Fuego y Hielo

Capítulo 8: Parte 2

La sombra de Ian 🌑🌹

El coche apareció en North Harbour poco después de las nueve de la mañana. Negro. Brillante. Impecable. De alta gama. La clase de vehículo que llamaba la atención incluso antes de detenerse.

Avanzó despacio por las calles del pueblo mientras los vecinos comenzaban sus rutinas habituales.

Ian Sullivan observaba el paisaje desde el asiento trasero. A su lado viajaba Amanda Swanson, su secretaria. Frente a ellos, Roger conducía con la misma precisión tranquila de siempre. Los tres llevaban años trabajando juntos.Y, sin embargo, el ambiente dentro del vehículo seguía pareciéndose más a una reunión de negocios que a un viaje compartido.

Amanda fue la primera en romper el silencio.

—Es bonito.

Ian desvió la mirada hacia el puerto, las casas blancas. Los barcos balanceándose suavemente, las calles tranquilas, los jardines cuidados.

Observó cada detalle durante varios segundos. Como si estuviera evaluando algo. No admirándolo.

—Pintoresco.

Amanda sonrió.

—A mí me gusta.

—Es agradable para pasar unos días.

La frase quedó suspendida en el aire. Y resumía perfectamente la forma en que Ian veía el lugar. No como un hogar. No como una comunidad. No como una vida. Como un destino. Como una localización agradable dentro de una agenda. Nada más.

Roger giró por la avenida principal. Ian continuó observando por la ventanilla. No despreciaba North Harbour. Ni siquiera le disgustaba. Simplemente no lo entendía.

Y jamás había entendido por qué Hannah había tenido tanto aprecio por ese lugar y había querido volver allí.

El Casino Hotel apareció frente a ellos pocos minutos después. Junto al faro de North Harbour. El edificio más lujoso de todo North Harbour. El único lugar del pueblo donde Ian parecía encajar de forma natural.

Roger detuvo el vehículo. Bajó inmediatamente. Y abrió la puerta trasera.

Ian salió del coche. Alto, rubio, de ojos azules. Traje perfectamente ajustado. Aspecto impecable.

Varias personas se giraron automáticamente para mirarlo. Una pareja que salía del hotel, un camarero, dos turistas, un grupo de vecinos...

—¿Quién es?

—Ni idea.

—Parece famoso.

—O millonario.

Ian ni siquiera reaccionó. Tal vez porque no los había escuchado. O tal vez porque llevaba años acostumbrado a provocar exactamente ese efecto.

Entró en el vestíbulo. La recepcionista sonrió inmediatamente.

—Bienvenido, señor Sullivan.

Ian asintió. Ella le entregó una tarjeta magnética.

—Aquí tiene la llave de la suite presidencial.

—Gracias.

No hubo sorpresa. No hubo falsa modestia. No hubo necesidad de presumir.

Simplemente aceptó la llave como alguien que daba por hecho que aquel era exactamente el lugar que le correspondía.

Estaba a punto de dirigirse al ascensor cuando se detuvo.

—Una pregunta.

—Por supuesto.

—¿Cuál es la floristería más exclusiva de este pueblo?

La recepcionista parpadeó.

—¿La más exclusiva?

—Sí.

No preguntó cuál era la mejor. No preguntó cuál tenía las flores más bonitas. Preguntó cuál era la más exclusiva. La diferencia era sutil. Pero importante.

La chica le dio una dirección. Ian asintió. Y se marchó.

Mientras esperaba el ascensor observó el vestíbulo, los cuadros, los muebles, las lámparas, las personas que allí trabajaban. Todo. Con aquella mirada analítica que utilizaba para evaluar negocios. Como si el mundo entero fuera un informe pendiente de revisión. Todo estaba a su gusto en ese espacio.

Mientras tanto, en la comisaría, el equipo revisaba los informes del día.

Michael hablaba sobre unos movimientos bancarios de uno de los casos. Joe tomaba notas. Monty revisaba varios informes. Alex y Hannah discutían una teoría.

Por primera vez en semanas la conversación fluía sin tensión. Y eso hacía que trabajar resultara extrañamente fácil.

Hasta que la puerta se abrió de golpe. Lizzie apareció prácticamente corriendo.

—¡Inspectora!

Hannah levantó la cabeza.

—¿Qué pasa?

—Tiene que venir.

—¿Ahora?

—Ahora mismo.

La emoción en la voz de Lizzie resultaba tan evidente que Michael levantó una ceja. Alex ya estaba poniéndose en pie.

—Eso nunca es una buena señal.

Llegaron al despacho de Hannah pocos segundos después. Y se quedaron inmóviles.

Treinta rosas rojas. Tres enormes ramos. Ocupando prácticamente todo el espacio disponible: el escritorio, la mesa auxiliar y la estantería. Parecía que una floristería entera hubiera explotado dentro del despacho.

Afuera comenzaron inmediatamente los cuchicheos. Agentes asomándose. Sonrisas. Comentarios. Curiosidad.

—Madre mía.

—¿Quién envía tantas flores?

—Eso sí que es una declaración.

Joe observó la escena completamente fascinado. Lizzie parecía encantada. Monty soltó un silbido.

—Vale. Ahora tengo curiosidad.

Hannah caminó lentamente hasta el escritorio.Tomó la tarjeta. Y leyó.

"Preciosa.

Ya estoy en North Harbour.

Feliz cumpleaños con retraso.

Nos vemos pronto.

Ian Sullivan."

Silencio.

Alex observó su rostro. Esperaba una sonrisa. Quizás sorpresa. Tal vez emoción. No encontró ninguna de las tres.

Hannah parecía incómoda. Profundamente incómoda. Como si alguien hubiera entrado en su casa sin llamar. Como si aquellas flores ocuparan demasiado espacio. Como si hubieran invadido algo que era suyo.

Y aquello desconcertó a Alex. Porque durante años había asumido que Ian Sullivan había sido el hombre correcto para ella. El hombre elegido. El hombre que tuvo lo que él perdió. El hombre que consiguió hacer feliz a Hannah.

Pero Hannah no parecía feliz. Parecía atrapada.

Ella levantó la vista. Y, casi por reflejo, le entregó la tarjeta. Sin ocultarla. Sin intentar gestionarlo sola.

Alex lo notó inmediatamente. El pacto del embarcadero. Seguía allí. Pequeño, silencioso, pero seguía estando presente.




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