El Hombre que Observa
La noche había terminado de caer sobre North Harbour cuando Alex dejó atrás la calle donde vivían Hannah y Connor.
Después volvió a por su camioneta y la aparcó en el aparcamiento del Club Náutico.
Caminaba despacio. Sin prisa. Con las manos en los bolsillos de la chaqueta y una sonrisa que aparecía y desaparecía sin que pudiera evitarlo.
Todavía seguía reviviendo fragmentos de aquella conversación.
"Te habría dicho que sí."
Quince años. Quince años imaginando respuestas que nunca llegaron. Y, sin embargo, allí estaban. Habían sobrevivido al orgullo, a la distancia, a los malentendidos.
Y, por primera vez desde que Hannah regresó al pueblo, Alex sentía que el futuro dejaba de parecer una puerta cerrada.
Mientras avanzaba por el paseo del puerto, levantó la vista hacia las luces reflejadas sobre el agua.
El North Harbour nocturno tenía algo especial. El murmullo de las olas amortiguaba cualquier otro sonido y convertía el puerto en un lugar casi íntimo.
Su velero esperaba balanceándose suavemente en el pantalán.
Hogar. Siempre había significado eso para él.
Pero aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, no era el único lugar que asociaba con esa palabra.
Había dado apenas tres pasos sobre la madera del embarcadero cuando su instinto hizo que frenara en seco.
Había alguien esperándolo.
Apoyado con aparente tranquilidad contra una de las pilastras del pantalán con traje oscuro, las manos en los bolsillos, la mirada fija en el mar.
Ian Sullivan.
Alex dejó de sonreír. No hizo ningún gesto de sorpresa. Simplemente siguió caminando hasta detenerse a unos tres metros de él.
Durante varios segundos ninguno habló. Solo se observaron.
Alex dejó que el silencio trabajara por él. Era una vieja costumbre. La mayoría de las personas intentaban llenarlo. Los mentirosos, más todavía.
Ian fue el primero en romperlo.
—Bonito barco.
Alex apoyó una mano sobre la barandilla del velero.
—Lo suficiente para no querer venderlo.
Ian sonrió. Una sonrisa correcta y educada. La misma que había utilizado durante la comida con Hannah. Pero algo era distinto. Ya no estaba interpretando para nadie. Sus ojos no sonreían.
Alex lo percibió inmediatamente.
Había una frialdad cuidadosamente escondida detrás de aquella expresión impecable. Una ausencia total de espontaneidad. Como si cada músculo de su rostro hubiera aprendido exactamente cuándo debía moverse. Interesante.
—Supongo que no has venido a hablar de navegación. —comentó Alex.
Ian dejó escapar una risa suave.
—No. La verdad es que no.
Otro silencio.
Alex seguía observándolo, respiración estable, hombros relajados, demasiado relajados. No había tensión. Había preparación.
Ian había ensayado aquella conversación antes de llegar. No sabía por qué. Pero lo sabía.
Ian, mientras tanto, realizaba exactamente el mismo ejercicio. Mallory no era como lo había imaginado. Esperaba encontrar a un hombre impulsivo más emocional y más fácil de provocar.
En cambio, tenía delante a alguien que llevaba analizándolo desde el primer segundo. No buscaba responder. Buscaba entender. Eso complicaba las cosas. Bastante.
Ian inclinó ligeramente la cabeza.
—Connor habla mucho de ti.
Alex no modificó un solo gesto.
—Es un buen chico.
—Lo es. —Ian dejó que la frase muriera antes de continuar. —Le caes muy bien.
—El sentimiento es mutuo.
Otra pausa.
Ian esperaba una reacción. Celos, orgullo, necesidad de marcar territorio. No encontró nada. Solo calma.
Alex seguía sin responder a las palabras. Respondía al comportamiento. Y eso hizo que Ian reajustara su estrategia.
—Me sorprende la facilidad con la que habéis conectado. —dijo finalmente.
Alex se encogió apenas de hombros.
—A veces ocurre.
—No suele ocurrir tan deprisa.
—Depende de las personas.
Ian sonrió otra vez. Aquella vez fue una sonrisa más pequeña más auténtica. No de simpatía, de reconocimiento.
Mallory era mejor de lo que esperaba. Mucho mejor.
Alex apoyó el peso del cuerpo sobre una pierna.
—Ahora me toca a mí hacer una pregunta.
Ian hizo un leve gesto con la mano.
—Adelante.
—¿Qué buscas realmente en North Harbour?
La sonrisa de Ian permaneció intacta. Pero Alex detectó un detalle, una pausa. Apenas medio segundo. Demasiado breve para cualquiera. Suficiente para él.
—Ya lo sabes. —respondió Ian. —He venido por Hannah.
Alex negó despacio.
—No. Has venido diciendo que has venido por Hannah. No es lo mismo.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Ian sostuvo la mirada. No parecía molesto. Parecía... intrigado.
—¿Siempre analizas así a todo el mundo? —preguntó.
—Solo cuando tengo motivos.
—¿Y yo te doy motivos?
Alex respondió sin apartar los ojos de los suyos.
—Todavía no lo sé. Pero mi intuición dice que sí.
Ian bajó la vista durante un instante al agua oscura del puerto. Después volvió a levantarla. Había desaparecido el hombre cordial, el ejecutivo amable, el exnovio educado.
Lo que quedaba delante de Alex era alguien mucho más contenido, más frío, más preciso. Como una partida de ajedrez que acababa de comenzar.
—Entonces tu intuición y la mía tienen algo en común. —dijo Ian con serenidad.
—¿Ah, sí?
—Las dos creen que esta conversación es mucho más importante de lo que parece.
Alex sonrió por primera vez desde que había llegado. No era una sonrisa amistosa. Era la sonrisa de un investigador que acababa de confirmar una sospecha.
Ian no había ido allí para hablar de Hannah. Había ido a medirlo.
Y, mientras lo observaba con atención, Alex tuvo una certeza silenciosa. No sabía qué escondía Ian Sullivan. Pero estaba completamente convencido de una cosa. Aquel hombre llevaba demasiado tiempo acostumbrado a ocultar quién era de verdad. Y las personas que viven detrás de una máscara casi nunca tienen un único secreto.