Fuego y Hielo

Capítulo 10: Parte 1

El despertar de Hannah

El despertador sonó a las siete en punto.

Por primera vez en muchísimo tiempo, Hannah abrió los ojos antes incluso de que comenzara la segunda alarma. Permaneció unos segundos inmóvil, observando el techo de su habitación mientras la luz tenue del amanecer empezaba a colarse entre las cortinas.

No había sobresaltos. No había ese peso familiar que llevaba años acompañándola al despertar. Ni culpa ni miedo ni aquella conversación interminable consigo misma en la que siempre intentaba convencerse de que estaba haciendo lo correcto.

Solo había calma. Una paz tan sencilla que casi le resultaba extraña.

Sonrió sin darse cuenta.

La conversación frente al mural volvió a aparecer en su memoria, el abrazo, las risas, la confesión de los dos, el recuerdo de los dieciséis años. El beso que nunca llegó.

Y, sobre todo, una frase.

"Entre nosotros no hay reglas."

Cerró los ojos un instante. No porque quisiera volver a recordar la noche anterior. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, ya no necesitaba hacerlo para saber cómo se sentía.

Seguía enamorada de Alex. Lo había aceptado. Y, sorprendentemente, reconocerlo no había complicado su vida. La había simplificado.

Se levantó con una energía que hacía años que no sentía.

Mientras abría las ventanas del apartamento, una brisa salada entró desde el puerto, llenando la casa con el olor del mar.

Inspiró profundamente.

-Buenos días, North Harbour -murmuró para sí.

Entró en la cocina. Puso agua a calentar para el café. Sacó pan, fruta y cereales para Connor.

Sin darse cuenta empezó a tararear una melodía. La misma canción que Alex llevaba días silbando por la comisaría.

Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo soltó una pequeña risa.

-Muy discreta, Hannah...

Negó con la cabeza mientras seguía preparando el desayuno.

Lejos de avergonzarse, la sonrisa volvió a aparecer sola.

Cogió una taza del armario. Después otra. Se quedó mirándola un segundo. Parpadeó.

-No...

Dejó la segunda taza otra vez en su sitio entre risas.

-Todavía no.

Aquello la hizo sonrojarse ligeramente. No estaba imaginando un futuro imposible. Solo había sido un gesto automático. Y, curiosamente, no le dio miedo. Le dio ternura.

-¿Mamá?

La voz somnolienta de Connor llegó desde el pasillo.

Hannah se giró justo cuando el niño apareció con el pelo completamente revuelto y los ojos todavía medio cerrados.

-Buenos días, dormilón.

Connor bostezó.

-Cinco minutos más...

-Eso decías hace diez minutos.

-Entonces tenía razón.

Ella soltó una carcajada.

-Ven aquí.

Connor se acercó arrastrando los pies. Hannah le revolvió el flequillo con cariño antes de darle un beso en la cabeza.

Él la observó unos segundos. Luego volvió a observarla. Frunció ligeramente el ceño.

-¿Qué pasa? -preguntó Hannah.

Connor ladeó la cabeza.

-Estás rara.

Ella arqueó una ceja.

-Espero que eso no sea un cumplido.

-No...

El niño sonrió.

-Es mejor.

Hannah dejó la cuchara sobre la encimera.

-¿Ah, sí?

Connor asintió con absoluta seguridad.

-Llevas sonriendo toda la mañana.

Ella intentó responder con naturalidad.

-¿Solo esta mañana?

-No. Ayer también. Y anoche. Y mientras hacías las palomitas. Y cuando pusiste la foto en el salón.

Hannah sintió cómo el corazón le daba un pequeño vuelco.

-Me observas demasiado.

Connor se encogió de hombros.

-Es difícil no hacerlo. Sigues sonriendo.

Ella negó divertida.

-No sonrío tanto.

Connor la miró como si acabara de decir la mayor tontería del mundo.

-Acabas de volver a hacerlo.

Instintivamente, Hannah intentó borrar la sonrisa. Duró exactamente dos segundos.

Los dos terminaron riéndose.

-Vale... quizá un poco.

-Mucho.

-Exagerado.

-Muchísimo.

Ella se acercó y le dio un suave toque con el dedo en la nariz.

-No sabía que vivía con un pequeño detective.

Connor sonrió con orgullo.

-Estoy aprendiendo de los mejores.

Hannah sintió una punzada de emoción.

Qué fácil era todo cuando dejaba de luchar contra sí misma.

Mientras desayunaban, Connor no dejó de observarla de reojo.

Cada vez que Hannah creía que estaba distraído, descubría que seguía mirándola.

-¿Qué?

Connor negó despacio.

-Nada.

-Connor...

-Solo... -dudó unos segundos. -Me gusta cuando estás así.

Aquellas palabras la desarmaron por completo.

-¿Así cómo?

-Contenta.

Hannah bajó la vista hacia su taza de café.

Durante años había intentado proteger a su hijo de muchas cosas, del dolor, de las dudas y de los silencios.

Y ahora descubría que Connor siempre había sabido leerla mucho mejor de lo que ella imaginaba.

Le tendió la mano por encima de la mesa. Connor la cogió enseguida.

-Voy a intentar estar así más a menudo.

El niño sonrió.

-Me parece un buen plan.

-¿Sí?

-Sí. Porque cuando tú sonríes... -hizo una pequeña pausa. -La casa también parece sonreír.

Hannah tragó saliva. Aquella frase era demasiado bonita para un niño de ocho años. Apretó suavemente su mano.

-¿Sabes una cosa?

-¿Qué?

-Creo que hoy va a ser un buen día.

Connor sonrió con esa convicción absoluta que solo tienen los niños.

-Yo también.

Y, por primera vez desde que había regresado a North Harbour, Hannah descubrió que no estaba sonriendo por recordar el pasado. Estaba sonriendo porque, por fin, volvía a tener ganas de vivir el presente.

La llamada de Eddie

Hannah salió del edificio con el bolso colgado del hombro y las llaves del coche en una mano. El aire de la mañana era fresco y el puerto empezaba a llenarse de vida. Los primeros pescadores regresaban a tierra mientras algunos comercios levantaban sus persianas y el olor a pan recién hecho escapaba de la pequeña panadería de la esquina.




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