Preguntas que llegan tarde
El bar de Will estaba mucho más tranquilo de lo habitual. La música sonaba baja. Las conversaciones se mezclaban con el tintinear de los vasos y el murmullo apagado de los clientes.
Y, por primera vez en todo el día, Alex tuvo tiempo para pensar. Precisamente lo que llevaba horas intentando evitar. Precisamente lo que le estaba destrozando.
Después del dojo, de la conversación con Hannah y de descubrir que Ian Sullivan nunca había sido el padre de Connor.
Su cabeza parecía incapaz de detenerse. Como una radio que no puedes apagar.
Michael ya estaba sentado en una mesa del fondo cuando llegó. Joe apareció apenas unos minutos después, con el portátil bajo el brazo. Como siempre, con ojeras y con la camiseta por dentro.
—Empiezo a sospechar que duermes dentro de ese ordenador —comentó Michael.
—Solo cuando Ashley me echa de casa.
Michael levantó una ceja.
—¿Ashley?
Joe parpadeó. Se dio cuenta tarde de que había dicho su nombre en voz alta.
—Mi novia.
Alex se quedó completamente inmóvil.
—¿Tienes novia?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres años.
Michael soltó una carcajada. Se atragantó con la cerveza.
—No puede ser.
—Vivimos juntos.
Alex señaló a Joe con un dedo. Ofendido de verdad, como un hermano mayor.
—¿Y cómo demonios no sabía eso?
Joe se encogió de hombros con absoluta tranquilidad.
—Nunca me lo preguntaste. De verdad, nunca.
Michael volvió a reír.
—Tiene razón. Eres malísimo preguntando, tío.
Alex apoyó la frente sobre una mano.
—Increíble. Me siento traicionado.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo he interpretado como tal.
Aquello consiguió arrancarles una sonrisa. Pero duró poco. Porque Alex había venido a vomitar una bomba y no sabía cómo. Había ido allí por otro motivo.
Respiró hondo. Se le notaba nervioso.
—Ian Sullivan no es el padre de Connor.
El silencio fue inmediato. Michael dejó el vaso sobre la mesa, de golpe. Joe levantó la vista del portátil.
—¿Qué?
—No lo es.
—¿Estás seguro? —preguntó Michael. Con la voz más baja, de repente sobrio.
Alex asintió.
—Me lo dijo Connor esta tarde. Así, sin más. Como si fuera obvio.
Michael tardó varios segundos en procesarlo.
—Entonces… —se quedó callado. —Espera.
—¿Qué?
—¿Entonces por qué demonios pensé que era su padre? ¿Por qué coño todos pensamos que era su padre?
Alex soltó una risa sin humor y amarga.
—Eso mismo quiero saber yo. Llevo dos horas dándole vueltas.
Michael frunció el ceño.
—Cuando fuimos a Nueva York, Connor era pequeño. Ian estaba allí. Parecían una familia. Él lo cogía en brazos. Nos presentó como... joder, no lo sé, como si fueran una familia.
—Así que lo asumiste.
—Sí. Todos lo asumimos. Nos lo pusisteis fácil para no preguntar.
Alex apoyó los codos sobre la mesa. Hundido.
—Y yo también. Yo el primero.
Michael negó lentamente con la cabeza.
—Supongo que nunca preguntamos. Porque era más cómodo. Porque si no preguntabas, no tenías que saber.
Aquello dejó un extraño sabor de boca. Porque era verdad. Durante años todos habían dado muchas cosas por hechas. Sin comprobarlas, preguntar o buscar respuestas. Simplemente habían construido una historia... y habían decidido creerla. Porque la historia de Hannah feliz con otro dolía menos que la de Hannah sola pasándolo mal por su culpa.
Alex pensó en Hannah, en Ian Sullivan y en Connor. Pensó en todo lo que había descubierto durante los últimos días. Y una sensación incómoda empezó a crecer dentro de él. Vergüenza. Una vergüenza enorme y tardía. ¿Cuántas cosas más había interpretado mal?
Michael rompió el silencio.
—Sigo sin entender cómo llegasteis a esto.
Alex levantó la mirada.
—¿A qué?
—A nueve años sin hablaros.
La pregunta cayó sobre la mesa. Pesada, incómoda y familiar. Probablemente era la misma pregunta que llevaba haciéndose todo North Harbour desde hacía casi una década. Y la que él mismo se hacía cada noche a las 3 de la mañana.
Alex observó el vaso que tenía delante. Le daba vueltas sin beber.
—Yo tampoco lo entiendo —Michael esperó. —Un día estaba ahí. Y, pocas horas después, había desaparecido sin despedirse. Sin una nota. Sin nada. Como si me hubiera muerto.
—Alex...
—Es la verdad —respiró hondo. Se le quebró la voz y se enfadó consigo mismo por ello. —Cambió de número. Me bloqueó. Desapareció. Me dejó en visto en todos los sitios donde se puede dejar en visto a alguien —Michael permaneció en silencio. —Y yo… —Alex bajó la mirada. Se miró las manos. —Creo que fui un cobarde. No, no lo creo. Lo fui. Fui un cobarde de manual. Y durante mucho tiempo me odié por eso.
Nadie respondió. Porque no parecía una frase nueva. Parecía una frase que llevaba años esperando salir. Nueve años guardada en el pecho.
—No sabía qué hacer.
—Erais unos críos.
—Teníamos veintiún años.
—Exactamente. Erais dos críos asustados.
Alex negó despacio.
—No. No sirve como excusa. Dejé de ser un crío el día que ella se fue y yo decidí no ir detrás. Porque ahora pienso en todo lo que pasó después… —se quedó callado unos segundos. La parte más difícil todavía estaba por llegar. La que nunca le había contado a nadie. —Debí haber estado allí junto a ella.
Michael y Joe intercambiaron una rápida mirada. De "hostia, esto va en serio". Alex continuó.
—No sé qué ocurrió exactamente, por qué desapareció, cortó el contacto… Pero debí haber ido a buscarla. Haber recorrido Nueva York de arriba abajo. Haber aporreado cada puerta. Haber sido pesado. Haber sido todo menos orgulloso.
El silencio volvió a instalarse.
—Alex...
—No. Escúchame. Déjame decirlo, por favor —se pasó una mano por el rostro. Se lo frotó fuerte, como si quisiera despertarse. —Perdió a sus padres. Se mudó sola. Tuvo que empezar de cero. Crió a un bebé. Trabajó. Estudió. Entró en la Academia. Y yo no estuve allí. Yo estaba aquí, lamiéndome las heridas y pensando que la que me había hecho daño era ella.