Hogar
El apartamento estaba en silencio.
No era un silencio incómodo, sino de esos que solo existen cuando un día ha sido demasiado intenso y las paredes parecen invitar a bajar la voz.
Hannah cerró la puerta con suavidad detrás de ellos y dejó las llaves sobre el pequeño mueble del recibidor.
Connor entró el primero.
Tobías lo adelantó inmediatamente, recorriendo el salón con el entusiasmo de quien vuelve a un lugar conocido. Olisqueó el sofá, dio una vuelta alrededor de la mesa de centro y terminó dejándose caer sobre la alfombra con un resoplido satisfecho.
—Inspección superada —comentó Hannah mientras se quitaba el bolso.
El perro levantó la cabeza un instante y movió la cola, como si aceptara el cumplido.
Connor soltó una carcajada.
—Creo que dice que todo está en orden.
—Menos mal. Estaba muy preocupada.
El niño dejó la mochila junto al sofá y entonces recordó algo. Sus ojos se iluminaron.
—¡La foto!
Hannah dirigió la mirada hacia la bolsa de papel que había dejado sobre la mesa del comedor al entrar. Durante unos segundos no se movió. Sabía perfectamente lo que había dentro.
De camino a casa había hecho una única parada. Había entrado en una pequeña tienda de fotografía casi por impulso.
Mientras esperaba, había observado aquella imagen durante varios minutos. Después había pedido algo muy sencillo.
—¿Podrían recortar los laterales?
La dependienta le había sonreído.
—Claro.
No había dado más explicaciones. No hacía falta.
Cuando el nuevo revelado estuvo listo, Ian y Amanda habían desaparecido de la imagen. Solo quedaban quienes realmente importaban. Connor, Alex y ella. Tres sonrisas espontáneas. Tres personas caminando juntas junto al puerto. Tres personas que parecían pertenecer a la misma historia.
Hannah abrió ahora la bolsa y sacó cuidadosamente el marco de madera clara.
Connor se acercó enseguida.
—Ha quedado mucho mejor.
Ella sonrió.
—Sí. Mucho mejor.
Se quedaron contemplándola en silencio.
Había algo extraño en aquella fotografía. No estaba preparada. Nadie miraba directamente a la cámara. Connor se estaba riendo de algo que Alex acababa de decir. Alex tenía la cabeza ligeramente girada hacia Hannah. Y ella… miraba a Alex.
No se había dado cuenta hasta ese momento. Ni siquiera estaba mirando a la cámara. Le estaba mirando a él.
Sintió un calor suave extenderse por el pecho. Aquella imagen transmitía algo que llevaba demasiado tiempo sin sentir. Paz.
Sin decir una palabra, caminó hasta la estantería situada junto al sofá. Apartó un pequeño faro de cerámica que Connor le había regalado un verano. Colocó el marco en su lugar.
Retrocedió un par de pasos. Lo observó desde distintos ángulos. Asintió despacio. Aquel era exactamente su sitio.
Connor apareció a su lado.
—¿La vas a dejar ahí?
—Sí.
—¿En el salón?
—Sí.
El niño frunció ligeramente el ceño, más curioso que sorprendido.
—¿Por qué?
Hannah mantuvo la vista fija en la fotografía unos segundos antes de responder.
—Porque me gusta verla.
Fue una respuesta sencilla y honesta. Sin grandes discursos.
Connor siguió observando el marco. Después la miró a ella.
—Parece una foto de familia.
Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Tiempo atrás, Hannah habría sentido la necesidad de corregirlo, de explicar, de poner límites. Aquella noche no. Simplemente volvió a mirar la fotografía.
—Supongo que sí lo parece.
Connor sonrió de oreja a oreja.
—A mí también me lo parece.
Hannah desvió la mirada hacia él. Había tanta ilusión en aquellos ojos marrones que resultaba imposible no contagiarse. Le revolvió el pelo con cariño.
—Entonces se queda aquí.
Connor asintió con decisión.
—Me gusta que esté donde podamos verla todos los días.
Ella sintió un pequeño nudo en la garganta. Porque acababa de darse cuenta de algo. No había colocado aquella fotografía para decorar el salón. La había colocado porque, cada vez que la miraba, sentía que las piezas de su vida empezaban a encajar otra vez. Y ya no quería esconder esa sensación.
—¿Vemos una peli? —preguntó Connor.
—Película.
—¿Con palomitas?
—Eso ni se pregunta.
Connor levantó los brazos en señal de victoria.
—¡Sí!
Los dos entraron en la cocina.
Mientras Hannah preparaba las palomitas, Connor sacó dos refrescos de la nevera.
Tobías apareció unos segundos después, atraído por el inconfundible olor del maíz.
Se sentó junto a Connor con la elegancia de quien fingía no estar interesado.
—Ni lo intentes.
El perro ladeó la cabeza.
—No vas a convencerme con esa cara.
Tobías movió la cola. Hannah rompió a reír.
—Tiene mucha práctica.
—Muchísima.
El microondas anunció que las palomitas estaban listas. El aroma a mantequilla inundó la cocina.
Connor cogió el bol todavía caliente.
—Yo llevo las provisiones.
—Con cuidado, comandante.
—Siempre.
Regresaron al salón.
Connor se acomodó en una esquina del sofá.
Hannah apagó la luz principal y dejó encendida únicamente la lámpara de pie que iluminaba el rincón con una luz cálida.
El ambiente cambió por completo. Era más tranquilo y más íntimo.
Tobías dio un par de vueltas antes de tumbarse frente al sofá.
Justo donde siempre acababan descansando sus patas delanteras.
Connor sonrió al verlo instalarse.
—Ya está.
—¿Qué?
—Ahora sí estamos todos.
Hannah lo miró divertida.
—¿Todos?
El niño señaló al perro.
—Claro. Faltaba Tobías.
Hannah negó con la cabeza mientras se acomodaba junto a él.
Connor, casi por costumbre, apoyó la cabeza sobre su hombro. Ella pasó un brazo alrededor de él. El niño suspiró satisfecho.