El nuevo equipo
La sala de reuniones se había convertido en una especie de segundo hogar durante las últimas semanas.
No era especialmente cómoda. Las sillas resultaban incómodas, la máquina de café del pasillo producía algo que probablemente incumplía varias leyes sanitarias y la pizarra estaba tan llena de fotografías, fechas, mapas y flechas que parecía la obra de alguien con un serio problema para dormir.
Pero allí estaban. Otra vez. Los tres, con las mismas sillas malas, la misma luz amarillenta, pero con otra energía.
Alex con la chaqueta colgada del respaldo, Hannah revisando una carpeta haciendo anotaciones al margen y Joe tecleando tan rápido que parecía dispuesto a atravesar el teclado. Tecleaba rápido porque por fin no le temblaban las manos. Porque por primera vez sentía que lo que encontraba, importaba.
Durante varios minutos solo se escuchó el sonido de las teclas. Hasta que Joe soltó un pequeño resoplido.
—Vale... eso es raro.
—En esta investigación eso no reduce mucho las opciones —dijo Alex sin girarse.
—No, en serio —negó.
—Joe tiene razón —levantó Hannah la vista—. Últimamente nuestro estándar ha pasado de "preocupante" a "potencialmente aterrador".
—Es una clasificación bastante precisa —asintió Alex con seriedad absoluta.
Giró la pantalla hacia ellos.
—He vuelto a revisar los registros digitales.
—¿Otra vez?
—La primera vez estaba demasiado ocupado pensando que era el principal sospechoso.
—Punto para Brown —sonrió Hannah.
Hacía apenas unas horas, apenas levantaba la vista de la mesa. Ahora discutía como si llevaran años trabajando juntos.
—¿Qué has encontrado?
Amplió varios documentos.
—Los archivos manipulados llegaron a mi terminal desde una cuenta interna temporal.
Alex se giró de inmediato.
—¿Es temporal?
—Creada pocos días antes de la muerte de Bradford.
—¿Y después?
—Desapareció.
—¿La cerraron?
—No. La eliminaron.
—¿Eliminada? —repitió Hannah.
—No archivada ni desactivada. Eliminada —señaló la pantalla.
—¿Puedes recuperarla?
—No del todo. Pero puedo demostrar que existió.
Dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Alguien creó una cuenta fantasma. Manipuló información. Se aseguró de que esos archivos terminaran en tu ordenador. Y después borró cualquier rastro.
—Exactamente —asintió Joe.
Alex soltó lentamente el aire. Aquello era incluso peor de lo que imaginaban. Porque significaba que Joe jamás había sido el problema. Alguien había construido todo un escenario para convertirlo en el culpable perfecto.
—Te utilizaron.
Joe bajó la mirada. Aquellas dos palabras le hicieron más daño del esperado. Porque durante semanas se había repetido lo contrario: que había fallado, que no fue suficientemente cuidadoso, que había decepcionado a Bradford.
—Claro que lo sabes —lo observó Alex unos segundos.
—Alex...
—Si creyera que eres culpable, ya estarías esposado.
Brutalmente directo. Muy Alex. Parpadeó Joe y se le escapó una risa pequeña, sorprendida, que sonó a un sollozo a medias.
—Qué manera tan peculiar de demostrar confianza —comentó Hannah.
—Gracias. No era un cumplido. Lo sé.
Soltó una risa inesperada, después otra. Una risa que sonó a alivio. Y unos segundos más tarde los tres estaban sonriendo. No porque el caso hubiera mejorado. Sino porque ellos sí lo habían hecho.
La siguiente hora transcurrió entre teorías, cronologías y conexiones. Y poco a poco algo resultó evidente. Funcionaban bien juntos. Sorprendentemente bien.
Cuando Hannah planteaba una hipótesis, Alex encontraba los puntos débiles. Cuando Alex se obsesionaba con una línea, Hannah detectaba lo que él pasaba por alto. Y Joe encontraba conexiones digitales que ninguno habría descubierto. No competían. Se complementaban.
—Si la cuenta se creó desde dentro... quien la abrió conocía perfectamente los protocolos —reflexionó Hannah.
—Y sabía exactamente qué documentos necesitaba alterar —añadió Alex.
—Además tuvo acceso a información reservada —completó Joe.
Los tres guardaron silencio, se miraron y hablaron exactamente al mismo tiempo.
—Alguien sigue dentro.
Se produjo un silencio otra vez. Joe los observó con una expresión divertida.
—Vale.
—¿Qué? —Alex levantó una ceja.
—Eso. Habéis dicho exactamente la misma frase.
—Ha sido casualidad.
—Claro. Ha sido casualidad —añadió Hannah demasiado rápido, a la vez, y se miraron riéndose.
—Y acabáis de volver a hacerlo.
— No empieces —dijo Hannah riendo.
—Yo no he dicho nada.
—Brown...
—Solo estoy observando.
—Deja de observar.
—Soy policía. Literalmente es mi trabajo.
Decidió que era el momento perfecto. Apoyó los codos sobre la mesa.
—Escuchad...
—No —suspiró Alex.
—Ni siquiera sabes qué voy a decir.
—Créeme. Lo sé perfectamente.
—Solo digo que, cuando os caséis... —lo soltó. Por fin. Llevaba semanas queriendo decirlo— ...yo debería ser el padrino.
Hannah casi se atragantó de la risa. Alex cerró los ojos como un hombre que acababa de perder definitivamente la voluntad de vivir.
—¿Perdón?
—Creo que es razonable. Muchísimo. Además he sobrevivido a todo vuestro proceso emocional.
—¿Qué proceso emocional?
—El vuestro —hizo gesto con la mano entre los dos.
Alex cogió una carpeta. Joe levantó inmediatamente las manos.
—Eso es violencia policial.
—Todavía no.
—He detectado una amenaza implícita.
Hannah ya tenía lágrimas en los ojos de tanto reír.
—Joe... No puedes nombrarte padrino a ti mismo.
—Claro que puedo.
—No funciona así.
—Pues me parece una normativa profundamente injusta.
Terminó dándole una colleja en la nuca. Protestó al instante.
—¡Lo sabía! Eso ha sido una colleja fraternal.