La calma engañosa
Alex volvió a tener aquel sueño. Hacía años que no regresaba. Tantos que había terminado convenciéndose de que había desaparecido para siempre. Lo había enterrado a base de trabajo y de noches sin dormir. Pero aquella noche volvió.
Y lo hizo con la misma intensidad devastadora de siempre. Como si nunca se hubiera ido.
El sueño comenzaba igual cada vez. Con luz. Una luz cálida y dorada, de atardecer de verano, que entraba por las ventanas abiertas de una casa que no reconocía y que, sin embargo, sentía profundamente suya. Olía a madera y a sal.
El murmullo lejano del mar. El graznido de las gaviotas. El aroma del café recién hecho y de tostadas. Y una sensación de paz tan absoluta que casi dolía. De esas que te aprietan el pecho.
Hogar.
Eso era lo que sentía. Por primera vez en su vida adulta, sentía lo que era un hogar.
Hogar.
Alex estaba sentado en una cocina luminosa. Una cocina vivida, de las que guardan la historia de quienes las habitan. Había dos tazas sobre la mesa, un libro abierto boca abajo en una silla, una manta doblada sobre el sofá del salón que olía a ella, y la ventana abierta dejando entrar la brisa marina que movía las cortinas.
Pequeños detalles. Pequeñas pruebas de una vida compartida. De calcetines mezclados. De vida real.
Entonces escuchaba la risa. Siempre la risa primero. La reconocería entre millones. Entre el ruido de un estadio.
Nunca llegaba a verla con claridad al principio. Era como si el sueño se negara deliberadamente a mostrarle su rostro para torturarlo un poco más. Pero no hacía falta. Sabía perfectamente quién era.
Hannah. Siempre Hannah.
La oyó acercarse descalza por el suelo de madera. Y, cuando levantó la vista, apareció en el marco de la puerta. Con una camiseta suya, enorme, que le quedaba por las rodillas. Con el pelo recogido mal, con el moño torcido. La forma de caminar. Lenta, porque le pesaba la tripa. La manera de mover las manos. Siempre hablando con ellas. La serenidad con la que llenaba cualquier espacio. Como si la casa respirara mejor cuando ella entraba.
Todo en ella era inconfundible. Todo en ella era volver a casa.
Y entonces llegaba el detalle que siempre conseguía romperle el corazón y recomponérselo a la vez.
Estaba embarazada. Mucho. De siete o de ocho meses. La curva suave, perfecta, de su vientre se dibujaba bajo la camiseta clara, estirándola. Se le veía el ombligo marcado.
Era una imagen sencilla, natural y tan hermosa que parecía pertenecer a un recuerdo y no a un sueño. Tan hermosa que le daban ganas de llorar.
Alex sonrió sin darse cuenta. Como un idiota. Como si llevara toda la vida haciéndolo, porque en esa vida la llevaba.
—¿Qué pasa? —preguntó Hannah. Con esa voz de sueño por la mañana.
—Nada. —Con la voz ronca.
Ella arqueó una ceja. Esa ceja que solo ella sabe arquear.
—Mentira. Esa cara es de que estás pensando una tontería.
—Solo estaba mirándote. —Y lo dijo con hambre. Con ganas. Con ese deseo tranquilo del que lleva años con la misma mujer y cada día le sigue pareciendo la mujer más guapa del mundo.
Una sonrisa divertida, canalla, apareció en sus labios. Porque le conocía.
—Eso es un poco raro. Me miras como si quisieras comerme.
—Lo sé. Un poco sí. —Se le escapó la mirada a sus labios, a su cuello, a sus pechos más llenos por el embarazo. La deseaba. La deseaba entera. Con una ternura que le dolía.
Ella soltó una carcajada. Esa risa que era su casa. Y, al escucharla, algo dentro de Alex se aflojó. Llevaba demasiado tiempo sin oír aquella risa así, para él solo.
Hannah caminó hasta él, lenta, y se puso entre sus piernas. Le cogió la cara con las dos manos, como hacía siempre. Con las manos frías.
—Ven aquí, subinspector —tomó su mano, la grande, la callosa, y la apoyó sobre su vientre. Sobre su bebé. Sobre los dos. —Creo que vuelve a moverse. Nos ha oído.
Alex bajó la vista. Contuvo la respiración. Un segundo después sintió un pequeño golpe bajo la palma. Fuerte. Luego otro. Una rodilla, un codo. Y otro más. Como diciendo "aquí estoy".
El corazón le dio un vuelco tan grande que pensó que se le iba a parar.
—Hola, pequeñajo... Hola, mi amor... soy papá.
Hannah sonrió con ternura. Con los ojos brillantes. Le acarició el pelo con una adoración que lo desarmaba.
—Está despierto. Como tú, no duerme nunca.
—Se parece a mí. Ya da patadas antes de nacer.
Ella soltó una risa, le dio un golpecito en el hombro.
—Eso me preocupa muchísimo. Muchísimo. Van a ser dos.
—¿Por qué?
—Porque vas a enseñarle demasiadas tonterías. Le vas a enseñar a robarme las patatas y a decir palabrotas.
—Eso es mentira. Le voy a enseñar cosas importantes. Como a hacer el nudo de corbata y a hacer tortilla sin que se pegue.
—Soy bastante realista. Sé cómo eres.
Alex rio por lo bajo. La atrajo más hacia él. La olió. Olía a ella, a crema, a hogar.
Hannah terminó acomodándose entre sus piernas con una naturalidad absoluta, de espaldas a él, encajada en su pecho, como si aquel hubiera sido siempre su lugar. Como si su cuerpo hubiera sido hecho para encajar en el suyo. Él la rodeó con los brazos sin pensarlo. La abrazó por detrás, con las dos manos sobre su vientre. Grande, cálido. Su familia entera entre sus manos.
Apoyó la barbilla sobre su hombro. Le besó el cuello. Despacio. Un beso largo, húmedo, que le erizó la piel. El bebé volvió a moverse bajo su mano y los dos se rieron a la vez. Y aquella sensación lo llenó de una felicidad tan inmensa, tan física, que casi resultaba imposible sostenerla. Le daban ganas de llorar, de reír, de no moverse nunca.
—Creo que será una niña —dijo Hannah, apoyando su cabeza contra la suya.
Alex negó lentamente, con la boca pegada a su pelo.
—No. Niño. Cabeza dura como su madre.
Ella lo miró divertida, girando la cara. Quedaron a dos centímetros.