Fuego y Hielo

Capítulo 8: Parte 10

Donde no has sido invitado 🌼🏡❤️

Cuando Hannah abrió la puerta de casa aquella tarde, no dejó primero el bolso sobre la encimera. Tampoco se quitó los zapatos. Ni revisó el correo que se acumulaba junto a la entrada.

Lo primero que hizo fue buscar un lugar para las gerberas. Las tres flores seguían envueltas en el papel marrón con el que Alex las había protegido durante el trayecto de vuelta.

Las sostuvo unos segundos entre las manos. Las apretó contra su pecho un segundo, como si todavía guardaran el calor de la camioneta. El calor de él. Y volvió a sonreír.

Aquello empezaba a rozar lo absurdo. Tenía treinta años, era inspectora jefe y madre. Llevaba todo el día investigando un homicidio relacionado con una posible red de corrupción.

Y, aun así… Tres flores bastaban para desarmarla. Tres flores baratas le habían hecho sentir lo que ningún ramo perfecto de Ian había conseguido en tres años: que alguien la quería por quien era, no por quien debía ser.

—Patético... —murmuró para sí, pero con una voz tan dulce que sonó a todo lo contrario.

La sonrisa, lejos de desaparecer, se hizo todavía más grande. Se le escapó una risa tonta, de adolescente, que no pudo contener. Porque sabía perfectamente que no eran las gerberas. Nunca lo habían sido. Era el gesto.

El hecho de que Alex hubiera recordado. Después de nueve años. Después de todo lo que había ocurrido entre ellos. Después de haberle roto el corazón y de haberse roto el suyo.

Seguía recordando las pequeñas cosas. Y ella seguía enamorándose de él por esas pequeñas cosas, aunque todavía no se atreviera a ponerle nombre. Aunque todavía se dijera a sí misma que solo era cariño, que solo era nostalgia. No era nostalgia. Era amor. Otra vez. Más fuerte, más adulto, más real.

Recorrió la cocina con la mirada. Probó mentalmente varios rincones. Hasta que encontró el sitio perfecto. Una pequeña mesa junto a la ventana.

Desde allí podría verlas mientras preparaba el desayuno, mientras cocinaba, mientras trabajaba desde casa y mientras pensaba en él, que era lo que había estado haciendo sin parar desde que se bajó de la camioneta.

Llenó un jarrón de cristal con agua. Colocó las flores con cuidado. Giró ligeramente uno de los tallos. Enderezó otro.,Retrocedió un paso. Las contempló durante unos segundos. Y asintió para sí misma. Con esa plenitud tonta y enorme de quien acaba de entender que está feliz. Que por primera vez en mucho tiempo, al llegar a casa, no se sentía vacía.

—Ahora sí.

—¿Ahora sí qué?

Hannah dio un pequeño respingo. Pero no se asustó. Estaba demasiado feliz para asustarse.

Connor estaba apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una expresión de sospecha absoluta.

Ella dejó escapar un suspiro. Le sonrió con una luz en los ojos que Connor no le había visto en meses.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

Él sonrió con inocencia.

—El suficiente.

Mala respuesta. Muy mala respuesta.

Connor se acercó despacio al jarrón. Primero observó las flores, después a su madre y volvió otra vez a las flores. Se dio cuenta de que su madre no miraba las flores como se miran las flores. Las miraba como se mira a una persona.

—¿Y esto?

—Son flores.

Connor la miró con fingida seriedad.

—Gracias, mamá —hizo una pausa. —Pensaba que eran pingüinos.

Hannah soltó una carcajada. Una carcajada libre, sonora, que le salió del estómago. Hacía semanas que no se reía así en casa.

—Connor...

—¿Quién te las ha regalado?

—Un amigo.

—Ajá.

Ella ya conocía perfectamente ese tono.

—Connor.

—Eso no responde a la pregunta.

—Porque no te la he respondido.

—Exacto.

El niño cruzó los brazos. Exactamente igual que hacía ella cuando estaba convencida de que acabaría ganando la discusión. La observó unos segundos. Y entonces sonrió. Porque entendió algo que su madre aún no se había dicho: que estaba radiante.

—Ha sido Alex.

Hannah estuvo a punto de atragantarse con el aire. Sintió que se ponía roja hasta las orejas. Como si la hubieran pillado soñando despierta con él, que era exactamente lo que había estado haciendo.

Connor abrió mucho los ojos. Como un detective que acababa de conseguir una confesión.

—¡Ha sido Alex!

Ella recuperó la compostura. O lo intentó.

—Yo no he dicho eso.

—No hacía falta. Se te nota en la cara, mamá.

—Connor...

—Ha sido Alex.

—¿No tienes deberes?

—Ha sido Alex.

—Connor.

—Definitivamente ha sido Alex.

Hannah terminó riéndose. Se llevó una mano al pecho, feliz, derrotada. No tenía fuerzas para negarlo porque, por primera vez, no quería negarlo.

Era completamente imposible mantener la seriedad con él.

Connor sonrió con satisfacción. Acababa de resolver, según su criterio, uno de los grandes misterios del planeta. Y estaba convencido de merecer una medalla por ello.

La preparación de la cena transcurrió entre conversaciones sin importancia, bromas y pequeños piques que parecían formar parte de la rutina de aquella casa.

Connor ayudó a poner la mesa. Después desapareció unos minutos y regresó otra vez a la cocina como si tuviera un motivo distinto para entrar cada dos minutos.

En realidad, solo estaba observando a su madre. Había algo diferente en ella. Algo que no terminaba de saber explicar. No era la alegría de haber resuelto una parte del caso. Ni la satisfacción de un buen día de trabajo. Era otra cosa más sencilla, más ligera. Era felicidad. Pura y simple. La felicidad de una mujer que se ha vuelto a enamorar del padre de su hijo y que por fin se está permitiendo sentirlo sin culpa.

Hannah tarareaba una canción mientras removía la sartén. Se movía por la cocina con una despreocupación que Connor llevaba mucho tiempo sin ver. Incluso empezó a balancearse suavemente al ritmo de la música. Tocó las gerberas al pasar, como quien toca un amuleto. Como quien necesita tocar lo que le recuerda que es amada.




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