La tranquilidad que había reinado en la comisaría durante los últimos minutos desapareció de golpe cuando el teléfono interno del despacho de investigación comenzó a sonar.
Joe ni siquiera levantó la vista de la pantalla.
—Brown.
Escuchó unos segundos. Su expresión permaneció completamente seria.
—Sí... envíamelo inmediatamente.
Colgó.
Alex y Hannah dejaron automáticamente lo que estaban haciendo.
Aquella era otra de las cosas que habían aprendido de Joe durante las últimas semanas. Cuando dejaba de bromear, significaba que había encontrado algo importante.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hannah.
Joe giró lentamente la silla hacia ellos. Tenía esa expresión de concentración absoluta que aparecía cada vez que todas las piezas empezaban a encajar.
—Creo que acabamos de encontrar a Lincoln Gray.
El despacho quedó en silencio.
Alex fue el primero en reaccionar.
—¿Cómo?
Joe abrió una nueva ventana en el monitor. Sobre la pantalla aparecía un mapa de North Harbour salpicado de distintos puntos azules.
—Después de descubrir que el topo seguía reaccionando a nuestros movimientos, decidí dejar de buscar únicamente en los expedientes. Busqué actividad reciente relacionada con Lincoln.
Hannah se acercó al escritorio.
—¿Y?
Joe señaló uno de los puntos del mapa.
—Recordé que, hace años, Gray trabajó como apoyo logístico en varias operaciones del puerto. Eso me llevó a revisar antiguos inmuebles utilizados por la policía para almacenar material incautado.
Alex observaba el mapa sin perder detalle.
—¿Qué encontraste?
Joe amplió la imagen.
Apareció una antigua nave industrial junto al extremo este del puerto. El edificio llevaba años abandonado. Las ventanas estaban tapiadas en casi toda su fachada. Solo una zona trasera permanecía parcialmente abierta.
—Esta nave pertenece oficialmente al Ayuntamiento. Pero lleva más de diez años sin actividad.
Hannah frunció el ceño.
—¿Y por qué mirar precisamente ahí?
Joe sonrió ligeramente.
—Porque hace cuarenta minutos una de las cámaras municipales detectó movimiento en el perímetro.
Alex levantó una ceja.
—¿Quién?
Joe negó.
—La cámara está demasiado lejos para identificar rostros. Pero hay más.
Abrió otra ventana.
—Mientras revisaba los accesos encontré un detalle curioso. Uno de los sensores eléctricos del edificio registró un consumo muy breve esta mañana. Tres minutos exactamente.
Hannah cruzó los brazos.
—En un edificio abandonado...
—Exacto.
Joe asintió.
—No demuestra que Lincoln esté allí. Pero demuestra que alguien ha entrado.
Alex permanecía inmóvil.
Pensando.
—¿Algún vehículo?
Joe hizo aparecer otra fotografía.
Una cámara de tráfico había captado una furgoneta blanca entrando en la zona industrial poco antes.
La matrícula apenas se distinguía.
Pero el modelo resultaba familiar.
—¿Podemos identificarla? —preguntó Hannah.
Joe negó despacio.
—No con seguridad. La imagen tiene muy poca resolución. Pero coincide con una furgoneta que apareció vinculada a dos de los expedientes manipulados.
Alex apoyó ambas manos sobre el escritorio. No le gustaban las coincidencias. Y aquella empezaba a acumular demasiadas.
Hannah observó la fotografía unos segundos. Después habló.
—No tenemos una orden de detención contra Lincoln.
—No —respondió Alex. —Pero sí motivos suficientes para entrevistarlo.
Joe añadió:
—Y si realmente está allí… Es posible que no vuelva a quedarse quieto mucho tiempo.
Alex miró a Hannah. No hizo falta decir nada. Los dos llegaron exactamente a la misma conclusión. Había que ir. Y había que hacerlo inmediatamente.
Hannah cogió las llaves del coche patrulla.
—Avisaré a la central para que quede constancia de nuestra salida.
Alex negó con suavidad.
—Demasiado visible.
Ella lo miró.
—¿Qué propones?
—Si alguien sigue observando nuestros movimientos desde dentro de la comisaría, una movilización oficial solo conseguirá darle tiempo para desaparecer.
Joe comprendió inmediatamente.
—Ir vosotros dos. Sin activar ningún dispositivo extraordinario. Como una comprobación rutinaria.
Alex asintió.
—Exactamente. Si Lincoln está allí, no queremos que reciba una llamada cinco minutos antes de que lleguemos.
Hannah sonrió levemente.
—Empiezo a odiar tener razón cuando digo que el topo sigue dentro.
Joe cerró el portátil.
—Yo me quedaré aquí. Seguiré vigilando el servidor. Y, si detecto cualquier movimiento o cualquier acceso relacionado con la nave, os avisaré al instante.
Alex le dio una palmada amistosa en el hombro.
—Perfecto. Eres nuestros ojos desde aquí.
Joe sonrió. Ya no se sentía el informático que ayudaba a dos inspectores. Se sentía exactamente lo que era. Un miembro del Equipo Bradford.
Alex recogió su pistola reglamentaria y comprobó el cargador con rapidez.
Hannah hizo lo mismo.
Los dos se colocaron las placas al cinturón. No intercambiaron grandes discursos. No los necesitaban.
Antes de salir, Joe los detuvo un instante.
—Una cosa más.
Ambos se giraron.
Joe los miró con absoluta seriedad.
—Tened cuidado. No sabemos quién está ahí dentro. Ni quién puede estar observándoos.
Alex intercambió una mirada con Hannah. Ella asintió casi imperceptiblemente.
—Volveremos.
Joe sonrió.
—Lo sé.
Alex abrió la puerta del despacho.
Los dos salieron al pasillo con paso decidido.
Mientras los veía alejarse, Joe volvió a dirigir la vista hacia las pantallas. Durante unos segundos observó el punto azul que marcaba la vieja nave industrial del puerto. Después murmuró para sí mismo:
—Vamos, Lincoln… Espero que sigas ahí cuando lleguen. Porque si has salido corriendo antes incluso de verlos… Será la primera respuesta que nos des sin necesidad de pronunciar una sola palabra.