Falsa calma 🧭⚓❤️
La comisaría de North Harbour todavía no había terminado de despertarse. Era temprano. Demasiado temprano para la mayoría de las personas. Pero no para Alex Mallory. Ni para Hannah Jones.
El gimnasio estaba prácticamente vacío. Solo se escuchaba el zumbido constante de la ventilación, el ritmo mecánico de las cintas de correr y una emisora de radio sonando tan baja que apenas se distinguía la música.
Tobías ocupaba una esquina junto a la pared. Tumbado. Con la cabeza apoyada sobre las patas delanteras. Observando el mundo con la paciencia infinita que parecía caracterizarlo.
Alex llevaba ya varios kilómetros corriendo. El sudor le oscurecía la camiseta. Los auriculares descansaban alrededor de su cuello. Y por primera vez en mucho tiempo parecía tranquilo. No feliz exactamente. Pero sí más ligero. Como si alguien hubiera aflojado una cuerda que llevaba demasiado tiempo tensándose dentro de él.
La puerta del gimnasio se abrió. Y Alex levantó la vista. Hannah acababa de entrar. Llevaba ropa deportiva y una botella de agua en una mano. Llevaba el cabello recogido. Tenía en su cara una expresión todavía medio dormida.
Durante una fracción de segundo sus miradas se encontraron. Y ambos sonrieron. De forma natural. Sin tensión. Sin incomodidad. Sin esa sensación constante de estar caminando sobre cristales rotos que había acompañado gran parte de su reencuentro.
Simplemente sonrieron. Como antes.
—Buenos días.
—Depende.
Alex arqueó una ceja.
—¿De qué?
—De si piensas perder hoy.
Él soltó una carcajada.
—Vaya. Dos segundos.
—He mejorado mucho.
—Lo noto.
Hannah caminó hasta la cinta situada justo al lado de la suya.
Tobías levantó la cabeza inmediatamente. Movió la cola contra el suelo. Ella sonrió.
—Hola, grandullón.
Se agachó para rascarle detrás de las orejas. Tobías cerró los ojos de puro placer. Alex negó con la cabeza.
—Me ha ignorado toda la mañana.
—Porque tiene buen gusto.
—Es mi perro.
—Y aun así me prefiere.
—Traidor.
Tobías volvió a tumbarse sin la menor intención de intervenir en aquella discusión.
Hannah subió a la cinta. Pulsó los controles. Y comenzó a correr.
Alex observó su pantalla. Luego la suya. Luego volvió a mirar la de Hannah. Y aumentó ligeramente la velocidad.
Hannah lo vio. Sonrió. Y aumentó exactamente la misma cantidad.
Alex volvió a acelerar. Hannah hizo lo mismo. Ninguno dijo nada. Ninguno necesitó hacerlo. La competición había comenzado.
Dos minutos después ambos corrían más rápido de lo razonable. Cinco minutos después ninguno estaba dispuesto a rendirse. Diez minutos después ya estaban discutiendo mientras corrían.
—Estás haciendo trampas —dijo Hannah.
—¿Cómo exactamente? —preguntó Alex.
—Tienes piernas más largas.
—Eso no son trampas.
—Es una ventaja injusta.
—Hannah.
—Alex.
—Así no funcionan las carreras.
—Lo sé.
—Entonces deja de quejarte.
—No —respondió Hannah.
Alex soltó una carcajada.Y Hannah hizo exactamente lo mismo. Era absurdo. Completamente absurdo. Y precisamente por eso se sentía tan bien.
Porque llevaban dos días sin verse. Solo dos. Y aun así la conversación fluía como si nunca hubiera existido ningún vacío entre ellos.
Hablaron de Connor. De los fuegos artificiales del 4 de julio. Del campamento. De las apuestas absurdas del pueblo. De Eddie, que había vuelto a la ciudad. De cualquier cosa que se les ocurría.
Saltando de un tema a otro sin ningún orden aparente. Como siempre habían hecho. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si nueve años de separación jamás hubieran existido.
La puerta del gimnasio volvió a abrirse. Entró Lizzie. Después Michael. Un poco más tarde Joe. Y finalmente Monty.
Al principio ninguno dijo nada. Porque todos estaban demasiado ocupados observándolos. Observando a Alex y Hannah. Las sonrisas. Las bromas. Las interrupciones constantes. La competición ridícula. La facilidad con la que ocupaban el espacio del otro.
Lizzie fue la primera en romper el silencio.
—¿Soy yo o vuelven a ser raros?
Michael ni siquiera levantó la vista.
—Siempre han sido raros.
—No. Esto es otro nivel.
Joe observó unos segundos más. Y entonces empezó a entender. No la historia. Ni los rumores. Ni la leyenda. Algo más simple. La razón por la que todo el mundo hablaba de ellos. Porque Alex y Hannah parecían funcionar en una frecuencia distinta al resto de las personas. Como si llevaran años compartiendo la misma conversación. Como si se conocieran demasiado. Y aquello resultaba imposible de ignorar.
Monty, que llevaba varios segundos observándolos en silencio.
—Están muy unidos ahora, ¿no?
La pregunta quedó flotando en el aire. No sonó acusadora. Ni sospechosa.Ni siquiera incómoda. Sonó exactamente igual que sonaría para cualquier compañero que hubiera visto cómo apenas podían compartir una habitación unas semanas antes.
Michael siguió la mirada de Monty. Alex acababa de decir algo. Hannah se había echado a reír.
—Siempre fueron así.
—No exactamente —corrigió Lizzie—. Volvieron a ser así.
Y esa diferencia era importante.
Porque todos los que llevaban años en North Harbour la entendían perfectamente.
Joe volvió a mirar hacia ellos.
—Pues tengo que reconocer una cosa.
—¿Cuál?
—Ahora entiendo por qué todo el mundo apuesta por ellos.
Michael soltó una carcajada.
—No sabes ni la mitad.
Media hora después la competición terminó. Oficialmente en empate. Extraoficialmente porque ninguno estaba dispuesto a reconocer una derrota.
—He ganado.
—No.
—Sí.
—No.
—Alex.
—Hannah.
—He ganado.
—Empate.
—Cobarde.
—Mala perdedora.
—Mal ganador.
—Eso ni siquiera tiene sentido.