Donde no has sido invitado
Cuando Hannah abrió la puerta de casa aquella tarde, lo primero que hizo no fue quitarse los zapatos. Ni dejar el bolso. Ni siquiera mirar el correo acumulado sobre la encimera.
Lo primero que hizo fue buscar un sitio para las gerberas.
Las tres flores seguían envueltas en el papel marrón con el que Alex las había protegido durante el trayecto de vuelta. Tres gerberas. Una roja, una rosa y una amarilla.
Hannah las sostuvo unos segundos entre las manos. Y sonrió. Otra vez.
Aquello empezaba a ser ridículo. Tenía treinta años. Era inspectora. Madre. Había trabajado durante horas en una investigación relacionada con un posible asesinato. Y aun así no podía dejar de sonreír por culpa de tres flores.
—Patético —murmuró para sí misma.
La sonrisa se hizo más grande. Porque sabía perfectamente que no eran las flores. Nunca habían sido las flores. Era el hecho de que Alex recordara. Después de nueve años. Después de todo. Seguía recordando.
Recorrió la cocina observando distintos rincones. Finalmente encontró el lugar perfecto. Una pequeña mesa junto a la ventana. Desde allí podría verlas mientras cocinaba. Mientras desayunaba. Mientras trabajaba en casa.
Las colocó cuidadosamente dentro de un jarrón de cristal. Ajustó un poco los tallos. Retrocedió un paso. Y contempló el resultado. Perfecto.
—Ahora sí.
—¿Ahora sí qué?
Hannah dio un pequeño respingo. Connor estaba apoyado en el marco de la puerta observándola con expresión sospechosa. Ella suspiró.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Lo suficiente.
Mala respuesta. Muy mala respuesta.
Connor se acercó al jarrón. Observó las flores. Después la observó a ella. Y finalmente volvió a mirar las flores.
—¿Y ésto?
—Son flores.
—Gracias, mamá. Pensaba que eran pingüinos.
Hannah soltó una carcajada.
—Connor.
—¿Quién te las ha regalado?
—Un amigo.
—Ajá.
—Connor.
—Eso no responde a la pregunta.
—Porque no te he respondido.
—Lo sé.
El niño cruzó los brazos. Exactamente igual que hacía ella cuando quería salirse con la suya.
—Entonces ha sido Alex.
Hannah casi se atragantó con su propia respiración. Connor sonrió inmediatamente. Como un tiburón que acaba de oler sangre.
—Ha sido Alex.
—No he dicho eso.
—No hacía falta.
—Connor.
—Ha sido Alex.
—¿No tienes nada que hacer?
—Ha sido Alex.
—Connor.
—Definitivamente ha sido Alex.
Hannah terminó riéndose. Porque era imposible no hacerlo.
Y Connor pareció satisfecho. Muy satisfecho. Demasiado satisfecho. Como si acabara de resolver uno de los grandes misterios del universo.
La preparación de la cena avanzó entre bromas, juegos y conversaciones sin importancia.
Y durante todo ese tiempo Connor siguió observando a su madre. Porque había algo diferente. Algo que no terminaba de saber explicar.
Su madre estaba feliz. No feliz porque hubiera resuelto un caso. No feliz porque él hubiera sacado buena nota. No feliz porque hubiera ocurrido algo extraordinario. Simplemente feliz.
Tarareaba mientras cocinaba. Se movía por la cocina con una ligereza que hacía mucho tiempo que Connor no veía.Incluso bailoteó ligeramente mientras removía una sartén.
Connor levantó una ceja. Aquello era sospechoso. Muy sospechoso.
—Te veo contenta.
—¿Sí?
—Mucho.
—Me alegro.
—No será por Alex.
La cuchara que Hannah sostenía chocó contra el borde de la sartén. Connor tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reírse.
—Connor.
—Era por Alex.
—Ponte a jugar.
—Era por Alex.
—Connor.
—Era por Alex.
Esta vez Hannah sí se rió. Y Connor decidió que había ganado. Claramente había ganado.
Entonces sonó el timbre.
—¡Yo voy!
Salió disparado.
Hannah apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Escuchó sus pasos alejándose por el pasillo. La puerta abriéndose. Y después... Nada.
Silencio. Un silencio extraño. Demasiado largo.
Hannah frunció el ceño. Connor nunca se quedaba callado. Jamás.
Apagó el fuego. Se secó las manos. Y caminó hacia la entrada.
Entonces lo vio. Ian Sullivan. De pie al otro lado de la puerta. Perfectamente vestido. Perfectamente peinado. Perfectamente fuera de lugar.
Y la sonrisa desapareció instantáneamente del rostro de Hannah.
Fue un cambio tan brusco que incluso Connor lo notó. Porque la mujer que acababa de estar canturreando en la cocina ya no estaba allí.
En su lugar apareció otra. Más fría. Más alerta. Más dura.
Ian sonrió. Como si nada resultara extraño. Como si aparecer de noche en casa de una expareja fuera la cosa más normal del mundo.
—Hola.
Connor no respondió. Ian pareció no darse cuenta.
—¿Qué tal, pequeño?
Connor se limitó a encogerse ligeramente. Incómodo. Muy incómodo.
Y aquello fue suficiente para Hannah.
—Connor.
El niño levantó la vista.
—Mi vida, ve poniendo la mesa.
—Pero...
—Ahora vuelvo.
Connor dudó. Miró a Ian. Miró a Hannah. Y terminó asintiendo.
Cuando desapareció por el pasillo, Hannah salió al pasillo y cerró la puerta tras ella.
El clic de la cerradura sonó casi simbólico. Connor adentro. Ian afuera. Exactamente donde debía estar cada uno.
—Qué recibimiento tan cálido —comentó Ian.
Hannah lo observó en silencio.
—¿Qué haces aquí?
—He venido a verte.
—A mi casa.
—Sí.
—Sin avisar.
—No pensé que fuera necesario.
Ahí estaba. Exactamente ahí. La misma seguridad. La misma certeza de que las puertas terminarían abriéndose. La misma costumbre de ocupar espacio que no le pertenecía.
—Pues te equivocaste.
Ian parpadeó. Quizá esperaba una discusión. Quizá esperaba explicaciones. Lo que no esperaba era aquella calma.
—Solo quería hablar.