Lo que importa de verdad
El dojo estaba casi vacío a aquella hora de la tarde.
La luz anaranjada que entraba por las ventanas comenzaba a teñir de oro los tatamis, y el murmullo lejano del mar se mezclaba con los golpes amortiguados de los sacos de entrenamiento que colgaban inmóviles al fondo de la sala.
Tobías descansaba junto a la pared. O al menos fingía descansar. Porque cada pocos segundos abría un ojo para comprobar dónde estaban Alex y Connor. Como siempre.
Alex acababa de mostrar una combinación sencilla de movimientos. Nada complicado. Un giro. Un desplazamiento. Un golpe controlado.
Connor lo había repetido correctamente dos veces. La tercera había fallado. La cuarta también. Y la quinta había sido un desastre absoluto.
Alex cruzó los brazos.
—Vale.
Connor intentó recuperar la posición.
—Vale, ¿qué?
—Vale que llevas veinte minutos pensando en otra cosa.
—No es verdad.
—Connor.
—No es verdad.
Alex levantó una ceja. Connor suspiró.
—Un poco.
—Mucho.
—Bueno... sí.
Alex sonrió.
—Lo sabía.
Connor dejó caer los hombros.
—Eres un pesado.
—Eso también lo sé.
Tobías se levantó y caminó hasta ellos. Connor se dejó caer sobre el tatami. Alex hizo lo mismo a su lado. Durante unos segundos ninguno habló.
Aquello también era algo que habían aprendido a hacer juntos. No llenar todos los silencios.
Tobías apoyó la cabeza sobre la pierna de Connor. Connor empezó a acariciarle las orejas automáticamente. Alex observó la escena. Y sonrió. Porque aquella imagen empezaba a resultarle extrañamente familiar. Demasiado familiar.
—Ahora sí —dijo finalmente—. Cuéntame qué te pasa.
Connor siguió acariciando a Tobías.
—Nada.
—Connor.
—Nada importante.
—Eso significa que sí es importante.
El niño resopló.
—¿Siempre haces esto?
—¿El qué?
—Saber cuándo me pasa algo.
Alex sonrió.
—Más o menos.
—Es inquietante.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Connor negó con la cabeza. Entonces Alex le revolvió el flequillo. Un gesto rápido. Instintivo. El mismo de siempre.
—Eh.
—Te lo estabas ganando.
Connor protestó mientras intentaba colocarse el pelo. Sin darse cuenta, el flequillo cayó exactamente igual que el de Alex. Misma inclinación. Misma forma. Misma expresión ligeramente indignada.
Alex ni siquiera lo vio. Pero el espejo del fondo sí. Durante un instante parecían una versión adulta y otra infantil del mismo gesto.
—Ahora habla.
Connor suspiró. Y finalmente dijo:
—Ian está en North Harbour.
Alex asintió.
—Ya lo sé.
—No me gusta.
Alex tardó unos segundos en responder.
—Bueno...
Se encogió de hombros.
—Es tu padre.
Connor parpadeó.
—¿Qué?
—Ian.
—Ian no es mi padre.
Ahora fue Alex quien se quedó inmóvil.
—¿No?
Connor negó con la cabeza.
—Claro que no.
—Pensaba que sí lo era.
—No.
—¿De verdad?
—De verdad.
Alex frunció ligeramente el ceño. Connor siguió hablando.
—Solo fue novio de mamá.
—¿Y ya está?
—Sí.
—¿Cuándo empezaron a salir?
—Cuando yo era pequeño.
—¿Cuántos años tenías?
Connor pensó.
—Creo que tres.
Alex sintió algo extraño. Como una pieza moviéndose dentro de su cabeza. Tres años. Connor era todavía pequeño. Ian había llegado mucho después de que hubiera nacido. Muchísimo después.
Durante años había imaginado otra historia. Había imaginado a Hannah construyendo una familia. A Ian ocupando un lugar que él había perdido. A Connor creciendo junto a él. Pero aquello no era cierto. Ni siquiera se parecía a la verdad.
Por primera vez en nueve años apareció una pregunta que nunca se había permitido formular seriamente.
Si Ian Sullivan no era el padre de Connor… Entonces… ¿quién era?
La pregunta quedó suspendida en algún rincón de su mente. Silenciosa. Incómoda. Esperando.
—¿Por qué pensabas que era mi padre? —preguntó Connor.
Alex se encogió de hombros.
—Supongo que lo asumí.
—Pues te equivocaste.
—Gracias por la delicadeza.
—De nada.
Alex soltó una carcajada. Connor sonrió. Luego volvió a bajar la mirada. Y Alex supo que todavía quedaba algo.
—¿Por qué te preocupa tanto que esté aquí?
Connor tardó unos segundos en responder.
—Porque no quiero que vuelva a pasar.
—¿Qué cosa?
El niño acarició distraídamente la cabeza de Tobías.
—Lo de antes.
—No sé qué significa eso.
Connor permaneció callado. Buscando las palabras adecuadas.
—Mamá cambió cuando estaba con Ian.
Alex no dijo nada. Simplemente escuchó.
—¿Cómo cambió?
—No sé explicarlo bien.
—Inténtalo.
Connor pensó unos segundos.
—Cantaba menos.
Alex sonrió levemente. Sí. Eso sonaba a Hannah.
—¿Qué más?
—Ya no bailaba por la cocina.
—Ajá.
—Y sonreía menos.
Aquello hizo que Alex levantara la mirada. Connor continuó.
—Solo sonreía de verdad cuando estábamos solos.
El silencio se instaló entre ambos.
—¿Estás seguro?
Connor asintió.
—Mucho.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque ahora vuelve a hacerlo.
Alex sintió algo extraño en el pecho.
—Ayer estaba feliz.
—¿Ayer?
Connor asintió.
—Mucho.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Pero sí lo sabía. Y Alex también. Las tres gerberas aparecieron fugazmente en su cabeza.
—Estaba cantando mientras hacía la cena.
—Eso parece grave.
Connor sonrió.
—Y bailaba.
—Entonces definitivamente era grave.
El niño soltó una pequeña risa. Pero enseguida volvió a ponerse serio.
—Hasta que apareció Ian.
Alex bajó la mirada.
—Y dejó de estar feliz.
La frase quedó suspendida entre ellos. Simple. Directa. Imposible de ignorar.