volver a acostumbrarme a tenerte cerca... si después ibas a marcharte otra vez.

Todas las ideas que llevaba años sosteniendo comenzaron a desmoronarse. No era orgullo ni indiferencia. Era miedo. El mismo miedo que llevaba nueve años viviendo dentro de ella.

—¿De verdad pensaste que volvería a irme?

—Pensé que era lo más probable —dejó escapar una risa amarga. Aquella confesión terminó de romper algo dentro de Hannah. Ya no veía al hombre enfadado, veía al chico de veintiún años que nunca dejó de esperarla.

Respiró despacio y preguntó sin mirarla:

—¿Vas a marcharte?

Quedó suspendida entre ambos. No hablaba del pueblo ni del trabajo ni de volver a Nueva York. Hablaba de ellos. ¿Voy a perderte otra vez?

Cerró ojos un instante.

—No lo sé —Alex bajó la cabeza, pero continuó—: Ya no estoy sola. Está Connor. Todo lo que hago pasa antes por él que por mí. Dónde vivo, dónde trabajo, qué decisiones puedo tomar... Ya no puedo decidir como si esta historia fuera solo nuestra.

Comprendió entonces algo que hasta ese momento solo había visto desde fuera: ella no había dejado de ser Hannah, simplemente se había convertido en madre. Y eso cambiaba todas las reglas. Preguntó muy despacio:

—¿Connor es la única razón por la que regresaste?

Sintió el verdadero significado: no era Connor, era otra. ¿Volviste por mí? Guardó silencio. El mar respiró entre ambos, el faro giró. Connor había sido la razón más importante, la más evidente, pero no la única. Nunca lo había sido. Y Alex lo entendió antes incluso de escuchar la respuesta, porque lo vio en sus ojos. Aquella no era la mirada de quien busca una salida, era la de quien empieza por fin a encontrar razones para quedarse.




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