Ian en el despacho
El trayecto de regreso a la comisaría transcurrió entre hipótesis, conexiones y preguntas sin respuesta. Bradford, el Casino, la cuenta fantasma, documentos manipulados y el miedo que vieron en los ojos de aquel hombre. Por primera vez desde que reabrieron el caso tenían la sensación de avanzar. No era un gran paso, pero sí lo bastante firme como para comprender que la investigación por fin empezaba a moverse.
Hannah viajaba en silencio en el asiento del copiloto. Las tres gerberas descansaban sobre su regazo, sujetas con ambas manos, los dedos entrelazados sobre tallos, como si fueran algo frágil y caliente a la vez. De vez en cuando bajaba la vista y sonreía. Una sonrisa pequeña, íntima, casi imperceptible. Pero Alex la veía. Porque llevaba demasiado tiempo aprendiendo a reconocer hasta las sonrisas que ella intentaba esconder.
Después de observarla varios minutos no pudo evitar romper el silencio.
—Te estás riendo sola.
Levantó la vista pillada.
—No me estoy riendo sola.
Señaló las flores con la barbilla.
—Llevas diez minutos sonriendo a tres gerberas.
—Son unas gerberas muy simpáticas.
—Claro. Muchísimo.
Negó despacio con la cabeza.
—Empiezo a arrepentirme de haberte dado motivos para sonreír así.
Arqueó una ceja divertida, desafiante.
—Llegas con nueve años de retraso para arrepentirte de nada, Mallory.
Soltó una carcajada corta, ronca. Se giró hacia ella un segundo demasiado largo para estar conduciendo.
—Me gusta cuando sonríes así. Me había olvidado de cómo se te iluminaba la cara.
Sintió un golpe en el estómago. Bajó la vista hacia las flores para que no le viera los ojos. Seguía pareciéndole increíble. Después de todo, después de nueve años separados, de dos vidas distintas, ciudades diferentes, silencios imposibles... Alex seguía recordando pequeñas cosas. Seguía sabiendo dónde mirarla para desarmarla.
Cuando llegaron Tobías fue el primero en bajar. Alex cerró el vehículo mientras Hannah sujetaba con cuidado las gerberas antes de entrar. Se detuvo a propósito para abrirle la puerta trasera.
Los tres cruzaron las puertas de comisaría todavía hablando del caso Bradford, intentando recuperar la compostura de dos policías.
Hasta que algo hizo que Hannah se detuviera en seco. Parpadeó, volvió a mirar y terminó soltando una risa auténtica.
Las rosas de Ian ya no estaban en su despacho. Estaban repartidas por toda la comisaría. Un ramo en recepción, otro en administración, varios en la sala de reuniones, incluso la pequeña cocina tenía un jarrón improvisado. Y junto al ordenador de Lizzie descansaban varias perfectamente colocadas.
Lizzie fue la primera en levantar la vista, alternando entre las rosas y las tres gerberas que Hannah apretaba contra sí.
—Antes de que digas nada... Nos negábamos a dejarlas marchitar.
—La decisión fue sometida a votación —levantó Monty la mano desde su mesa.
—Y el plan obtuvo una eficiencia logística bastante aceptable —añadió Joe sin apartar la vista del portátil.
Observó toda la escena, después miró a Alex. Lo tenía a medio metro, con las manos en los bolsillos, la sonrisa de suficiencia absoluta y los ojos clavados en ella.
—Sinceramente... Creo que así están mucho mejor —negó con la cabeza sin dejar de mirar a Alex.
—¡Lo sabía! —levantó Lizzie ambos brazos victoriosa.
—La democracia vuelve a funcionar —sonrió Monty satisfecho.
—Los datos también apoyaban esta solución —asintió Joe con total seriedad.
Observó las flores repartidas por la comisaría, después las tres gerberas que Hannah seguía sosteniendo entre los brazos, protegiéndolas. No pudo evitar encontrarle la ironía: las rosas habían dejado de parecer un regalo, ahora solo eran decoración, un adorno bonito, caro, impersonal que cualquiera podía disfrutar. Las gerberas, en cambio, seguían donde esperaba que estuvieran. Entre las manos de Hannah. Vivas. Cerca.
Ella también se dio cuenta. Apretó las flores un poco más fuerte y comprendió, casi sin querer, la diferencia entre ambos gestos. Ian había intentado impresionar a toda una comisaría. Alex solo había intentado hacerla sonreír a ella. Con tres flores baratas recordadas desde los quince años. Y al final aquello era toda la diferencia.
Entonces levantó la vista y la sonrisa desapareció. Su despacho al final del pasillo, la puerta abierta y sentado frente a su mesa con la tranquilidad de quien se siente completamente fuera de lugar sin saberlo, estaba Ian Sullivan. Esperándola. Como si aquel despacho siguiera perteneciendo de alguna manera a su pasado.
Alex advirtió el cambio al instante. La sonrisa abandonó el rostro de Hannah, los hombros tensos encogidos hacia dentro, la mandíbula endurecida apenas un milímetro, los dedos cerrados con fuerza alrededor de los tallos. Y la mujer que minutos antes había reído con él por unas flores y unas ardillas desapareció tras la impecable máscara de la inspectora Jones. La que se ponía cuando tenía que protegerse.
Ian también lo percibió. Se puso en pie con una seguridad tranquila, pulida, la sonrisa de quien estaba convencido de que aún conocía las reglas del juego.
Caminó hacia el despacho. Cada paso más pesado que el anterior. Pero justo antes de cruzar el umbral se detuvo, giró apenas la cabeza y sus ojos encontraron los de Alex. Solo un instante. No era la llamada de auxilio. No quería que entrara ni que la rescatara. Solo necesitaba saber que no estaba sola. Que había alguien al otro lado que la veía de verdad.
Entendió exactamente lo que significaba. Respondió con una leve inclinación de cabeza. Estoy aquí. No me voy a ningún lado.
Aquello bastó. Respiró despacio, apretó la gerberas contra el pecho como si fueran su armadura, entró y cerró la puerta.
Lo primero que hizo no fue mirar a Ian ni hablar. Se acercó a la pequeña estantería, tomó un jarrón de cristal, lo llenó de agua y colocó cuidadosamente las tres gerberas. La roja, la rosa y la amarilla. Con una delicadeza casi ceremonial, lentitud intencionada, como si necesitara regalarse segundos antes de enfrentarse a lo que venía, como si necesitara recordarse quién era ahora antes de escuchar quién había sido para él.