El paseo comienza
Cuando abandonaron el restaurante, el sol de la tarde comenzaba a teñir North Harbour de tonos dorados.
La luz se reflejaba en las ventanas de las casas cercanas al puerto y arrancaba destellos brillantes de la superficie del mar. Había algo especial en aquella hora del día. Algo que siempre conseguía que el pueblo pareciera más bonito de lo que ya era.
Connor fue el primero en salir. O más exactamente, el segundo. Porque Tobías había cruzado la puerta antes que nadie.
—Traidor —murmuró Connor mientras se apresuraba a alcanzarlo.
El perro respondió moviendo la cola. Connor decidió que aquello equivalía a una disculpa formal.
Detrás de ellos apareció el resto del grupo. Amanda e Ian avanzaban juntos. Elegantes y perfectamente arreglados. Encajaban en aquella imagen de éxito profesional que ambos proyectaban casi sin esfuerzo.
Y luego estaban Alex y Hannah. Que apenas habían recorrido unos metros y ya estaban discutiendo.
—Sigo diciendo que la tarta estaba buena —insistió Hannah.
Alex la miró como si acabara de cometer un delito.
—Hannah, esa cosa tenía la textura de una losa de cemento.
—Era una receta artesanal.
—Era un arma blanca.
—Eres un exagerado.
—Soy realista.
—Exagerado.
—Realista.
Amanda soltó una carcajada. Ian sonrió educadamente. Connor ni siquiera se molestó en girarse. Aquello era un martes cualquiera en la vida de Alex Mallory y Hannah Jones.
Mientras caminaban por la avenida principal, Hannah se descubrió observando el pueblo de una forma distinta. Quizá porque llevaba demasiado tiempo fuera. Quizá porque ahora regresaba sin prisas. Quizá porque, por primera vez desde que volvió, no estaba corriendo detrás de un caso.
La librería seguía donde siempre. La tienda de deportes también. La panadería de los Murray continuaba desprendiendo el mismo olor irresistible que cuando tenía diez años. Y, durante unos segundos, sintió una extraña paz.
Entonces una mujer salió de una tienda de ropa. Alzó la cabeza. Y sonrió inmediatamente.
—¡Alex!
Alex se detuvo.
—Hola, Susan.
La mujer se acercó y le dio un abrazo sin pensárselo dos veces.
—Hace semanas que no te veo.
—He estado ocupado.
—Eso dices siempre.
—Porque siempre es verdad.
Susan negó con la cabeza.
—Mentiroso.
Alex sonrió.
—¿Cómo está tu nieta?
—Mucho mejor. Gracias por preguntar.
—Dale un abrazo de mi parte.
—Lo haré.
La conversación apenas duró un minuto. Después la mujer se despidió y continuó su camino.
Hannah observó la escena. No le dio demasiada importancia. North Harbour era así. Todo el mundo conocía a todo el mundo.
Un poco más adelante ocurrió otra vez. Un pescador que descargaba cajas junto al puerto levantó una mano.
—¡Mallory!
—Hola, Frank.
—¿Sigues debiéndome una revancha?
—Sigues perdiendo todas las anteriores.
—Eso es una respuesta muy fea.
—Es una respuesta honesta.
El hombre soltó una carcajada.
—Dile a Connor que la próxima vez no me humille jugando al ajedrez.
Connor sonrió inmediatamente.
—No prometo nada.
Frank se llevó una mano al pecho.
—Igual de cruel que el otro.
—Gracias —respondieron Alex y Connor al mismo tiempo.
Frank empezó a reírse mientras se alejaba.
Amanda observó la escena. Luego miró a Hannah. Hannah parecía distraída y pensativa. Como si estuviera intentando encajar algo. Porque aquello empezaba a repetirse.
Una camarera saludó a Alex desde una cafetería. Un repartidor levantó una mano al verlo pasar. Una anciana le preguntó por Tobías. Y Alex respondía a todos por su nombre. A todos. Sin excepción.
—Conoces a media población del pueblo —comentó Amanda.
—Solo a la mitad simpática.
—Entonces el porcentaje es mucho mayor de lo que pensaba.
Alex sonrió.
—Las estadísticas me respaldan.
—No creo que funcione así.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
Amanda negó con la cabeza.
—Ahora entiendo por qué David te soportaba tan poco.
—David me adoraba.
—David quería estrangularte.
—Eso también es cariño.
Amanda volvió a reír. Y algo en el estómago de Hannah se tensó ligeramente. Una sensación pequeña, ridícula. Pero real. Porque Amanda conocía cosas de Alex que ella no. Tenía historias, recuerdos, años enteros, años que ella se había perdido.
Y por primera vez desde que Amanda había llegado a North Harbour, aquello le molestó. No por Amanda. Amanda le caía bien. El problema eran los nueve años. Siempre terminaban siendo los nueve años de separación.
Ian, por su parte, aprovechó uno de los pocos momentos en que Alex se quedó hablando con un comerciante para acercarse a Hannah.
—Parece querido.
Hannah siguió observando a Alex.
—Siempre lo ha sido.
—No me refiero a eso.
Ella giró la cabeza. Ian parecía sinceramente sorprendido.
—La gente le busca. Le saluda. Le para por la calle.
—Es Alex.
—Eso no explica nada.
Hannah estuvo a punto de responder. Pero se detuvo. Porque, de repente, tampoco estaba segura de tener una explicación.
Cuando era pequeña todo el mundo quería a Alex. Cuando eran adolescentes todo el mundo quería a Alex. Y ahora parecía que seguía ocurriendo exactamente lo mismo. Pero había algo más. Algo que ella no alcanzaba a comprender todavía.
Alex regresó junto al grupo unos segundos después.
—¿Qué pasa?
—Nada —respondió Hannah demasiado rápido.
Alex entrecerró los ojos.
—Eso ha sonado sospechoso.
—Porque lo era.
—Gracias por la sinceridad.
—De nada.
Él sonrió. Y durante un instante Hannah se quedó mirándolo más tiempo del necesario. Había cambiado. Por supuesto que había cambiado. Era más maduro, seguro y tranquilo. La barba le daba un aspecto diferente. Los años habían suavizado algunas cosas y endurecido otras. Pero seguía reconociendo perfectamente al chico que había conocido toda su vida.