Fuego y Hielo

Capítulo 8: Parte 11

Lo que importa de verdad

El dojo estaba casi vacío a aquella hora. Luz anaranjada del atardecer colándose por los ventanales y bañando los tatamis con un resplandor cálido. Al fondo los sacos inmóviles. Solo el rumor lejano del mar y el suave zumbido de ventilación rompían el silencio.

Tobías descansaba junto a una pared. O eso aparentaba. Cada pocos segundos abría un ojo para comprobar que Alex y Connor seguían donde debían.

Alex acababa de enseñarle una combinación sencilla: desplazamiento, giro y golpe controlado. Connor la ejecutó correctamente dos veces. La tercera salió regular, la cuarta peor y la quinta fue un desastre. No por torpeza. Porque estaba golpeando con rabia, no con técnica.

Cruzó los brazos con una expresión solemne.

—Vale.

Intentó recuperar la postura respirando por la boca, frustrado.

—¿Vale qué?

—Vale que llevas veinte minutos entrenando con el cuerpo porque la cabeza está en otra parte.

Negó enseguida, demasiado rápido como hace cuando miente.

—No.

Le miró sin decir nada. Con esa paciencia que no es de entrenador, es de un padre. Le sostuvo la mirada apenas tres segundos antes de rendirse.

—Bueno... un poco.

—Mucho.

—Sí...

Sonrió satisfecho, no de victoria, de alivio porque por fin lo decía.

—Lo sabía.

—Eres un pesado.

—También lo sé.

Tobías decidió intervenir. Se levantó con parsimonia y fue hasta ellos. Connor terminó sentándose sobre el tatami con las rodillas contra el pecho, haciéndose pequeño. Alex hizo lo mismo a su lado. Ninguno habló y ninguno sintió la necesidad de hacerlo. Habían descubierto que algunos silencios también servían para acompañarse.

El perro apoyó la cabeza sobre la pierna de Connor. El niño comenzó a rascarle detrás de las orejas.

—Ahora sí.

Siguió acariciando a Tobías.

—¿Ahora sí qué?

—Ahora me cuentas qué te pasa.

Negó sin levantar la vista.

—Nada importante.

Dejó escapar una pequeña risa sin burla.

—Eso significa exactamente lo contrario. Cuando dices "nada importante" es que es tan importante que te da miedo decirlo.

—¿Siempre haces esto?

—¿El qué?

—Saber cuándo alguien está preocupado.

Fingió pensárselo.

—Casi siempre.

—Da un poco de miedo.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Ya me había hecho ilusiones.

Negó con la cabeza divertido. Por primera vez en toda la tarde se le relajaron los hombros. En ese momento, Alex le revolvió el flequillo con un gesto rápido completamente automático. Como lo había visto hacer a Hannah mil veces.

—¡Eh!

—Te lo estabas buscando.

Protestó mientras intentaba colocarse el pelo. Sin darse cuenta el flequillo volvió a caer exactamente igual que el de Alex, misma inclinación, mismo mechón rebelde, misma expresión de indignación. El gran espejo del dojo mostró el mismo gesto repetido con veinte años de diferencia.

Volvió a ponerse serio.

—Ahora habla.

Suspiró, tardó unos segundos, tragó saliva, levantó la vista.

—Ian está en North Harbour.

Asintió despacio.

—Lo sé.

Bajó otra vez la mirada. Se le humedecieron los ojos y se avergonzó de ello.

—No me gusta.

Permaneció unos instantes en silencio antes de responder. No le quitó importancia. No dijo "no pasa nada".

—Bueno... Es tu padre.

Commor levantó la cabeza de golpe, ofendido, casi enfadado.

—¿Qué?

—Ian.

—Ian no es mi padre.

Esta vez fue Alex quien se quedó completamente inmóvil. Sintió como si le hubieran quitado el aire de golpe.

—¿No?

Connor negó con energía.

—Claro que no.

Parpadeó con el corazón latiéndole desbocado sin entender por qué.

—Pensaba que sí.

—Pues no.

—¿Seguro?

Soltó una pequeña risa incrédulo de que no lo supiera.

—Bastante seguro —frunció ligeramente el ceño—. Solo fue novio de mamá.

—¿Nada más?

—Nada más.

Dudó un instante, con la boca seca.

—¿Cuándo empezó a salir con ella?

El niño pensó unos segundos.

—Cuando yo tenía tres años... más o menos.

Aquellas palabras hicieron que algo se moviera dentro de Alex. Algo enorme, doloroso y esperanzador a la vez.

Tres años. Connor ya había nacido. Ian había aparecido mucho después. Durante años había imaginado una historia completamente distinta. Había supuesto que Hannah había construido una familia con otro hombre, que Ian había ocupado el lugar que él había perdido y que Connor había crecido llamándolo papá. Pero nada de eso parecía haber ocurrido. Hannah había estado sola. Sola con un bebé. Sola con todo. Mientras él se castigaba imaginándola feliz.

Por primera vez desde que Hannah regresó a North Harbour una pregunta comenzó a abrirse paso en cabeza, una que jamás se había permitido formular: si Ian no era el padre de Connor... ¿quién lo era?

La idea quedó suspendida en un rincón de su mente como si tuviera vértigo, como si el tatami se moviera bajo sus pies. Sin respuesta. Esperando.

Connor rompió el silencio.

—¿Por qué pensabas que era mi padre?

Soltó una media sonrisa que le tembló un poco.

—Supongo que di demasiadas cosas por hechas. Me inventé la historia que más me dolía para no tener esperanza.

—Pues te equivocaste.

—Gracias por tu delicadeza.

—De nada.

Sonrieron pero notó enseguida que seguía preocupado.

—Aún queda algo más.

Asintió muy despacio.

—Sí.

—¿Qué es?

Volvió a acariciar a Tobías antes de responder. Necesitaba tocar algo suave para poder decir lo duro.

—No quiero que vuelva a pasar.

—¿El qué?

—Lo de antes.

—Necesitas ayudarme un poco más.

Respiró hondo.

—Mamá cambió cuando estaba con Ian.

Guardó silencio. No quiso interrumpirlo. Se le cerró ep puño solo.

—¿Cómo cambió?

Connor runció el ceño.

—No sé explicarlo muy bien.




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