Las Cuatro Estaciones
Alex observó las tres gerberas durante unos segundos.
La floristería ocupaba una pequeña esquina de la plaza cercana a donde había dejado a Hannah junto a su coche. Era uno de esos negocios antiguos que parecían resistirse al paso del tiempo. El escaparate estaba lleno de macetas, cintas de colores y pequeños carteles escritos a mano.
La anciana que atendía el local terminó de envolver las flores con papel kraft y levantó la vista hacia él.
—Buena elección.
Alex sonrió ligeramente.
—No sabía que las flores tuvieran examen.
—Éstas sí.
La mujer señaló el ramo.
—¿Sabes lo que significan?
—No.
—Entonces has tenido suerte.
Alex arqueó una ceja. La anciana señaló primero la gerbera roja.
—Amor incondicional.
Después la rosa.
—Admiración.
Y finalmente la amarilla.
—Alegría. Buena energía.
Alex bajó la vista hacia las flores. Amor incondicional, admiración y alegría.
La anciana siguió hablando.
—Normalmente la gente se pasa media hora escogiendo colores para decir algo importante.
Una sonrisa divertida apareció en su rostro.
—Tú lo has hecho en treinta segundos.
Alex soltó una pequeña carcajada.
—Supongo que he tenido suerte.
—O quizá conoces mejor a esa persona de lo que crees.
Aquella frase lo acompañó cuando salió de la floristería. Las flores balanceándose suavemente en su mano.
El sol de la tarde estaba cayendo sobre las calles ese barrio de North Harbour.
Y entonces, sin previo aviso, un recuerdo regresó. Uno de esos recuerdos que nunca desaparecen del todo. Uno de esos recuerdos que esperan pacientemente durante años. Hasta encontrar una puerta por la que volver.
Y aquella puerta tenía forma de gerberas.
—
Otoño
Principios de diciembre, año 2015.
El cementerio de North Harbour estaba casi vacío. Las últimas personas se habían marchado hacía más de media hora. Los coches ya no ocupaban el aparcamiento. Las conversaciones se habían apagado. Las condolencias habían terminado. Los abrazos habían terminado. Todo había terminado. Todo excepto el dolor.
Hannah Jones permanecía inmóvil frente a las dos tumbas recién cerradas. La tierra todavía estaba oscura, húmeda y recién removida.
Dos montículos de barro donde apenas unos minutos antes habían depositado a Grace y Robert Jones. Sus padres.
La palabra seguía resultándole imposible. Sus padres ya no estaban. Su ausencia. Nada encajaba. Nada parecía real.
Llevaba dos días funcionando de manera automática. Como si alguien hubiera desconectado una parte de ella.
La llamada de Allison, sus padres habían tenido un accidente de tráfico debido a la lluvia. El hospital, las identificaciones, la policía. El funeral, las flores, las visitas, las lágrimas de otras personas.
Todo parecía una película que alguien había proyectado delante de sus ojos. Una película terrible.
Y ella seguía esperando despertar. Pero no despertaba. Porque aquello era real.
El viento frío agitó ligeramente su abrigo negro. Hannah no reaccionó. Sus manos estaban heladas, sus piernas cansadas. Su mente estaba vacía.
Observó los nombres grabados en las lápidas provisionales. Intentó sentir algo. Lo que fuera: rabia, tristeza, desesperación. Pero no encontró nada. Solo un cansancio enorme, profundo y demoledor.
Y entonces comprendió algo. No había llorado. Ni una sola vez. Ni durante la llamada, ni de él hospital ni en el funeral. Ni una sola lágrima.
Como si su cuerpo hubiera olvidado cómo hacerlo. Como si el dolor fuera demasiado grande incluso para eso.
Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer unos segundos después. Pequeñas, dispersas, casi tímidas.
Hannah ni siquiera levantó la vista. Después llegaron más. Y más. Hasta que el cielo terminó rompiéndose por completo. La lluvia cayó sobre el cementerio con una fuerza brutal. Empapando los caminos, las flores, las tumbas y a ella.
Pero Hannah siguió inmóvil. Como si no la sintiera. Como si mereciera estar allí. Como si moverse fuera una traición.
Una gota resbaló por su mejilla. Después otra. Y otra. Durante unos segundos no supo distinguir qué era lluvia y qué no.
Y entonces ocurrió. Algo se rompió. Por fin. Una grieta, pequeña al principio, después enorme. El llanto salió de golpe, sin control, ni dignidad, ni barreras.
Hannah cayó de rodillas sobre el barro. Las manos hundiéndose en la tierra húmeda. El aire escapando de sus pulmones entre sollozos. Todo el dolor de aquellos días estallando al mismo tiempo. Lloró por el accidente, por el hospital, por las llamadas que nunca volverían, por las cenas familiares que ya no existirían, por las navidades futuras, por los cumpleaños futuros y por los abrazos que no volverían a suceder.
Lloró hasta quedarse sin fuerzas. Hasta quedarse sin voz. Hasta quedarse sin aire.
Y en algún momento se dio cuenta de algo extraño.
La lluvia había dejado de caer sobre ella. Parpadeó. Confundida. Levantó lentamente la cabeza. Y lo vio. Alex, de pie a su lado, sujetando un paraguas. Llevaba un traje oscuro, camisa blanca y la corbata torcida. El cabello empapado por los lados. Los ojos rojos. Llenos de lágrimas contenidas.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Quizá segundos. Quizá minutos.
Alex no dijo nada. No pronunció frases vacías. No habló del tiempo. No habló de superarlo, no de ser fuerte. Simplemente permaneció allí. Compartiendo el silencio, la lluvia y el dolor. Porque había comprendido algo que muy pocas personas entienden. Hay heridas que no necesitan soluciones. Solo compañía.
Hannah volvió a bajar la mirada. Y siguió llorando. Durante mucho tiempo. Sin esconderse, sin intentar parecer fuerte. Porque por primera vez desde el accidente no estaba sola. Y Alex permaneció allí todo el tiempo. Sujetando el paraguas. Esperando. Sin exigir y sin pedir nada. Simplemente quedándose. Como siempre.