Fuego y Hielo

Capítulo 9: Parte 2

La llegada

El mejor restaurante de North Harbour no era especialmente grande. Y precisamente por eso gustaba tanto. No tenía la elegancia artificial de los locales diseñados para impresionar a los turistas, ni el lujo excesivo de los restaurantes de las grandes ciudades que Ian adoraba.

Tenía algo mejor. Personalidad. Madera vieja, olor a pan, ventanas que no cierran del todo y dejan entrar el salitre.

Las ventanas daban directamente al puerto. Desde algunas mesas podía verse el reflejo del sol bailando sobre el agua. Desde otras, los barcos de pesca entrando y saliendo lentamente, con las redes rotas. Y, desde prácticamente cualquier rincón, el olor a sal formaba parte de la comida tanto como el pan recién horneado.

Ian Sullivan llegó primero. Como siempre. Para controlar. Para elegir la mesa. Para que lo vieran llegar. Puntual. Impecablemente vestido. Polo azul marino, pantalón beige impoluto, zapatos que no eran de pueblo. Perfectamente peinado. Con esa raya que se hace. Perfectamente calculado. Hasta la sonrisa.

Un camarero lo acompañó hasta una mesa junto al ventanal. Ian agradeció el gesto con una sonrisa educada, de político, y tomó asiento sin perder de vista la entrada. Como un tiburón.

Amanda apareció apenas unos minutos después. Venía de la suite. De ducharse después de él. Con la cara de haber dormido poco y mal. Llevaba un vestido azul marino de corte elegante que parecía salido de una revista. Sencillo, sofisticado y caro sin necesidad de aparentarlo. El que Ian le dijo una vez "te hace más fina".

Ian se levantó para apartarle la silla. El gesto de manual. Amanda sonrió. Una sonrisa amable y educada. Pero no especialmente íntima. La sonrisa que le pones a tu jefe cuando te follas a tu jefe y ya no sabes qué eres. Porque aquella diferencia seguía existiendo entre ellos, aunque se acostaran.

Amanda miraba a Ian como una posibilidad. Como un futuro. Como un "si me esfuerzo lo suficiente, algún día me querrá como quiere a Hannah". Ian miraba a Amanda como una comodidad. Como una agenda, como un Uber Black que siempre llega, como un cuerpo que siempre está disponible cuando Hannah le dice que no. Y, aunque ninguno lo dijera en voz alta, ambos lo sabían. Y eso era lo más triste.

—Bonito sitio —comentó Amanda mientras observaba el puerto a través del ventanal, intentando animarse—. Rústico. Tiene encanto.

Ian apoyó un brazo sobre la mesa con superioridad.

—Hannah siempre tuvo gustos... peculiares. Muy de aquí. Muy de pueblo. Yo intenté quitarle eso.

Amanda arqueó ligeramente una ceja. Le dolió por Hannah. Y le dio asco de él.

—¿Peculiares?

—Si me hubieras preguntado hace diez años dónde acabaría siendo feliz, jamás habría dicho que en un pueblo pequeño del norte, comiendo pescado frito con las manos. Pensé que aspiraría a más.

Amanda no respondió. Porque llevaba varios días comprendiendo que Ian conocía mucho menos a Hannah de lo que él mismo creía. Y que él llamaba "peculiar" a todo lo que no podía controlar con dinero.

Antes de que pudiera añadir nada más, la puerta principal volvió a abrirse y entró aire de la calle. Hannah Jones acababa de llegar. Con prisas, con Connor detrás.

Ian solo necesitó un segundo para comprender que aquella elección no era casual. Que no era la Hannah que él había vestido. El vestido floral de tonos suaves. Corto, con vuelo. El que él le dijo una vez "te hace parecer una niña". Las sandalias planas, llenas de arena. El cabello parcialmente recogido, con el moño medio deshecho que se hace cuando no tiene tiempo. Nada de aquello coincidía con la imagen que él siempre había intentado proyectar a su lado. Nada de Chanel, nada de tacones.

Durante años le había repetido que ese estilo era demasiado informal. Demasiado juvenil. Poco apropiado para la mujer de un Sullivan. Que no la tomaban en serio así. Y Hannah acababa de presentarse exactamente así. A posta. No era un descuido.

Era un mensaje. Un "esta soy yo sin ti". Silencioso. Pero perfectamente claro. Y a Ian le sentó como una patada en el estómago.

Connor entró detrás de ella, con su gorra mal puesta. Al ver a Ian dibujó una sonrisa educada. De niño bien educado por su madre. Duró exactamente tres segundos. Después desapareció. Se le borró. Como si se le apagara una luz.

Hannah lo notó. Se le tensó la mano sobre su hombro. Amanda también. Y sintió pena por el niño. Ian fingió no hacerlo. Pero lo vio. Y lo apuntó mentalmente. Como todo. Los niños también son datos.

Connor todavía era demasiado pequeño para esconder lo que sentía. Todavía no había aprendido a mentir como los mayores.

—Hola —saludó Hannah al acercarse con voz tensa.

—Hola —respondió Amanda con una sonrisa sincera. Porque a Hannah sí la admiraba.

Ian dio un paso al frente con intención de saludarla con dos besos, con posesión. Con el "ya estoy aquí, tranquila". Hannah ofreció solo uno. Lateral. Y retrocedió medio paso antes de que él pudiera acercarse más. Medio paso que fue un muro. Fue un movimiento casi imperceptible. Tan pequeño que probablemente habría pasado inadvertido para cualquiera que no estuviera obsesionado con ella.

Pero Ian lo sintió. Como un bofetón. Y no le gustó en absoluto. Se le marcó la mandíbula.

Connor tomó asiento junto a su madre, pegado a ella. Como un guardaespaldas pequeño. Todavía estaban acomodándose cuando la puerta volvió a abrirse. Otra vez, con campanilla.

Esta vez fue Hannah quien dejó de moverse durante un instante. Se quedó con la mano en el aire. Alex acababa de entrar. Tarde, como siempre. Con prisas.

Y, por alguna razón completamente injusta y jodidamente oportuna, aquel hombre había decidido arreglarse. Mucho. Demasiado. Para él. La camisa verde oscuro, remangada hasta los codos, que hacía que el color de sus ojos verdes resultara todavía más intenso y que se le marcaran los antebrazos. La americana color arena que no era suya, que era de Michael, que le daba un aire elegante sin dejar de parecer él mismo, sin parecer disfrazado. Y el cabello, normalmente despeinado por pura pereza y por el casco, parecía haberse encontrado aquella mañana con un peine. Solo una vez. Pero había sido suficiente para que pareciera más mayor y más guapo. Mucho más guapo. Olía a colonia. La colonia cara que le regaló Eleanor y que nunca usaba.




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