Ian en el despacho
El trayecto de vuelta a comisaría transcurrió entre teorías, posibilidades y preguntas sin respuesta: Bradford, el Casino, los registros manipulados, el miedo evidente de aquel testigo.
Por primera vez en mucho tiempo sentían que avanzaban. No mucho. Pero sí lo suficiente. Lo suficiente para notar que el caso empezaba a moverse.
Hannah permanecía en el asiento del copiloto con las tres gerberas apoyadas cuidadosamente sobre sus piernas. De vez en cuando las observaba. Y sonreía. Era una sonrisa pequeña. Privada. Casi imperceptible.
Pero Alex la veía. Porque siempre la veía.
—Te estás riendo sola.
Hannah levantó la vista.
—No me estoy riendo sola.
—Llevas diez minutos sonriendo a unas flores.
—Son flores muy agradables.
—Claro.
—Muchísimo.
Alex negó con la cabeza.
—Empiezo a arrepentirme.
—Llegas nueve años tarde para eso.
Alex soltó una carcajada.
Y Hannah volvió a mirar las gerberas. Aquello seguía resultándole absurdo. Después de todo. Después de nueve años. Después de vivir en ciudades distintas. De vidas distintas. De ser personas distintas. Alex seguía recordando. Y no sabía por qué aquello la emocionaba tanto. O quizás sí lo sabía. Y precisamente por eso no quería pensarlo demasiado.
Cuando llegaron a la comisaría, Tobías fue el primero en saltar de la camioneta. Alex cerró la puerta. Hannah recogió cuidadosamente las flores. Y los tres entraron en el edificio.
La conversación sobre Bradford continuó unos segundos más. Hasta que algo llamó la atención de Hannah. Las rosas ahora estaban repartidas por toda la comisaría: en recepción, en la sala de reuniones, en administración, en la zona de descanso. Incluso Lizzie tenía varias junto a su ordenador.
—No íbamos a dejar que se murieran —anunció Lizzie nada más verla.
—Ha sido una decisión democrática —añadió Monty.
—Y logísticamente eficiente —aportó Joe sin levantar la vista del portátil.
Hannah observó la escena. Y, para sorpresa de todos, empezó a reír.
—Sinceramente, me parece mejor así.
—¿Verdad? —dijo Lizzie.
—Mucho mejor.
—Lo sabía.
Las rosas habían dejado de parecer un regalo. Ahora parecían decoración.
Y Hannah no pudo evitar pensar que aquello resumía bastante bien toda la situación.
Entonces levantó la vista.
Y la sonrisa desapareció.
Su despacho estaba al final del pasillo. La puerta abierta. Y dentro, sentado en una de las sillas frente a su mesa, estaba Ian Sullivan. Esperando. Como si aquel fuera exactamente el lugar donde debía estar. Como si jamás hubiera dejado de tener derecho a ocuparlo.
Alex vio el cambio inmediatamente. La sonrisa se extinguió. Los hombros se tensaron. La mandíbula se endureció. Y la Hannah relajada que había estado caminando junto a él hacía apenas cinco minutos desapareció detrás de una máscara profesional perfectamente construida.
Ian también la vio. Se puso en pie. Sonrió seguro, tranquilo, convencido. Como alguien que creía conocer el final de la historia.
Hannah comenzó a caminar hacia el despacho. Y justo antes de entrar se detuvo. Giró ligeramente la cabeza. Buscando algo. O a alguien.
Sus ojos encontraron los de Alex. Solo un segundo. Quizás menos. Pero fue suficiente. No necesitó decir nada.
Alex entendió exactamente lo que significaba aquella mirada.
No quería que entrara. No necesitaba que la rescatara. No necesitaba que solucionara nada. Solo necesitaba saber que él estaba allí.
Y Alex respondió exactamente igual. Con una leve inclinación de cabeza. Estoy aquí.
Hannah cerró la puerta. Y por primera vez en toda la mañana se sintió preparada.
Lo primero que hizo no fue hablar con Ian. Ni siquiera mirarlo.
Buscó un pequeño jarrón en una estantería. Lo llenó de agua. Y colocó cuidadosamente las tres gerberas dentro: una roja, una rosa y una amarilla.
Las acomodó con una delicadeza que contrastaba con la tensión que sentía.
Y durante unos segundos observó únicamente las flores. Recordando la camioneta. La nota. La sonrisa de Alex. La sensación de ser vista.
Después respiró hondo. Y se giró.
—¿Qué haces aquí?
Ian mantuvo la sonrisa.
—Vine a verte.
—Hace dos años que rompimos.
—Fuiste tú quien rompió.
—Sigue siendo una ruptura.
La sonrisa de Ian vaciló apenas un instante.
—Te he echado de menos.
—Eso no explica por qué estás aquí.
—No todo necesita una explicación.
—Contigo sí.
Ian soltó una pequeña risa. La misma que años atrás la habría desarmado y manipulado. Ahora no le provocó absolutamente nada.
—Te veo diferente.
—Lo soy.
—No parece que North Harbour te haya cambiado tanto.
—No ha sido North Harbour.
Aquello llamó su atención.
—¿Entonces qué ha sido?
Hannah apoyó una mano sobre la mesa.
—Volver a ser yo.
Por primera vez, Ian guardó silencio. La observó detenidamente: la ropa, la postura, la forma de hablar, el despacho. Todo parecía familiar. Y al mismo tiempo completamente distinto.
—Echo de menos a la antigua Hannah.
—Yo no.
Aquella respuesta fue tan inmediata que incluso Ian pareció sorprendido.
—No hablo de eso.
—Sí hablas de eso.
Silencio.
—Tú eras perfecta para mí.
Y allí estaba. La frase. La misma idea de siempre. Vestida de romanticismo. Disfrazada de amor.
Pero Hannah ya conocía demasiado bien el mecanismo. Porque aquello no sonaba a: "Te quería." Sonaba a: "Encajabas perfectamente en el lugar que había decidido para ti."
—No me lo creo.
La sonrisa desapareció.
—¿Perdón?
—Que no me lo creo.
—Hannah...
—Siempre hay algo más contigo.
La tensión apareció brevemente en la mandíbula de Ian. Un instante. Nada más. Pero estuvo ahí.
—Te estás volviendo paranoica.
—Y tú sigues sin responder.