Fuego y Hielo

Capítulo 8: Parte 2

La sombra de Ian

El coche apareció en North Harbour poco después de las nueve. Negro, brillante, impecable, de alta gama. De los que llaman la atención antes de detenerse.

Avanzó despacio por las calles mientras los vecinos hacían su rutina. Ian Sullivan observaba el paisaje desde el asiento trasero. A su lado Amanda Swanson, su secretaria. Al volante Roger, con la precisión tranquila de siempre. Los tres llevaban años trabajando juntos y aun así el ambiente dentro se parecía más a reunión de negocios que a viaje compartido.

—Es bonito —dijo Amanda rompiendo el silencio.

Ian desvió la mirada al puerto. Las casas blancas, los barcos balanceándose suave, las calles tranquilas, los jardines cuidados. Observó cada detalle durante unos segundos. No con admiración, sino evaluándolos.

—Es pintoresco.

—A mí me gusta.

—Es agradable para pasar unos días.

La frase quedó suspendida en el aire y resumía perfectamente cómo veía aquel lugar. No como hogar ni comunidad ni sitio de recuerdos. Solo como destino agradable dentro de su agenda de trabajo.

Roger giró por la avenida principal. Ian siguió mirando por la ventanilla. No despreciaba North Harbour ni le disgustaba, simplemente nunca lo entendió. Y jamás comprendió por qué Hannah sentía aquel apego casi irracional por un pueblo tan pequeño cuando podía vivir en cualquier gran ciudad.

Pocos minutos después apareció el Casino Hotel. Erguido junto al faro, dominando la bahía con una elegancia sobria y calculada. El edificio más lujoso del pueblo y el único donde Ian parecía encajar de manera completamente natural.

Roger detuvo el vehículo, bajó y abrió la puerta trasera. Ian salió. Alto, rubio, ojos azules, traje perfectamente entallado, zapatos impecables. Cada detalle transmitía el mismo mensaje: control.

Varias personas se giraron automáticamente: una pareja que abandonaba el hotel, un camarero, dos turistas, un grupo de vecinos.

—¿Quién es?

—Ni idea.

—Parece famoso.

—O millonario.

No reaccionó. Quizá no los oyó o llevaba demasiado acostumbrado a provocar exactamente esos comentarios.

Entró en el vestíbulo. La recepcionista sonrió inmediatamente.

—Bienvenido, señor Sullivan. —dijo con una leve inclinación de cabeza. Ella le entregó una tarjeta magnética.

—Aquí tiene la llave de la suite presidencial.

—Gracias.

Sin sorpresa ni falsa modestia ni necesidad de impresionar. Aceptó con naturalidad de quien considera que ese lugar le corresponde. A punto de ir hacia el ascensor se detuvo.

—Una pregunta. ¿Cuál es la floristería más exclusiva del pueblo?

La recepcionista parpadeó un instante.

—¿La más... exclusiva?

—Sí.

No preguntó cuál era la mejor ni cuál hacía ramos más bonitos. Preguntó cuál era la más exclusiva. Una diferencia sutil que decía mucho de él.

La joven le indicó una dirección. Asintió.

—Perfecto. Gracias.

Se encaminó hacia el ascensor recorriendo el vestíbulo con la mirada: cuadros, lámparas, mobiliario, distribución, personal, clientes. Todo con una expresión analítica que usaba al evaluar una inversión. Como si cada lugar pudiera reducirse a cifras, eficiencia y rentabilidad. Todo parecía exactamente donde debía, todo orden lógico, todo impecable.

Y por primera vez desde que llegó a North Harbour sintió que se encontraba en un entorno que comprendía. Porque el verdadero hogar de Ian Sullivan nunca había sido una ciudad. Había sido el control.

LAS TREINTA ROSAS

Mientras tanto en la comisaría, la mañana avanzaba con una tranquilidad poco habitual. Michael repasaba movimientos bancarios, Joe tomaba notas sin levantar la vista, Monty revisaba informes con un gesto distraído. Y a pocos metros Alex y Hannah discutían teoría sobre el caso Bradford.

Por primera vez desde el reencuentro, trabajar juntos resultaba fácil. Las diferencias seguían existiendo, pero ya no había tensión. Solo la vieja costumbre de cuestionarlo todo.

—Eso no encaja —señaló Hannah una foto.

—Porque partes de la premisa equivocada.

—No.

—Sí.

—Alex.

—Hannah.

—Es bonito ver que algunas cosas nunca cambian —respiró Michael sin levantar la vista del expediente.

Entonces la puerta se abrió de golpe. Lizzie apareció prácticamente corriendo.

—¡Inspectora! Tiene que venir. Ahora mismo.

Reflejaba una moción tan evidente que Michael arqueó una ceja. Alex se puso en pie.

—Eso nunca suele ser una buena señal.

Siguieron por curiosidad. Llegaron al despacho de Hannah segundos después y se quedaron inmóviles.

Treinta rosas rojas. Tres enormes ramos ocupaban prácticamente todo el despacho. Flores sobre escritorio, mesa auxiliar, estantería. Parecía que una floristería entera hubiera explotado allí.

En la oficina comenzaron los cuchicheos. Las cabezas asomando, los agentes sonriendo y silbando.

—Madre mía... ¿Quién envía tantas? Eso sí que es una declaración.

Hannah avanzó despacio hasta el escritorio, tomó la tarjeta, la abrió y la leyó.

"Preciosa. Ya estoy en North Harbour. Feliz cumpleaños con retraso. Nos vemos pronto. Ian Sullivan."

El despacho quedó en silencio. Alex observó el rostro de Hannah esperando sorpresa, quizá una sonrisa, tal vez emoción. No encontró ninguna.

Parecía incómoda. Profundamente incómoda. Tenía la mandíbula tensa, un gesto mínimo que Alex conocía desde los dieciséis años. Era rabia contenida, la misma que ponía cuando alguien cruzaba la línea con su hijo. Como si alguien hubiera entrado en casa sin llamar, como si las flores ocuparan demasiado espacio, como si hubieran invadido algo únicamente suyo.

Aquello desconcertó a Alex y le puso en alerta. Porque cuando Hannah se enfadaba de verdad no gritaba. Se cerraba. Y calculaba.

Durante años había dado por hecho que Ian había sido el hombre adecuado para ella, el que ella eligió, el que ocupó el lugar que él jamás pudo tener, el que la hizo feliz. Pero no parecía feliz. Parecía atrapada.




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