Fuego y Hielo

Capítulo 8: Parte 14

Las Cuatro Estaciones

Alex observó las tres gerberas durante unos segundos y se quedó parado en mitad de la acera como un idiota.

La floristería ocupaba una pequeña esquina de la plaza, a escasos metros de donde había dejado a Hannah junto a su coche. Era uno de esos negocios antiguos que parecían resistirse al paso del tiempo, con el olor a tierra mojada saliendo por la puerta. El escaparate estaba lleno de macetas, cintas de colores y pequeños carteles escritos a mano con rotulador que se había corrido un poco con la humedad.

No tenía pensado entrar. Pero se había quedado mirando las gerberas. Tres, justo tres. Una roja, una rosa, una amarilla. Como las que Hannah le dibujaba en los márgenes de los apuntes del instituto cuando se aburría en clase.

La anciana que atendía el local terminó de envolver las flores con papel kraft y levantó la vista hacia él. Lo pilló mirando embobado.

—Buena elección.

Alex esbozó una ligera sonrisa, pillado. Se metió las manos en los bolsillos.

—No sabía que las flores tuvieran examen.

—Estas sí —dijo ella, sin perder la sonrisa. Tenía las manos manchadas de tierra y una paciencia infinita.

La mujer señaló el pequeño ramo que él ni siquiera recordaba haber pedido.

—¿Sabes lo que significan?

—No. —Negó con la cabeza—. Las he cogido porque... me han recordado a alguien. Es una tontería.

—Entonces has tenido suerte. Mucha.

Alex arqueó una ceja, curioso a pesar de sí mismo.

La anciana tomó primero la gerbera roja, con delicadeza, como si fuera frágil.

—Amor incondicional. Del que no se va. Del que se queda aunque lo eches —después señaló la rosa. La tocó con la punta del dedo. —Admiración. De esa que te hace mirar a alguien y pensar "joder, cómo lo hace" —y, por último, la amarilla. La más pequeña. —Alegría. Buena energía. La que te da alguien con solo entrar en una habitación.

Alex bajó la vista hacia las flores. Se le hizo un nudo en la garganta. Amor incondicional, admiración, alegría.

Hannah. Era Hannah entera en tres flores baratas de una plaza de North Harbour. La Hannah que se quedaba aunque la cagaras. La que admiraba en silencio cuando ella no miraba. La que le había devuelto la risa a su vida sin pedir nada a cambio.

La florista siguió envolviendo el ramo con movimientos lentos y precisos. Sin prisa. Como si supiera que él necesitaba un minuto.

—Normalmente la gente pasa media hora eligiendo colores para decir algo importante —dijo, atando un cordel—. Miran el móvil, me preguntan, dudan —una sonrisa divertida y cómplice iluminó su rostro arrugado. —Tú lo has hecho en menos de un minuto. Sin pensar.

Alex soltó una breve risa. Una risa nerviosa, de verdad.

—Supongo que he tenido suerte. O que no tengo ni idea de lo que hago.

La mujer negó despacio. Lo miró por encima de las gafas. Como si lo conociera.

—O quizá conoces mejor a esa persona de lo que crees. Y tu cabeza todavía no se ha enterado de lo que tu corazón ya sabe.

Aquella frase lo acompañó mientras salía de la tienda. Le pesó. Le dio vergüenza porque era verdad.

Las gerberas se balanceaban suavemente entre sus dedos. Las llevaba como si quemaran. Como si fueran demasiado obvias, demasiado cursis, demasiado él. ¿Qué hacía un tío de treinta años, subinspector de policía, comprando tres gerberas a esas horas de la tarde?

El sol de la tarde comenzaba a teñir de dorado las calles de aquel barrio de North Harbour. Olía a sal y a pan del obrador de al lado.

Y entonces, sin previo aviso, sin pedir permiso, un recuerdo regresó. No fue un recuerdo bonito y perfecto. Fue uno real.

Uno de esos recuerdos que nunca desaparecen del todo. Que se quedan guardados en un cajón.

Uno de esos que esperan pacientemente durante años... hasta encontrar la puerta adecuada para volver.

Y aquella puerta tenía forma de tres gerberas envueltas en papel kraft.

Y por primera vez en nueve años, Alex Mallory sintió que quizá todavía estaba a tiempo de aprender a traer flores.

Otoño 2015

El cementerio de North Harbour estaba casi vacío.

Las últimas personas se habían marchado hacía más de media hora. Los coches habían abandonado el aparcamiento. Las conversaciones se habían apagado. Las condolencias habían terminado. Los abrazos también. Esos abrazos incómodos de gente que no sabe qué decir y te aprieta demasiado fuerte.

Todo había terminado. Todo, excepto el dolor. Ese no se había ido a ninguna parte.

Hannah Jones permanecía inmóvil frente a las dos tumbas recién cerradas. La tierra seguía oscura, húmeda y recién removida. Olía a tierra mojada y a flores ya pasadas. Había un charco enorme justo delante de donde ella estaba y se le estaban calando los zapatos. Le daba igual.

Dos montículos de barro bajo los que descansaban Grace y Robert Jones. Sus padres.

Aquel pensamiento seguía resultándole imposible de aceptar. No entraba en la cabeza. Era como intentar leer una frase en otro idioma. Veía las letras pero no entendía el significado.

Ya no estaban. No volverían a estar. No habría más mensajes de su madre preguntando si había comido. No habría más chistes malos de su padre en la cena de Navidad. Nada encajaba. Nada parecía real.

Llevaba dos días funcionando por pura inercia. Como si alguien hubiera desconectado una parte de ella y hubiera dejado el resto avanzando automáticamente, en modo avión.

La llamada de Allison a las tres de la mañana. La voz de Allison que no era su voz. El accidente de tráfico, la lluvia en la A-7, el hospital con olor a desinfectante. Las identificaciones. Tener que decir "sí, son ellos". La policía intentando ser amable. El funeral, las flores que olían demasiado fuerte, las visitas que le cogían las manos y se las dejaban heladas, las lágrimas de otras personas que lloraban más que ella.

Todo se mezclaba en su memoria como escenas inconexas de una película que no sentía suya. Una película terrible. De la que quería salir.




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