Fuego y Hielo

Capítulo 8: Parte 9

Bradford y el Casino 🧭⚓📂☕

La sala de reuniones hacía horas que había dejado de parecer una sala de reuniones. Los mapas cubrían buena parte de la pared. Las fotografías del caso Bradford se amontonaban sobre la mesa. Había notas adhesivas pegadas en cualquier superficie libre. Tres portátiles permanecían abiertos al mismo tiempo. Y el número de tazas de café vacías empezaba a resultar francamente preocupante.

Joe llevaba casi una hora sin apartar la vista de la pantalla, con la espalda tensa.

Hannah repasaba una carpeta con movimientos bancarios relacionados con el Casino. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera, unas ojeras marcadas y la blusa un poco arrugada de tanto inclinarse. Y aún así, Alex no podía dejar de mirarla.

Alex permanecía frente al panel de investigación, observando fotografías, fechas y flechas que, a aquellas alturas, empezaban a parecer más el esquema de una conspiración internacional que una investigación policial. Pero cada dos minutos, sus ojos se desviaban hacia ella.

El único sonido que rompía el silencio era el repiqueteo constante de los teclados. Y, de vez en cuando, las voces apagadas de algún agente al otro lado del cristal.

Hasta que Alex desapareció. Sin decir nada. Ninguno de los dos preguntó adónde iba. Últimamente aquello también se había convertido en una costumbre. Irse cuando sentía que ella se venía abajo.

Diez minutos después regresó empujando la puerta con el hombro. Llevaba varias bolsas de comida en las manos. El aroma inundó la sala antes incluso de que pudiera hablar. A pan caliente, a patatas, a algo que no era café de máquina.

Joe levantó la cabeza de golpe. Como si acabara de despertar de un largo trance.

—¿Qué es eso?

Alex dejó las bolsas sobre la mesa, justo al lado de Hannah. Su brazo rozó el suyo al inclinarse.

—Comida.

Joe frunció el ceño.

—Ya veo que es comida.

—Entonces la pregunta era innecesaria.

Joe parpadeó.

—¿Para quién?

Alex empezó a sacar los recipientes. Uno lo puso directamente delante de ella. El que sabía que le gustaba. Sin preguntar.

—Para nosotros.

Hannah levantó por fin la vista de los documentos. Tenía los ojos cansados, brillantes por el esfuerzo.

—¿Nosotros?

—Los tres —dijo Alex, pero la miraba solo a ella.

Ella apoyó el bolígrafo sobre la carpeta. Su mano temblaba un poco por el café y por no haber comido.

—No hacía falta.

Alex ni siquiera levantó la cabeza. Abrió el recipiente y el vapor le dio en la cara.

—Claro que hacía falta.

—¿Por qué?

Él señaló el tablero, pero luego la señaló a ella.

—Porque llevamos aquí encerrados seis horas y tú llevas seis horas sin comer, sin beber agua y mordiéndote el labio cada vez que no te cuadra un número.

Hannah se llevó la mano a la boca sin darse cuenta. Se había mordido el labio hasta dejárselo rojo.

Joe consultó el reloj.

—Siete.

Alex hizo una mueca y por fin la miró. De verdad. Con esa preocupación que no disimulaba.

—Peor todavía.

Hannah sonrió, a pesar de sí misma. Esa sonrisa pequeña que solo aparecía cuando él la regañaba cuidándola.

—He sobrevivido muchos años alimentándome solo de café.

Alex soltó un resoplido y se inclinó sobre la mesa, apoyando las manos a ambos lados de su carpeta. Quedó a centímetros de ella. Joe podía verlos, pero en ese momento a Alex le dio igual.

—Y por eso eres un peligro para la sociedad —susurró—. Y para ti misma.

Ella arqueó una ceja, conteniendo la respiración por la cercanía. Podía ver las pecas de su nariz, el cansancio en sus ojos. Podía oler su colonia por encima de la comida.

—Qué exagerado.

Alex la miró con absoluta seriedad. Con una ternura que le hizo daño.

—Hannah.

—¿Sí? —su voz le salió más baja.

—La última vez que olvidaste comer estuviste cinco minutos intentando abrir una puerta que ya estaba abierta. Y casi te desmayas en mis brazos en el archivo.

Eso no lo sabía Joe. Eso era solo de ellos.

Joe levantó inmediatamente la cabeza, sintiendo que se había perdido algo.

—¿Eso pasó de verdad?

Hannah respondió antes que Alex, ruborizada, apartándole con suavidad pero sin fuerza.

—No.

Alex sonrió, victorioso, sin apartarse. Su rodilla rozó la suya por debajo de la mesa y se quedó ahí.

—Pero estuvo peligrosamente cerca. Tuve que sujetarte.

Sin apartar la vista de él, Hannah cogió una carpeta y se la lanzó. Floja. Solo para tocarlo. Alex la atrapó en el aire con absoluta naturalidad, sin dejar de mirarla a los ojos.

—Tienes que comer —le dijo en voz baja, solo para ella, mientras Joe fingía estar muy concentrado en su portátil—. Por favor.

Y ese por favor cargado de historia, de cuidado, de todo lo que no podía decirle delante de otro, hizo que a Hannah se le encogiera algo en el pecho.

Joe observó la escena. La forma en que se hablaban sin hablar. La forma en que Alex le ponía la comida delante como si fuera lo más importante del caso. La forma en que ella por fin cogía el tenedor porque se lo decía él.

Y, por primera vez en toda la tarde… Se echó a reír. Una risa limpia y espontánea. De esas que aparecen cuando uno deja de sentirse un invitado y empieza, sin darse cuenta, a sentirse en casa. A sentirse a salvo viendo a dos personas que se quieren cuidar.

Hannah y Alex intercambiaron una rápida mirada. Todavía con la rodilla del otro pegada a la suya por debajo de la mesa. Ninguno la apartó. Ninguno dijo nada.

Pero los dos pensaron exactamente lo mismo. Joe ya formaba parte del equipo. Y ellos dos ya no podían seguir fingiendo que lo suyo era solo trabajo.

Mientras cenaban, el trabajo no se detuvo. Los documentos seguían cambiando de manos. Las fechas continuaban encajando unas con otras. Las teorías nacían y se descartaban casi a la misma velocidad.

Sin embargo, el ambiente había cambiado. La tensión seguía presente, pero ya no resultaba asfixiante.




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