Fuego y Hielo

Capítulo 8: Parte 13

Preguntas que llegan tarde

El bar de Will estaba mucho más tranquilo de lo habitual. La música sonaba baja. Las conversaciones se mezclaban con el ruido de vasos y cubiertos.

Y por primera vez en todo el día, Alex tuvo tiempo para pensar. Lo cual era exactamente el problema. Porque llevaba horas intentando no hacerlo. Después del dojo y de la conversación con Hannah. Después de descubrir que Ian Sullivan nunca había sido el padre de Connor. Su cabeza parecía incapaz de detenerse.

Michael ya estaba sentado en una mesa del fondo cuando llegó. Joe apareció apenas unos minutos después. Con el portátil bajo el brazo. Como siempre.

—Empiezo a sospechar que duermes dentro de ese ordenador —dijo Michael.

—Solo cuando Ashley me echa de casa.

—¿Ashley?

Joe parpadeó.

—Mi novia.

Alex se quedó inmóvil.

—¿Tienes novia?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres años.

Michael soltó una carcajada.

—No puede ser.

—Vivimos juntos.

Alex lo señaló.

—¿Y cómo demonios no sabía eso?

Joe se encogió de hombros.

—Nunca me lo preguntaste.

Michael volvió a reírse.

—Tiene razón.

Alex apoyó la frente contra una mano.

—Increíble.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo he interpretado como tal.

Aquello consiguió arrancarles una sonrisa. Pero duró poco. Porque Alex había ido allí por otro motivo. Y finalmente soltó la bomba.

—Ian Sullivan no es el padre de Connor.

El silencio fue inmediato.

Michael dejó el vaso sobre la mesa. Joe levantó la vista del portátil.

—¿Qué?

—No lo es.

—¿Estás seguro? —preguntó Michael.

Alex asintió.

—Me lo dijo Connor esta tarde.

Michael tardó varios segundos en procesarlo.

—Entonces...

Se quedó callado.

—Espera.

—¿Qué?

—¿Entonces por qué demonios pensé que era su padre?

Alex soltó una risa sin humor.

—Eso mismo quiero saber yo.

Michael frunció el ceño.

—Cuando fuimos a Nueva York estabais Connor era pequeño. Ian estaba allí. Parecían una familia.

—Así que lo asumiste.

—Sí.

Alex apoyó los codos sobre la mesa.

—Y yo también.

Michael negó lentamente con la cabeza.

—Supongo que nunca preguntamos.

Aquello dejó un extraño sabor de boca. Porque era verdad. Durante años, todos habían dado cosas por hechas. Sin comprobarlas, sin preguntar, sin buscar respuestas. Simplemente habían construido historias. Y habían decidido creerlas.

Alex pensó en Hannah. Pensó en Ian Sullivan. Pensó en Connor. Pensó en todo lo que había descubierto durante los últimos días. Y una sensación incómoda empezó a crecer dentro de él. ¿Qué más había supuesto? ¿Qué más había interpretado mal?

Michael rompió el silencio.

—Sigo sin entender cómo llegasteis a esto.

Alex levantó la mirada.

—¿A qué?

—A nueve años sin hablaros.

La pregunta cayó sobre la mesa. Pesada, incómoda. Familiar. Porque probablemente era la misma pregunta que llevaba haciéndose todo North Harbour desde hacía casi una década.

Alex observó el vaso que tenía delante.

—Yo tampoco lo entiendo.

Michael esperó.

—Un día estaba ahí. Y a las pocas horas, se había marchado sin despedirse.

—Alex...

—Es la verdad.

Respiró hondo.

—Cambió de número. Me bloqueó. Desapareció.

Michael permaneció en silencio.

—Y yo...

Alex bajó la mirada.

—Creo que fui un cobarde. Y por eso, me odiaba.

Nadie respondió.

Porque no parecía una frase nueva. Parecía una frase que llevaba años esperando salir.

—No sabía qué hacer.

—Erais unos críos.

—Teníamos veintiún años.

—Exactamente.

Alex negó despacio.

—No. No sirve. Porque ahora pienso en todo lo que pasó después. Y...

Se quedó callado. Porque la parte más difícil todavía estaba por llegar.

—Debí haber estado allí junto a ella.

Michael y Joe intercambiaron una mirada. Alex continuó.

—No sé qué ocurrió exactamente. No sé por qué desapareció. No sé por qué cortó el contacto. Pero debí haber ido a buscarla. Haber recorrido Nueva York de arriba a abajo.

El silencio volvió.

—Alex...

—No. Escúchame. Porque es algo que llevo años pensando.

Se pasó una mano por el rostro.

—Perdió a sus padres. Se mudó sola. Tuvo que empezar de cero. Crió a un bebé. Trabajó. Estudió. Entró en la Academia. Y yo no estuve allí.

Michael no respondió. Joe tampoco.

—Ni siquiera sabía que estaba embarazada.

La frase salió apenas en un susurro.

—Y aun así tendría que haber estado allí.

Joe cerró lentamente el portátil. Alex observó la mesa.

—Me habría dado igual de quién fuera su hijo.

Silencio.

—Era Hannah.

Pausa.

—Si hubiera necesitado ayuda, habría ido.

—Lo sé —dijo Michael.

Alex negó con la cabeza.

—No. No lo sabes. Porque habría cuidado de ese niño como si fuera mío.

La frase quedó suspendida entre ellos. Y por primera vez Alex entendió algo. Aquello nunca había sido una cuestión romántica. Ni siquiera una cuestión de orgullo.Lo que lamentaba era otra cosa. No haber estado presente. No haber acompañado a Hannah durante los peores años de su vida. No haber podido sostener parte del peso de su responsabilidad. Y ese arrepentimiento seguía ahí. Después de nueve años. Tan vivo como siempre.

Michael fue el primero en romper el silencio.

—Entonces averigüémoslo.

Alex levantó la vista.

—¿El qué?

—Todo. Quién es Ian Sullivan. Qué pasó en esos nueve años. Lo que sea que está ocultando.

Joe asintió.

—Yo también estoy dentro.

Y por primera vez, aquello no sonó a un compañero de trabajo. Sonó a un amigo.

Alex soltó una pequeña sonrisa.

—Vale. Empecemos por Ian Sullivan.

La conversación cambió entonces. Empresas. Movimientos financieros. Viajes. Contactos. Todo lo que pudieran averiguar. Todo lo que pudiera explicar por qué había aparecido en North Harbour precisamente ahora.




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