Fuego y Hielo

Capítulo 11: Parte 4

La última conversación

El restaurante comenzaba a vaciarse poco a poco.

La comida había terminado hacía unos minutos. Los camareros retiraban las últimas copas mientras el murmullo de las conversaciones se apagaba lentamente.

Ian dejó la servilleta cuidadosamente doblada junto al plato.

Durante unos segundos permaneció en silencio, observando a Hannah al otro lado de la mesa.

Ella sostenía la taza de café entre las manos. Su expresión era serena. Ya no existía aquella tensión con la que había llegado al Casino. Había conseguido lo que necesitaba desde el punto de vista profesional y, al mismo tiempo, sabía que todavía quedaba una última conversación pendiente.

Ian respiró despacio.

—¿Podemos hablar cinco minutos más? Sin prisas.

Hannah dejó la taza sobre el plato.

—Claro.

Ian apoyó los antebrazos sobre la mesa.

Por primera vez desde que se habían sentado, no parecía intentar impresionarla. Tampoco sonreía con esa seguridad que siempre había caracterizado su forma de relacionarse con los demás.

Simplemente la miraba.

—Necesito hacerte una última pregunta.

Hannah asintió con un leve gesto.

—Adelante.

Ian mantuvo el silencio unos segundos.

—¿Nuestra historia terminó por otra persona?

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No —la respuesta llegó sin vacilar. —Terminó por nosotros.

Ian frunció ligeramente el ceño.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Él desvió la mirada hacia la ventana.

—Siempre pensé que, si hubiéramos tenido más tiempo...

—No era una cuestión de tiempo, Ian.

Su voz seguía siendo tranquila. No había dureza. Solo sinceridad.

—Entonces, ¿de qué era?

Hannah respiró hondo antes de responder.

—De cómo éramos cuando estábamos juntos.

Ian guardó silencio. Ella continuó.

—Durante mucho tiempo intenté convencerme de que aquello podía funcionar. Y también cometí errores. Callé demasiado. Cedí más veces de las que debía. Pensé que adaptarme era una forma de cuidar la relación —hizo una breve pausa. —Pero un día comprendí que cada vez me reconocía menos.

Ian bajó la vista.

—Nunca quise hacerte daño.

—Lo sé.

Y era verdad.

Hannah nunca había pensado que Ian actuara movido por la maldad.

—Pero querer a alguien no siempre significa quererlo bien.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Ian tardó varios segundos en responder.

—Yo solo quería que tuvieras una vida más tranquila.

Hannah sonrió con una tristeza serena.

—No. Tú querías que tuviera la vida que tú habías imaginado para mí —Ian permaneció inmóvil. —Hay una diferencia muy grande entre acompañar a alguien... y decidir por esa persona qué es lo mejor —el silencio volvió a instalarse entre los dos. —Intentabas protegerme de todo, de mi trabajo, de mis horarios, de las decisiones que tomaba, de las personas con las que hablaba. Hasta de la forma en que afrontaba los problemas.

Ian abrió ligeramente la boca para responder.

Pero Hannah levantó una mano con delicadeza. No para imponerse. Solo para pedirle que la dejara terminar.

—Y yo lo permití. Durante demasiado tiempo. Porque confundí el cariño con la renuncia. Porque pensé que querer a alguien también significaba adaptarme constantemente para evitar conflictos —negó despacio con la cabeza. —Ahora sé que no.

Ian la observaba sin apartar la vista de ella. Por primera vez, no encontraba una respuesta inmediata.

—Nunca estuve realmente enamorada de ti.

Las palabras fueron suaves sin crueldad, sin intención de herir. Precisamente por eso resultaban tan contundentes.

—Te tuve muchísimo cariño. Te respeté. Te admiré en muchas cosas. Pero confundí la estabilidad con el amor. Y no era lo mismo.

Ian cerró los ojos apenas un instante. Fue un gesto casi imperceptible. Cuando volvió a abrirlos, su expresión seguía siendo serena.,Demasiado serena.

—¿Y ahora sí estás enamorada?

Hannah sintió que el corazón le latía un poco más deprisa. No porque dudara. Sino porque, por primera vez, iba a pronunciar aquella verdad sin esconderse.

—Sí.

Ian la sostuvo la mirada.

—¿Es Alex?

Durante unos segundos, Hannah no respondió. No necesitaba hacerlo inmediatamente.

Pensó en la mañana en el puerto, en el abrazo antes de que el velero zarpara, en la confianza con la que había dejado a Connor en sus manos y en la tranquilidad que sentía cada vez que estaba a su lado.

Sonrió apenas y asintió.

—Sí.

Ian bajó la vista hacia la mesa. No hubo un gesto de rabia ni un reproche. Solo un largo silencio. Finalmente habló.

—Entonces nunca tuve ninguna oportunidad.

Hannah negó con suavidad.

—No es eso.

Ian levantó la cabeza.

—Entonces explícamelo.

Ella sonrió con una mezcla de ternura y sinceridad.

—No se trata de que Alex sea mejor que tú. Se trata de que, cuando estoy con él… puedo ser yo.,No necesito medir cada palabra. No necesito justificar por qué amo mi trabajo. No necesito convertirme en la mujer que alguien espera que sea. Simplemente… soy Hannah.

Ian permaneció inmóvil.

Aquella respuesta era mucho más difícil de combatir que cualquier comparación. Porque no hablaba de Alex. Hablaba de ella.

Hannah tomó aire lentamente.

—No me marcho porque haya aparecido otra persona. Nuestra relación ya estaba rota mucho antes de que yo regresara a North Harbour. Y estaba rota porque ninguno de los dos era feliz viviendo así.

Ian asintió despacio. Por fuera, parecía aceptar cada palabra con una serenidad admirable. Pero, durante un instante fugaz, algo cambió en su mirada. Fue apenas un destello. Una rigidez casi imperceptible en la mandíbula. La herida silenciosa de un hombre que no estaba acostumbrado a que alguien decidiera abandonar su vida por voluntad propia.

Duró menos de un segundo. Después volvió a sonreír. Con la misma elegancia de siempre.




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