Antes de Nosotros
Connor había llegado a una conclusión: la Operación AJM se estaba volviendo cada vez más extraña. Habían empezado buscando a un padre. Ahora estaban revisando álbumes familiares. Pero, siendo sinceros, después de varios días investigando la vida sentimental de su madre, aquello tampoco le parecía tan raro.
—Esto sigue siendo trabajo policial —declaró con absoluta seriedad.
—Claro que sí. Totalmente profesional. Igual que tu madre —dijo Chloe.
—Tan profesional como un mapache robando un cubo de basura —resopló Stu.
Allison le lanzó una servilleta. La esquivó sin apartar la vista del plato. Connor observó la montaña de álbumes apilados sobre la mesa del comedor. Parecían contener la historia completa de North Harbour.
—¿De verdad guardáis todo esto?
—Por supuesto. Alguien tiene que conservar pruebas de que tu madre era adorable antes de convertirse en inspectora jefe.
—Nunca fue adorable.
—Tengo fotografías.
Se quedó callado. Era un argumento difícil de rebatir.
Abrió el primer álbum. Primera foto: su boda. Allison y Stu muchísimo más jóvenes, Eddie con apenas quince años, sus abuelos, los Mallory. Y entre todos, Alex, Hannah y Eddie abrazados. Eddie con un brazo sobre los hombros de Alex y otro rodeando a su hermana. Parecían más hermanos que amigos.
Pero no fue eso lo que llamó la atención de Connor.
—¿Por qué no miran a la cámara?
Sonrió Allison.
—Porque nunca miraban a la cámara.
Acercó la imagen. Era verdad. Mientras todos sonreían al fotógrafo, Alex y Hannah estaban girados el uno hacia el otro, sonriéndose entre ellos, como si acabara de ocurrir algo gracioso que solo ellos entendían.
—Es raro —frunció.
—Lo eran.
—Muchísimo —rió Stu.
Pasó una página y entonces empezó a notarlo. Al principio no le dio importancia, después fue imposible ignorarlo.
—Espera. Aquí sale Alex.
—Sí. Aquí también.
—Correcto.
—Y aquí.
—Vas pillándolo —decía Allison pasando páginas.
Cumpleaños, Navidades, excursiones, barbacoas, veranos, fiestas escolares, celebraciones del pueblo... Alex aparecía absolutamente en todas. Llegó un momento en que empezó a resultar inquietante.
—¿Por qué sale en todas?
—Porque es Alex —dijo Allison con sorpresa auténtica.
—Eso no responde a nada.
—Claro que responde.
—Bienvenido a la familia —rió Stu.
—Estoy empezando a pensar que estáis todos un poco locos.
—Un poco es quedarse corto.
Volvió a concentrarse. Pasó varias páginas más y levantó la vista.
—¿Había algún momento importante en la vida de mamá en el que Alex no estuviera?
Allison abrió la boca, volvió a cerrarla, miró a Stu, Stu la miró a ella. Tardaron varios segundos en responder.
—No.
—¿Ninguno?
—Ninguno que recuerde —negó despacio Allison.
Aquello lo dejó completamente callado. Porque eso sí le parecía extraño. Muy extraño.
La comida terminó convirtiéndose en una colección interminable de historias pequeñas, absurdas que jamás había escuchado. Descubrió que Hannah y Alex construyeron una fortaleza en la playa con ocho años e intentaron cobrar entrada. Que organizaron una carrera ilegal de bicis por medio pueblo. Que desaparecieron cuatro horas para construir la casa del árbol. Que competían por todo, incluso por cosas sin sentido.
—¿Es verdad que hicieron un concurso para ver quién aguantaba más sin parpadear?
—Sí.
—¿Y quién ganó?
—Nadie. Porque los dos acabaron llorando —sonrió Stu.
—Eso es exactamente algo que harían —estalló Chloe.
—Ni siquiera sabían multiplicar y ya eran insoportables.
—Eran adorables —protestó Allison.
—Eran un peligro para la salud pública.
Mientras pasaba páginas apareció otra foto de dos niños cubiertos de barro hasta las cejas, tenían siete años, enseñando orgullosos una rana diminuta entre sus manos.
—Mamá parece feliz —sonrió Connor.
—Lo era —acarició Allison la foto con yema del dedo.
Otra página, otro verano, los mismos dos niños construyendo un barco de madera. La siguiente disfrazados de piratas. Otra, pescando con el abuelo de Alex. Otra intentando volar una cometa. Siempre juntos. Siempre.
—¿Ellos siempre estaban juntos?
—Prácticamente siempre.
—¿Desde cuándo?
—Desde que tenían cinco años.
Abrió mucho los ojos.
—¿Cinco años? Eso es... toda una vida.
—Entonces... ¿Fuego y Hielo no empezó cuando eran mayores?
—No. Muchísimo antes.
—¿Y antes qué eran?
Sonrió Allison con ternura casi nostálgica.
—Antes de Fuego y Hielo eran simplemente Alex y Hannah.
—¿Y no se peleaban?
—Claro que se peleaban.
—Entonces...
—Era distinto —observó otra foto. Hannah lloraba porque se había caído de bici, Alex a su lado limpiándole las rodillas con una camiseta demasiado grande para él—. Antes discutían cinco minutos...
—Y cinco minutos después ya estaban jugando otra vez —terminó Stu.
—La rivalidad vino mucho después. Cuando crecieron. Cuando descubrieron que competir era mucho más divertido que admitir cuánto se necesitaban.
Permaneció callado. Porque acababa de descubrir algo que nadie le había contado jamás. La rivalidad no había sido el principio. Había sido la consecuencia. La evolución de algo mucho más antiguo, más profundo.
Cuando abandonaron la casa de Allison y Stu llevaba la cabeza llena de historias y sobre todo de preguntas. Porque acababa de comprender que toda la Operación AJM partía de una idea equivocada. Siempre pensó que primero fueron rivales y después quizá terminaron enamorándose. Pero las fotos contaban otra historia, mucho más complicada. Primero fueron inseparables, después llegaron las discusiones, luego la rivalidad. Y en algún momento entre medias había ocurrido algo que ninguno de los cuatro niños aún era capaz de entender.
Mientras se alejaban por la calle volvió la vista una última vez hacia la casa de su tía. Después abrió la libreta y escribió una nueva anotación: