La sombra de Ian 🌑🌹
El coche apareció en North Harbour poco después de las nueve de la mañana. Negro, brillante, impecable, de alta gama. La clase de vehículo que llamaba la atención incluso antes de detenerse.
Avanzó despacio por las calles del pueblo mientras los vecinos comenzaban sus rutinas habituales.
Ian Sullivan observaba el paisaje desde el asiento trasero. A su lado viajaba Amanda Swanson, su secretaria. Al volante, Roger conducía con la misma precisión tranquila de siempre.
Los tres llevaban años trabajando juntos.
Y, aun así, el ambiente dentro del vehículo seguía pareciéndose mucho más a una reunión de negocios que a un viaje compartido.
Amanda fue la primera en romper el silencio.
—Es bonito.
Ian desvió la mirada hacia el puerto. Las casas blancas, los barcos balanceándose suavemente, las calles tranquilas, los jardines perfectamente cuidados.
Observó cada detalle durante unos segundos. No con admiración, con evaluación.
—Pintoresco.
Amanda sonrió.
—A mí me gusta.
—Es agradable para pasar unos días.
La frase quedó suspendida en el aire. Y resumía perfectamente la forma en que Ian veía aquel lugar. No como un hogar. No como una comunidad. Ni siquiera como un sitio lleno de recuerdos. Solo como un destino agradable dentro de una agenda de trabajo. Nada más.
Roger giró por la avenida principal.
Ian continuó mirando por la ventanilla. No despreciaba North Harbour. Ni siquiera le disgustaba. Simplemente nunca lo había entendido.
Y jamás había comprendido por qué Hannah seguía sintiendo aquel apego casi irracional por un pueblo tan pequeño cuando podía vivir en cualquier gran ciudad del mundo.
Pocos minutos después apareció el Casino Hotel.
Erguido junto al faro de North Harbour, dominaba la bahía con una elegancia sobria y calculada. Era el edificio más lujoso del pueblo. Y el único lugar donde Ian parecía encajar de manera completamente natural.
Roger detuvo el vehículo. Bajó enseguida y abrió la puerta trasera.
Ian salió del coche. Alto, rubio, ojos azules, traje perfectamente entallado, zapatos impecables. Cada detalle de su aspecto transmitía el mismo mensaje. Control.
Varias personas se giraron automáticamente para mirarlo: una pareja que abandonaba el hotel, un camarero, dos turistas y un pequeño grupo de vecinos.
—¿Quién es?
—Ni idea.
—Parece famoso.
—O millonario.
Ian no reaccionó. Tal vez porque no los había escuchado. O quizá porque llevaba demasiado tiempo acostumbrado a provocar exactamente aquella clase de comentarios.
Entró en el vestíbulo. La recepcionista sonrió inmediatamente.
—Bienvenido, señor Sullivan.
Ian respondió con una leve inclinación de cabeza. Ella le entregó una tarjeta magnética.
—Aquí tiene la llave de la suite presidencial.
—Gracias.
No hubo sorpresa. No hubo falsa modestia. Ni la menor necesidad de impresionar a nadie.
Aceptó la llave con la naturalidad de quien considera que ese lugar le corresponde. Estaba a punto de dirigirse hacia el ascensor cuando se detuvo.
—Una pregunta.
—Por supuesto.
—¿Cuál es la floristería más exclusiva del pueblo?
La recepcionista parpadeó un instante.
—¿La más... exclusiva?
—Sí.
No preguntó cuál era la mejor. Ni cuál preparaba los ramos más bonitos. Preguntó cuál era la más exclusiva. La diferencia era sutil. Pero decía mucho de él.
La joven le indicó una dirección. Ian asintió.
—Perfecto. Gracias.
Se encaminó hacia el ascensor. Mientras esperaba, recorrió el vestíbulo con la mirada. Los cuadros, las lámparas, el mobiliario, la distribución del espacio, el personal, los clientes. Todo. Con aquella expresión analítica que utilizaba al evaluar una inversión.
Como si cada lugar pudiera reducirse a cifras, eficiencia y rentabilidad.
Todo parecía estar exactamente donde debía. Todo respondía a un orden lógico. Todo resultaba impecable.
Y, por primera vez desde que había llegado a North Harbour...
Ian sintió que se encontraba en un entorno que comprendía. Porque el verdadero hogar de Ian Sullivan nunca había sido una ciudad. Había sido el control.
Las treinta rosas 🌹
Mientras tanto, en la comisaría de North Harbour, la mañana avanzaba con una tranquilidad poco habitual.
Michael repasaba los movimientos bancarios relacionados con uno de los casos abiertos. Joe tomaba notas sin levantar apenas la vista del ordenador.Monty revisaba varios informes con gesto distraído.
Y, a pocos metros, Alex y Hannah discutían una teoría sobre el caso Bradford.
Por primera vez desde el reencuentro, trabajar juntos resultaba fácil. Las diferencias de opinión seguían existiendo, claro. Pero ya no había tensión. Solo esa vieja costumbre de cuestionarlo absolutamente todo.
—Eso no encaja —dijo Hannah, señalando una fotografía.
Alex negó con la cabeza.
—Porque estás partiendo de una premisa equivocada.
—No.
—Sí.
—Alex.
—Hannah.
Michael soltó un resoplido sin levantar la vista del expediente.
—Es bonito ver que algunas cosas nunca cambian.
Joe sonrió para sí. Incluso discutir parecía hacerlos trabajar mejor.
Entonces la puerta de la oficina se abrió de golpe. Lizzie apareció prácticamente corriendo.
—¡Inspectora!
Hannah levantó la cabeza inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
—Tiene que venir.
—¿Ahora?
—Ahora mismo.
La emoción en su voz era tan evidente que Michael arqueó una ceja.
Alex ya se estaba poniendo en pie.
—Eso nunca suele ser buena señal.
Los demás los siguieron por simple curiosidad.
Llegaron al despacho de Hannah apenas unos segundos después. Y todos se quedaron inmóviles.
Treinta rosas rojas. Tres enormes ramos ocupaban prácticamente todo el despacho. Había flores sobre el escritorio, sobre la mesa auxiliar, sobre la estantería. Parecía que una floristería entera hubiera explotado allí dentro.