Bradford y el Casino
La sala de reuniones había dejado de parecer una sala de reuniones hacía horas.
Los mapas cubrían media pared. Las fotografías del caso Bradford se acumulaban sobre la mesa. Había notas adhesivas pegadas en cualquier superficie disponible. Tres portátiles permanecían abiertos. Y el número de tazas de café vacías empezaba a resultar preocupante.
Joe llevaba casi una hora sin levantar la vista de la pantalla. Hannah revisaba una carpeta de movimientos bancarios. Y Alex observaba un panel lleno de anotaciones que ya parecía más una conspiración internacional que una investigación policial.
El silencio reinante solo se rompía por el sonido de los teclados y el paso ocasional de algún agente al otro lado del cristal.
Hasta que Alex desapareció. Nadie preguntó dónde iba. Porque aquello también empezaba a ser habitual.
Diez minutos después regresó cargado con varias bolsas de comida. El olor inundó la sala inmediatamente.
Joe levantó la cabeza como si acabara de despertar de un trance.
-¿Qué es eso?
-Comida.
-Ya veo que es comida.
-Entonces la pregunta era innecesaria.
Joe parpadeó.
-¿Para quién?
Alex dejó las bolsas sobre la mesa.
-Para nosotros.
Hannah levantó la mirada de los documentos.
-¿Nosotros?
-Los tres.
-No tenías por qué.
-Sí tenía.
-¿Por qué?
-Porque llevamos seis horas aquí.
Joe miró el reloj.
-Siete.
-Peor todavía.
Hannah sonrió.
-Llevo sobreviviendo a base de café desde la academia.
-Y por eso eres un peligro para la sociedad.
-Qué exagerado.
-Hannah.
-¿Sí?
-La última vez que olvidaste comer, intentaste interrogar a una fotocopiadora.
Joe levantó la cabeza.
-¿Eso ocurrió de verdad?
-No.
-Lástima.
-Pero estuvo cerca -dijo Alex.
Hannah le lanzó una carpeta. Alex la esquivó. Y Joe, por primera vez en toda la tarde, soltó una carcajada.
Mientras comían, la investigación continuó avanzando. O al menos intentándolo.
La diferencia era que ahora la sala parecía menos un centro de operaciones y más una reunión improvisada entre personas que disfrutaban trabajando juntas.
Joe empezó a darse cuenta de algo. Alex nunca preguntaba si alguien necesitaba algo. Simplemente aparecía con ello. Ya fuera comida, café, agua... Y sugería descansos.
Era como si llevara un radar incorporado para detectar cuándo alguien estaba agotado. Y lo hacía sin esperar agradecimientos. Sin convertirlo en un acontecimiento. Como si cuidar de la gente fuera una función automática.
Hannah ni siquiera parecía sorprenderse.
Aquello llamó todavía más la atención de Joe. Porque significaba que ya estaba acostumbrada. Como si llevara años viendo exactamente la misma escena. Y probablemente fuera así.
Durante la siguiente hora la investigación continuó entre documentos, hipótesis y cajas de comida china.
Y entonces empezaron a aparecer pequeños detalles. Pequeños gestos. Cosas insignificantes. Pero imposibles de ignorar.
Hannah cogió sin pedir permiso uno de los rollitos de primavera del recipiente de Alex. Alex ni siquiera reaccionó. Siguió leyendo.
Un rato después fue él quien deslizó una botella de agua hacia ella sin levantar la vista de unos informes. Hannah la abrió automáticamente. Como si ambos hubieran ensayado aquella secuencia cientos de veces.
Joe observó la escena. Después volvió a mirar el ordenador. Y finalmente volvió a mirarlos a ellos.
Aquello era raro. Muy raro. No parecía que fueran una pareja. No parecía una amistad reciente. No parecía siquiera una reconciliación. Parecía algo distinto. Algo mucho más antiguo. Como si llevaran toda la vida compartiendo espacio. Toda la vida ocupando el mismo mundo. Y aquello resultaba extrañamente difícil de explicar.
Pasadas las ocho de la tarde, Joe encontró algo. Al principio creyó que era un error. Después pensó que era una coincidencia. Y finalmente comprendió que era demasiado grande para ser cualquiera de las dos cosas.
Se incorporó en la silla.
-Creo que tengo algo.
La reacción fue inmediata. Alex dejó la carpeta. Hannah apartó varios documentos. Y ambos se acercaron al ordenador. Sin pensarlo. Sin coordinarse. Simplemente ocurrió.
Alex se colocó a la izquierda. Hannah a la derecha.
Joe abrió varios archivos.
Mientras ampliaba la información, Hannah se inclinó para ver mejor la pantalla. Y apoyó un brazo sobre el hombro de Alex. De forma completamente natural. Como si no existiera ninguna razón para no hacerlo. Como si aquel hubiera sido siempre su sitio.
Alex tampoco reaccionó. Ni se tensó. Ni se apartó. Ni pareció consciente de ello. Simplemente apoyó una mano en la parte baja de la espalda de Hannah para que pudiera inclinarse mejor. Por puro reflejo. Por costumbre. Por comodidad. Y siguió mirando la pantalla.
Joe dejó de hablar. Durante varios segundos. Porque acababa de presenciar algo profundamente extraño.
No había tensión. No había vergüenza. No había intención. Y precisamente por eso era tan evidente.
Aquello no era una aproximación. No estaban intentando acercarse. Ya estaban cerca.Tan cerca que ni siquiera lo notaban.
Joe observó la pantalla. Luego a Hannah. Luego a Alex. Y después volvió a mirar la pantalla.
-Tengo una pregunta.
-¿Sobre la pista? -preguntó Hannah.
-No.
Alex cerró los ojos. Ya conocía ese tono.
-Joe...
-Solo una pregunta.
-Joe.
-Es una pregunta legítima.
-No lo es.
Hannah empezó a sonreír.
-Ahora tengo curiosidad.
-No deberías.
-Demasiado tarde.
Joe adoptó expresión pensativa.
-¿Sigue libre lo de ser el padrino?
Silencio.
Hannah soltó una carcajada inmediata. Alex se llevó una mano a la cara.
-No.
-Ni siquiera he terminado.
-No.