Fuego y Hielo

Capítulo 7: Parte 7

El último 4 de julio 🧭⚓❤️🌊

Flashback — 4 de julio de 2016
Alex y Hannah, 21 años

La música inundaba las calles de North Harbour, mezclándose con las risas, las conversaciones y los gritos de los niños que corrían entre las mesas improvisadas.

El aroma de las barbacoas flotaba en el aire, mezclado con el olor salado del mar. Los primeros fuegos artificiales comenzaban a dibujar destellos de colores sobre la bahía mientras farolillos y banderas ondeaban suavemente con la brisa.

Todo el pueblo parecía celebrar algo aquella noche. Todo el pueblo... excepto Hannah.

Alex tardó menos de diez minutos en darse cuenta de que había desaparecido. No era ningún talento especial.

Simplemente era Hannah. Y llevaba demasiado tiempo pendiente de ella como para no notar inmediatamente su ausencia.

Apoyado junto a una de las mesas del paseo marítimo, recorrió el gentío con la mirada. No estaba con Allison, ni con Eddie, ni con Eleanor. No estaba en ninguna parte. Y eso solo podía significar una cosa.

Sonrió para sí. Porque ya sabía dónde encontrarla. Siempre lo sabía.

El embarcadero estaba mucho más tranquilo que el resto del pueblo. La música llegaba amortiguada por la distancia. Los fuegos artificiales parecían estallar en otro mundo. El mar golpeaba suavemente los pilares de madera bajo la estructura cubierta.

Y allí estaba ella. Sentada en el banco del extremo. Con las rodillas recogidas contra el pecho. Mirando el agua. Exactamente donde Alex esperaba encontrarla.

Se quedó observándola durante unos segundos.

La luz del faro recorría lentamente el embarcadero, iluminando por momentos su perfil, su cabello oscuro movido por la brisa y aquella expresión ausente que él conocía demasiado bien.

Había aprendido a distinguir todos sus silencios. Sabía cuándo estaba enfadada, cuándo estaba preocupada, cuándo necesitaba quedarse sola y cuándo, aunque no fuera capaz de pedirlo, solo necesitaba que alguien permaneciera a su lado.

Aquella noche era ese último silencio. Por eso no preguntó qué ocurría. No intentó hacerla reír. No buscó distraerla. Simplemente caminó hasta ella. Y abrió los brazos.

Como había hecho tantas veces durante los últimos meses. Como si fuera el gesto más natural del mundo. Como si ambos compartieran un lenguaje que nadie más entendía.

Hannah levantó la cabeza. Al verlo, algo dentro de ella se relajó inmediatamente. No preguntó por qué estaba allí. Ni cómo la había encontrado.

Simplemente se puso en pie y caminó directamente hacia él. Como llevaba haciendo desde la muerte de sus padres. Como si su cuerpo hubiera aprendido, antes incluso que su corazón, dónde encontraba refugio cuando el mundo se volvía demasiado pesado.

Alex la envolvió entre sus brazos sin reservas, sin preguntas, sin condiciones.

Hannah apoyó la cabeza sobre su pecho y cerró los ojos. Escuchó el ritmo pausado de sus latidos. Respiró. Y, durante unos instantes, el dolor dejó de pesar tanto.

Aquello era lo más parecido a la paz que había encontrado en meses. No la universidad, no la terapia, no el paso del tiempo.

Alex. Solo Alex.

Permanecieron así durante largo rato.

El mar siguió respirando bajo ellos. Los fuegos artificiales estallaban sobre la bahía.

Y Alex simplemente permaneció allí. Sosteniéndola. Como siempre.

—Hoy he conseguido divertirme.

Su voz sonó amortiguada contra su pecho. Alex bajó apenas la cabeza.

—Eso suele ser una buena noticia.

—Luego me he sentido culpable —él comprendió inmediatamente de qué estaba hablando. —He estado riéndome con Allison.

—Ajá.

—Y durante un momento... me olvidé —Alex cerró los ojos. —Después me he sentido horrible.

La abrazó un poco más fuerte. Ella continuó hablando. Porque con Alex nunca necesitaba fingir.

—A veces siento que, si sigo adelante... estoy abandonándolos.

El silencio volvió a instalarse entre ambos. Alex no tenía respuestas perfectas. Nunca las había tenido. Solo sabía quedarse.

Esperó unos segundos antes de hablar.

—No les estás fallando por seguir viviendo.

Hannah sintió que aquellas palabras encontraban un lugar muy profundo dentro de ella.

Alex apoyó la barbilla sobre su cabeza.

—Tus padres te querían demasiado como para querer verte atrapada aquí para siempre.

La respiración de Hannah terminó quebrándose. Las lágrimas comenzaron a deslizarse despacio por sus mejillas. No eran violentas ni desesperadas, eran lágrimas agotadas. Lágrimas que llevaban demasiado tiempo esperando salir.

Alex no intentó detenerlas. No intentó arreglarla. Solo permaneció allí. Como había permanecido cada vez que ella se había roto durante aquellos últimos meses.

Y entonces Hannah comprendió algo. Algo que llevaba ocurriendo mucho tiempo sin que ella quisiera mirarlo de frente.

Durante los peores días de su vida… Alex había estado allí. Siempre.

Las llamadas de madrugada. Las visitas inesperadas a la residencia. Las comidas que insistía en que terminara. Los paseos silenciosos. Las sesiones con la psicóloga. Los días en los que apenas conseguía levantarse de la cama. Los días en los que sí lo lograba.

Alex había estado en todos. No por obligación, no por pena. Simplemente porque la quería. Y porque jamás se le ocurrió estar en otro sitio.

Aquella certeza la golpeó con una intensidad inesperada.

Levantó lentamente la cabeza y fue entonces cuando ocurrió.

Por primera vez dejó de mirarlo como al amigo de siempre, como al rival, como al compañero, como al refugio. Lo miró de verdad.

Alex seguía observándola en silencio. Sus ojos verdes brillaban bajo la luz intermitente del faro. Había ternura. Había miedo. Había una vulnerabilidad que nunca antes había visto con tanta claridad.

Y, de repente, empezaron a regresar recuerdos. Los brownies, la pulsera, las discusiones absurdas, las veces que aparecía sin que nadie lo llamara, los celos que nunca había querido reconocer, las ocasiones en las que había buscado su mirada entre la multitud... y él ya la estaba mirando.




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