Socios 🥋⚓❤️
A esas horas de la tarde, el dojo había recuperado la calma. La última clase había terminado hacía ya un buen rato y el silencio volvía a adueñarse del edificio poco a poco. Solo permanecían encendidas las luces principales.
A través de los ventanales, el atardecer teñía los tatamis de tonos dorados mientras, a lo lejos, el rumor constante del mar parecía colarse entre las paredes.
Alex salió del vestuario secándose el pelo con una toalla. Con la camiseta todavía a medio poner, el pelo chorreando, cansado del día. Pensaba que ya no quedaba nadie. Estaba guardando la toalla en la mochila cuando un sonido llamó su atención.
Golpe.
Golpe.
Golpe.
Se detuvo en seco. Reconocía perfectamente aquella cadencia. No era técnica. Era desahogo.,No era alguien entrenando.,Era alguien intentando vaciar la cabeza.
Y, unos segundos después, también reconoció la música que sonaba por los altavoces.
La voz de North Harbour llenaba el dojo con una melodía que conocía de memoria.
"Te he visto morderle los dientes al miedo,
seguir caminando aunque falte el suelo...
mientras otros buscan dónde caer,
tú buscas razones para volver..."
Otro impacto. Y otro. Y otro más.
Alex siguió el sonido hasta la sala principal. No necesitó buscar demasiado.
Hannah descargaba una sucesión de golpes sobre el saco de boxeo. Llevaba el pelo recogido en una coleta improvisada, mal hecha. Algunos mechones se le habían escapado y se le pegaban a la nuca sudada. La camiseta, empapada de sudor, se pegaba a la espalda. Se notaba que llevaba un rato ahí. Que había venido directamente de casa.
Sus movimientos conservaban la precisión de siempre. Pero la intensidad…,Aquello no era entrenamiento. Era frustración, cansancio y toda la tensión acumulada durante un día demasiado largo. Era la visita de Ian. Era no haber sabido decirle a Connor que todo estaba bien.
La canción continuó sonando.
"Porque eres fuerte,
más de lo que crees...
cuando todo arde,
sigues puesta en pie..."
Hannah lanzó otra combinación más rápida y contundente. El saco osciló con violencia. Se le escapó un pequeño quejido de esfuerzo que no era de dolor físico.
Alex se apoyó contra una de las columnas. Y se cruzó de brazos para no ir a abrazarla. Porque sabía que si la abrazaba ahora, ella se rompería. No dijo nada. La conocía demasiado bien. Sabía que había momentos en los que interrumpir solo servía para empeorar las cosas. Y que ella necesitaba sentirse fuerte antes de permitirse sentirse vulnerable.
Así que esperó. Dejó que descargara un poco más. Un minuto. Quizá dos. Hasta que los golpes comenzaron a espaciarse. Hasta que se quedó apoyada con la frente contra el saco, respirando como si hubiera corrido una maratón.
Entonces sonrió de lado. Con esa sonrisa suya que solo usaba con ella, para quitarle hierro.
—Veo que, al final, sí hay alguien a quien odias más que a mí.
Hannah dejó caer los brazos. Tardó en contestar porque no tenía aire. Respiró hondo varias veces antes de contestar.
—A ti no te odio.
Alex arqueó una ceja. Sintió alivio. Ridículo, pero alivio.
—Menos mal.
Ella soltó el aire con una media sonrisa. Sin mirarlo. Porque si lo miraba, se iba a poner a llorar.
—Nunca podría odiarte —las palabras escaparon antes de que pudiera pensarlas. Se arrepintió en cuanto las dijo. Se le escaparon solas, con la guardia baja.
Los dos se quedaron inmóviles. Durante un instante, solo se escuchó la música y su respiración agitada.
Alex fue el primero en apartar la mirada. Porque si no la apartaba, iba a cruzar el tatami y no iba a poder parar.
—Bueno… —se aclaró la garganta. Se le había quedado seca. —Al menos me llevo una buena noticia.
Hannah resopló. Se limpió el sudor de la frente con la manga, para disimular que se le habían humedecido los ojos.
—No te acostumbres.
—Llegas unos quince años tarde para eso.
Ella negó con la cabeza, divertida a su pesar. A pesar de que tenía ganas de llorar.
Alex observó el saco de boxeo. Después volvió a mirarla. La miró de verdad. Vio el cansancio, la rabia, la culpa.
—Siempre has tenido un gusto bastante cuestionable para elegir novio.
Hannah soltó una risa incrédula. Ofendida de verdad por un segundo.
—¿Perdón?
—Es simple estadística. Y experiencia personal traumática.
—Alex...
—¿Les hacías entrevistas o elegías al azar?
Ella cruzó los brazos. Se puso a la defensiva automáticamente, como siempre que se sentía juzgada.
—Eres insufrible.
—Pero tengo razón.
Hannah abrió la boca para responder. La cerró de nuevo. Porque tenía razón y le dolía admitirlo. Y terminó apoyando la frente contra el saco otra vez. Rendida.
—Sí.
Alex parpadeó. No se esperaba que cediera tan rápido.
—¿Sí?
—Sí —suspiró. Un suspiro grande, de niña pequeña. —La tienes.
Aquella confesión consiguió sorprenderlo más que cualquier réplica ingeniosa.
—Vaya… —se llevó una mano al pecho, teatral, para esconder que se había quedado sin palabras.
—Creo que voy a apuntar este día en el calendario.
—No exageres.
—Es imposible no hacerlo. Hannah Jones dándome la razón. Voy a pedir que me suban el sueldo.
Hannah dejó escapar una risa cansada. Se le escapó una lágrima con la risa. Se la secó rápido. Después la sonrisa fue apagándose poco a poco. Como una luz que se va.
—Todas mis relaciones han salido mal.
La ligereza desapareció de la conversación. Se hizo pequeña de repente.
Alex también dejó de bromear. Se despegó de la columna y dio dos pasos hacia ella, pero sin invadirla.
—Eso es una afirmación bastante seria.
—Porque es verdad.
Hubo un breve silencio. Incómodo, humano. De dos personas que no saben si pueden decirse la verdad.
Hannah observó el balanceo del saco, cada vez más lento.