Fuego y Hielo

Capítulo 8: Parte 4

Antes de Nosotros 🧭📸

Connor había llegado a una conclusión.

La Operación AJM se estaba volviendo cada vez más extraña.

Habían empezado buscando a un padre. Ahora estaban revisando álbumes familiares.

Pero, siendo sinceros, después de varios días investigando la vida sentimental de su madre, aquello tampoco le parecía tan raro.

—Esto sigue siendo trabajo policial —declaró con absoluta seriedad.

—Claro que sí —respondió Chloe.

—Totalmente profesional. Igual que tu madre —añadió Allison.

Stu resopló.

—Tan profesional como un mapache robando un cubo de basura.

Allison le lanzó una servilleta. Stu la esquivó sin apartar la vista del plato.

Connor observó la montaña de álbumes apilados sobre la mesa del comedor. Había tantos que parecían contener la historia completa de North Harbour.

—¿De verdad guardáis todo esto?

—Por supuesto.

—¿Por qué?

Allison sonrió.

—Porque alguien tiene que conservar pruebas de que tu madre era adorable antes de convertirse en inspectora jefe.

Connor negó con firmeza.

—Nunca fue adorable.

—Lo era.

—No.

—Connor... tengo fotografías.

El niño se quedó callado. Aquello era un argumento difícil de rebatir.

Allison abrió el primer álbum.

La primera fotografía pertenecía a su boda.

Connor reconoció inmediatamente a casi todo el mundo. Allison y Stu, muchísimo más jóvenes. Eddie, con apenas quince años. Sus abuelos, los Mallory. Y, entre todos ellos… Alex, Hannah y Eddie.

Los tres aparecían abrazados. Eddie tenía un brazo sobre los hombros de Alex y el otro rodeando a su hermana. Parecían más hermanos que amigos.

Pero no fue eso lo que llamó la atención de Connor.

—¿Por qué no miran a la cámara?

Allison observó la fotografía y sonrió.

—Porque nunca miraban a la cámara.

Connor acercó más la imagen. Era verdad.

Mientras todos sonreían al fotógrafo, Alex y Hannah estaban girados el uno hacia el otro. Sonreían. Pero no al objetivo. Se sonreían entre ellos. Como si acabara de ocurrir algo gracioso. Algo que solo ellos dos entendían.

Connor frunció el ceño.

—Es raro.

Stu soltó una risa.

—Lo eran.

—Mucho.

—Muchísimo.

Connor pasó la página.

Y entonces empezó a notar algo. Al principio no le dio importancia. Después resultó imposible ignorarlo.

—Espera.

Allison levantó la vista.

—¿Qué pasa?

Connor señaló una fotografía.

—Aquí sale Alex.

—Sí —pasó otra página. —Aquí también.

—Correcto.

Otra.

—Y aquí.

—Ajá.

Otra.

—Y aquí.

—Vas pillándolo.

Connor empezó a fruncir el ceño.

Cumpleaños, Navidades, excursiones, barbacoas, veranos, fiestas escolares, celebraciones del pueblo…

Alex aparecía absolutamente en todas.

Llegó un momento en que empezó a resultar inquietante.

—¿Por qué sale en todas?

Allison lo miró con auténtica sorpresa.

—Porque es Alex.

Connor abrió mucho los ojos.

—Eso no responde a nada.

—Claro que responde.

—No responde absolutamente a nada.

Stu soltó una carcajada.

—Bienvenido a la familia.

Connor los miró a los dos.

—Estoy empezando a pensar que aquí estáis todos un poco locos.

—Un poco es quedarse corto.

El niño volvió a concentrarse en las fotografías.

Pasó varias páginas más.

Después levantó la vista.

—¿Había algún momento importante en la vida de mamá en el que Alex no estuviera?

Allison abrió la boca. Volvió a cerrarla, miró a Stu. Stu la miró a ella. Los dos tardaron varios segundos en responder.

—No.

—No.

Connor frunció aún más el ceño.

—¿Ninguno?

Allison negó despacio.

—Ninguno que recuerde.

Aquella respuesta lo dejó completamente callado.

Porque eso sí le parecía extraño muy extraño.

La comida terminó convirtiéndose en una colección interminable de historias. Historias pequeñas, absurdas que Connor jamás había escuchado.

Descubrió que Hannah y Alex habían construido una fortaleza en la playa con ocho años e intentaron cobrar entrada para visitarla. Que habían organizado una carrera ilegal de bicicletas por medio pueblo. Que una vez desaparecieron durante cuatro horas para construir una casa del árbol. Que competían por absolutamente todo. Incluso por cosas que no tenían ningún sentido.

—¿Es verdad que una vez hicieron un concurso para ver quién aguantaba más tiempo sin parpadear?

—Sí.

—¿Y quién ganó?

—Nadie.

—¿Por qué?

Stu sonrió.

—Porque los dos acabaron llorando.

Chloe estalló en una carcajada.

—Eso es exactamente algo que harían.

Stu negó con la cabeza.

—Ni siquiera sabían multiplicar y ya eran insoportables.

—Eran adorables —protestó Allison.

—Eran un peligro para la salud pública.

Ella decidió ignorarlo.

Mientras seguía pasando páginas del álbum, apareció una fotografía de dos niños cubiertos de barro hasta las cejas. Hannah y Alex tenían siete años. Los dos enseñaban orgullosos una rana diminuta que sostenían entre las manos.

Connor sonrió.

—Mamá parece feliz.

Allison acarició la fotografía con la yema del dedo.

—Lo era.

Pasó otra página.

Otro verano, los mismos dos niños. Ahora estaban construyendo un barco de madera.

En la siguiente aparecían disfrazados de piratas. En otra, pescando con el abuelo de Alex. En otra, intentando volar una cometa.

Siempre juntos. Siempre.

Connor levantó lentamente la vista.

—¿Ellos siempre estaban juntos?

Allison sonrió.

—Prácticamente siempre.

—¿Desde cuándo?

—Desde que tenían cinco años.

Connor abrió mucho los ojos.

—¿Cinco?

—Cinco.

Miró otra vez las fotografías.

Cinco años.

Eso significaba… Toda una vida.




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