Siguiendo el rastro de Bradford 🧭⚓🐾❤️
La camioneta de Alex seguía oliendo exactamente igual. Fue lo primero que pensó Hannah al subir y se odió un poco por notarlo tan rápido.
Quizá porque habían pasado demasiados años. Quizá porque casi todo había cambiado desde la última vez que pasó horas sentada en aquel asiento, con las piernas recogidas, hablando con él hasta la madrugada. O quizá porque algunas cosas, sencillamente, se negaban a desaparecer.
El aroma a café recién hecho. El ligero olor a sal que parecía acompañar siempre a Alex, pegado a su piel.
La vieja brújula balanceándose bajo el retrovisor. Y Tobías.
El pastor alemán ocupaba la parte trasera con la absoluta tranquilidad de quien estaba convencido de que aquella camioneta también era suya. Y, probablemente, lo era.
—Buenos días para ti también —dijo Hannah al girarse hacia él, agradeciendo la distracción.
Tobías respondió moviendo la cola una sola vez. Como si aquello bastara.
Hannah sonrió.
—Es igual de simpático que tú.
Alex la miró de reojo mientras se abrochaba el cinturón. Sus manos rozaron apenas el cuero del asiento de ella. Un roce mínimo, accidental. Ninguno de los dos se apartó de inmediato.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé —dijo Alex, y su voz sonó un poco más baja.
Hannah puso los ojos en blanco, pero sintió el calor subiéndole por el cuello. Llevaba demasiado tiempo sin estar tan cerca de él en un espacio tan pequeño.
Alex arrancó el motor.
Durante unos segundos ninguno habló. Y lo curioso fue que el silencio no resultó incómodo. Resultó peligroso. De ese tipo de silencio que pesa porque está lleno de todo lo que no te atreves a decir.
La camioneta abandonó el centro de North Harbour mientras el mar empezaba a aparecer entre los edificios. Hannah apoyó un brazo en la ventanilla, dejando la garganta expuesta. Notó cómo la mirada de Alex se desviaba un segundo hacia allí antes de volver a la carretera.
—Sigo sin entender cómo acabaste viviendo con un pastor alemán —soltó para romperlo.
Alex dejó escapar una pequeña risa, aliviado.
—Yo tampoco lo entendía al principio.
—¿Cuánto tiempo lleva contigo?
—Cinco años.
—¿Cinco? —Se giró por completo hacia él, rodilla contra la consola. La distancia se hizo ridícula—. Pensaba que menos.
—Yo también.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Lo sé.
Estaban tan cerca que Hannah podía ver la barba incipiente de la mañana, la pequeña cicatriz que le cruzaba la ceja. Al escuchar su nombre, Tobías levantó una oreja.
Alex sonrió al espejo retrovisor. Y Hannah reconoció inmediatamente aquella sonrisa. La misma que aparecía cuando hablaba de Connor. De Eddie. De Will. La sonrisa reservada para las personas importantes.
Sintió un pinchazo absurdo de celos y de ternura a la vez.
—Lo encontré durante un operativo —dijo Alex, y la sonrisa se apagó ligeramente—. Una denuncia por abandono.
Hannah frunció el ceño. Su mano fue, por instinto, hacia el antebrazo de Alex. Lo apretó.
—Alex...
—Sí.
—Voy a necesitar una dirección.
Alex soltó una risa y cubrió su mano con la suya por un segundo. Solo un segundo. Suficiente para que el calor de su palma se le quedara marcado en la piel.
—Hannah...
—Solo quiero hablar —dijo ella sin soltarlo—. Muy educadamente.
—Por supuesto.
—Y después quizás quemar algo.
Alex estalló en una carcajada y por fin le soltó la mano. A Hannah le faltó.
—Sabía que esa iba a ser tu reacción.
—Cuando lo encontré ni siquiera ladraba —continuó Alex, más serio, la vista fija en la carretera—. Nada. Ni un solo sonido.
—¿Qué?
—Eso —murmuró—. Como si ya hubiera aprendido que no servía de nada hacer ruido.
Ella observó al perro, tumbado detrás, seguro, relajado. Luego volvió a mirar a Alex. De verdad mirarlo.
—¿Y qué pasó?
Alex sonrió de lado, y en esa sonrisa había culpa, vergüenza y una honestidad brutal.
—Lo llevé a casa de forma temporal.
Hannah arqueó una ceja, sintiendo cómo se le ablandaba algo en el pecho.
—Error clásico.
—Exacto. —Sus ojos buscaron los suyos un instante demasiado largo—. Soy incapaz de dejar ir las cosas cuando me importan. Aunque finja que no.
El golpe fue directo. No hablaba del perro.
—Eres incapaz de decir que no —susurró ella, pero ya no sonaba a broma.
—Eso es mentira —contestó él en el mismo tono bajo.
—Alex.
—Bueno... Depende —se encogió de hombros, y sus dedos tamborilearon nerviosos sobre el volante—. Si me lo pide la persona adecuada, me resulta imposible.
Hannah sintió que se quedaba sin aire. El coche parecía de pronto demasiado pequeño, demasiado cálido. Podía oler su colonia, esa que conocía de memoria.
—La verdad es que nos parecíamos bastante —dijo Alex, rompiendo el momento antes de que se hiciera insoportable.
—¿Tobías y tú?
—Muchísimo.
—Esto tengo que escucharlo.
—Los dos desconfiábamos de todo el mundo.
—Eso es preocupantemente cierto.
—Los dos preferíamos estar solos.
—También.
—Los dos teníamos muy mal carácter.
—Muchísimo.
—Y los dos —hizo una pausa y la miró, lento, de arriba abajo, sin esconderse esta vez— mordíamos cuando nos enfadábamos.
Hannah giró lentamente la cabeza hacia él, el corazón desbocado.
—Perdona...
Alex soltó una risa ronca.
—Es una metáfora.
—Necesitaba comprobarlo —dijo ella, y su voz le salió más ronca de lo que pretendía.
—Gracias por confiar en mí.
—Nunca he confiado demasiado en ti.
Alex sonrió sin apartar la vista de la carretera, pero estiró el brazo por detrás de su asiento para acariciar a Tobías. Al hacerlo, su codo rozó el hombro de Hannah. Se quedó ahí, apoyado, pesado y cálido.
—Eso también es mentira.
Hannah volvió a reír, y durante unos instantes, todo resultó absurdamente sencillo. Tan sencillo que dolía. Las bromas tontas. La sensación de no tener que medir cada palabra. De poder tocarse sin pedir permiso.