Fuego y Hielo

Capítulo 8: Parte 7

Siguiendo el rastro de Bradford

La camioneta de Alex seguía oliendo exactamente igual. Fue lo primero que pensó Hannah al subir y se odió un poco por notarlo tan rápido.

Tenía un aroma a café recién hecho. Ligero olor a sal que siempre acompañaba a Alex. La vieja brújula balanceándose bajo el retrovisor. Y Tobías ocupando la parte trasera con una tranquilidad absoluta de quien estaba convencido de que aquella camioneta también era suya.

—Buenos días para ti también —dijo al girarse hacia él.

Tobías movió la cola una sola vez. Como si bastara.

—Es igual de simpático que tú.

Alex la miró de reojo mientras se abrochaba el cinturón.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé —su voz sonó un poco más baja.

Puso los ojos en blanco. Alex arrancó. Durante unos segundos ninguno habló. Y lo curioso fue que el silencio no resultó incómodo. Resultó peligroso. De ese que pesa porque está lleno de todo lo que no te atreves a decir.

Abandonaron el centro mientras el mar empezaba a aparecer entre los edificios.

—Sigo sin entender cómo acabaste viviendo con un pastor alemán —soltó para romper el silencio.

Dejó escapar una pequeña risa, aliviado.

—Yo tampoco lo entendía al principio.

—¿Cuánto lleva contigo?

—Cinco años.

—¿Cinco? Pensaba que menos.

—Yo también.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Lo sé.

—Lo encontré durante un operativo —dijo, y la sonrisa se apagó ligeramente—. Una denuncia por abandono.

Frunció el ceño.

—Alex...

—Voy a necesitar una dirección —dijo ella.

Soltó una carcajada.

—Solo quiero hablar. Muy educadamente. Y después quizás quemar algo.

Estalló en una carcajada.

—Sabía que esa iba a ser tu reacción. Cuando lo encontré ni siquiera ladraba. Nada. Ni un solo sonido. Como si ya hubiera aprendido que no servía de nada hacer ruido.

Observó al perro, tumbado detrás, seguro, relajado. Luego volvió a mirar a Alex.

—¿Y qué pasó?

Sonrió de lado, con culpa y una honestidad brutal.

—Lo llevé a casa de forma temporal.

Arqueó una ceja.

—Ese es un error clásico.

—Exacto. Soy incapaz de dejar ir las cosas cuando me importan. Aunque finja que no.

El golpe fue directo. No hablaba del perro.

—La verdad es que nos parecíamos bastante —dijo rompiendo el momento antes de que se hiciera insoportable.

—¿Tobías y tú?

—Muchísimo. Los dos desconfiábamos de todo el mundo. Los dos preferíamos estar solos. Y los dos teníamos muy mal carácter.

—Eso es preocupantemente cierto.

Tobías apoyó el hocico entre los dos asientos exigiendo atención, rompiendo el hechizo. Se apresuró a rascarle detrás de las orejas, agradecida y frustrada a partes iguales.

—Al final te adoptó él a ti.

—Eso llevo diciendo desde hace años.

La camioneta abandonó la carretera principal. Aparecieron las primeras casas del barrio donde vivía el antiguo contacto de Bradford. El ambiente cambió de inmediato. Las bromas fueron apagándose y la investigación volvió a ocupar todo el espacio.

Redujo la velocidad.

—Es aquí.

Aparcó junto a la acera, apagó el motor y permaneció inmóvil unos segundos con las manos apretadas alrededor del volante. Observó de reojo la tensión volviendo a sus hombros.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Mentira.

—Una cosa rápida —dijo—. Algo importante. Quédate aquí con él.

Antes de que pudiera responder abrió la puerta. El aire frío entró de golpe.

—Te odio un poco cuando haces eso —soltó con voz entrecortada.

Se inclinó sobre la puerta abierta.

—Lo sé. Volveré enseguida. No te vayas a ningún lado.

Y se alejó calle abajo, dejando a Tobías con ella.

Hannah esperó exactamente cuatro minutos. Cuatro. Ni uno más ni uno menos.

Tobías permanecía sentado a su lado bajo la sombra de un árbol, observando la calle con calma inalterable.

—Tu dueño es muy sospechoso —cruzó los brazos—. Se larga, me deja aquí plantada y cree que no voy a hacer preguntas. Y tú eres claramente su cómplice.

El pastor alemán bostezó.

Estaba a punto de seguir con el interrogatorio canino cuando lo vio aparecer al final de la calle con las manos en los bolsillos. Demasiado tranquilo. Demasiado satisfecho.

—¿Ya has terminado tu misteriosa misión?

—Sí —se detuvo demasiado cerca.

—¿Vas a contarme qué era?

—No.

—Te odio —soltó ella, pero sin fuerza.

Sonrió. Esa sonrisa lenta que sabía exactamente lo que hacía.

—No.

—Un poco.

—Tampoco. Si me odiaras no me esperarías cuatro minutos exactos mirando el reloj.

Sintió el calor subirle por el cuello.

—¿Podemos trabajar de una vez? —dijo girándose bruscamente hacia la casa para que no le viera la cara.

—Claro, inspectora —murmuró detrás de ella.

Era una casa pequeña de madera envejecida, estrecha terraza delantera, macetas vacías junto a la puerta. Nada llamaba la atención. Nada explicaba por qué Bradford había terminado allí semanas antes de morir.

Llamó dos veces. Mientras esperaban se colocó a su espalda, casi protegiéndola del viento.

—Tranquila. Yo llevo la puerta.

—Siempre llevas la puerta —susurró de vuelta sin apartarse.

Se abrió apenas unos centímetros. Un hombre de unos sesenta años los observó con desconfianza.

—¿Sí?

Mostraron sus placas.

—Subinspector Mallory. Inspectora Jones.

—Ya hablé con la policía hace meses. No tengo nada más que decir.

Comenzó a cerrar. Alex apoyó la mano sobre ella antes de que pudiera hacerlo. Sin brusquedad pero con firmeza.

—No estamos aquí por lo mismo.

Hubo un instante de duda.

—Cinco minutos.

Asintió. Era mentira. Nunca bastaban.

Se hizo a un lado y les permitió entrar. Era una casa sencilla, pequeña, excesivamente silenciosa. Sobre la estantería había varias fotografías antiguas. El aroma a café impregnaba el salón.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.