Fuego y Hielo

Capítulo 9: Parte 8

La Nave del Puerto

Una mala idea

La mañana había amanecido cubierta por un cielo gris. No llovía, todavía. Pero el aire olía a sal, a metal húmedo y a tormenta cercana.

Desde el aparcamiento del puerto, el sonido de las gaviotas se mezclaba con el de las grúas descargando mercancías y el rumor constante de las olas golpeando los muelles.

Alex apagó el motor de la camioneta sin apartar la vista del enorme recinto industrial que se extendía frente a ellos.

Durante unos segundos ninguno habló. Los dos contemplaban exactamente el mismo lugar. La nave del muelle siete. Exterior gris, sin ningún logotipo llamativo, sin movimiento excesivo. Precisamente por eso resultaba inquietante. Parecía un edificio cualquiera. Y, después de todo lo que habían descubierto sobre Bradford, ambos sabían que las cosas más peligrosas rara vez llamaban la atención.

Hannah rompió el silencio.

-Cada vez me gusta menos esta idea.

Alex sonrió de lado sin dejar de mirar la nave.

-Eso significa que probablemente sea una buena pista.

Ella soltó una pequeña risa por la nariz.

-No. Significa que probablemente sea una mala idea.

-También. -Giró la cabeza hacia ella. -Pero sigue siendo una buena pista.

Hannah negó lentamente.

-Sabes que entrar ahí sin una orden judicial es una locura.

-Lo sé.

-¿Y?

Alex se encogió de hombros con una naturalidad desesperante.

-Y sigo pensando que Bradford vino hasta aquí por algo.

Hannah observó de nuevo la nave. Habían revisado toda la documentación disponible. Todos los registros públicos, las licencias, los permisos... Todo parecía impecable. Demasiado impecable. Y esa era precisamente la clase de perfección que ya habían aprendido a desconfiar.

-Hay demasiadas cámaras. -murmuró.

Alex siguió la dirección de su mirada. Una, dos, cuatro, seis. Contó al menos ocho antes de dejar de buscar.

-Para ser un almacén logístico, sí.

-Y los vigilantes hacen recorridos demasiado cortos.

Alex sonrió. Aquello era exactamente lo que esperaba escuchar. Porque Hannah no estaba diciendo que no. Estaba analizando cómo entrar.

-¿Cuánto tardan? -preguntó.

Ella continuó observando. No respondió inmediatamente. Esperó a que uno de los vigilantes desapareciera detrás de una fila de contenedores y miró el reloj. Treinta segundos después volvió a aparecer por el otro extremo.

-Tres minutos y medio.

Alex asintió despacio.

-Eso deja una ventana abierta.

-Muy pequeña.

-Es suficiente.

Hannah cruzó los brazos. Lo conocía demasiado bien. Aquella expresión tranquila. Aquellos ojos verdes brillando de una manera muy concreta. La ligera sonrisa que aparecía cada vez que encontraba un rompecabezas nuevo. No era temeridad. Era entusiasmo. El mismo entusiasmo que tenía de adolescente cuando encontraban una puerta cerrada en un edificio abandonado y él decía que probablemente escondiera algo interesante. Hannah no pudo evitar sonreír.

-Acabas de poner esa cara.

Alex arqueó una ceja.

-¿Qué cara?

-La de "alguien intenta ocultar algo y necesito saber qué es".

Él bajó la vista durante un instante.

-¿Tan evidente soy?

-Conmigo siempre lo has sido.

La respuesta escapó de los labios de Hannah antes de que pudiera pensarla. Los dos quedaron en silencio. No era un silencio incómodo. Era uno de esos momentos en los que un recuerdo compartido aparecía sin pedir permiso.

Alex sonrió con una calidez difícil de esconder.

-Supongo que sí.

Hannah apartó la mirada hacia la nave. Necesitaba volver a concentrarse. Porque, durante un instante, había dejado de estar en el puerto. Había vuelto a tener diecisiete años. Y eso era peligroso por motivos completamente distintos. Respiró hondo.

-De acuerdo. Volvamos al presente.

Alex recuperó inmediatamente el tono profesional.

-¿Qué ves?

Hannah recorrió el recinto con la mirada.

-Demasiada seguridad para una empresa que mueve mercancía ordinaria.

Señaló discretamente la entrada principal.

-Control de matrículas, acceso con tarjeta, registro manual de entradas y personal privado armado con defensas extensibles. No es normal.

Alex siguió observando.

-Los camiones tampoco cuadran.

-¿Por qué?

-Llegan medio vacíos. Salen completamente cerrados.

Hannah frunció el ceño.

-Eso no demuestra nada.

-Todavía no.

Se hizo un breve silencio.

Alex respiró profundamente el aire salado del puerto. Aquella sensación le resultaba extrañamente familiar. No era la adrenalina.Era la curiosidad. La necesidad de levantar una piedra porque alguien parecía empeñado en que nadie la moviera. Hacía tiempo que no se sentía así. Y casi había olvidado cuánto le gustaba.

Hannah lo observó de reojo. Reconocía esa versión de Alex. La que desaparecía durante horas siguiendo una intuición. La que volvía a casa cubierto de polvo y con una sonrisa imposible de borrar porque había encontrado una pista que nadie más había visto. La había echado de menos. Muchísimo más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

-Estás disfrutando. -dijo con una media sonrisa.

Alex la miró sorprendido.

-¿Se nota tanto?

-Muchísimo.

Él soltó una risa baja.

-Lo siento.

-No te disculpes. -Hannah negó despacio. -Creo que había olvidado esa cara.

Alex permaneció inmóvil unos segundos. Aquella frase significaba mucho más de lo que parecía.Pero ninguno quiso explicarla. No hacía falta.

Tobías, que había permanecido tumbado junto al coche, se levantó y se acercó a ellos moviendo lentamente la cola.

Alex le acarició la cabeza sin apartar la vista de la nave.

-¿Qué opinas, compañero?

El perro emitió un leve resoplido. Hannah sonrió.

-Él también cree que es una mala idea.

-No. -respondió Alex. -Creo que piensa que tendremos que correr.




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