Siguiendo el rastro de Bradford
La camioneta de Alex seguía oliendo exactamente igual.
Hannah no supo por qué fue lo primero que pensó al subir. Quizás porque habían pasado demasiados años. Quizás porque había cambiado prácticamente todo desde la última vez que había pasado horas sentada en aquel asiento, hablando hasta las tantas. O quizás porque algunas cosas simplemente se negaban a desaparecer.
El olor a café. El leve aroma a sal que siempre parecía acompañar a Alex.
La vieja brújula colgada junto al retrovisor.
Y Tobías.
El pastor alemán ocupaba la parte trasera de la camioneta con la absoluta tranquilidad de quien consideraba que el vehículo también le pertenecía. Lo cual probablemente era cierto.
-Buenos días para ti también -dijo Hannah al girarse.
Tobías respondió moviendo la cola una sola vez. Como si aquello fuera suficiente saludo.
-Es igual de simpático que tú.
-Gracias.
-No era un cumplido.
-Lo sé.
Hannah puso los ojos en blanco. Alex arrancó la camioneta. Durante unos segundos ninguno habló. Y lo extraño fue que el silencio no resultó incómodo. Simplemente estaba ahí. Como había estado miles de veces antes.
La carretera comenzó a alejarse del centro de North Harbour mientras el mar aparecía entre los edificios.
Hannah apoyó un brazo junto a la ventanilla.
-Sigo sin entender cómo acabaste viviendo con un pastor alemán.
Alex soltó una pequeña risa.
-Yo tampoco lo entendía al principio.
-¿Cuánto tiempo lleva contigo?
-Cinco años.
-¿Cinco?
-Cinco.
Hannah giró la cabeza.
-Pensaba que menos.
-Yo también.
-Eso no tiene sentido.
-Lo sé.
Tobías levantó una oreja al escuchar su nombre. Alex sonrió al espejo retrovisor. Y Hannah reconoció inmediatamente aquella sonrisa. La misma que aparecía cuando hablaba de Connor, o de Eddie, o de su hermano Will. La sonrisa reservada para las personas importantes.
-Lo encontré durante un operativo.
-¿Un operativo?
-Una denuncia por abandono.
La sonrisa desapareció un poco.
-Lo tenían encerrado en un cobertizo.
Hannah frunció el ceño.
-Alex...
-Sí -dijo Alex.
-Voy a necesitar una dirección -respondió Hannah.
-Hannah.
-Solo quiero hablar.
-Claro.
-Muy educadamente.
-Por supuesto.
-Y después quizás quemar algo -añadió Hannah.
Alex soltó una carcajada.
-Sabía que esa era la parte que te iba a preocupar.
Hannah negó con la cabeza.
-Pobre animal.
Durante unos segundos ninguno habló. Alex observó la carretera.
-Cuando lo encontré ni siquiera ladraba.
-¿Qué?
-Nada. Ni un sonido.
-Eso no es normal.
-No.
Hannah miró a Tobías. El perro estaba tumbado detrás de ellos, observando el paisaje. Tranquilo. Seguro. Como si jamás hubiera conocido otra vida.
-¿Y qué pasó?
-Lo llevé a casa temporalmente.
-Error clásico.
-Exacto.
-Y nunca se fue.
-Exacto.
Hannah sonrió.
-Eres incapaz de decir que no.
-Eso es mentira.
-Alex.
-Bueno, depende.
-Alex.
-Vale. Es verdad.
Ella soltó una carcajada.
-Lo sabía.
Alex golpeó suavemente el volante con los dedos.
-La verdad es que nos parecíamos bastante.
-¿Tobías y tú?
-Muchísimo.
-Esto tengo que escucharlo.
-Los dos desconfiábamos de todo el mundo.
-Eso es preocupantemente cierto.
-Los dos preferíamos estar solos.
-También es cierto.
-Los dos teníamos mal carácter.
-Muy cierto.
-Y los dos mordíamos cuando nos enfadábamos.
Hannah se volvió lentamente hacia él.
-Perdona.
Alex sonrió.
-Es una metáfora.
-Necesitaba aclararlo.
-Gracias por confiar en mí.
-Nunca he confiado demasiado en ti.
-Eso también es mentira.
Ella soltó una carcajada.
Y durante un instante todo resultó absurdamente fácil. Tan fácil que casi dolía. Porque durante mucho tiempo había olvidado que aquello existía. Las conversaciones sin esfuerzo. Las bromas tontas. La sensación de no tener que vigilar cada palabra.
Alex también parecía más ligero. Más joven. Como si hubiera dejado atrás parte del peso que llevaba encima desde que ella había regresado.
Tobías apoyó entonces el hocico entre los dos asientos. Exigiendo atención. Hannah le acarició detrás de las orejas.
-Al final te adoptó él a ti.
-Eso llevo diciendo años.
-Y nadie te cree.
-Porque tengo fama de exagerar.
-Porque exageras.
La camioneta abandonó la carretera principal.
Unos minutos después comenzaron a aparecer los primeros edificios del pequeño barrio donde vivía el antiguo contacto de Bradford. El ambiente cambió ligeramente. Los dos lo notaron. Las bromas se fueron apagando. La investigación volvió a ocupar espacio.
Alex redujo la velocidad.
-Es aquí.
Hannah observó las casas. Eran modestas, antiguas, silenciosas. Nada especialmente llamativo.
Y sin embargo Bradford había estado allí antes de morir. Preguntando. Buscando algo. Siguiendo una pista.
Alex aparcó junto a la acera. Apagó el motor. Y permaneció inmóvil unos segundos. Demasiado inmóvil.
Hannah entrecerró los ojos.
-¿Qué pasa?
-Nada.
-Mentira.
-No es mentira.
-Alex.
-Necesito hacer una cosa.
Hannah lo miró.
-¿Qué cosa?
-Una cosa rápida.
-Eso suena sospechoso.
-Porque eres inspectora.
-Porque te conozco.
Alex abrió la puerta.
-Te alcanzo en unos minutos.
-Alex.
-¿Sí?
-¿Qué tienes que hacer?
-Algo importante.
-Eso no responde a mi pregunta.
-Lo sé.
Hannah resopló.
-Te odio un poco.
-También lo sé.
Alex salió de la camioneta antes de que pudiera seguir interrogándolo. Tobías bajó detrás de él. Señaló a Hannah.