Donde no has sido invitado
Cuando Hannah abrió la puerta de casa aquella tarde no dejó primero el bolso sobre la encimera. Tampoco se quitó los zapatos ni revisó el correo que se acumulaba junto a la entrada.
Lo primero que hizo fue buscar un lugar para las gerberas. Las tres flores seguían envueltas en el papel marrón con el que Alex las había protegido durante el trayecto.
Las sostuvo unos segundos entre las manos, las apretó contra su pecho un segundo y volvió a sonreír. Aquello empezaba a rozar lo absurdo. Tenía treinta años, era inspectora jefe y madre. Llevaba todo el día investigando un homicidio relacionado con una posible red de corrupción. Y aun así tres flores bastaban para desarmarla. Tres flores baratas le habían hecho sentir lo que ningún ramo perfecto de Ian había conseguido en tres años: que alguien la quería por quien era, no por quien debía ser.
—Patético... —murmuró para sí, pero con voz tan dulce que sonó a todo lo contrario.
Recorrió la cocina con la mirada, probó mentalmente varios rincones hasta encontrar el sitio perfecto: una pequeña mesa junto a la ventana. Desde allí podría verlas mientras preparaba desayuno, cocinaba, trabajaba desde casa y mientras pensaba en él.
Llenó el jarrón de cristal con agua, colocó las flores con cuidado, giró ligeramente uno de los tallos, enderezó otro, retrocedió un paso, lo contempló y asintió para sí. Con esa plenitud tonta y enorme de quien acaba de entender que está feliz.
—Ahora sí.
—¿Ahora sí qué?
Dio un pequeño respingo. No se asustó. Estaba demasiado feliz para asustarse.
Connor apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una expresión de sospecha absoluta.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
Sonrió con inocencia.
—El suficiente.
Mala respuesta. Muy mala respuesta.
Se acercó despacio al jarrón. Primero observó las flores, después a su madre y volvió otra vez a las flores.
—¿Y esto?
—Son flores.
La miró con fingida seriedad.
—Gracias, mamá. Pensaba que eran pingüinos.
Soltó una carcajada libre, sonora, que le salió del estómago. Hacía semanas que no se reía así en casa.
—¿Quién te las ha regalado?
—Un amigo.
—Ajá —conocía perfectamente ese tono.
—Connor.
—Eso no responde a la pregunta.
—Porque no te la he respondido.
—Exacto —cruzó los brazos exactamente igual que hacía ella cuando estaba convencida de ganar—. Ha sido Alex.
Estuvo a punto de atragantarse con el aire.
—¡Ha sido Alex! —Connor abrió mucho los ojos como un detective que acababa de conseguir una confesión.
—No hacía falta. Se te nota en la cara, mamá.
—Connor... ¿No tienes deberes?
—Ha sido Alex. Definitivamente ha sido Alex.
Terminó riéndose. Se llevó la mano al pecho feliz, derrotada. Era imposible mantener seriedad con él.
La preparación de la cena transcurrió entre conversaciones sin importancia, bromas y pequeños piques que parecían formar parte de la rutina de aquella casa. Connor ayudó a poner la mesa, después desapareció unos minutos y regresó a la cocina como si tuviera un motivo distinto para entrar cada dos minutos. En realidad solo observaba a su madre. Había algo diferente en ella. No era alegría por resolver parte del caso. Era otra cosa más sencilla, más ligera. Felicidad pura y simple.
Tarareaba mientras removía la sartén, moviéndose con una despreocupación que Connor llevaba mucho tiempo sin ver. Tocó las gerberas al pasar como quien toca un amuleto.
—Te veo contenta.
—¿Sí?
—Mucho.
Sonrió sin girarse.
—Me alegro.
Esperó exactamente dos segundos.
—No será por Alex.
La cuchara golpeó el borde de la sartén con un pequeño clonc.
—Connor... Concéntrate en poner los cubiertos.
—Era por Alex.
Esta vez ya no intentó disimular. Terminó riéndose con los ojos brillantes, las mejillas rosadas, con toda la pinta de una mujer colada hasta las trancas y por fin feliz por estarlo aunque no lo dijera.
Entonces sonó el timbre.
—¡Voy yo! —salió disparado hacia la entrada antes de que pudiera responder.
Siguió removiendo la cena todavía con una sonrisa tonta de gerberas. Escuchó las pisadas del niño recorrer el pasillo, la puerta abrirse y después... nada. Un silencio extraño, demasiado largo, que no era propio de Connor.
Frunció el ceño. Connor podía hablar sin respirar minutos. Que permaneciera callado era por sí solo motivo suficiente para preocuparse.
Apagó el fuego de golpe, se secó las manos en el paño con fuerza y caminó hasta el recibidor. Cada paso más rápido que el anterior.
Entonces lo vio. Ian Sullivan al otro lado de la puerta. Traje impecable, cabello perfectamente peinado, misma sonrisa segura de siempre. Y una presencia completamente ajena a aquel hogar. Demasiado grande, demasiado perfumada, demasiado fría para su casa pequeña llena de zapatillas de Connor y dibujos en la nevera.
La expresión de Hannah cambió al instante. No fue progresivo. Fue un corte seco. Toda la calidez que había llenado la casa durante la última hora desapareció de golpe, como si alguien hubiera abierto la ventana en invierno. El rostro vaciado de expresión, la espalda recta, las manos que un minuto antes colocaban las flores con amor cerradas en dos puños a ambos lados.
Connor también lo percibió. Se pegó a la pierna de su madre.
—Hola —sonrió Ian con absoluta normalidad, como si presentarse sin avisar en casa de su ex pareja al caer la noche fuera el gesto más natural.
Connor no respondió. Se escondió medio cuerpo detrás de Hannah. No respondió ni sonrió. Solo parecía incómodo. Y eso bastó para que a Hannah le hirviera sangre.
—Connor. Cariño, ¿me haces un favor? Ve poniendo la mesa. Ya voy.
Dudó unos segundos, miró a Ian con desconfianza, después a Hannah pidiendo permiso para irse y terminó obedeciendo sin decir una palabra, caminando hacia atrás sin darle la espalda a Ian.