Fuego y Hielo

Capítulo 9: Parte 9

Celos y Verdades

El motor de la camioneta se apagó con un leve traqueteo.

Durante unos segundos ninguno de los dos hizo el menor movimiento.

Después de la infiltración en el puerto, de la persecución entre contenedores y de la adrenalina que todavía parecía recorrerles las venas, el silencio resultaba casi extraño. No era incómodo. Era el silencio que siempre llegaba cuando el peligro terminaba y ambos necesitaban volver a aterrizar.

Alex apoyó las manos sobre el volante y dejó escapar el aire lentamente.

—Creo que oficialmente podemos tachar "entrar ilegalmente en instalaciones privadas" de la lista de buenas ideas.

Hannah soltó una risa cansada.

—¿Oficialmente? —giró la cabeza hacia él. —Porque juraría que llevas años convencido de que es una idea excelente.

Alex sonrió de lado.

—No es una buena idea. —hizo una pausa teatral. —Es una idea muy eficaz.

Ella negó con la cabeza.

—Algún día vas a conseguir que me suspendan de empleo y sueldo.

—No mientras yo pueda evitarlo.

La respuesta salió con tanta naturalidad que ninguno de los dos pareció darse cuenta de lo que implicaba. Alex fue el primero en reaccionar. Carraspeó ligeramente.

—Bueno... ya sabes lo que quiero decir.

Hannah lo observó unos segundos. Sí. Sabía exactamente lo que quería decir. Y también sabía que seguía intentando esconder cada gesto de cariño detrás de una explicación lógica. Como si aún creyera que eso lo protegía.

Alex salió primero del vehículo.

El aire del atardecer era fresco y olía a sal.

Rodeó el capó mientras Hannah descendía de la camioneta. Solo entonces ella alzó la vista y sonrió con sorpresa.

—¿Me has traído aquí a propósito?

Frente a ellos, iluminado por la luz anaranjada del final de la tarde, se alzaba el viejo mural. El mismo que habían pintado juntos siendo adolescentes. El mismo que seguía resistiendo al viento, a la lluvia y al paso del tiempo.

Alex siguió la dirección de su mirada.

—En realidad… —se rascó la nuca con cierta timidez. —Solo quería comprobar que no nos seguían.

Hannah arqueó una ceja.

—Mentiroso.

Él soltó una risa baja.

—Un poco.

Comenzaron a caminar despacio hasta colocarse frente al mural. Durante unos instantes ninguno habló. Había algo casi sagrado en aquel lugar. Como si las versiones de quince años de ambos siguieran escondidas entre aquellas pinceladas.

Hannah recorrió la pintura con la yema de los dedos. Todavía recordaba perfectamente la discusión que habían tenido sobre el color del cielo. Alex insistía en que debía ser más oscuro. Ella decía que el amanecer siempre era más bonito que la noche. Al final habían mezclado ambas ideas. Como casi siempre.

Sonrió sin darse cuenta.

—Nunca aprendiste a pintar nubes.

Alex fingió indignarse.

—Perdona. Esas nubes tenían muchísimo carácter.

—Parecían patatas flotando.

—Patatas artísticas.

Ella rió. Una risa limpia y espontánea. Hacía mucho tiempo que no se reía así.

Alex la observó unos segundos más de lo necesario. Había echado de menos aquel sonido. Muchísimo. Demasiado. Apartó la vista antes de que ella pudiera descubrirlo.

—¿Qué? —preguntó Hannah.

—Nada.

—Alex...

Él negó con la cabeza.

—Solo estaba pensando.

—Eso nunca acaba bien.

—Normalmente no.

Volvió a hacerse el silencio. Esta vez más largo, más tranquilo.

El mar rompía suavemente contra el espigón cercano. Una gaviota sobrevoló el puerto. La luz empezaba a desaparecer poco a poco.

Hannah respiró hondo. Había algo que llevaba todo el día dando vueltas en su cabeza. Y, por primera vez desde que regresó a North Harbour, sintió que ya no quería seguir callándoselo. Giró ligeramente hacia él.

—Por cierto...

Alex ni siquiera necesitó mirarla. Reconocía perfectamente aquel tono. Sonrió con resignación.

—Mala señal.

—Muy mala.

—¿Qué he hecho ahora?

Ella cruzó los brazos. Intentando parecer seria. Fracasó antes de empezar.

—Las mujeres de Boston.

Alex cerró los ojos un segundo.

—Hannah… ¿Otra vez?

—No. No cambies de tema.

—No iba a cambiar de tema.

—Ibas exactamente a cambiar de tema.

Él suspiró.

—Lo estaba valorando.

Ella sonrió con una satisfacción infantil.

—Lo sabía.

Alex terminó apoyándose contra el muro del mural.

—Vale. Dispara.

Hannah bajó la mirada durante un instante. Cuando volvió a levantarla ya no quedaba rastro de la broma.

—Amanda habló de varias mujeres.

Alex permaneció callado.

—No parecías precisamente... solo en esa época.

Él tardó unos segundos en responder. No porque no supiera qué decir. Sino porque estaba intentando encontrar las palabras correctas.

—No fui un monje.

La sinceridad de la respuesta la sorprendió. No buscó excusas. No intentó minimizarlo. Simplemente dijo la verdad.

—Conocí mujeres. Salí con algunas. Ninguna duró demasiado… Intenté seguir adelante.

Aquella última frase hizo mucho más daño que las anteriores. Porque Hannah comprendió algo. Él no había dejado de vivir durante aquellos nueve años. Igual que ella. Los dos habían intentado reconstruirse. Solo que ninguno lo había conseguido del todo.

Alex respiró despacio.

—Y ahora te toca a ti.

Ella levantó la vista.

—¿Perdón?

—No puedes interrogarme y luego esconderte.

Hannah soltó una risa nerviosa.

—Eso suena muy injusto.

—Lo es. Pero también es justo.

Ella negó con la cabeza.

—Qué contradictorio eres.

—Llevo toda la vida siendo contradictorio contigo.

No pudo discutirlo. Permanecieron unos segundos mirándose. Hasta que Hannah habló.

—Sí. Estuve con Ian.

Alex mantuvo la expresión completamente neutra. O al menos eso intentó.

—Y antes de Ian… —continuó ella. —También salí con otras personas. Alguna cita que no llegó a ninguna parte. Algún intento de convencerme de que podía empezar de nuevo.




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