Navegando
Con el último cabo ya estibado y las defensas recogidas, Alex lanzó una mirada al cielo.
El viento era suave y constante. Perfecto para alguien que iba a gobernar un velero por primera vez.
—¿Preparado, primer oficial? —preguntó mientras aflojaba la amarra de proa.
Connor se cuadró exageradamente, llevándose una mano a la frente a modo de saludo militar.
—¡Preparado, capitán!
Alex no pudo contener una sonrisa.
—Pues vamos a ver si este capitán tiene un buen primer oficial.
Connor levantó el pecho con orgullo.
—No voy a decepcionarte.
—Eso nunca lo he dudado.
Empujó ligeramente el velero para separarlo del pantalán y, con un movimiento preciso, arrancó el motor auxiliar.
El casco comenzó a deslizarse lentamente entre los pantalanes.
Connor observaba todo con la misma fascinación con la que un niño contempla un truco de magia.
—¿Por qué salimos con el motor si tenemos velas?
Alex corrigió suavemente la dirección.
—Porque dentro del puerto no podemos navegar a vela. Hay demasiado poco espacio y sería peligroso para las demás embarcaciones.
Connor asintió despacio.
—Tiene sentido.
—En cuanto salgamos de la bocana... apagaremos el motor y dejaremos que trabaje el viento.
Los ojos del niño brillaron de emoción.
—Eso sí que tengo ganas de verlo.
El velero abandonó lentamente la protección del puerto.
Ante ellos se abrió la inmensidad del mar. El agua reflejaba los primeros rayos del sol como si miles de pequeñas estrellas flotaran sobre la superficie.
La brisa aumentó ligeramente.
Alex apagó el motor.
Durante unos segundos solo se escuchó el rumor de las olas golpeando suavemente el casco.
Después comenzó la maniobra. Con movimientos ágiles y seguros, soltó los cabos necesarios mientras la vela mayor empezaba a elevarse lentamente por el mástil.
Connor seguía cada gesto sin perder detalle.
—¡Parece gigantesca!
—Porque lo es.
La lona terminó de desplegarse.
El viento la llenó de inmediato. El velero escoró apenas unos grados. Y comenzó a avanzar impulsado únicamente por la fuerza del aire.
Connor abrió la boca.
—¡No hace ruido!
Alex sonrió.
—Esa es una de las cosas que más me gustan de navegar.
El niño permaneció varios segundos completamente callado.,Solo escuchaba el agua deslizándose bajo el casco, el viento entre las velas y el lejano canto de las gaviotas.
—Es... increíble.
Alex apoyó los antebrazos sobre la rueda del timón.
—Cuando era pequeño pensaba que el mar daba miedo.
Connor lo miró sorprendido.
—¿Tú?
—Muchísimo.
—¿Y qué cambió?
Alex contempló el horizonte durante unos instantes.
—Aprendí que el mar no intenta ser tu enemigo.,Solo quiere que lo respetes. Si aprendes a escucharlo... termina enseñándote muchas cosas.
Connor frunció ligeramente el ceño.
—¿Como cuáles?
Alex sonrió.
—Que no puedes controlar el viento. Pero sí aprender a orientar las velas. Que algunas tormentas hay que atravesarlas. Y que, incluso cuando pierdes el rumbo, siempre existe una forma de volver a encontrarlo.
Connor guardó silencio.
Aquellas palabras parecían mucho más importantes de lo que él podía comprender todavía.
Alex dio un pequeño paso atrás.
—Ven.
El niño se acercó inmediatamente.
—Ahora te toca a ti.
Connor lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Puedo llevar el timón?
—Claro. Pero conmigo al lado.
—¡Sí!
Alex se colocó detrás de él. Connor apoyó ambas manos sobre la rueda de madera. Apenas llegaban a cubrir una pequeña parte del aro. Alex rodeó suavemente el timón con sus propias manos, dejando espacio suficiente para que el niño sintiera que era él quien gobernaba la embarcación.
—No hace falta girarlo mucho. Solo pequeños movimientos.
El velero siempre responde con calma.
Connor obedeció. Movió apenas unos centímetros la rueda.
El barco cambió ligeramente de rumbo.
Sus ojos se iluminaron.
—¡Lo he hecho yo!
—Lo has hecho tú.
—¡Está funcionando!
Alex soltó una carcajada.
—Te dije que serías un buen primer oficial.
Connor corrigió otra vez el rumbo. Esta vez con más suavidad y más confianza.
—¿Así?
—Perfecto.
El niño sonrió satisfecho.
Durante varios minutos navegaron en silencio.
Connor completamente concentrado. Alex observándolo de reojo. No podía evitar sentirse orgulloso.
Aprendía rápido. Escuchaba con atención. Y, sobre todo, disfrutaba de cada pequeño descubrimiento. Era exactamente igual que cuando había conseguido hacer su primer nudo. No se rendía. Seguía intentándolo hasta lograrlo.
Al cabo de un rato, Connor rompió el silencio.
—Ahora entiendo por qué te gusta tanto vivir aquí.
Alex volvió la vista hacia él.
—¿Aquí?
Connor señaló el mar.
—En el velero.
Alex tardó unos segundos en responder. Miró el horizonte. El viento, las velas completamente hinchadas, el agua infinita… Después sonrió.
—Cuando estoy aquí…,Todo hace menos ruido.
Connor inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Ruido?
—Las preocupaciones, los problemas, las cosas que no puedo cambiar. Aquí parecen quedarse en tierra.
El niño siguió mirando el mar. Comprendía exactamente lo que quería decir. Porque él también sentía algo parecido. No sabía explicarlo. Pero allí arriba todo parecía más sencillo, más tranquilo y más libre.
Tobías apareció entonces corriendo desde la proa con una pelota en la boca. Se sentó frente a Connor moviendo la cola con entusiasmo.
—Creo que nuestro tercer tripulante quiere participar en la navegación.
Connor soltó una carcajada.
—Creo que quiere jugar.
Alex rió también.
—Entonces tendremos que hacer una parada más tarde para que el marinero Tobías pueda desembarcar.