Fuego y Hielo

Capítulo 10: Parte 3

La mañana había avanzado deprisa.

Después de revisar varios informes relacionados con el caso Bradford, Hannah y Alex salieron de la comisaría para entrevistar al responsable de una pequeña empresa de suministros que había aparecido mencionada en uno de los registros financieros de Bradford.

No era una diligencia especialmente emocionante. Pero ambos agradecían cualquier excusa para salir del despacho.

Alex abrió la puerta de la camioneta para que Hannah subiera primero.

—Gracias.

—No te acostumbres.

Ella arqueó una ceja mientras se colocaba el cinturón.

—¿Ah, no?

—No. Porque luego me tocará hacerlo siempre.

Hannah soltó una carcajada.

—Eso sonaba más a promesa que a amenaza.

Alex arrancó el motor mientras negaba con una sonrisa.

—Puede que sí.

La camioneta abandonó el aparcamiento de la comisaría y tomó la carretera que bordeaba el puerto.

Durante los primeros minutos hablaron del caso; repasaron declaraciones; hipótesis y horarios.

Alex comentaba una contradicción encontrada en uno de los testimonios mientras Hannah revisaba varias anotaciones en una carpeta apoyada sobre las piernas.

Todo fluía con una naturalidad casi olvidada. Trabajaban igual que cuando eran adolescentes y soñaban con resolver casos juntos. Se interrumpían. Terminaban las frases del otro. Discutían teorías sin que ninguna opinión sonara como una crítica.

Era exactamente el equipo que siempre habían imaginado ser.

En un semáforo, Alex bajó ligeramente el volumen de la radio. Sonaba una vieja canción de North Harbour. Sonrió sin darse cuenta.

Hannah lo observó de reojo.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso significa que sí pasa algo.

—Simplemente estaba pensando… —hizo una breve pausa. —¿Te das cuenta de que uno de nuestros sueños ya se está cumpliendo?

Ella dejó la carpeta sobre las piernas.

—¿Cuál?

Alex señaló alternativamente a la carretera y a ella.

—Este. Trabajar juntos. Resolver casos juntos.

Hannah permaneció unos segundos en silencio. Después sonrió con una ternura imposible de esconder.

—Es verdad.

—Y resulta que funcionamos bastante mejor de lo que recordaba.

Ella fingió indignarse.

—¿Insinúas que alguna vez dudaste de mí?

—Jamás. Solo dudaba de que fueras capaz de soportarme ocho horas seguidas.

—Créeme. Sigue siendo un reto.

Alex soltó una risa.

—Lo imaginaba.

El semáforo cambió a verde.

La conversación continuó entre bromas, pequeños recuerdos de la academia y comentarios sobre Connor, que aquella mañana había insistido en enseñarle a Tobías un truco nuevo con una pelota.

Hannah hablaba relajada. Sin medir las palabras. Sin pensar constantemente qué podía decir y qué debía callar. Hasta que, poco a poco, su sonrisa se volvió más serena.

Miró por la ventanilla. Respiró hondo. Sabía que había algo que debía contarle. No porque necesitara pedirle permiso. Ni porque buscara su aprobación. Sino porque ya no quería volver a construir una relación importante sobre silencios.

Giró ligeramente la cabeza hacia él.

—Alex...

Él apartó un instante la vista de la carretera.

—¿Sí?

—Quiero contarte una cosa antes de que te enteres por otra persona.

Su tono hizo que Alex bajara automáticamente el volumen de la radio.

—Te escucho.

Hannah apoyó las manos sobre la carpeta. No estaba nerviosa. Solo quería encontrar las palabras adecuadas.

—Esta mañana me ha llamado Ian.

Alex no hizo ningún comentario. Continuó conduciendo. Esperando.

—Me ha pedido que comamos juntos.

Silencio.

La camioneta siguió avanzando por la carretera costera. El sonido del motor pareció hacerse más presente.

Hannah observó el perfil de Alex. Él mantenía la vista fija en el asfalto. Su expresión no reflejaba enfado. Ni decepción. Solo una concentración repentina. Como si necesitara unos segundos para ordenar aquello que acababa de escuchar.

Ella no añadió nada. Sabía que no debía llenar aquel silencio. Porque, por primera vez, ya no era un silencio de distancia. Era un silencio de confianza.

Alex respiró despacio. Sus dedos ajustaron ligeramente el volante. Tardó varios segundos en hablar.

—¿Cuándo?

—Mañana sábado. A la una y media.

Él asintió muy despacio. Volvió a guardar silencio. No había dureza en su rostro. Pero Hannah lo conocía demasiado bien. Vio el leve movimiento de su mandíbula. La forma en que tragó saliva. La tensión casi imperceptible que apareció en sus hombros.

No estaba enfadado con ella. Estaba luchando contra algo mucho más difícil. Contra el miedo. El miedo a que el pasado volviera a interponerse justo cuando ambos habían empezado, por fin, a imaginar un futuro.

Alex inspiró profundamente. Después señaló el siguiente desvío. Sin decir una sola palabra, giró el volante hacia una pequeña carretera que descendía hasta un mirador junto al mar.

Hannah no preguntó adónde iban. Simplemente comprendió que necesitaba unos minutos. Y decidió acompañarlo en ese silencio con la misma serenidad con la que él había escuchado su verdad.

La camioneta descendió por una estrecha carretera que terminaba junto a una pequeña cala, alejada del bullicio del puerto. Era un lugar que ambos conocían desde niños. No aparecía en las guías turísticas. Solo algunos vecinos del pueblo iban allí a pescar o a contemplar el mar cuando necesitaban pensar.

Alex aparcó frente al agua. Apagó el motor.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló. El único sonido era el romper constante de las olas contra las rocas.

Alex apoyó las manos sobre el volante y bajó la cabeza un instante. Inspiró profundamente. Después soltó el aire muy despacio. Sin decir una palabra, abrió la puerta y salió de la camioneta.

Hannah permaneció sentada. No porque quisiera dejarlo solo. Sino porque entendía perfectamente lo que estaba haciendo.




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