Fuego y Hielo

Capítulo 10: Parte 11

Flashbacks

Año 2012

Alex y Hannah 17 años

La habitación de Hannah estaba iluminada por la luz anaranjada del atardecer.

Era uno de esos primeros días de primavera en North Harbour. Por la ventana abierta entraba la brisa salada del mar, moviendo suavemente las cortinas blancas mientras el sonido lejano de las gaviotas llegaba desde el puerto.

Sentada frente al espejo de su tocador, Hannah terminaba de prepararse.

Con diecisiete años, apenas necesitaba maquillaje. Aun así, Eleanor siempre insistía en que un poco de rímel y brillo de labios bastaban para cualquier ocasión especial.

Y aquella tarde lo era.

Sonrió al recordar el mensaje que Justin Martin le había enviado aquella mañana.

"No llegues tarde. Tengo una sorpresa."

Habían pasado ocho meses desde que empezaron a salir. Ocho meses tranquilos y bonitos.

Justin siempre había sido atento, paciente y cariñoso. Nunca la había presionado para que fuera alguien que no era ni le había pedido más de lo que podía ofrecer.

A Hannah le gustaba. Lo sabía. Era una buena persona. Y aquella noche quería disfrutar de su aniversario con él.

Terminó de aplicarse el brillo de labios y observó su reflejo durante unos segundos.

Llevaba un vestido azul marino sencillo que llegaba por encima de las rodillas y una fina chaqueta blanca sobre los hombros por si refrescaba al anochecer. Había dejado el pelo suelto, cayendo en suaves ondas sobre la espalda.

Se puso en pie para comprobar el conjunto frente al espejo de cuerpo entero.

—No está mal... —murmuró para sí con una pequeña sonrisa.

En ese momento, una voz llegó desde la planta baja.

—¡Hannah! ¿Ya estás lista?

—¡Cinco minutos, mamá!

—¡Eso dijiste hace diez!

Ella soltó una risa.

—¡Ahora sí!

Volvió a acercarse al espejo para colocarse un pequeño pendiente que acababa de encontrar sobre la cómoda.

Después, casi por costumbre, dirigió la mirada hacia la ventana. Desde allí podía verse perfectamente la casa de los Mallory, justo al otro lado de la calle.

Era una imagen que había contemplado miles de veces desde que era pequeña. La fachada blanca, el porche de madera, el jardín perfectamente cuidado por Mary, el viejo columpio donde tantas tardes habían jugado cuando eran niños.

Sonrió sin darse cuenta.

Recordó una discusión absurda con Alex apenas dos días antes. Habían terminado compitiendo por ver quién lanzaba más lejos unas piedras al mar. Como siempre.

Ninguno quiso darle la razón al otro. Como siempre. Y, como siempre, acabaron riéndose antes de despedirse.

Negó con la cabeza divertida.

—Eres imposible, Mallory...

No había nadie para escucharla. Solo el reflejo de su sonrisa en el cristal.

Cogió el bolso que descansaba sobre la cama y revisó rápidamente que llevara las llaves, algo de dinero y un pequeño regalo envuelto en papel azul que había comprado para Justin.

Un llavero con el nombre de Sócrates. Le había parecido bonito. Simbólico. Justin quería ser profesor de Filosofía.

La guardó de nuevo dentro del bolso.

Estaba a punto de salir de la habitación cuando volvió a mirar, casi de forma inconsciente, hacia la casa de los Mallory.

Todo parecía completamente normal. La puerta principal cerrada. Las ventanas abiertas.

El coche de John aparcado en la entrada.

Nada hacía pensar que aquella tarde fuera distinta de cualquier otra.

Nada hacía imaginar que, en apenas unos minutos, una llamada cambiaría para siempre la vida de Alex. La de Garreth. Y también la suya.

Sin saberlo, Hannah acababa de vivir los últimos instantes de la adolescencia tal y como la había conocido.

El mundo todavía seguía en orden. Pero estaba a punto de romperse para siempre.

Justo cuando iba a salir de la habitación, un movimiento al otro lado de la ventana llamó su atención.

Frunció ligeramente el ceño. Algo no encajaba.

La puerta principal de la casa de los Mallory se abrió de golpe. John salió el primero. No caminaba prácticamente corría. Mary apareció apenas unos segundos después, todavía poniéndose la chaqueta con movimientos torpes y apresurados. Los dos tenían el rostro completamente desencajado.

Hannah dio un paso hacia la ventana.

Nunca los había visto así.

John hablaba por teléfono mientras buscaba nerviosamente las llaves del coche en el bolsillo del pantalón. Mary no dejaba de mirar una y otra vez hacia la carretera, como si esperara que ocurriera algo imposible.

—¿Qué...? —urmuró Hannah sin apartar la vista.

En ese momento, su madre salió de casa y cruzó rápidamente la calle.

Los tres comenzaron a hablar junto a la verja del jardín.

Aunque la distancia le impedía escuchar la conversación, no necesitó oír una sola palabra para comprender que algo iba terriblemente mal.

John negó varias veces con la cabeza. Mary rompió a llorar. Su madre se llevó una mano a la boca.

Hannah sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Aquella imagen no tenía sentido.

Los Mallory siempre habían sido una familia serena. Incluso en los momentos difíciles. Ver a John completamente descompuesto y a Mary llorando de aquella manera resultaba casi irreal.

Segundos después, John abrió apresuradamente la puerta del coche. Mary subió al asiento del copiloto.

Antes de entrar, volvió a abrazar unos segundos a la madre de Hannah.

Después el vehículo arrancó con un fuerte chirrido de ruedas y desapareció calle abajo mucho más rápido de lo permitido dentro del pueblo.

Hannah permaneció inmóvil. El corazón empezó a latirle con fuerza. Una sensación desagradable se instaló en su estómago. No sabía por qué.

Pero de repente solo podía pensar en una persona.

Alex.

Negó inmediatamente con la cabeza. No. Era una tontería.

Podían haber llamado a John por cualquier motivo. Un familiar, algún problema del trabajo. Cualquier cosa.




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