El último 4 de julio
Flashback
Año 2016
Alex y Hannah, 21 años
La música inundaba las calles de North Harbour mezclada con risas, conversaciones y gritos de niños corriendo entre mesas improvisadas. El aroma de barbacoas flotando con sal, los primeros fuegos dibujando colores sobre la bahía mientras farolillos y las banderas ondeaban con la brisa.
Todo el pueblo parecía celebrar algo aquella noche. Todo el pueblo excepto Hannah.
Alex tardó menos de diez minutos en darse cuenta de que había desaparecido. No era un talento especial. Simplemente era Hannah. Y llevaba demasiado pendiente de ella como para no notar su ausencia. Apoyado junto a una mesa del paseo recorrió el gentío con la mirada. No estaba con Allison, ni con Eddie, ni con Eleanor. No estaba en ninguna parte. Y eso solo podía significar una cosa.
Sonrió para sí. Porque ya sabía dónde encontrarla. Siempre lo sabía.
El embarcadero estaba mucho más tranquilo que el resto del pueblo. La música amortiguada por la distancia, los fuegos estallando en otro mundo, el mar golpeando suave los pilares bajo la estructura cubierta. Y allí estaba ella, sentada en el banco del extremo, con más rodillas contra el pecho, mirando el agua. Exactamente donde esperaba encontrarla.
Se quedó observándola unos segundos. La luz del faro recorría lento el embarcadero iluminando por momentos su perfil, su cabello movido por la brisa y aquella expresión ausente que conocía demasiado bien.
Había aprendido a distinguir todos sus silencios. Cuándo estaba enfadada, preocupada, cuándo necesitaba quedarse sola y cuándo, aunque no supiera pedirlo, solo necesitaba que alguien permaneciera a su lado. Aquella noche era ese último silencio. Por eso no preguntó qué ocurría. No intentó hacerla reír. Simplemente caminó hasta ella y abrió los brazos. Como había hecho tantas veces en los últimos meses. Como si fuera el gesto más natural del mundo.
Hannah levantó la cabeza. Al verlo, algo dentro de ella se relajó inmediatamente. No preguntó por qué estaba allí ni cómo la había encontrado. Simplemente se puso en pie y caminó directo hacia él. Como llevaba haciendo desde la muerte de sus padres. Como si su cuerpo hubiera aprendido antes que su corazón dónde encontraba refugio cuando el mundo pesaba demasiado.
La envolvió entre sus brazos sin reservas, sin preguntas, sin condiciones. Apoyó la cabeza sobre su pecho y cerró los ojos. Escuchó sus latidos pausados, respiró y durante unos instantes el dolor dejó de pesar tanto. Aquello era lo más parecido a la paz que había encontrado en meses. No la universidad, no la terapia, ni el paso del tiempo. Alex. Solo Alex.
Permanecieron así largo rato. El mar respirando bajo ellos, los fuegos estallando sobre la bahía, y Alex simplemente sosteniéndola. Como siempre.
—Hoy he conseguido divertirme —su voz amortiguada contra su pecho.
—Eso suele ser una buena noticia.
—Luego me he sentido culpable —comprendió inmediatamente de qué hablaba—. He estado riéndome con Allison y durante un momento... me olvidé. Después me he sentido horrible.
La abrazó un poco más fuerte. Con Alex nunca necesitaba fingir.
—A veces siento que si sigo adelante... estoy abandonándolos.
Silencio. Alex no tenía respuestas perfectas. Nunca las tuvo. Solo sabía quedarse.
—No les estás fallando por seguir viviendo —apoyó la barbilla sobre su cabeza—. Tus padres te querían demasiado como para querer verte atrapada aquí para siempre.
La respiración se quebró. Lágrimas deslizándose despacio por mejillas, no violentas ni desesperadas, agotadas, llevando demasiado tiempo esperando salir. No intentó detenerlas ni arreglarla. Solo permaneció allí, como cada vez que se había roto en los últimos meses.
Y entonces Hannah comprendió algo que llevaba ocurriendo mucho tiempo sin querer mirarlo de frente. Durante los peores días de su vida Alex había estado allí. Siempre. Las llamadas de madrugada, las visitas inesperadas a su residencia, las comidas que insistía en que terminara, los paseos silenciosos, las sesiones con la psicóloga, los días en que apenas se levantaba y los días en que los que sí lo lograba. No por obligación ni pena, simplemente porque la quería y jamás se le ocurrió estar en otro sitio.
Aquella certeza la golpeó con una intensidad inesperada. Levantó lentamente la cabeza y fue entonces cuando ocurrió. Por primera vez dejó de mirarlo como al amigo, al rival, al compañero, al refugio. Lo miró de verdad.
Sus ojos verdes brillaban bajo la luz intermitente del faro. Había ternura, miedo, una vulnerabilidad que nunca había visto con tanta claridad. Y empezaron a regresar recuerdos: los brownies, la pulsera, las discusiones absurdas, las veces que aparecía sin que lo llamaran, los celos nunca reconocidos, las ocasiones en que buscó su mirada entre la multitud... y él ya la estaba mirando.
Todo empezó a encajar como piezas de puzzle esperando aquel instante. Entonces comprendió algo que llevaba años delante: la forma en que Alex la miraba nunca había cambiado. Lo único que había cambiado era ella. Ahora sabía leer aquella mirada y el aire pareció desaparecerle de los pulmones. Porque si era sincera consigo misma, ella también llevaba demasiado tiempo mirándolo igual.
Ninguno habló ni se apartó. El mar golpeando contra los pilares, los fuegos iluminando cielo, pero todo había dejado de existir. Solo quedaban ellos.
Alex sintió cómo algo cambiaba en los ojos de Hannah, como si cruzara una puerta invisible, con el corazón latiendo con fuerza. Llevaba años enamorado de ella, años escondiéndolo, conformándose con permanecer cerca. Y aun así, si ella hubiera dado un paso atrás, él también habría retrocedido. Porque verla sonreír siempre había sido más importante que cualquier deseo propio.
Tragó saliva. No quiso huir ni esconderse tras una broma ni empezar una discusión absurda para escapar de lo que sentía. Solo quiso acercarse. Un paso y después otro, hasta apenas quedar un espacio.