Fuego y Hielo

Capítulo 8: Parte 12

Socios

El dojo estaba casi vacío.

Las últimas clases habían terminado hacía más de media hora y el silencio se había adueñado poco a poco del edificio. Solo quedaban las luces principales encendidas y el sonido constante del mar llegando desde algún lugar al otro lado de las paredes.

Alex salió de los vestuarios secándose el pelo con una toalla.

Ya estaba pensando en marcharse cuando escuchó algo.

Golpe.

Golpe.

Golpe.

Se detuvo. Reconoció el sonido inmediatamente. No era alguien entrenando. Era alguien descargando emociones.

Y también reconoció la música. La voz de North Harbour sonaba por los altavoces del dojo.

“Te he visto morderle los dientes al miedo,

seguir caminando aunque falte el suelo...

mientras otros buscan dónde caer,

tú buscas razones para volver…”

Golpe.

Golpe.

Golpe.

Alex avanzó por el pasillo. Cuando llegó a la sala principal la encontró enseguida.

Hannah.

Llevaba el pelo recogido en una coleta improvisada. La camiseta estaba oscurecida por el sudor. Y sus puños golpeaban el saco con una fuerza que tenía muy poco que ver con el entrenamiento.

Aquello era rabia. Frustración. Agotamiento.

La canción continuó.

“Porque eres fuerte,

más de lo que crees...

cuando todo arde,

sigues puesta en pie…”

Hannah lanzó otra combinación. Más rápida. Más dura. Más furiosa.

Alex se apoyó contra una columna y la observó durante unos segundos.

La conocía demasiado bien. Sabía que no debía interrumpirla todavía. Así que esperó.

Un golpe más. Y otro. Y otro. Hasta que finalmente habló.

—Veo que hay alguien a quien odias más que a mí.

Hannah dejó escapar el aire y bajó los puños.

—A ti no te odio.

Alex arqueó una ceja.

—Qué alivio.

—Nunca podría odiarte.

La respuesta salió tan rápido que ambos se quedaron unos segundos en silencio.

Alex apartó la mirada primero.

—Bueno, al menos una buena noticia me llevo hoy.

Hannah resopló.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

La inspectora negó con la cabeza. Alex observó el saco.

—Siempre has tenido un gusto pésimo para los novios.

Hannah soltó una carcajada breve.

—¿Perdón?

—¿Les haces castings o algo parecido?

—Alex...

—Porque estadísticamente es impresionante.

—Eres idiota.

—Pero tengo razón.

Hannah abrió la boca para protestar. Y volvió a cerrarla. Porque, por desgracia, la tenía. Muchísima.

Apoyó la frente un instante contra el saco.

—Sí.

Alex parpadeó.

—¿Sí?

—Sí. Tienes razón.

Aquello consiguió sorprenderlo más que cualquier respuesta que hubiera esperado.

—Vaya. Esto sí que no lo veía venir.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Hannah sonrió sin ganas.

—Todas mis relaciones han sido un desastre.

—Eso es una afirmación bastante contundente.

—Porque es verdad.

Se hizo un pequeño silencio.

—Al principio me gustaban.

Alex no dijo nada. Simplemente esperó.

—De verdad que me gustaban.

Hannah observó el saco unos segundos.

—Eran buenas personas. O al menos algunos de ellos lo eran.

Suspiró.

—Intentaba que funcionara.

—Pero no funcionaba…

Ella negó despacio.

—No.

La canción de North Harbour seguía sonando suavemente por los altavoces.

"Porque eres fuerte, más de lo que crees..."

Hannah sonrió con cierta melancolía.

—Durante mucho tiempo pensé que simplemente tenía mala suerte.

Alex permaneció en silencio.

—Pensaba que algo estaba roto en mí. Que había algo que me impedía enamorarme como lo hacía el resto del mundo.

Por primera vez hubo una grieta en su voz. Pequeña. Pero real.

—Y después entendí que el problema no era ese.

Alex levantó la vista.

—¿Entonces cuál era?

Hannah tardó unos segundos en responder.

—Que estaba intentando construir algo con otras personas...

Su mirada se perdió en algún punto del dojo.

—...cuando mi corazón llevaba años en otra parte.

El silencio que siguió fue suave. No incómodo. Solo lleno de cosas que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar.

Y Alex, por primera vez en mucho tiempo, no intentó buscar una respuesta. Porque intuía que aquella confesión era mucho más importante de lo que Hannah acababa de decir.

Hannah volvió a mirar el saco.

—Ian ha venido a mi casa.

Alex asintió.

—Lo sé.

—¿Connor te lo ha contado?

—Sí.

—No tenía ningún derecho a presentarse en mi casa.

—No.

Ella resopló.

—Y aun así apareció.

—También parece tener un talento especial para eso.

Hannah soltó una pequeña carcajada. Cansada. Pero sincera.

—Siempre consigues que parezca ridículo.

—Porque lo es.

La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

—No lo entiendes.

—Explícamelo.

Aquella respuesta la sorprendió. No había ironía. No había consejos. No había opiniones. Solo interés genuino.

Alex se acercó despacio. Se sentó en el borde del tatami. Y esperó. Simplemente esperó.

Hannah observó el saco durante unos segundos. Como si estuviera intentando decidir si quería abrir una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada. Finalmente suspiró.

—¿Sabes qué es lo peor?

Alex negó con la cabeza.

—Que durante años pensé que todo había sido culpa mía.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

—Conocí a Ian en una época complicada de mi vida.

Hannah mantuvo la mirada fija en el saco unos segundos.

—Ya había terminado el máster. Había empezado a trabajar. También estaba preparándome para entrar en la Academia.

Tomó aire lentamente.

—Y Connor era un bebé.

Alex no dijo nada.

Ella agradeció el silencio.

—No recuerdo muchas cosas de aquella época. Solo estar cansada todo el tiempo.




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