Hannah vuelve a casa
El apartamento estaba en silencio cuando Hannah abrió la puerta.
Dejó las llaves sobre la pequeña consola de la entrada y permaneció unos segundos inmóvil, respirando profundamente.
Había sido un día largo. Emocionalmente mucho más largo de lo que había imaginado al levantarse aquella mañana.
Cerró los ojos. Durante unos segundos volvió a ver el rostro de Ian al despedirse. No había odio, ni rencor, ni siquiera tristeza.
Solo la sensación serena de haber cerrado, por fin, un libro que llevaba demasiado tiempo abierto.
-Adiós... -susurró para sí misma.
No era un adiós dirigido a Ian. Era un adiós a la mujer que durante años había vivido creyendo que debía seguir adelante cargando con todas las decisiones difíciles ella sola.
Entró despacio en el salón. Sobre el sofá descansaba la mochila de Connor, abierta de cualquier manera, con un cuaderno sobresaliendo y un pequeño coche de juguete asomando por uno de los bolsillos.
Sonrió.
Aquello sí era hogar. No un apartamento perfectamente ordenado. Sino un lugar donde la vida dejaba huellas.
Recogió el cochecito y lo dejó sobre la mesa. Después caminó hasta el dormitorio.
Al pasar frente al espejo del pasillo apenas se reconoció.
La camisa azul marino arremangada que había llevado durante la investigación seguía impecable. Pero ella ya no era la misma mujer que había salido de casa aquella mañana. Había dejado demasiadas cosas atrás durante ese día.
Entró en el baño. Abrió el grifo de la ducha. El vapor comenzó a llenar lentamente la estancia.
Mientras el agua caliente recorría su espalda, sintió cómo la tensión acumulada durante las últimas horas empezaba a desaparecer. El casino, las cámaras, las acreditaciones, los pasillos restringidos, la conversación con Ian. Todo parecía quedar unos centímetros más lejos.
Se pasó la mano por el hombro, por el cuello, por el pecho. Con lentitud. No por limpiarse. Por reconocerse. Hacía meses que no se tocaba así, sin prisa, sin ser funcional. Sin ser solo la madre que se ducha rápido. Llevaba demasiado tiempo tratándose como si su cuerpo solo sirviera para trabajar y cuidar.
Cuando terminó, se envolvió en una toalla y regresó al dormitorio con el pelo todavía húmedo.
Abrió el armario. Durante unos segundos observó la ropa en silencio. Su mirada pasó por varias camisas blancas, pantalones de lino, chaquetas. Vestidos que llevaba años sin ponerse.
Alargó la mano hacia una blusa. Después la retiró. Negó con la cabeza. No.
Aquello era la Hannah que siempre elegía la opción más práctica, la más discreta, la que intentaba pasar desapercibida.
Respiró hondo.
Entonces sus ojos se detuvieron en un vestido verde de lino, de tirantes. Con la cintura ligeramente ajustada y una falda amplia que siempre se movía con el viento.
El que dejaba los hombros al aire y marcaba el pecho justo lo suficiente para que un hombre no supiera dónde mirar. El que, según Alex con diecisiete años, era "ilegal" y "debería estar prohibido".
Hacía mucho tiempo que no lo utilizaba.
Lo sacó lentamente del armario. Lo sostuvo frente a ella.
Una sonrisa apareció sin pedir permiso. No necesitaba preguntarse por qué lo había elegido.
Simplemente... Le apetecía ponérselo.
Porque quería volver a sentirse sexy. No guapa. No correcta. Sexy. Deseable. Como mujer. No como inspectora jefe, no como madre de Connor. Como Hannah. Porque le gustaba cómo se sentía cuando lo llevaba. Porque era verano. Porque hacía una tarde preciosa. Porque, por una vez, no quería vestirse pensando en el trabajo, ni en parecer inaccesible, ni en protegerse de nada.
Solo quería sentirse bien.
Se vistió despacio. Dejó caer la toalla. Desnuda frente al espejo un segundo. Se miró. Sin juzgarse. Los pechos, la cintura que había vuelto después del embarazo, las caderas, las piernas. No era la chica de veintiún años que se fue. Era mejor. Tenía historia en el cuerpo. Y por primera vez en años, le gustaba lo que veía.
El lino cayó con suavidad sobre su cuerpo. La tela marcaba delicadamente la cintura antes de abrirse en una falda ligera que rozaba sus piernas. Se pegaba a la curva del trasero al caminar y dejaba la espalda casi entera al aire. Notó el roce en la piel y se le puso de gallina. No por frío.
Frente al espejo, se soltó el cabello. Las ondas oscuras cayeron sobre sus hombros todavía ligeramente húmedos. Pasó los dedos entre ellas con naturalidad.
Se inclinó hacia el espejo. Un poco de brillo en los labios. No para pintarse. Para que él quisiera besárselos.
No llevaba maquillaje más allá de un poco de protector labial. No hacía falta.
Aquella tarde no quería impresionar a nadie.
Mentira. Sí quería impresionar a alguien. Al único que siempre la había hecho sentir que ser deseada no era algo sucio, sino algo poderoso.
Quería volver a reconocerse.
Se observó unos segundos en silencio. Después rió muy bajito.
-Siempre perdías el hilo... -murmuró.
La imagen apareció en su cabeza con una claridad absoluta.
Alex, con diecisiete años, intentando mantener una conversación mientras ella llegaba con un vestido parecido al que llevaba ahora.
Él fingía absoluta normalidad. Pero acababa olvidando la mitad de las frases. Se le quedaban los ojos en el escote, en el hombro, en la rodilla. Se le secaba la boca. Se tocaba la nuca. Ese tic nervioso que solo le salía cuando la deseaba y no podía hacer nada al respecto.
Ella siempre terminaba burlándose.
"¿Qué pasa, Mallory? ¿Te has quedado sin argumentos?"
Y él respondía cualquier tontería para salir del paso, completamente incapaz de admitir que llevaba dos minutos sin escuchar una sola palabra.
La sonrisa de Hannah se hizo más amplia.
Nueve años después... Seguía conociéndolo demasiado bien.
-A ver cuánto tardas esta vez... -dijo divertida mientras negaba con la cabeza.