Fuego y Hielo

Capítulo 9: Parte 1

La Calma Engañosa

El sueño recurrente

Alex volvió a tener ese sueño. Hacía años que no soñaba con eso. Tantos que había llegado a convencerse de que había desaparecido para siempre.

Pero aquella noche regresó. Y lo hizo con la misma fuerza devastadora de siempre.

El sueño comenzaba igual cada vez. Con luz. Una luz cálida y dorada entrando por las ventanas abiertas de una casa que no reconocía y que, sin embargo, sentía como suya.

El sonido lejano de las gaviotas. El rumor tranquilo del mar. El olor a café recién hecho. Y una sensación tan profunda de paz que resultaba casi dolorosa.

Hogar. Eso era lo que sentía. Hogar.

Alex estaba sentado en una cocina luminosa. Una de esas cocinas vividas. Con tazas sobre la mesa. Libros abandonados sobre una silla. Una manta doblada en el sofá del salón. Pequeñas señales de una vida compartida. De una vida real.

Y entonces escuchaba la risa. Siempre la risa. Su risa. La reconocería entre millones. No podía verle el rostro. Nunca podía. Era extraño. Como si el sueño se negara deliberadamente a mostrarle ese detalle.

Pero no importaba. Porque sabía quién era. Lo sabía desde el primer segundo. Hannah. Siempre ella.

La oyó acercarse. Y al girarse la vio aparecer por el marco de la puerta. La misma sensación de siempre le atravesó el pecho. Era ella. Su forma de caminar. Su forma de moverse. Su forma de ocupar el espacio. Su presencia. Todo era Hannah. Todo.

Y entonces apareció el detalle que siempre conseguía romperle el corazón. Estaba embarazada. La curva de su vientre era evidente bajo una camiseta clara. Hermosa, real y natural. Como si aquella imagen hubiera existido siempre en algún rincón oculto de su cabeza.

Alex sonrió automáticamente. Sin pensar. Como si llevara toda la vida haciéndolo.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Nada.

—Mentira.

—Solo estaba mirándote.

—Eso es raro.

—Lo sé.

Ella soltó una carcajada. Y Alex sintió cómo algo dentro de él se aflojaba. Porque llevaba demasiado tiempo sin escuchar aquella risa. Demasiado.

Hannah se acercó hasta él. Le tomó una mano. Y la colocó sobre su vientre.

—Creo que vuelve a moverse.

Alex bajó la mirada. Un segundo después sintió un pequeño golpe bajo su palma. Después otro. Y otro más.

Su corazón dio un salto.

—Hola, pequeñajo.

Hannah sonrió.

—Está despierto.

—Se parece a mí.

—Eso me preocupa muchísimo.

—¿Por qué?

—Porque vas a enseñarle tonterías.

—Eso es mentira.

—Soy realista.

Alex soltó una risa. Y ella terminó acomodándose entre sus piernas. Como si perteneciera allí. Como si aquello fuera lo más normal del mundo.

La rodeó con los brazos. Instintivamente. Sin pensar. Y apoyó la barbilla sobre su hombro. El bebé volvió a moverse.

Y por algún motivo aquella sensación lo llenó de una felicidad tan intensa que casi resultaba imposible soportarla.

—Creo que va a ser una niña —dijo Hannah.

—No.

—¿No?

—No.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque sí.

—Vaya argumento.

—Soy subinspector. Mi intuición es impecable.

—Tu intuición es terrible.

—Eso también es mentira.

Ella volvió a reír. Y Alex cerró los ojos. Porque todo estaba bien. Todo. No había despedidas. No había silencios. No había nueve años perdidos. No había culpa. No había preguntas. Solo ellos. Solo aquella vida sencilla. Aquella vida imposible. Aquella vida que siempre había querido.

—Te amo —murmuró Hannah.

Las palabras llegaron suaves. Naturales. Como si las hubiera escuchado miles de veces. Como si pertenecieran a una vida que siempre debió existir.

Alex sintió cómo algo se apretaba dentro de su pecho.

—Yo también te amo, mi amor.

Hannah sonrió. Despacio. De esa forma, que siempre conseguía desarmarlo. Luego alzó una mano. Le apartó un mechón de pelo de la frente.

Y durante unos segundos se quedaron observándose en silencio. Sin prisas. Sin necesidad de decir nada más. Porque había miradas que llevaban años hablando por ellos.

Alex apoyó una mano sobre la mejilla de Hannah. Ella cerró ligeramente los ojos. Y terminó inclinándose hacia él. Sus bocas se encontraron. La lengua de ella se enredó con la suya. Fue un beso lento y familiar. Como volver a casa después de un viaje demasiado largo. No había urgencia. Ni miedo. Ni dudas. Solo la certeza absoluta de pertenecer al mismo lugar.

Cuando se separaron apenas unos centímetros, Hannah apoyó la frente contra la suya. Sonriendo.

—Creo que va a salir igual de cabezota que tú.

Alex soltó una pequeña risa.

—Eso es imposible.

—Ya veremos.

Ella volvió a acomodarse entre sus brazos. Y Alex la rodeó con fuerza. Sintiendo el calor de su cuerpo. Sintiendo al bebé moverse bajo su mano. Sintiendo una felicidad tan inmensa que casi daba miedo.

Y fue entonces cuando ocurrió algo diferente. Algo que nunca había ocurrido antes. La imagen comenzó a cambiar. La cocina siguió allí. La luz siguió allí.

Pero apareció alguien más. Un niño pequeño corriendo por el salón. Riéndose. Huyendo de algo. O de alguien.

Alex apenas llegó a verlo. Solo una silueta, un movimiento, una carcajada. Pero fue suficiente. Porque algo dentro de él se tensó.

El niño giró la cabeza. Y durante un instante. Solo un instante. Alex creyó reconocerlo. Connor.

La imagen desapareció antes de que pudiera verlo con claridad. Pero el daño ya estaba hecho. Porque por primera vez Connor había entrado en el sueño. Y eso lo cambiaba todo.

La luz comenzó a apagarse. Las paredes se volvieron borrosas. La voz de Hannah empezó a alejarse. La cocina desapareció lentamente. Como arena entre los dedos.

Alex intentó aferrarse. Intentó quedarse allí. Pero era imposible. Como siempre. Todo se desvaneció. Y despertó.

Abrió los ojos de golpe. La habitación estaba oscura todavía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.