Ian en el despacho 🌹🧭⚓
El trayecto de regreso a la comisaría transcurrió entre hipótesis, conexiones y preguntas que todavía no tenían respuesta. Bradford, el Casino, la cuenta fantasma, los documentos manipulados y el miedo que habían visto reflejado en los ojos de aquel hombre.
Por primera vez desde que reabrieron el caso, tenían la sensación de avanzar. No era un gran paso. Pero sí uno lo bastante firme como para comprender que la investigación, por fin, empezaba a moverse.
Hannah viajaba en silencio en el asiento del copiloto.
Las tres gerberas descansaban cuidadosamente sobre su regazo. Las sujetaba con ambas manos, con los dedos entrelazados sobre los tallos, como si fueran algo frágil y caliente a la vez.
De vez en cuando bajaba la vista hacia ellas. Y sonreía. Era una sonrisa pequeña, íntima, casi imperceptible.
Pero Alex la veía. Porque llevaba demasiado tiempo aprendiendo a reconocer hasta las sonrisas que ella intentaba esconder. Y porque llevaba todo el trayecto mirándola de reojo cada vez que cambiaba de marcha.
Después de observarla durante varios minutos, con la mano peligrosamente cerca de su rodilla en la palanca, no pudo evitar romper el silencio.
—Te estás riendo sola.
Hannah levantó la vista, pillada, con un leve rubor.
—No me estoy riendo sola.
Alex señaló las flores con la barbilla, sin quitar la mano de donde estaba. Sus nudillos rozaron su pierna.
—Llevas diez minutos sonriendo a tres gerberas.
Ella fingió ofenderse, y se inclinó un poco hacia él al hacerlo. El cinturón se le clavó marcando la curva de su pecho y Alex tuvo que hacer un esfuerzo consciente para mantener los ojos en la carretera.
—Son unas gerberas muy simpáticas.
—Claro.
—Muchísimo.
Alex negó despacio con la cabeza. Su pulgar tamborileó contra la palanca, a un milímetro de ella.
—Empiezo a arrepentirme de haberte dado motivos para sonreír así.
Hannah arqueó una ceja, divertida, desafiante.
—Llegas con nueve años de retraso para arrepentirte de nada, Mallory.
Alex soltó una carcajada. Corta. Ronca. Se giró hacia ella un segundo entero, demasiado largo para estar conduciendo, recorriéndola de arriba abajo.
—Me gusta cuando sonríes así —dijo en voz más baja—. Me había olvidado de cómo se te iluminaba la cara.
Hannah sintió el golpe en el estómago. Bajó la vista hacia las flores para que no le viera los ojos. Seguía pareciéndole increíble. Después de todo lo ocurrido. Después de nueve años separados. De dos vidas completamente distintas, de ciudades diferentes, de silencios imposibles… Alex seguía recordando las pequeñas cosas. Seguía sabiendo dónde mirarla para desarmarla.
Y, aunque intentaba convencerse de que no tenía importancia... sabía perfectamente por qué le emocionaba tanto. Porque nadie la había tocado con un gesto en mucho tiempo. Porque aquellas tres flores le habían hecho sentir vista, deseada, recordada como mujer y no solo como inspectora.
Precisamente por eso evitó seguir pensando en ello. Porque si seguía pensando, iba a tener que admitir que tenía ganas de alargar la mano y tocarlo.
Cuando llegaron a la comisaría, Tobías fue el primero en bajar de la camioneta.
Alex cerró el vehículo mientras Hannah sujetaba con cuidado las gerberas antes de entrar en el edificio. Se detuvo a propósito para abrirle la puerta trasera y al pasar, su pecho rozó su hombro. Un roce breve, firme, que le dejó el olor a sal pegado.
Los tres cruzaron las puertas de la comisaría todavía hablando del caso Bradford, intentando recuperar la compostura de dos policías y no de dos adolescentes encerrados en una camioneta.
Hasta que algo hizo que Hannah se detuviera en seco.
Parpadeó. Después volvió a mirar. Y terminó soltando una risa. Una risa auténtica que le salió del pecho y que hizo que Alex se girara hacia ella al instante.
Las rosas de Ian ya no estaban en el despacho de la inspectora. Estaban repartidas por toda la comisaría. Había un ramo en recepción; otro en administración; varios adornaban la sala de reuniones. Incluso la pequeña cocina tenía un jarrón improvisado. Y, junto al ordenador de Lizzie, descansaban varias rosas perfectamente colocadas.
Lizzie fue la primera en levantar la vista, alternando entre las rosas y las tres gerberas que Hannah apretaba contra su cuerpo como si fueran suyas.
—Antes de que digas nada... —hizo un gesto hacia las flores—. Nos negábamos a dejarlas marchitar.
Monty levantó una mano desde su mesa.
—La decisión fue sometida a votación.
Joe, sin apartar la vista del portátil, añadió:
—Y el plan obtuvo una eficiencia logística bastante aceptable.
Hannah observó toda la escena. Después miró a Alex. Lo tenía a medio metro, con las manos en los bolsillos para no tocarla, con una sonrisa de suficiencia absoluta en la boca y los ojos clavados en ella.
Y finalmente volvió a recorrer la oficina con la vista.
No pudo evitar echarse a reír. Una risa auténtica. De las que terminan contagiándose.
—Sinceramente... —negó con la cabeza, sin dejar de mirar a Alex—. Creo que así están mucho mejor.
Lizzie levantó ambos brazos, victoriosa.
—¡Lo sabía!
Monty sonrió satisfecho.
—La democracia vuelve a funcionar.
Joe asintió con total seriedad.
—Los datos también apoyaban esta solución.
Alex observó las flores repartidas por toda la comisaría. Después miró las tres gerberas que Hannah seguía sosteniendo entre los brazos, pegadas a su pecho, protegiéndolas. Su mirada bajó un segundo a sus dedos pálidos sobre el tallo rojo y subió de nuevo a sus ojos. Y no pudo evitar encontrarle cierta ironía a la escena.
Las rosas habían dejado de parecer un regalo. Ahora solo eran decoración. Un adorno bonito, caro, impersonal, que cualquiera podía disfrutar. Como Ian. Las gerberas, en cambio… Seguían donde él esperaba que estuvieran. Entre las manos de Hannah. Calientes. Vivas. Cerca de su piel.