Fuego y Hielo

Capítulo 8: Parte 1

Falsa calma

La comisaría de North Harbour todavía no había terminado de despertarse. Era temprano, demasiado temprano para la mayoría. Pero no para Alex Mallory ni para Hannah Jones.

El gimnasio estaba prácticamente vacío. Solo se escuchaba el zumbido de ventilación, el ritmo mecánico de cintas y la emisora de radio sonando tan baja que apenas se distinguía la música. Tobías en una esquina, tumbado, con la cabeza sobre las patas delanteras, observando con paciencia infinita.

Alex llevaba ya varios kilómetros corriendo. Con el sudor oscureciendo su camiseta, los auriculares alrededor del cuello y, por primera vez en mucho tiempo, tranquilo. No feliz exactamente, pero sí más ligero. Como si alguien hubiera aflojado una cuerda que llevaba demasiado tiempo tensa.

La puerta se abrió. Levantó la vista. Hannah acababa de entrar.

Llevaba ropa deportiva —mallas ajustadas y un top que dejaba a la vista más piel de la que él recordaba estar preparado para ver a las siete de la mañana—,una botella de agua en una mano y el cabello recogido en una coleta alta. En el rostro aún conservaba esa expresión medio dormida de quien todavía no ha terminado de despertar.

Durante una fracción de segundo sus miradas se encontraron y ambos sonrieron. De una manera natural, sin tensión, sin incomodidad, sin esa sensación constante de caminar sobre cristales rotos que había acompañado gran parte del reencuentro. Simplemente sonrieron. Como antes.

Aunque a Alex se le quedó la sonrisa atascada medio segundo más de la cuenta cuando sus ojos bajaron, sin querer, por la curva de su cintura. Carraspeó y volvió a la pantalla.

—Buenos días.

—Depende —arqueó Alex una ceja.

—¿De qué?

—De si piensas perder hoy.

Soltó una carcajada.

—Vaya... has tardado dos segundos.

—He mejorado mucho.

—Lo noto.

Ocupó la cinta junto a la suya. Tobías levantó inmediatamente la cabeza, golpeando con la cola el suelo con entusiasmo.

—Hola, grandullón —se agachó a rascarle detrás de las orejas.

La postura le tensó la tela del top contra el pecho. Alex fingió mirar a Tobías, pero no engañaba a nadie. Ni siquiera a sí mismo.

—Me ha ignorado toda la mañana.

—Porque tiene buen gusto.

—Es mi perro.

—Y aun así me prefiere.

—Traidor.

Como respuesta Tobías volvió a tumbarse indiferente.

Hannah subió a la cinta, pulsó los controles y comenzó a correr. Alex miró de reojo su pantalla, después la suya, y aumentó ligeramente velocidad. Lo vio, sonrió y aumentó exactamente lo mismo.

Ninguno dijo nada. Ninguno lo necesitó. La competición había empezado.

Dos minutos después corrían bastante más rápido de lo razonable. Cinco minutos después, ninguno estaba dispuesto a rendirse. Diez minutos después, ya discutían mientras corrían, jadeando entre palabras, no de cansancio sino de la risa.

—Estás haciendo trampas.

—¿Cómo exactamente? —preguntó divertido.

—Tienes las piernas más largas.

—Eso no son trampas.

—Es ventaja injusta.

—Así no funcionan las carreras.

—Lo sé.

—Entonces deja de protestar.

—No.

Era absurdo, completamente absurdo, y precisamente por eso se sentía tan bien. Llevaban dos días sin verse, solo dos, y aun así la conversación fluía con la misma facilidad de siempre. Hablaron de Connor, del campamento, de los fuegos artificiales, de las apuestas del pueblo, de Eddie que por fin había regresado. Saltando de un tema a otro sin orden aparente. Como si nueve años de separación hubieran sido apenas mala interrupción en conversación que nunca terminó.

La puerta volvió a abrirse. Entró Lizzie, después Michael, un poco más tarde Joe y finalmente Monty. Al principio ninguno dijo nada porque se quedaron observándolos: las sonrisas, las bromas, las interrupciones, la competición ridícula, la facilidad con la que invadían espacio del otro sin pedir permiso.

—¿Soy yo o vuelven a estar raros? —dijo Lizzie.

—Siempre han sido raros —Michael ni siquiera levantó la vista.

—No. Esto es otro nivel.

Joe permaneció observándolos unos segundos y entonces empezó a entender, no la historia ni los rumores ni la leyenda. Algo mucho más sencillo. Comprendió por qué todo North Harbour hablaba de ellos. Porque parecían funcionar en una frecuencia distinta al resto. Como si llevaran años compartiendo la misma conversación. Como si se conocieran demasiado. Imposible no darse cuenta.

Monty, que llevaba un rato contemplándolos en silencio, habló por fin:

—Están muy unidos otra vez, ¿no?

La pregunta quedó suspendida en el aire. No acusadora ni sospechosa ni incómoda. Exactamente el comentario que haría cualquier compañero después de ver cómo dos personas que apenas podían soportarse semanas antes ahora parecían incapaces de dejar de hablar.

Michael siguió su mirada. Alex acababa de decir algo, Hannah respondió con una carcajada.

—Siempre fueron así.

—No exactamente —corrigió Lizzie—. Han vuelto a ser así.

Y aquella diferencia lo cambiaba todo.

—Tengo que reconocer una cosa —dijo Joe—. Ahora entiendo por qué todo el pueblo apuesta por ellos.

—Créeme... Todavía no sabes ni la mitad —rió Michael.

Media hora después la competición terminó. Oficialmente en empate. Extraoficialmente porque ninguno estaba dispuesto a reconocer la derrota.

—He ganado.

—No.

—Sí.

—Cobarde.

—Mala perdedora.

—Mal ganador.

—Eso ni tiene sentido.

—Lo sé.

Y siguieron discutiendo mientras desaparecían por el pasillo hacia los vestuarios, caminando demasiado cerca. Sin tocarse, pero con el aire entre ellos cargado, denso, como antes de la tormenta.

A sus espaldas, el resto de la unidad intercambió unas miradas divertidas. North Harbour acababa de recuperar una de sus tradiciones favoritas: Alex Mallory y Hannah Jones habían vuelto a discutir por todo. Y por extraño que pareciera aquello significaba que por fin algo empezaba a estar en su sitio.




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