Flashback
Año 2011
Alex y Hannah 16 años
La noche que pudo cambiarlo todo
El centro cívico de North Harbour era un pequeño caos organizado. Escaleras apoyadas contra las paredes. Cajas llenas de farolillos de papel. Guirnaldas de flores esperando ser colgadas. Un equipo de sonido que alguien intentaba hacer funcionar golpeándolo con demasiada confianza.
Y, en medio de todo aquello, adolescentes entrando y saliendo con la energía despreocupada de quienes todavía creen que el verano puede durar para siempre.
Cada año el baile de disfraces era uno de los acontecimientos más esperados del pueblo. No importaba que todos se conocieran desde pequeños. Aquella noche siempre parecía tener algo especial.
Hannah estaba subida en una escalera, intentando colocar una hilera de luces blancas alrededor de una de las vigas del salón.
Fruncía ligeramente el ceño mientras medía la distancia entre una bombilla y otra.
—Cinco centímetros más a la izquierda —dijo.
Abajo, Eleanor levantó la vista.
—¿Cinco centímetros o seis?
—Cinco.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Eleanor soltó una risa.
—Algún día entenderé cómo eres capaz de ver esas cosas.
—Cuando las luces queden torcidas te alegrarás de que las vea.
—O quizá nadie lo note.
Hannah bajó un escalón para observar el conjunto. Negó con convicción.
—Yo sí.
—Eso ya lo suponía.
Las dos terminaron riéndose.
Cuando Hannah volvió al suelo, se apartó un mechón de cabello de la frente con el dorso de la mano y contempló el salón.
Todavía faltaba bastante trabajo. Pero ya empezaba a parecer el escenario de un baile de verano.
—Va quedando bonito —admitió.
—Mucho.
Eleanor abrió otra caja. Dentro había pequeñas flores de tela para decorar las mesas.
Mientras las repartía, lanzó una mirada divertida a su amiga.
—Oye...
Hannah levantó la vista.
—¿Qué?
—¿Es verdad que Miles quiere invitarte al baile?
Ella siguió colocando flores sobre una mesa sin alterar el ritmo.
—Eso dicen.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Hannah… —Eleanor apoyó las manos en la cintura. —No me hagas interrogatorio policial.
—Todavía no soy policía.
—Son detalles.
Hannah sonrió.
—Solo me ha dicho que quizá me lo pregunte.
—¿Y si lo hace?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Pues dependerá de cómo lo haga.
Eleanor resopló.
—Contigo siempre depende de algo.
—Porque las cosas importantes deben pensarse.
—Hablas como si fueras una señora de ochenta años.
Hannah le sacó la lengua.
—Muy madura por tu parte.
—Lo sé.
Continuaron trabajando unos minutos más.
Al otro extremo del salón, varios chicos colocaban focos sobre una estructura metálica.
Entre ellos estaba Alex.
Subido a una escalera, desenredaba un cable mientras fingía prestar toda su atención al trabajo.
En realidad, llevaba varios minutos escuchando la conversación de Hannah y Eleanor.
Y una sonrisa empezaba a dibujarse en su cara. No porque quisiera espiarlas. Simplemente... Hannah hablaba lo bastante alto como para que media sala pudiera oírla.
—Entonces... —insistió Eleanor—. ¿Vas a darle una oportunidad?
Hannah dejó la caja sobre una mesa.
—Si me invita a salir… —Se cruzó de brazos. —Tendrá que ganársela.
Eleanor arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—Tengo una regla.
—Eso ya me preocupa.
—Tres citas.
—¿Tres?
—Tres.
Eleanor soltó una carcajada.
—¿Qué significa exactamente eso?
Hannah respondió con una seguridad absoluta, como si llevara semanas reflexionando sobre aquella teoría.
—Significa que no voy a besar a ningún chico antes de la tercera cita.
—¿Y por qué tres?
—Porque cualquiera puede preparar una buena primera cita.
Hizo una pausa mientras colocaba un centro de mesa.
—Incluso una segunda.
—¿Y la tercera?
—La tercera demuestra interés de verdad.
Eleanor seguía escuchándola con una mezcla de curiosidad y diversión.
—Explícate.
Hannah levantó tres dedos.
—Primera cita. Sonríes. Todo es nuevo. Todos intentan impresionar. —bajó un dedo. —Segunda cita. Todavía puede ser ilusión. O simple curiosidad. —bajó otro. —Pero si alguien sigue queriendo verte una tercera vez… Entonces significa que está dispuesto a esforzarse. Que quiere conocerte de verdad. Que no solo le gustas por cómo te ves. Le importas tú.
Eleanor permaneció unos segundos en silencio.
—Eso es... sorprendentemente lógico.
Hannah sonrió con satisfacción.
—Lo sabía.
—Aunque también es un poco complicado.
—Las cosas importantes requieren tiempo.
—¿Y si un chico quiere besarte antes?
Hannah negó con firmeza.
—Entonces tendrá que esperar.
—¿Y si se cansa?
Ella respondió sin vacilar.
—Entonces no era el chico adecuado.
Al otro lado del salón, Alex dejó de desenredar el cable.
Apoyó un codo sobre la escalera.
Una expresión entre divertida e incrédula apareció en su rostro.
Miró a Michael, que trabajaba a su lado.
—¿Has oído eso?
Michael levantó la cabeza.
—¿El qué?
Alex señaló discretamente hacia Hannah.
—La teoría de las tres citas.
Michael escuchó un instante. Después soltó una risa.
—Pobre Miles.
Alex también rió. Pero había algo más detrás de aquella sonrisa. Curiosidad. Desafío. Y una idea que acababa de instalarse en su cabeza con absoluta claridad.
—Tres citas...
Murmuró para sí.
Negó despacio.
—Eso habrá que discutirlo.
Sin darse cuenta, sus ojos buscaron a Hannah.
Ella seguía hablando con Eleanor, completamente convencida de su teoría.
Alex sonrió de lado. Conocía esa expresión. Era la misma que ponía cada vez que estaba segura de tener razón.