El paseo comienza
Cuando abandonaron el restaurante, el sol de la tarde comenzaba a teñir North Harbour de tonos dorados.
La luz se reflejaba en las ventanas de las casas cercanas al puerto y arrancaba destellos brillantes de la superficie del mar, que picaba un poco con el viento. Había algo especial en aquella hora del día. Algo que siempre conseguía que el pueblo pareciera todavía más bonito de lo que era. Como si se pusiera guapo para la tarde.
Connor fue el primero en salir. O, mejor dicho, el segundo. Porque Tobías ya había cruzado la puerta mucho antes que todos los demás. Empujándola con el morro. Como si fuera suyo el restaurante.
—Traidor... —murmuró Connor mientras aceleraba el paso para alcanzarlo, avergonzado de su perro—. Me dejas solo con los mayores.
El perro respondió moviendo la cola con entusiasmo, babeando. Connor decidió que aquello equivalía a una disculpa oficial. Y a que le debía una salchicha.
Detrás de ellos apareció el resto del grupo.
Amanda e Ian caminaban juntos, impecablemente vestidos. Elegantes, serenos y perfectamente alineados con la imagen de éxito profesional que proyectaban casi sin esfuerzo. Como si fueran a una reunión y no a pasear por un muelle lleno de gaviotas.
Y unos pasos por detrás iban Alex y Hannah. Que apenas habían recorrido diez metros cuando ya estaban discutiendo. Como siempre. Como si no hubieran pasado nueve años.
—Sigo diciendo que la tarta estaba buena —insistió Hannah, con la boca todavía con sabor a chocolate—. Estaba buenísima.
Alex la miró con auténtica incredulidad. Ofendido. Como si hubiera insultado a su madre.
—Hannah, por favor. Esa cosa tenía la textura de un ladrillo de obra. De los de verdad. De los que usaron para hacer la comisaría.
—Era una receta artesanal. Casera. Hecha con amor.
—Era material de construcción. He visto suelas de zapato más blandas. He mordido toallas más jugosas.
—Eres un exagerado. Siempre lo has sido.
—Soy objetivo. Soy catador oficial de tartas de este pueblo desde el 2004.
—Exagerado.
—Objetivo y con criterio.
Amanda soltó una carcajada. No pudo evitarlo. Le encantaban. Ian sonrió por pura educación. Con esa sonrisa de "qué monos, discuten como niños". Connor ni siquiera se molestó en girarse. Puso los ojos en blanco.
Aquello era un martes cualquiera en la vida de Alex Mallory y Hannah Jones. Un martes desde que tenían 7 años.
Mientras recorrían la avenida principal, Hannah empezó a observar el pueblo con otros ojos. No con ojos de inspectora, con ojos de la que un día se fue. Quizá porque llevaba demasiado tiempo lejos y lo había idealizado. Quizá porque, por primera vez desde su regreso, no corría detrás de un crimen ni de un informe pendiente ni de Connor que se pierde.
Simplemente caminaba. Al lado de Alex, con el sol en la cara. La librería de la señora Whitaker seguía en el mismo lugar. Con los mismos libros torcidos. La tienda de deportes conservaba el viejo cartel azul de siempre, descolorido, con la esquina rota. La panadería de los Murray seguía inundando la calle con el mismo olor a pan recién hecho y a canela que recordaba desde niña. El olor que le hacía volver a tener 8 años de golpe.
Y, durante unos instantes, sintió una paz extraña. Una paz que había olvidado que existía, que no se compra y que no se consigue en Nueva York por mucho dinero que tengas.
Entonces una mujer salió de una tienda de ropa con bolsas, de unos sesenta años, con el pelo cardado. Alzó la vista. Y sonrió inmediatamente, con toda la cara.
—¡Alex! ¡Mi niño!
Él se volvió con esa sonrisa suya.
—¡Hola, Susan! ¿Qué haces por aquí? ¿Comprando otra vez? Te va a reñir tu marido.
La mujer se acercó sin dudarlo y lo abrazó con cariño. Fuerte, como a un nieto, como si fuera suyo.
—Hace semanas que no te veía por el barrio. ¿Dónde te has metido?
—He estado ocupado. Casos. Cosas.
—Eso dices siempre, hijo. Siempre ocupado.
—Porque siempre es verdad. Me explotan.
Susan negó con una sonrisa. Le tocó la mejilla.
—Mentiroso. Que te vi el otro día en el puerto tomando el sol como un lagarto.
Alex sonrió. Avergonzado.
—¿Cómo está tu nieta? ¿La pequeña? ¿Ya anda?
El rostro de la mujer se iluminó. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Muchísimo mejor. Muchísimo. Gracias por preguntar. Y gracias por lo que hiciste. Por llevarla al hospital aquella noche. No se me olvida.
—Dale un abrazo de mi parte. Uno muy grande.
—Lo haré. Se lo daré.
La conversación apenas duró un minuto. Un minuto de pueblo. Después Susan siguió su camino, saludando a Hannah con un gesto.
Hannah contempló la escena sin darle demasiada importancia al principio. North Harbour era así. Todo el mundo conocía a todo el mundo. Normal. Pero apenas habían avanzado unos metros cuando volvió a ocurrir. A los veinte pasos.
Un pescador descargaba cajas junto al muelle con las manos llenas de escamas y con botas de agua. Al verlos, levantó una mano llena de pescado.
—¡Mallory! ¡El del velero! ¡Que me debes 20 pavos!
—¡Hola, Frank! ¡Que me debes tú la revancha y me debes tú a mí!
—¿Sigues debiéndome la revancha de dardos?
Alex sonrió, canalla.
—Sigues perdiendo todas las anteriores. No sé si es buena idea que apuestes otra vez.
—Eso ha sido muy feo. Muy feo viniendo de un poli.
—Ha sido muy sincero. Que es peor.
Frank soltó una carcajada ruidosa. Después señaló a Connor. Que miraba fascinado.
—Dile a tu chaval que la próxima vez no me humille jugando al ajedrez delante de todo el bar. Que me dejó mal. Que tengo una reputación.
Connor sonrió de oreja a oreja. Inflado como un pavo.
—No prometo nada. Si juegas mal, pierdes. Es la vida.
Frank se llevó una mano al pecho, ofendido teatralmente.
—Es igual de cruel que tú. Igualito. Qué miedo dais los dos.